ROEDORES DE FILOSOFÍA

domingo, 31 de agosto de 2014

PEAJE, DE JULIO DE LA ROSA


          En una ocasión le pidieron al filósofo Max Zoster su opinión sobre la crítica literaria: “La crítica literaria es algo que me parece imposible, un intento muy digno pero inútil. Imaginen que alguien pinta un cuadro para valorar otro cuadro... Imaginen que componemos una canción para describir otra canción...”
   
         La literatura, como todas las artes, nos plantea grandes preguntas, incluso misterios. Uno de ellos es la creatividad.  Saber lo que significa crear implica hablar de la esencia de una obra y de la acción humana. A todos nos gustaría saber por qué hay personas que son más creativas que otras. Son muchas las causas. Y la respuesta va a llegar a través de la colaboración de las neurociencias con la estética y la teoría del arte.
         Uno de los rasgos que suelen compartir los grandes creadores es su afán desmedido por experimentar dentro de todos los géneros. El creador no conoce fronteras. Sus acciones mezclan registros, categorías y estilos. Avanzamos en el conocimiento, decía el físico Poincaré, trasladando estructuras de unos campos a otros. En las artes, las analogías, incluso cuando fracasan, constituyen nuevas experiencias.

         Para crear hay que desplazarse continuamente, hay que transgredir. De aquí se deduce que sea imposible identificar la obra de un autor con sus textos o sus lienzos.

Estamos hablando de Julio de la Rosa. Al recorrer sus senderos literarios y musicales nos damos cuenta de que estamos ante una persona  difícil de atrapar. Cuando el espectador o el crítico llegan él ya no está...
   
Amor y Lavadoras
A menudo guardo objetos, en principio inapropiados, en la lavadora. Esto es: fotos, libros, cables, o incluso herramientas. Al principio era cuestión de espacio. Un día, por error, lo mezclé con la colada. En realidad, me divierte ver este tipo de cosas centrifugándose. Hay veces que meto dentro las fotos de mi última amante, a ver si así desaparece de una vez por todas. Escribo por el mismo motivo por el que me lavo: porque me lo pide el cuerpo; es sorprendente cómo un gesto aprendido, el hecho de escribir, puede llegar a convertirse en instintivo. Con la música es igual, o tocas o te meas encima. Las manchas de las cosas que amas son las más difíciles de quitar.
                                           (Diez años Foca en un circo, p.36)




Pero qué ingeniosos
I
Pero qué ingeniosos.
Novelistas, músicos, poetas,
Publicistas, cineastas, coreógrafos,
Modernos anacoretas.
Con qué gracia construyen sus metáforas.
Mejor aún.
Pero qué ingeniosos.
Novelistas, músicos, poetas.
Escriben metáforas repetidas mil veces
Y después, voilá,
Consiguen venderlas.

Pero qué ingeniosos
II
(ejemplo)
Todos los ángeles
Dibujan barcos
En los ojos de los náufragos

Pero qué ingeniosos
III
(ejemplo)
Un cálculo de pros y contras
y una inexplicable atracción estética.
Amar es tan difícil como elegir una bicicleta.
                                               (Tanto rojo bajo los parpados. p.11)

La novela PEAJE es el despliegue de una mente atrapada en un trabajo rutinario, la cabina de peaje de una autopista. A una velocidad de vértigo, la que marca el cobro, el protagonista se va dibujando a sí mismo. Cada cliente es un espejo que refleja otro espejo.  El aburrimiento desencadena procesos de observación y asociación, extrapolaciones, enlace de emociones, palabras, recuerdos... Esa mente encerrada es capaz de deducir vidas enteras a partir de muy pocos rasgos. Así, una tras otra, surgen historias de vidas,  historias condensadas.

Tipologías
I
El Negado Competente.
La Perenne Inestable.
El Cultivado Ignorante.
El Sabio Aprendiz.
El Jugador Aburrido.
La Misteriosa Inocua.
El Corrupto Insobornable.
El Bastardo Legítimo.
El Orador Ensimismado.
La Mansa Indomable.
El Afable Impenetrable.
La Salvaje Dócil.
Los Mezquinos Dignos.
El Iluminado Avaro.
El Mesurado Desmedido.
(Diez años...p.9)
                                               

Animales De Presa

trabajar comer dormir
leer cocinar comer
dormir trabajar comer
ver dormir trabajar
imaginar desear resignarse
masturbarse pensar vestir
salir mirar beber
pagar mirar desear
beber mirar hablar
hablar hablar hablar
insistir beber mirar
mirar desear preguntar
disimular hablar insistir
sonreír beber besar
marchar caminar callar
besar caminar llegar
subir entrar encender
mirar besar apagar
desnudar tocar tumbar
chupar tocar lamer
penetrar prometer acabar
descansar fumar hablar
dormir soñar dormir
despertar asustarse desayunar
mentir despedirse olvidar

(Diez años...p.47)
                                                       
Presentaación del libro en la Fundación Caballero Bonald
         El ritmo de la novela y el de la conciencia viene establecido por “Seis cuarenta, por favor”.  Cada “Seis cuarenta, por favor” brota una historia, un mundo. Los recursos utilizados resaltan las acciones. El estilo directo, las frases cortas y los diálogos fugaces nos sumergen en ese mecanismo de la autopista y de la conciencia.  Lo que aparentemente podría desembocar en la banalidad, en lo superficial, dada la rapidez, en realidad conduce a un despliegue libre del sujeto, con sus miedos, odios y miserias. Un despliegue que arroja reflexiones certeras sobre nuestro modo de vida, sobre esta sociedad de la información y del espectáculo.

         La situación no podía estar mejor planteada: un individuo atrapado en un trabajo mecánico, un individuo anulado en una autopista, símbolo del progreso de las comunicaciones.  Y la sinceridad de esa mente atrapada contrasta con la mentira cotidiana a la que estamos sometidos. Cita a Truman Capote: “Qué lástima tener que mentir continuamente por casi cualquier cosa que hacemos.”

         Las vidas que pasan delante del protagonista, su propia vida, son vidas aún abiertas. Para matar el tiempo, su tiempo, su vida, el protagonista lee y recorta necrológicas, vidas cerradas, se supone que con sentido. Ese contraste entre lo acabado y lo que es mero proyecto describe muy bien la esencia del individuo moderno.

Al mismo tiempo que leía esta novela de Julio también estaba leyendo los escritos de Marcel Duchamp.  Nos dice este artista que el espectador, el receptor, completa el proceso creativo. Cuando leemos una obra o contemplamos un cuadro vamos completando esa creación. Quizás podemos interpretar las vidas como creaciones también. El protagonista lee las necrológicas de personajes ilustres y las recrea, las reconstruye, las interpreta. Al final vemos que también esas vidas siguen abiertas. Nuestras acciones son acciones porque otros las piensan, les dan sentido. Incluso después de muertos seguimos viviendo en esas interpretaciones. La inmortalidad que busca el artista consiste en dejar muchas huellas, muchos indicios, para que sean interpretados de infinitas formas y así seguir existiendo.

         Julio de la Rosa nos cuenta muchas historias. Hay historias de amor, sexo, odio... Y aparecen muchos personajes (hasta nuestro Papa, digno Papa. Es el colmo, el único que dimite en esta sociedad es el infalible, el que no se equivoca... En marzo tendrá que salir la segunda edición corregida) los que la vida arroja a una autopista y a una imaginación desbordante. Hay humor ácido. Hay ironía y hay tristezas. El “Seis cuarenta, por favor.” es el estribillo de una canción muy larga, estilo Bob Dylan, en la que alguien con una guitarra al lado de una carretera va desgranando vidas, la mayoría deprimentes.  Poesía, música, relatos...la esencia de los trovadores de siempre. Las palabras “Seis cuarenta, por favor” como otro instrumento de percusión...

“La música no se puede prohibir. Nadie puede borrar la música del planeta Tierra. Renacerá siempre en cualquier parte, de cualquier modo. Es el único arte inmaterial. La música no está en ninguna parte. Si quemaran todos los instrumentos del mundo, la gente seguiría cantando. Y si les cortaran la lengua a todos los cantores del mundo, aporrearían sus propios cuerpos: tocarían las palmas, golpearían sus piernas. Si les cortaran las manos, golpearían el suelo con sus pies. Habría que extinguir a la raza humana para que desapareciera la música. Y los cuatro capullos que prohibieran la música y extinguieran a todo el mundo, acabarían necesitándola. No se puede vivir en un mundo sin música. Es el verdadero contacto con el más allá. La única religión verdadera. Las demás son, exclusivamente, instrumentos de manipulación.
Instrumentos, ja.
—Seis cuarenta, por favor.”  (p.104)

El protagonista se enreda, en sus pensamientos y en las relaciones que establece con sus clientes y compañeros. A través de estos senderos nacen reflexiones sobre la amistad, el trabajo, la música, el sexo, el lenguaje, la religión... Hay una continuidad entre la novela y sus otros libros. Quien lea sus anteriores textos podrá profundizar en estas obsesiones y en estas formas de contar.

Sin embargo, aunque hemos hablado de historias deprimentes, también aparece algún personaje que nos remite a la utopía, a esa mirada humana ajena al valor económico y al prestigio social, la mirada de esa persona desconocida, ingenua, que nos dice adiós desde el otro lado.
               
DE LA ROSA, Julio. (Jerez de la Frontera, 1972).
Estudios de Comunicación Audiovisual.
Ha vivido en New York, Manchester, Estambul, Barcelona, Granada, y Madrid
Grupos "El Hombre burbuja" y  proyecto "Fantasma #3".
Solitario:
"Las Leyes del Equilibrio"  2006
"M.O.S." 2004
“El espectador” 2008
“La herida Universal” 2010
“Pequeños trastornos sin importancia” 2013
Bandas sonoras del cine español:  Siete vírgenes, After y Grupo 7.
Series: T.V:  El síndrome de Ulises. Documentales...

 Como escritor anteriormente ha publicado dos libros de poemas y prosas breves -Tanto rojo bajo los párpados (Chorrito del Sur, 2006) y Diez años foca en un circo (Chorrito de Plata, 2008)-, un tercero de poesía en colaboración con Adriana Schlitter Kausch -Vacaciones (Ultramarina, 2011)-.