lunes, 31 de agosto de 2009

2009 AÑO INTERNACIONAL DE LA ASTRONOMÍA

Hace cuatrocientos años que Galileo Galilei (1564-1642) enfocó por primera vez su telescopio a los cielos con intereses científicos. Según nos cuenta José M. Vaquero en su libro La nueva física. Galileo (Editorial Nivola, 2003), en 1609 Galileo tuvo noticias de que un holandés, “cierto belga”, había construido un tubo con lentes que acercaba los objetos. Las prisas le entraron el uno de agosto de ese año cuando se enteró de que un holandés, o quizás francés, ya se encontraba en Venecia con la intención de mostrar su invento al Senado. Resultaba obvia la utilidad de este ingenio óptico para la vigilancia del horizonte, tanto en tiempos de paz como en tiempos de guerra. Inmediatamente Galileo, con el fin de ser el primero en presentarlo a las autoridades, se puso a construir uno por su cuenta, con la ayuda de los datos transmitidos por su amigo Sarpi. En un solo día consiguió un telescopio de nueve aumentos. En noviembre de ese mismo año obtuvo un aparato de cuatrocientos aumentos.
Hans Lipperhey fue el holandés que a finales de septiembre de 1608 solicitó una patente en La Haya. Según nos dice el historiador de la ciencia Carlos Solís en su introducción a La gaceta sideral (Alianza, 2007), esta patente no le fue concedida porque otros inventores reclamaban el mismo derecho. Este anteojo astronómico comenzó a llamarse “telescopio” a partir del 14 de abril de 1611, gracias a una sugerencia del filólogo Demisani. Y hace unos meses Nick Pelling, en la revista History Today, afirmaba que el invento pertenecía a Juan Roget, un fabricante de lentes de Gerona...
A principios de 2010 se empezará a construir el telescopio más grande del mundo (Popular Science, nº 4). Con un espejo primario de 42 m. de ancho, aportará imágenes 10-15 veces mejores que las del Hubble. Este espejo constará de 984 paneles hexagonales de 150 kilos cada uno. El precio del diseño sería de 50.000.000 € y el de su construcción 700.000.000 €.
Los telescopios utilizan espejos de vidrio para reflejar y enfocar la luz. Los espejos más grandes existentes son de 10 m. de diámetro (Hawai y Canarias). Esos espejos se construyen con una precisión de unas pocas décimas de nanómetro. Evitar las distorsiones de los segmentos de los espejos debido a los cambios de temperatura y los efectos de la gravedad es una tarea muy cara. Contrarrestar las distorsiones de la atmósfera cuesta unos 10 millones de dólares para un espejo de seis metros de diámetro. La solución es construir telescopios de espejo líquido. Un disco de mercurio en rotación consigue la misma precisión. En el nº 371 de Investigación y Ciencia podemos leer un artículo de Paul Hickson en el que se explica cómo se construyó el Gran Telescopio Cenital, con espejo de mercurio.
En la página oficial de los organizadores del Año Internacional de la Astronomía (http://www.iaa.es/IYA09/) aparecen los objetivos de esta conmemoración y las actividades que se proponen. Los objetivos generales son ocho. Aunque ahora sólo nos detengamos en el primero, dejaremos para más adelante el resto.
“1. Aumentar el conocimiento científico de la sociedad a partir de la comunicación de resultados en Astronomía y ciencias afines, así como del proceso de investigación y de pensamiento crítico que ha llevado a tales resultados.”
Nuestras sociedades todavía siguen dominadas por el fanatismo, la superstición y la irracionalidad. La tarea que comenzaron los pensadores ilustrados aún no ha concluido. De hecho, las creencias irracionales son presentadas en el mismo plano que los conocimientos alcanzados con el método científico. Varios pensadores, como Holton, han llamado la atención sobre el peligro que corre la racionalidad científica. En los medios de comunicación la ciencia aparece relacionada muy a menudo con catástrofes y riesgos. Esta identificación lleva a rechazar los métodos de las ciencias y a refugiarse en creencias sin fundamento de todo tipo. Sin embargo, la razón y la experiencia son el único camino hacia el conocimiento. Incluso los defectos del sistema tecnológico actual deberán resolverse con investigaciones científicas. Y las críticas al sistema sólo pueden ser realizadas desde el pensamiento crítico que los métodos de las ciencias posibilitan.
Promover una cultura científica sólida ha de ser un objetivo prioritario de los Estados (El Congreso de los Diputados se ha mostrado, por unanimidad, de acuerdo con los objetivos de esta conmemoración.) Ahora bien, la extensión de este pensamiento crítico, del método científico, debe realizarse en profundidad. Los ciudadanos deben ser participantes activos en el diseño de las políticas científicas. Si el objetivo de fondo es crear consumidores pasivos de artefactos o votantes sumisos que acepten de forma acrítica ciertas inversiones injustificables, entonces no saldremos nunca de la ignorancia y la alienación.