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domingo, 5 de marzo de 2023

Dos novelas sobre nuestros deseos y los límites éticos



    Cuando alguien decide retirarse a vivir en una casa alejada del mundo urbano, en un entorno natural duro o casi salvaje, con pocos vecinos o ninguno, corre el riesgo de encontrarse a sí mismo y descubrir estratos profundos e inquietantes. Reconstruir la casa, medio abandonada, significa diseñar un nuevo yo y dejar atrás las ruinas, los escombros de la vieja edificación. Al retirarse a una cabaña perdida en la naturaleza, ese alguien deja atrás una vida imposible, una existencia repleta de fracasos, infelicidad y, sobre todo, inauténtica. La casa aislada se presenta como la última oportunidad para que aquello esencial que buscábamos brote y genere una nueva vida.

    Y no va a ser el entorno ni la soledad lo que se convierta en un peligro. Vamos a ser nosotros mismos, con nuestros deseos y obsesiones, con nuestras decisiones inesperadas, irreconocibles o indescifrables. El riesgo está en lo que desconocemos de nosotros mismos y en lo que no somos capaces de controlar. Aunque lo más terrible, lo que nos asusta de verdad, es lo que deseamos y lo que estaríamos dispuestos a hacer para alcanzarlo. Al hacer frente a esa realidad nos topamos con los principios morales más básicos, que pueden llegar a disolverse, evaporarse, ante nuestra nueva forma de estar en el mundo.

    Sara Mesa y Andrés Ibáñez nos ofrecen dos narraciones que transitan, cada una con su estilo, por esos territorios del yo. Son novelas cortas, de unas 200 páginas, con una escritura eficaz y absorbente. El aparente minimalismo de la trama contiene una densa complejidad, sin perder en ningún momento la astucia narrativa. Las dos novelas atrapan al lector desde las primeras líneas. Pronto se percibe el aroma del misterio, la sospecha de que algo va a ocurrir en esas casas y en esas mentes. Que los protagonistas se dediquen a una tarea intelectual, reflexiva, aporta rasgos metaliterarios a lo que ocurre. Y hay una mirada ética, una pregunta implícita: ¿Qué estaríamos dispuestos a hacer para lograr lo que deseamos? Aunque haya paralelismos (el escenario marco, con sus misterios y enigmas de carácter psicológico, incluso social), el tono de cada novela y la forma de resolverlas son muy diferentes.

    Andrés en Nunca preguntes su nombre a un pájaro (Galaxia Gutenberg, 2020) nos cuenta cómo Horst, un escritor que pasa por un mal momento creativo, se retira a una casa perdida en las montañas del norte del estado de Nueva York. En esa misma casa vivió Winslow Patrick, un escritor admirado por el protagonista. Eva, la esposa de su hermano, va a visitarlo todas las semanas. Pero también conoce a Willard, un viejo pescador del río Delaware, y a Matt Signorelli y su amigo Kenny. “Una historia de amor se entrelaza con una de violencia en una graduada espiral de tensión que es un descenso al lado más oscuro de la psique masculina”, aclaran los editores.

    La protagonista de Un amor (Anagrama, 2020), de Sara Mesa, también se dedica a la escritura, en este caso a la traducción. Nat ha dejado todo atrás para dedicarse a lo que más le gusta, traducir obras literarias, no documentos administrativos o comerciales. Ha alquilado una casa en La Escapa, un pequeño núcleo rural donde pueda trabajar tranquila. Su relación con los vecinos también es una forma de traducción. Al fin y al cabo, las interacciones sociales son de carácter lingüístico. Y las traducciones, dicen algunos filósofos, si no son imposibles son como mucho imperfectas, siempre aproximaciones. La joven traductora va conociendo al casero, a Píter el hippie, a Andreas el alemán, a la chica de la tienda, a los vecinos que vienen de la ciudad, a los ancianos que viven cerca… “Sara Mesa vuelve a confrontar al lector con los límites de su propia moral en una obra ambiciosa, arriesgada y sólida en la que, como si de una tragedia griega se tratara, las pulsiones más insospechadas de sus protagonistas van emergiendo poco a poco mientras, de forma paralela, la comunidad construye su chivo expiatorio”, se dice en la cubierta del libro.


sábado, 4 de marzo de 2023

Pablo Gutiérrez publica 'La tercera clase. Una historia sentimental del hachís en la Baja Andalucía'


        La novela nos cuenta lo que le sucedió a la niña Valme, una trágica historia que transcurre en un pueblo que vive del narco. Cada personaje explica en primera persona lo que sabe y lo que vivió. La novela es un excelente retrato social.

    La tercera clase acaba de ser publicada por La Navaja Suiza Editores, 177 páginas. Lleva por subtítulo Una historia sentimental del hachís en la Baja Andalucía. Y la ilustración de la portada es de IRRA, Israel Gómez Ferrera. Pablo Gutiérrez (Huelva, 1978) es profesor de Lengua y Literatura en un instituto de Sanlúcar de Barrameda. Ha publicado las novelas Rosas, restos de alas (2008. Premio Tormenta en un Vaso al mejor autor novel en castellano), Nada es crucial (2010, Premio Ojo Crítico de Narrativa 2010), Democracia (2012), Los libros repentinos (2015), Cabezas cortadas (2018) y El síndrome de Bergerac (2020). En 2012 publicó el volumen de relatos Ensimismada correspondencia.

    Las estrategias narrativas que eligen los escritores para desarrollar sus novelas no son algo accesorio. No se trata de algo accidental, externo a la obra. Pablo Gutiérrez nos cuenta una historia a través de muchas voces en primera persona. Son diferentes perspectivas, por lo tanto diferentes modos de explicar y entender lo que ocurre. Eduardo, Nico, Aurora, Mauri, Valme, Beatriz, Aldo, Guti… No todos hablan directamente en el relato. Hay voces que aparecen reflejadas en otras, a través de lo que hacen. La ausencia de esas voces sirve para dar más intensidad a esos personajes, aunque parezca paradójico. La jerarquía de las voces también revela algo. ¿Quién habla realmente? ¿Quién recuerda? ¿Qué será de la historia de esos chicos? ¿Quién la conoce? ¿Cómo contarla? No tener voz propia es sintomático.

    La complejidad del tema exige esa polifonía. La realidad del barrio no puede ser descrita por una sola mirada, ya sea limitada, como la de un personaje concreto, o la mirada todopoderosa del narrador omnisciente que todo lo sabe. Pablo Gutiérrez nos anuncia al principio de la novela que algo terrible ha ocurrido a la niña Valme. Para descubrirlo tendremos que atravesar todas las facetas de la miseria humana, las vidas de los que habitan un barrio marginal, alimentado por el hachís y la ausencia de futuro. El sistema educativo, el instituto, es el espacio donde confluyen esas trayectorias vitales.

    Todas las voces son necesarias, cada una un mundo, una forma de asimilar la ruina de la existencia humana en un pueblo en el que muchos vecinos viven del narcotráfico. Los personajes cuentan lo que vivieron. Nos ayudan a entender cómo se ha escrito el trágico destino de esas gentes. No hay un código moral único. Tampoco hay una única teoría sobre el ser humano. Los que hablan exhiben sus intereses, sus emociones, su jerarquía de valores… Vemos cómo las relaciones generan a las personas, por medio de lazos teñidos de necesidad, de pasión, o de mera inercia social. Cada persona aparece como un punto de fuerza que interacciona con el resto. La Broa es un ecosistema, sus organismos solo conocen la ley del más fuerte o del que mejor resiste. Los educadores tienen que hacer frente a ese choque de fuerzas. Ellos son una más.

    En La tercera clase, Pablo Gutiérrez nos invita a acercarnos a la realidad, a las realidades. El estilo ácido muestra lo que hay y cómo lo perciben e interpretan los protagonistas, ya sean esos jóvenes perdidos y sin esperanza, esos profesores que querían salvarlos con la educación, esos políticos que tenían tan bellos ideales, esas familias que tienen que sobrevivir… Los mismos hechos vistos desde diferentes ángulos, incluso con categorías casi opuestas. El destino colectivo y las vidas individuales se entretejen como historias fragmentadas, sin un hilo común que aporte una explicación global de la realidad social. En el lenguaje cristalizan todas esas formas de sobrevivir en La Broa. Los modos de contar y argumentar de los protagonistas son el mejor indicio para saber qué ocurre y qué es lo que importa en cada situación. La retórica de un único narrador solo serviría para oscurecer, para ocultar. La expresión directa, cruda, del pensamiento de los personajes no es un mero adorno para impresionar. Es la única manera que posee lo real para manifestarse, ya hablemos de dinero, familia, amor, educación...

    En la novela está muy presente la Argónida de Caballero Bonald. Si Joyce hizo con su Ulises una versión de la Odisea, Pablo Gutiérrez nos ofrece otra versión del destino trágico de los habitantes de las marismas y la desembocadura. La escritura de Pablo deja a un lado lo innecesario. La crudeza del estilo brota de los senderos de la realidad. No es algo forzado. Los testimonios van hilvanando una historia, pero también reflejan la miseria del existir en todas sus formas. Las voces se distinguen por lo que dicen, por lo que sienten, por lo que ven, por su forma de seguir cayendo en el abismo. El territorio social quizás determine todo lo que sucede. El mundo del hachís genera sus modos de vida, un mapa bastante cerrado de posibilidades y nada envidiable.

    La tercera clase es una novela que saca a la luz muchas contradicciones de nuestra sociedad. La escritura de Pablo Gutiérrez sabe desvelar con precisión las grietas, los sinsentidos que resquebrajan nuestra historia reciente, desde el punto de vista económico, social o educativo. Ni el libre mercado, con sensibilidad social y todo, ni la enseñanza secundaria obligatoria, con tantos recursos, pueden remover los cimientos y dinámicas de La Broa. Pero la novela no habla de política, ni de sociología. Es un relato de personas, de vidas. ¿Quién se acuerda de esas historias? La desesperación y la resignación afectan tanto al profesor como al político o al alumno. La transformación social ya no es una posibilidad. La utopía ni se menciona. Todos quieren huir de esas tierras enfangadas.

sábado, 14 de noviembre de 2020

ESENCIALES

           Si la vida humana es palabra, logos, no debe extrañarnos que las librerías sean esenciales. Somos seres simbólicos, poéticos y fabuladores. Nos gustan las historias y las teorías tanto como beber, comer y amarnos. En el decir y el interpretar habita esa esencia humana. La imaginación es el nexo que une a escritores y lectores… Y las librerías son las casas de la imaginación, de la creatividad. Como seres de ficción que somos, la creatividad es esencial, el núcleo de nuestra existencia simbólica.   

         Hay muchas estanterías, con extraños rótulos… Nada sobra. Todos los géneros son necesarios para el ser humano. Todos los pasillos de una librería conducen a Roma: el placer. O quizás a Grecia: el conocimiento. Comedias y tragedias, novelas y ensayos, poemas y biografías, guías y diccionarios… Senderos imprescindibles para alcanzar de mil formas diferentes la felicidad.

         Todo esto viene de muy atrás. Dicen los historiadores que hubo un tiempo en el que no había escritura ni libros. No sé, no sé… Todo me suena a un cuento que alguien ha inventado. ¡A quién se le ocurre que pueda haber humanidad sin libros! Y dicen que nos sentábamos al calor del fuego, bajo las estrellas, para contarnos aventuras, anécdotas, viejas leyendas… Era un momento sublime, inquietante, lleno de expectativas, cordial, es decir, era como entrar en una librería.

           El olor de los libros atraviesa las mascarillas. Accedemos a una burbuja de sensaciones. Miles de posibilidades ante nuestros ojos, ante los cristales empañados. Ahí están todas las palabras esenciales, y ahí estarán. Las librerías nos acogen con una promesa de eternidad, quizás otra ficción, otro cuento. Es el calor del fuego primordial, con el ruido de las alimañas a lo lejos. Es el calor protector de las hojas, de los árboles.

         No son burbujas para aislarnos de la realidad, todo lo contrario. Los libreros abren sus casas para mostrarnos todos los mundos posibles. Y nos regalan la fórmula secreta para seguir soñando con otras vidas. Las casas de la imaginación son hospitalarias. A ellas acudimos todos los viajeros, quizás porque las confundimos con Ítaca.

lunes, 4 de mayo de 2020

SUBID Y MIRAD



Ilustración de Miguel Parra

   Subid a la azotea, mirad hacia el horizonte y decidme si veis lo mismo que yo: más azoteas, el cielo con los vencejos, una buganvilla, antenas parabólicas, la torre de una iglesia, árboles lejanos, edificios abandonados, ropa tendida…  Ahora imaginad lo que hay debajo de esos tejados: una niña que estudia física, un anciano que cuenta una historia a su nieto, un niño que abraza un balón, una mujer que escribe en el ordenador, un hombre que hierve leche, un gato que ronronea de placer… Pero no es suficiente, ahora imaginad lo que desean esas personas, lo que les empuja a vivir frente a cualquier adversidad, lo que transforma sus miradas cada mañana… Ahora sí, ahora ya veis el verdadero horizonte, el de los sueños realizables, el de las utopías domesticadas… Los lectores de Luis Sepúlveda hemos aprendido a desentrañar los misterios de las azoteas… Sabemos que existe un tejido infinito y resistente como el diamante, construido en el telar de la esperanza con los hilos de la libertad… Sus lectores, cuando miramos hacia el horizonte, sentimos en el corazón un susurro que nos trae la palabra más bella: justicia.

sábado, 18 de abril de 2020

EL ARTE DE HOZAR

     
Detalle de la portada de "Una teoría de la democracia compleja", de Daniel Innerarity. 
       Contrasta el silencio de la calle con el bullir de los medios de comunicación. Han dicho que algunos animales se han adentrado en las ciudades. Jabalís corriendo y hozando por territorio humano… Caballos salvajes por pistas de esquí… Incluso una ballena ha aparecido muerta en la playa. ¿Y si un lobo comenzara a merodear por los alrededores de nuestra ciudad? Pues imaginen que un lobo solitario se acercara a Berlín. Seguro que alteraría la vida de los vecinos. La gente se pondría nerviosa y muchos creerían haberlo visto… Es la historia que nos cuenta el dramaturgo alemán Roland Schimmelpfennig en su primera novela Una clara y gélida mañana de enero a principios del siglo XXI (Periférica, 2020). Tomasz se ve obligado a parar en la autovía, debido a la retención que provoca un accidente. Es entonces cuando ve al lobo y lo fotografía. La novela es una red historias que se van entrelazando: dos jóvenes que se van de casa campo a través; los padres que salen en su busca; la relación entre Tomasz  y Agnieszka…
         De los lobos podemos aprender mucho. Mark Rowlands vivió con un lobo más de una década. Brenin se llamaba el animal. Detrás del simio calculador, que todo lo ve como un medio para lograr sus fines, quizás esté el lobo. El lobo y el filósofo (Seix Barral, 2009) habla de una historia real, de lo que aprendió Mark con Brenin sobre el amor y la felicidad. Esas enseñanzas son el fruto de compartir una trayectoria vital, no de un estudio científico. El lobo nos enseña que “lo importante en la vida nunca es cuestión de cálculo”. Y que “lo que posee verdadero valor no se puede cuantificar ni puede ser objeto de mercadeo”. No es un libro académico de filosofía, no es sistemático. Cuenta una experiencia real, “unas ideas que existen en el espacio creado entre un lobo y un hombre”. En las primeras páginas nos explica cuándo compró a Brenin y cómo lo adiestró. Compara la inteligencia de un perro y la de un lobo. Mientras que el primero vive en un “mundo mágico” y utiliza al ser humano para que le resuelva los problemas nuevos, el lobo posee una inteligencia mecánica que le permite resolver problemas inéditos, más allá de la imitación. Los amantes de los perros, y de los animales en general, van a disfrutar mucho con este libro. Y además encontrarán algunas lecciones esenciales.
         “Lo más importante en la vida no es algo que se pueda poseer. El sentido de la vida reside precisamente en aquellas cosas que las criaturas temporales no podemos poseer: momentos. Esta es la razón de que nos cueste tanto reconocer un sentido plausible para nuestra vida. Los momentos son lo único que nosotros, los simios, no podemos poseer. La posesión de cosas se basa en borrar el momento: los momentos son cosas que atravesamos para poseer los objetos de nuestros deseos. Queremos poseer las cosas que valoramos, reivindicar esas cosas. Nuestra vida es una gran apropiación de tierras, y debido a ello somos criaturas del tiempo, no criaturas del momento: el momento que siempre se nos escapa de las codiciosas y prensiles manos.” (p.267)
         Son tiempos de hozar entre los libros acumulados, revistas y discos, y mover el hocico para encontrar algo nutritivo, como exploradores de la nostalgia. Si nuestros humildes hogares acumulan tesoros, ¿qué habrá en los de los sabios? Nos atrae el interior de las casas de los escritores, artistas y científicos, sus lugares de trabajo, donde pasan las horas escribiendo, dibujando, componiendo, pensando, leyendo, comiendo, durmiendo… Existe un libro dedicado a ese tema, y se titula Las casas de la vida (Ariel, 2012), escrito por Daniel Cid y Teresa-M. Sala, doctores en Historia del Arte. Se trata de una selección de escritos en los que el habitante o el visitante describen la morada de reconocidos creadores. El libro empieza con la casa de Goethe y termina con la de Tomás Morales. Y entre medias nos hemos acercado a las viviendas de Soane, E. Dickinson, Víctor Català y Caterina Albert, Kollwitz, Marie Curie, Ortega y Gasset, Alexandre de Riquer, Santiago Rusiñol, Kafka, Rilke, Pessoa, Neruda, Freud, Dalí, Miró, Le Corbousier, Gustave Moreau, D´Annuncio, Eileen Gray, Frank Lloyd Wright y Llorenç Villalong. Esta antología recoge textos muy diferentes, el objetivo es “tener compiladas una serie de experiencias dispersas en el espacio y el tiempo sobre el universo simbólico de las casa, sobre la cultura del habitar de la vida moderna”. Y hay visitantes ilustres, como Marcel Proust o Natalia Ginzburg.
          Decía Aristóteles que la ciudad es anterior a la casa. Hoy sabemos que el mundo es anterior a la ciudad y al Estado. Pero nos cuesta asumir los saltos en complejidad. Saltos no solo cuantitativos, sino cualitativos. El todo es anterior a las partes, porque les da sentido y razón de ser. La globalización y las nuevas tecnologías configuran hoy una sociedad muy enrevesada, un tejido de infinitos hilos. Pero seguimos con formas de gobierno ancladas en otro modelo de sociedad, más lineal y predecible, es decir, más simple. Necesitamos mecanismos democráticos de poder que sepan administrar las nuevas dinámicas sociales. Es lo que analiza Daniel Innerarity en su último libro, Una teoría de la democracia compleja (Galaxia Gutenberg, 2020). La obra aborda todas las dimensiones, desde la epistemología hasta la democracia digital.
         “Tenemos que redescribir el mundo contemporáneo con las categorías de globalización, saber y complejidad. La política ya no tiene que enfrentarse a los problemas del siglo XIX o XX, sino a los del siglo XXI, que exigen capacidad de gestionar la complejidad social, las interdependencias y externalidades negativas, bajo las condiciones de una ignorancia insuperable, desarrollando una especial capacidad estratégica y aprovechando las competencias distribuidas de la sociedad civil.” (p.24)
          Y hozando entre los libros pendientes me he encontrado con la ciudad de Lisboa. ¡No me digan que no han pensado en Lisboa estos días! Gracias a Antonio Muñoz Molina he pasado allí varias tardes. No pensaba moverme de casa, pero la lectura de Cómo la sombra que se va (Seix Barral, 2016) me ha permitido ese lujo. James Earl Ray, el asesino de Martin Luther King, estuvo en Lisboa tras cometer el crimen. Pero el libro es mucho más que la reconstrucción novelada de esa biografía. Muñoz Molina también nos habla de su escritura, de cómo fue creando otro libro, El invierno en Lisboa. Para construirlo tuvo que visitar la capital portuguesa. Me ha sorprendido encontrar una reflexión sincera sobre el arte de escribir y vivir. Hay varias miradas sobre Lisboa, diferentes densidades narrativas. Muñoz Molina se ha empleado a fondo para conocer al asesino, para describir su huida. Un ejercicio de documentación digno de resaltar. Aunque más mérito tiene, quizás, la forma de mostrar su estar en el mundo mientras escribe, su proyecto vital y literario. Por eso, dicen los críticos, que ofrece una teoría sobre la novela.
         “Una novela es un estado de espíritu, un interior cálido en el que uno se refugia mientras la escribe, como un capullo que va tejiendo hilo a hilo desde dentro, encerrándose en él, viendo el mundo exterior como una vaga claridad al otro lado de su concavidad translúcida. Una novela se escribe para confesarse y para esconderse. La novela y el estado particular de ánimo en el que es preciso sumergirse para escribirla se alimentan mutuamente; una particular longitud de onda, como una música que uno oye de lejos y que intenta precisar escribiendo.” 

miércoles, 25 de marzo de 2020

LECTURAS PARA ABORDAR LA INCERTIDUMBRE


  
Portada de Historia del silencio
             
Hemos frenado en seco y con lo primero que nos hemos encontrado ha sido con el silencio, un lujo o una condena, según se mire, o mejor, según se escuche. Y, por supuesto, nos hemos topado  con el ruinoso mecanismo de pensar. Alain Corbin explora cómo nos hemos relacionado con el silencio desde el Renacimiento a nuestros días. Acude a los grandes escritores y pensadores, sobre todo franceses, para hablar de la intimidad, la naturaleza, el amor, la experiencia religiosa, las disciplinas, las tácticas… El silencio es necesario para crear, meditar y contemplar. Puede ser una bendición o una fuente infinita de desasosiego, algo trágico. Historia del silencio (Acantilado, 2019).
         “En otros tiempos, los occidentales apreciaban la profundidad y los sabores del silencio. Lo consideraban como la condición del recogimiento, de la escucha de uno mismo, de la meditación, de la plegaria, de la fantasía, de la creación; sobre todo, como el lugar interior del que surge la palabra. Desgranaban las tácticas sociales del silencio. La pintura, para ellos, era palabra de silencio. (…) Hoy en día, es difícil que se guarde silencio, y ello impide oír la palabra interior que calma y apacigua. La sociedad nos conmina a someternos al ruido para formar así parte del todo, en lugar de mantenernos a la escucha de nosotros mismos. De este modo, se altera la estructura misma del individuo.” (Alain Corbin)
         Ya sabemos que pensar de verdad implica abandonar el maniqueísmo, los prejuicios, las ideologías simplificadoras… Los filósofos miran hacia el mundo (Cátedra, 2018) es un libro editado por David Edmonds recoge 62 problemas de ética práctica. El libro nace gracias a un blog de ética práctica creado en 2007 en el Centro Uehiro de la Universidad de Oxford. Los filósofos realizaban en cada entrada un análisis ético de un tema de actualidad aparecido en las noticias. Los asuntos tratados aparecen agrupados en los capítulos: Terrorismo, armas y guerra; Salud y medicina; Fármacos y órganos; Religión y caridad; Sexo y educación sexual; Deporte; Cerebros; Lenguaje, discurso y libertad; Maldad, repugnancia, vergüenza, grosería y júbilo; Animales; El futuro y sus habitantes. Cada entrada tiene 3 ó 4 páginas. Los autores plantean todos los argumentos, los dilemas, las consecuencias prácticas, etc.
         Otro libro de características similares es Filosofía ciudadana (Trotta, 2020) El autor es Miguel Ángel Quintanilla, catedrático emérito de Lógica y Filosofía de la Ciencia. Además de impartir clases y escribir ensayos, ha participado en política, como senador, Secretario General del Consejo de Universidades y Secretario de Estado de Universidades e Investigación. Los 113 textos reunidos en este volumen proceden de sus colaboraciones con la prensa, en el diario Público y en Onda Cero de Salamanca. Cada reflexión ocupa una página y media. Y los temas están ordenados en cuatro bloques: Filosofía, Innovación, Cultura científica y Política. Cada artículo lleva una entradilla que resalta la idea central.
         “(…)Deberíamos empezar a pensar que todos somos responsables de la difusión de la cultura científica, que podríamos exigir, por ejemplo, que en las farmacias no se vendan pseudorremedios homeopáticos, que los curanderos no se puedan anunciar como si fueran médicos, que las universidades no enseñen pseudociencias como si fueran ciencia y que los que sufren no sean estafados por la falta de cultura científica” (Miguel Ángel Quintanilla)
         El mundo es complejo y malvado, ya los sabíamos antes del frenazo en seco. El escritor sevillano Daniel Ruiz nos ofrece en El calentamiento global (Tusquets, 2019) una radiografía, muy cinematográfica, de nuestra sociedad. Con un ritmo narrativo propio de las series de televisión, la novela nos cuenta lo que ocurre en Pico Paloma. Federico Castilla, director de Responsabilidad social Corporativa de Oilgas International visita la zona para gestionar la crisis que ha provocado un accidente laboral en la empresa. En escena van apareciendo directivos, empresarios, políticos, periodistas, ecologistas, blogueras, trabajadores, artistas, delincuentes… Leemos para descubrir si Federico será capaz de solucionar el problema o se le complicará de más de la cuenta. Es muy interesante, por ejemplo, el papel de la prensa en estos asuntos, y cómo el nuevo periodismo digital amateur e independiente puede tener un papel muy importante en ciertas circunstancias.
         Ya que he mencionado el cine, les recomiendo la segunda entrega de Relatos en 70mm (Editorial El Sendero, 2019). La primera apareció en 2015. Ahora, José Luis Ordóñez nos ofrece 23 relatos inéditos de 12 escritoras y 11 escritores contemporáneos. Todos los relatos, a pesar de la gran diversidad de estilos y temas, tienen en común la pasión por el cine y la literatura. “Si en el anterior volumen la temática se repartía entre Andalucía y el cine, en estos nuevos relatos se eliminan barreras y se abre la posibilidad de ubicar las historia en otras zonas, siempre con el cine como premisa…”, dice José Luis Ordóñez en el prologo. Los autores que participan: María Zaragoza, Juan Varo Zafra, Isabel Merino, José Iglesias Blandón, Juan Antonio Hidalgo, Sonsoles Yovanka, Fernando Hernández, Elena Marqués, Felipe Guindo, Carmen Bautista, Margarita Rodríguez Otero, Santiago F. Reviejo, Sonia García-Rayo Luengo, Luis Manuel Ruiz, Jesús Lens, Vanessa J. Garrido, José Carlos Carmona, Loli Pérez, Eva Márquez, Ángel Luis Sucasas, Sandra R. Fernández, Cristina Cerrada, Juan Carlos Palma.
         “La literatura, como el cine, es también una pasión que solo se entiende a través de la emoción, de la curiosidad por contar historias, por la exigencia de cada una de ellas para ofrecer siempre lo mejor, y es una pasión que ilumina nuevas ventanas, nos pone delante del espejo y bucea en aspectos de la condición humana que, después de leer ese relato ver es película, hace que nos demos cuenta de algo importante: ahora nos reconocemos en la ficción para, de esa manera, confirmar en la realidad algo de nosotros mismos.” (José Luis Ordóñez)

sábado, 30 de mayo de 2015

Reseña en LA GALLA CIENCIA

ABISALES
PEDRO SÁNCHEZ SANZ
Editorial Lastura, 2015.
        
            La escritura de Pedro Sánchez sintetiza la riqueza de la tradición clásica, la sensibilidad de los románticos y el atrevimiento del simbolismo o el surrealismo. La metáfora del viaje arraiga en lo más profundo de nuestra cultura, sin embargo es un viaje que atraviesa la experiencia del sujeto en la modernidad, hasta el punto de desembocar en ciertos recorridos metapoéticos. En este viaje el poeta es el protagonista, porque es la poesía la que nos ilumina allá en las profundidades. Para construir este espacio poético se necesita madurez en el decir y en el sentir. Los ecos románticos que Rocío Hernández Triano resalta en el prólogo confirman esa confianza del autor en la palabra como gestora de las emociones. Varios libros de poesía y de relatos, traducciones y unos cuantos premios, como el Internacional Platero, que concede el Club del Libro en Español en Naciones Unidas, avalan esta madurez.

            Uno se puede preguntar dónde empezó todo, el miedo, el deseo o la poesía. Nos gustaría saber dónde comienza la pregunta misma y por qué nos abrasa por dentro desde entonces. Pues bien, todo empezó con la conciencia, con la capacidad de ser conscientes de nuestras miserias. Por eso envidiamos a nuestros parientes, a los otros animales. Viven siempre en la superficie, mientras que los humanos hace tiempo que iniciamos un peligroso viaje a las profundidades, de nuestro ser y de nuestra civilización. No es raro que el poeta o el filósofo se acerquen a los animales con una extraña mezcla de envidia y superioridad, porque, si hablamos de ellos, y usamos la palabra, es que estamos por encima, aunque la palabra implique una cruel inmersión. Walt Whitman en “Hojas de hierba” expresa bien esa mirada:Creo que podría transformarme y vivir con los animales. ¡Son tan apacibles y dueños de sí mismos! Me paro a contemplarlos durante tiempo y más tiempo. No sudan ni se quejan de su suerte, no se pasan la noche en vela, llorando por sus pecados… Ninguno está insatisfecho, a ninguno le enloquece la manía de poseer cosas…”

         “Los monos no tienen conciencia de la muerte.” El primer verso del libro de Pedro Sánchez nos lo explica todo. “Para ellos no hizo películas Bergman, Tolstoi no expuso sus pecados capitales/ ni Mozart compuso su más sentido Réquiem.” El libro consta de tres partes: Inmersión, Profundidad y Superficie. La conciencia de la muerte es el origen de toda escritura. La primera parte constituye el salto, la inmersión, lucidez que nos asusta y obliga a zambullirnos en nosotros mismos, quizás para huir. ¿Qué vamos a encontrarnos ahí dentro, en las profundidades? ¿Sólo oscuridad? Nos vamos encontrar con los seres abisales, seres que emiten luz propia… El Capitán Nemo, el poeta maldito, los strigoi, Iscariote, Aquiles, el dolor, el bohemio,... Cada poema acoge la luz de esos seres extraños, ni vivos ni muertos, y nos conmueve con la palabra impregnada de desazón, la que siente el poeta ante la oscuridad y la posibilidad de estar perdido para siempre.

                            Espejo de tinieblas,
descenso al ultramundo cual fuga hacia delante,
caída libre al fondo salino de la luz.
Cuando escribo en vertical yo grito, canto, rezo,
hablo quizás del poeta enfermizo, del monstruo
de los sueños, del niño autista, de la medusa
angelical, quizás
                            cauterizo la herida
milenaria de esas voces ocultas que bogan
inadvertidas en paraísos abisales
sin encontrar jamás el consuelo de los dioses.


         Es un descenso a los pliegues ocultos de nuestra conciencia y nuestra literatura. Como hay monstruos marinos, hay batalla. La conciencia es un campo agónico. Pero los monstruos, lejos de ser terribles y dañinos, son débiles, hasta miserables, no en vano son una parte de nosotros mismos que hemos ocultado. En las profundidades van apareciendo máscaras que reflejan nuestros anhelos y miedos más oscuros. El abismo es un maldito laberinto, terreno sólo apto para el poeta. Los seres abisales, desde esa debilidad, proyectan también la luz de la utopía. No todo es penumbra y miseria en los estratos profundos del yo y del océano. “Piensas que quizás empujó tus velas un viento/ equivocado, pero el mar a tu espalda es ya/ una gran muralla de sudor disuelto en sangre”. El poeta duda. Está desorientado, porque el precio ha sido demasiado alto. Tocamos fondo “cocaína a su corazón ratas en las venas/ahorcado en un callejón con el sombrero puesto/ obcecado dos veces se arrojó al mismo río…”
         Superficie es la tercera parte. Emerger ha costado, pero con el poeta no hay quien pueda. La mirada del escritor sabe aprovechar cada rayo de luz, incluso en las profundidades. No es el fin del viaje obviamente. El tiempo del poeta es cíclico, el ir y venir, el morir y renacer. De los monstruos ha aprendido, porque siempre se aprende. En la superficie, ajena a la animalidad pura, el poeta vuelve a tener conciencia de lo que es y pudo ser. No somos seres de superficie los humanos. Somos los seres abisales. ¡Qué sería de la civilización sin los abismos interiores!

EN PIE

Límpiate los muertos de tus zapatos
y camina de nuevo,
el sol aún calienta
y tiene una deuda con tu destino.
Rompe el silencio de la larga vía
que conduce al destello,
te esperan nuevas lunas
adornando un horizonte de nieblas.
Rasga el sello secreto
que contiene la vieja profecía,
bendice la palabra,
que es la llave de tus ojos antiguos
y tu lengua repita,
como en un exorcismo,
la música dorada que te salva
de hundirte en las arenas.

http://www.lagallaciencia.com/2015/05/abisales-de-pedro-s-sanz-por-juan.html?spref=fb

domingo, 31 de agosto de 2014

PEAJE, DE JULIO DE LA ROSA


          En una ocasión le pidieron al filósofo Max Zoster su opinión sobre la crítica literaria: “La crítica literaria es algo que me parece imposible, un intento muy digno pero inútil. Imaginen que alguien pinta un cuadro para valorar otro cuadro... Imaginen que componemos una canción para describir otra canción...”
   
         La literatura, como todas las artes, nos plantea grandes preguntas, incluso misterios. Uno de ellos es la creatividad.  Saber lo que significa crear implica hablar de la esencia de una obra y de la acción humana. A todos nos gustaría saber por qué hay personas que son más creativas que otras. Son muchas las causas. Y la respuesta va a llegar a través de la colaboración de las neurociencias con la estética y la teoría del arte.
         Uno de los rasgos que suelen compartir los grandes creadores es su afán desmedido por experimentar dentro de todos los géneros. El creador no conoce fronteras. Sus acciones mezclan registros, categorías y estilos. Avanzamos en el conocimiento, decía el físico Poincaré, trasladando estructuras de unos campos a otros. En las artes, las analogías, incluso cuando fracasan, constituyen nuevas experiencias.

         Para crear hay que desplazarse continuamente, hay que transgredir. De aquí se deduce que sea imposible identificar la obra de un autor con sus textos o sus lienzos.

Estamos hablando de Julio de la Rosa. Al recorrer sus senderos literarios y musicales nos damos cuenta de que estamos ante una persona  difícil de atrapar. Cuando el espectador o el crítico llegan él ya no está...
   
Amor y Lavadoras
A menudo guardo objetos, en principio inapropiados, en la lavadora. Esto es: fotos, libros, cables, o incluso herramientas. Al principio era cuestión de espacio. Un día, por error, lo mezclé con la colada. En realidad, me divierte ver este tipo de cosas centrifugándose. Hay veces que meto dentro las fotos de mi última amante, a ver si así desaparece de una vez por todas. Escribo por el mismo motivo por el que me lavo: porque me lo pide el cuerpo; es sorprendente cómo un gesto aprendido, el hecho de escribir, puede llegar a convertirse en instintivo. Con la música es igual, o tocas o te meas encima. Las manchas de las cosas que amas son las más difíciles de quitar.
                                           (Diez años Foca en un circo, p.36)




Pero qué ingeniosos
I
Pero qué ingeniosos.
Novelistas, músicos, poetas,
Publicistas, cineastas, coreógrafos,
Modernos anacoretas.
Con qué gracia construyen sus metáforas.
Mejor aún.
Pero qué ingeniosos.
Novelistas, músicos, poetas.
Escriben metáforas repetidas mil veces
Y después, voilá,
Consiguen venderlas.

Pero qué ingeniosos
II
(ejemplo)
Todos los ángeles
Dibujan barcos
En los ojos de los náufragos

Pero qué ingeniosos
III
(ejemplo)
Un cálculo de pros y contras
y una inexplicable atracción estética.
Amar es tan difícil como elegir una bicicleta.
                                               (Tanto rojo bajo los parpados. p.11)

La novela PEAJE es el despliegue de una mente atrapada en un trabajo rutinario, la cabina de peaje de una autopista. A una velocidad de vértigo, la que marca el cobro, el protagonista se va dibujando a sí mismo. Cada cliente es un espejo que refleja otro espejo.  El aburrimiento desencadena procesos de observación y asociación, extrapolaciones, enlace de emociones, palabras, recuerdos... Esa mente encerrada es capaz de deducir vidas enteras a partir de muy pocos rasgos. Así, una tras otra, surgen historias de vidas,  historias condensadas.

Tipologías
I
El Negado Competente.
La Perenne Inestable.
El Cultivado Ignorante.
El Sabio Aprendiz.
El Jugador Aburrido.
La Misteriosa Inocua.
El Corrupto Insobornable.
El Bastardo Legítimo.
El Orador Ensimismado.
La Mansa Indomable.
El Afable Impenetrable.
La Salvaje Dócil.
Los Mezquinos Dignos.
El Iluminado Avaro.
El Mesurado Desmedido.
(Diez años...p.9)
                                               

Animales De Presa

trabajar comer dormir
leer cocinar comer
dormir trabajar comer
ver dormir trabajar
imaginar desear resignarse
masturbarse pensar vestir
salir mirar beber
pagar mirar desear
beber mirar hablar
hablar hablar hablar
insistir beber mirar
mirar desear preguntar
disimular hablar insistir
sonreír beber besar
marchar caminar callar
besar caminar llegar
subir entrar encender
mirar besar apagar
desnudar tocar tumbar
chupar tocar lamer
penetrar prometer acabar
descansar fumar hablar
dormir soñar dormir
despertar asustarse desayunar
mentir despedirse olvidar

(Diez años...p.47)
                                                       
Presentaación del libro en la Fundación Caballero Bonald
         El ritmo de la novela y el de la conciencia viene establecido por “Seis cuarenta, por favor”.  Cada “Seis cuarenta, por favor” brota una historia, un mundo. Los recursos utilizados resaltan las acciones. El estilo directo, las frases cortas y los diálogos fugaces nos sumergen en ese mecanismo de la autopista y de la conciencia.  Lo que aparentemente podría desembocar en la banalidad, en lo superficial, dada la rapidez, en realidad conduce a un despliegue libre del sujeto, con sus miedos, odios y miserias. Un despliegue que arroja reflexiones certeras sobre nuestro modo de vida, sobre esta sociedad de la información y del espectáculo.

         La situación no podía estar mejor planteada: un individuo atrapado en un trabajo mecánico, un individuo anulado en una autopista, símbolo del progreso de las comunicaciones.  Y la sinceridad de esa mente atrapada contrasta con la mentira cotidiana a la que estamos sometidos. Cita a Truman Capote: “Qué lástima tener que mentir continuamente por casi cualquier cosa que hacemos.”

         Las vidas que pasan delante del protagonista, su propia vida, son vidas aún abiertas. Para matar el tiempo, su tiempo, su vida, el protagonista lee y recorta necrológicas, vidas cerradas, se supone que con sentido. Ese contraste entre lo acabado y lo que es mero proyecto describe muy bien la esencia del individuo moderno.

Al mismo tiempo que leía esta novela de Julio también estaba leyendo los escritos de Marcel Duchamp.  Nos dice este artista que el espectador, el receptor, completa el proceso creativo. Cuando leemos una obra o contemplamos un cuadro vamos completando esa creación. Quizás podemos interpretar las vidas como creaciones también. El protagonista lee las necrológicas de personajes ilustres y las recrea, las reconstruye, las interpreta. Al final vemos que también esas vidas siguen abiertas. Nuestras acciones son acciones porque otros las piensan, les dan sentido. Incluso después de muertos seguimos viviendo en esas interpretaciones. La inmortalidad que busca el artista consiste en dejar muchas huellas, muchos indicios, para que sean interpretados de infinitas formas y así seguir existiendo.

         Julio de la Rosa nos cuenta muchas historias. Hay historias de amor, sexo, odio... Y aparecen muchos personajes (hasta nuestro Papa, digno Papa. Es el colmo, el único que dimite en esta sociedad es el infalible, el que no se equivoca... En marzo tendrá que salir la segunda edición corregida) los que la vida arroja a una autopista y a una imaginación desbordante. Hay humor ácido. Hay ironía y hay tristezas. El “Seis cuarenta, por favor.” es el estribillo de una canción muy larga, estilo Bob Dylan, en la que alguien con una guitarra al lado de una carretera va desgranando vidas, la mayoría deprimentes.  Poesía, música, relatos...la esencia de los trovadores de siempre. Las palabras “Seis cuarenta, por favor” como otro instrumento de percusión...

“La música no se puede prohibir. Nadie puede borrar la música del planeta Tierra. Renacerá siempre en cualquier parte, de cualquier modo. Es el único arte inmaterial. La música no está en ninguna parte. Si quemaran todos los instrumentos del mundo, la gente seguiría cantando. Y si les cortaran la lengua a todos los cantores del mundo, aporrearían sus propios cuerpos: tocarían las palmas, golpearían sus piernas. Si les cortaran las manos, golpearían el suelo con sus pies. Habría que extinguir a la raza humana para que desapareciera la música. Y los cuatro capullos que prohibieran la música y extinguieran a todo el mundo, acabarían necesitándola. No se puede vivir en un mundo sin música. Es el verdadero contacto con el más allá. La única religión verdadera. Las demás son, exclusivamente, instrumentos de manipulación.
Instrumentos, ja.
—Seis cuarenta, por favor.”  (p.104)

El protagonista se enreda, en sus pensamientos y en las relaciones que establece con sus clientes y compañeros. A través de estos senderos nacen reflexiones sobre la amistad, el trabajo, la música, el sexo, el lenguaje, la religión... Hay una continuidad entre la novela y sus otros libros. Quien lea sus anteriores textos podrá profundizar en estas obsesiones y en estas formas de contar.

Sin embargo, aunque hemos hablado de historias deprimentes, también aparece algún personaje que nos remite a la utopía, a esa mirada humana ajena al valor económico y al prestigio social, la mirada de esa persona desconocida, ingenua, que nos dice adiós desde el otro lado.
               
DE LA ROSA, Julio. (Jerez de la Frontera, 1972).
Estudios de Comunicación Audiovisual.
Ha vivido en New York, Manchester, Estambul, Barcelona, Granada, y Madrid
Grupos "El Hombre burbuja" y  proyecto "Fantasma #3".
Solitario:
"Las Leyes del Equilibrio"  2006
"M.O.S." 2004
“El espectador” 2008
“La herida Universal” 2010
“Pequeños trastornos sin importancia” 2013
Bandas sonoras del cine español:  Siete vírgenes, After y Grupo 7.
Series: T.V:  El síndrome de Ulises. Documentales...

 Como escritor anteriormente ha publicado dos libros de poemas y prosas breves -Tanto rojo bajo los párpados (Chorrito del Sur, 2006) y Diez años foca en un circo (Chorrito de Plata, 2008)-, un tercero de poesía en colaboración con Adriana Schlitter Kausch -Vacaciones (Ultramarina, 2011)-. 

lunes, 31 de agosto de 2009

FRAGMENTOS, METALITERATURA Y HEDONISMO

Peter Lieber, mi amigo alemán que trabaja en un centro de nanotecnología, ha pasado sus breves vacaciones en Conil de la Frontera practicando kitesurf. La verdad es que se le da muy mal, fatal. Una tarde de septiembre de fuerte levante, después de perder la cometa y poner en peligro a unos bañistas, se sentó en la arena y me dijo: “He estado pensando. ¿Serías capaz de definirme el futuro del pensamiento en tres palabras?” Con tal de que no intentase de nuevo volar aquella lona con los colores de su equipo de fútbol, comencé a hablar sobre las tres palabras que me vinieron a la cabeza.
Hace varias décadas que venimos hablando del fin de los grandes relatos. Es el fin de la Modernidad y el inicio de la Postmodernidad. Aquellos sistemas filosóficos que explicaban todo y aquellas novelas que narraban un historia completa ya no se llevan. Hemos entrado en la era del fragmento.
Leer consiste en desplazarse por una red de referencias literarias. En las obras de Enrique Vila-Matas la identidad del narrador se va construyendo a través del proceso de escribir sobre la escritura. La experiencia del narrador es una experiencia literaria. Así, la identidad del autor se nutre de la identidad de otros escritores y personajes. Recordar los recuerdos de otro se convierte en el límite de una estética literaria de la alteridad. Y el lector sabe que habita una esfera literaria, una esfera que le proporciona un placer intenso. El escritor que escribe para dejar de escribir y el escritor que vive todo a través de la literatura son ejemplos de historias que hablan constantemente de sí mismas y nos ofrecen una salida honrosa del mundo.
La literatura ahora se narra a sí misma. El narrador habla de sí mismo como escritor y mezcla ficción y realidad. La esfera social y la esfera del yo han sido absorbidas por la esfera de la literatura. Y nunca tenemos la certeza de saber si algo ocurrió realmente. El estilo del diario permite manejar recursos muy ambiguos: el autor recuerda cuando transforma. Aunque la ironía nos avisa del peligro, como lectores temerarios que somos, nos dejamos engañar con la verdad.
Pensar consiste en razonar a través de una red de implicaciones conceptuales, una red sin centro. La Filosofía de los próximos años tendrá la forma de senderos racionales. Ya no aspiraremos a un sistema jerárquico de conceptos, a un sistema deductivo perfecto, al modo de un edificio, con sus cimientos inamovibles. Sin embargo, no abandonaremos el impulso racional de la modernidad. La metáfora del sendero conserva el azar y la necesidad, rasgos esenciales del naturalismo filosófico postmoderno. Un problema nos hace razonar y nos lleva a otro. La argumentación nos va empujando, nos hace desplazarnos. Cada problema es un nudo en la red, pero ninguno es el centro, porque no lo hay. Tampoco podemos predecir cuál será el rumbo exacto de nuestras argumentaciones. A pesar de ello, confiamos en las rutas trazadas; incluso pueden llegar a ser rutas muy concurridas, casi permanentes. El sendero discurre entre el azar de los acontecimientos y la necesidad de las argumentaciones.
Y el materialismo hedonista por fin se va tomando en serio... La obra de Onfray está renovando el hacer filosófico. Somos cuerpos, materia, sistemas nerviosos. Vivir es buscar el placer, la alegría. Y la filosofía ha de ser una actividad que produzca pequeñas revoluciones en nuestra vida cotidiana. Reconstruir la Historia de la filosofía para recuperar a los filósofos hedonistas es una de las tareas a las que se dedica Onfray. Además, su proyecto de universidad popular, donde todos participan y dialogan, puede significar una revolución en las instituciones del saber.