lunes, 31 de agosto de 2009

PENSAR EN LA FRONTERA

Salí de la librería con un tomo (libro 1/vol. 2) de las obras completas de Walter Benjamín, en Abada Editores. En este tomo podemos leer tres ensayos: “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica”, “Charles Baudelaire. Un lírico en la época del altocapitalismo”, y “Sobre el concepto de Historia”. Si los libros son una promesa de libertad infinita, en este caso esa promesa significaba algo más.
Vi que la policía estaba cortando la calle y me asusté. Pero a lo lejos comenzó a parecer el color rojo de las banderas sindicales. Entonces me acordé. Era la manifestación a favor del empleo y la protección social. Me uní a ellos, que eran menos de veinte mil personas. Caminamos por las calles del centro durante un rato, acompañados del viento y la apatía. Al final se leyó un manifiesto en el que se advertía a las administraciones: “No admitiremos un recorte de los derechos sociales... No admitiremos el despido libre... Que expliquen dónde están los beneficios que los bancos acumularon en lo años buenos... Si van por ese camino habrá huelga general... En primavera habrá muchos ciudadanos que no recibirán ninguna ayuda... Hoy están aquí compañeros que han sido despedidos...” Los problemas técnicos con el micrófono aparecen aquí reflejados con los puntos suspensivos. Aprovechando lo cortes de sonido, de entre los que escuchaban los discursos salió una persona muy enfadada que decía: “¡La culpa es de los burócratas, qué vergüenza!”. Parece que se refería a los representantes sindicales. Se fue antes de que terminara la concentración.

A lo largo del recorrido, con Walter Benjamín como único acompañante, estuve pensando acerca del papel de los intelectuales en estas crisis económicas del siglo XXI. Aunque las sociedades han cambiado mucho, las contradicciones siguen siendo las mismas. Unos trabajan y otros se enriquecen con ese trabajo. El paro y la miseria siempre se reparte entre los mismos. Y los grandes capitalistas son intocables, además de ser subvencionados por los impuestos de los trabajadores. Y en este mar de irracionalidades: ¿Qué hacer? ¿Qué hacer desde las ciencias y las artes?

El intelectual de otros tiempos tenía muy claro cuál era su función. Escribir y pensar contra la injusticia. Eran pensadores que se desplazaban por todos los ámbitos sociales. Escribían en la prensa, tenían contacto con las instituciones académicas y algunos llegaron a militar en los partidos comunistas del momento. Hoy también se dan estas características entre muchos escritores actuales. Sin embargo, hoy el escritor está alejado de la praxis social. Los medios de comunicación han creado una burbuja en la que se habla y se piensa, una burbuja que viene a ser la única realidad. Nada queda fuera. Por eso el tertuliano cree que no necesita acompañar a los que ocupan una entidad bancaria como protesta. (Los parados deberían ocupar pacíficamente los medios de comunicación. Así, entrarían en esa burbuja que tanto poder tiene.)

Los pensadores de otros tiempos también sabían que sus análisis y sus escritos debían servir para generar conciencia de clase y mostrar el camino hacia un modelo alternativo de sociedad. Debían mostrar que la realidad social no era un hecho natural inmodificable, sino todo lo contrario, que las injusticias surgían de decisiones, de estructuras sociales, de acciones humanas determinadas. Hoy el intelectual, bajo una capa de barniz cientificista, habla con objetividad de datos económicos y jamás menciona la palabra utopía porque entonces dejaría de ser tomado en serio. El intelectual tiene una responsabilidad cívica ineludible: tiene que mostrarnos la crueldad del mundo, sus miserias, y tiene que intentar transformarlo con sus obras y sus conceptos. El pensamiento crítico tiene que agujerear esas esferas de poder que parecen existir con autonomía propia. ¡Que los parados y los explotados ocupen pacíficamente las entidades bancarias y los medios de comunicación! ¡Que los intelectuales se mezclen con ellos y les den la razón!

El intelectual debe pensar en la frontera, debe recordarnos que hay una línea que nunca debemos pasar porque dejaríamos de ser humanos. Walter Benjamín se suicidó en 1940 en la frontera entre Francia y España. La ocupación nazi lo empujó hacia el exilio. Cuando creyó que iba a caer en manos de los alemanes decidió quitarse la vida.