miércoles, 23 de diciembre de 2009

“No sé si ustedes conocen al poeta...”

Las palabras de Luis García Montero nos trasladaron a tiempos terribles de muerte y desesperación, tiempos vividos por Ángel González. En el jardín de la calle Caballeros nadie preguntó nada porque quizás no estábamos allí. Las palabras, llenas de afecto y sabiduría, nos habían impregnado de una extraña mezcla de dolor y esperanza utópica. Luis García Montero no nos había invitado a pensar, sino que nos había hecho habitar sus pensamientos y los pensamientos de Ángel. Como diría Vila-Matas, estábamos recordando los recuerdos del otro, del poeta. Cualquier pregunta que hubiésemos planteado nos habría expulsado de ese patio de La Luna Nueva.
Luis García Montero mencionó el papel transformador que la enseñanza tuvo para los intelectuales de la II República. Se trataba de construir una sociedad de ciudadanos libres e iguales, donde las ciencias y las artes impulsaran el desarrollo económico y la justicia social. Desde la Institución Libre de Enseñanza, los intelectuales habían retomado los ideales de la Ilustración para modernizar la sociedad española y acercarla a Europa. La escuela pública y laica debía abarcar todo el territorio. Así se crearía un espacio público de personas iguales, libres de los privilegios de clase y de las viejas supersticiones.
Luis García Montero se siente inmerso en ese proyecto. Su idea de literatura así lo refleja: “El verdadero compromiso de la literatura no está hoy en el contenido de los libros, en sus intenciones políticas determinadas, en la corrección o incorrección de sus protagonistas. Es más significativa su defensa del lenguaje como espacio público, su apuesta por el entendimiento de las conciencias individuales, en una época de realidades virtuales que homologan las conciencias y borran los lugares del diálogo.” (Inquietudes bárbaras. Anagrama). Sus artículos de prensa, su poesía y sus ensayos transmiten ese ideal revolucionario de los intelectuales que aman de verdad la democracia.
Este compromiso no está bien visto por los amantes de la forma pura. Dicen que la verdadera literatura es aquella que no se propone transmitir ideas ni transformar la realidad. La literatura pura no se ensucia con ideas políticas o éticas. La estructura narrativa debe ser autosuficiente. Así, existen “novelas de ideas” y “novelas”. Según los más formalistas, el defecto de las novelas de ideas estriba en que es fácil distinguir entre forma y contenido. El contenido es la idea que se quiere transmitir a la sociedad. En la verdadera novela y en la verdadera poesía esto no sucede: no hay distinción entre forma y contenido. La literatura comprometida es forzada. Se nota que el autor se ha propuesto primero un objetivo moral o político y luego ha buscado los recursos formales para convencer.
Sin embargo, los escritores que han vivido con intensidad su momento histórico y se han empapado de sus injusticias jamás han distinguido entre contenido y forma. Entienden la escritura como un deber cívico. El ámbito estético y el ético no están separados. El convencimiento ético atraviesa las capacidades del sujeto. Y al receptor también le sucede otro tanto. Comprende lo que le dicen con belleza y experimenta ese placer inteligente empapándose de realidad.
Cuando regresaba a casa me topé con una asamblea de trabajadoras en la Plaza del Arenal. Una mujer estaba subida a un banco y hablaba al resto. Me quedé escuchando porque me pareció una imagen irreal, propia de principios del siglo XX. La mujer, sin megáfono, explicaba cómo se iban a desarrollar las movilizaciones de los próximos días. Pensé que todavía no había salido de algún recuerdo de Ángel González...

lunes, 31 de agosto de 2009

INTELIGENCIA ARTIFICIAL I

1. Hace unos años, en una República lejana, un científico llamado Monsky se presentó ante el presidente para proponerle un reto. Monsky había construido un robot inteligente, idéntico a un niño de siete años, con sus mismas capacidades lingüísticas y de razonamiento. Además, gracias al uso de materiales sintéticos de última generación, el robot parecía también de carne y hueso. Pues bien, el reto consistía en convocar a los principales investigadores del Estado para que fuesen capaces de distinguir su robot de un niño real. En la memoria artificial del robot estaban todos los campos semánticos necesarios para desenvolverse en la vida cotidiana como un niño. El robot no sabía que era un robot.
Los investigadores podrían hacer las preguntas que quisieran a los dos niños. Les podían plantear problemas de lógica y matemáticas, ejercicios de semántica, juegos de mesa, es decir, cualquier pregunta que pudiera revelar una diferencia entre el humano y la máquina. Esta versión del Test de Turing se completaría con un premio o un castigo para los participantes, así nadie elegiría al azar. El que se equivocase recibiría el peor castigo que puede recibir un científico: la prohibición de publicar en Sideral, la principal revista científica de la República y del mundo. Los que acertasen podrían seguir publicando y aparecerían en un número especial dedicado a la inteligencia humana. El que no tuviese la respuesta segura podía abstenerse. Monsky pronosticaba que nadie se arriesgaría a elegir porque no tendría razones claras para hacerlo.

2. Ross King, investigador de la Universidad de Aberystwyth (Gales, Reino Unido), y su equipo han creado a ADAM, un robot con un avanzado sistema de inteligencia artificial capaz de formular hipótesis y realizar experimentos para comprobarlas, sin intervención humana. ADAM investiga el genoma de la levadura del panadero. Trata de identificar los genes implicados en las enzimas del metabolismo de esa levadura (National GeoGraphic News, Abril 2009). ADAM es el primer robot científico. En la página de este proyecto se puede ver cómo trabaja el robot (http://www.aber.ac.uk/compsci/Research/bio/robotsci/). También encontramos las publicaciones básicas sobre biología computacional.

3. Llegó el día del reto. Allí acudieron todos los expertos. Preguntaron de todo a los niños, desde acertijos hasta canciones populares. Algunos llevaron sofisticadas pruebas lógicas que nadie comprendió. Otros realizaron pruebas de asociación de imágenes o palabras. También se les pidió llevar a cabo tareas manuales. En fin, no había forma de saber quién era el robot. Monsky estaba radiante. Como premio les entregó a los niños una bolsa de patatas a cada uno, patatas que se comieron ambos con la mayor naturalidad. El triunfo de Monsky pasaría a la historia. Había logrado construir inteligencia artificial como la de los seres humanos, idéntica.
Sin embargo, uno de los espectadores, un niño también, dijo en voz alta: “Está claro que es el de la izquierda, el de la camiseta azul. No sé cómo no se ha dado cuenta nadie.” El presidente de la República le preguntó a Monsky si el niño había acertado. No le quedó más remedio que decir que sí, que ése era el robot. Ante el asombro de todos los científicos el niño se explicó: “Muy fácil. Ambos han comido una bolsa de patatas de la marca Saturno. Ningún niño empezaría a comerse las patatas sin buscar antes el cromo que viene en la bolsa. El robot empezó primero a comer las patatas y al fin apareció el cromo”.

4. La existencia del robot científico es un gran avance para la inteligencia artificial. Automatizar parte del conocimiento científico es posible y necesario. Hay muchas áreas de la biología y de la física que trabajan con grandes cantidades de datos. Las computadoras son hoy esenciales para manipularlos. ADAM no sólo calcula, sino que también aplica el método científico, el mayor logro de la razón humana... Su programa lógico le permite ejecutar ciclos (feedback, retroalimentación) de elaboración y comprobación de hipótesis.
La inteligencia artificial confirmaría una tesis fuerte del materialismo: somos sólo sistemas físicos. Si la mente consciente es únicamente un sistema físico, podremos tarde o temprano descubrir su estructura. Una vez conocida, construir otros sistemas físicos inteligentes no tendría misterio. Evidentemente, nuestra inteligencia es muy compleja. Los sistemas expertos, como ADAM, sólo reproducen una capacidad parcial y muy esquematizada. Lo que entendemos por inteligencia humana consciente implica aspectos tan complicados como la motivación o el lenguaje natural.

POINCARÉ, UN EJEMPLO FASCINANTE

Ariadna, que es una filósofa muy tenaz, me decía hace unos días que estaba harta de que la engañasen sobre la extinción de los dinosaurios: “Unos hablan de un volcán, otros de un meteorito...” No me quedó más remedio que explicarle qué es una hipótesis científica. Esta conversación me hizo reflexionar sobre la falta de vocaciones científicas que estamos padeciendo en las últimas décadas. Carlos Elías en su libro La razón estrangulada (Debate 2008) analiza las posibles causas de este declive tan alarmante. La precariedad laboral de los investigadores, la perniciosa influencia de algunos filósofos que critican a las ciencias y el desastroso tratamiento que sufre la información científica en los medios de comunicación son las principales causas.
A mi entender, el gran problema puede ser que quizás esperamos que las ciencias sean lo que en realidad no son. Esperamos leyes definitivas que capten la esencia de la realidad. Sin embargo las ciencias son algo más modesto y más fascinante. Las hipótesis científicas son construcciones de la razón que nos sirven par obtener predicciones útiles para la supervivencia. La realidad es muy compleja. No nos queda más remedio que simplificar y establecer convenciones útiles en constante interacción con la experiencia. He aquí la capacidad creadora del ser humano. Saber más acerca de la praxis científica ayudaría a generar más vocaciones investigadoras entre nuestros jóvenes.
El profesor Javier de Lorenzo (matemático, catedrático de filosofía de la ciencia en la Universidad de Valladolid) acaba de publicar en la editorial Nivola un libro sobre la filosofía de la matemática de Henri Poincaré (1854-1912).
Poincaré trabajó en matemática pura, en física matemática y en filosofía de la matemática. Javier de Lorenzo expone en primer lugar el programa-marco de investigación y pensamiento de Poincaré. A continuación analiza sus ideas acerca de la filosofía de la matemática y de la filosofía de la ciencia en general.
Frente al deductivismo formalista y el platonismo eidético, Poincaré desarrolla un constructivismo intuicionista. Para Poincaré la matemática es una actividad práctica a través de la cual el matemático construye conceptos, estructuras. La intuición desempeña un papel esencial en la labor matemática. El hacer matemático no consiste sólo en deducir de unos axiomas. Esta deducción sintáctica no nos serviría para avanzar, pues todo quedaría en el principio de identidad (A = A). El matemático va eligiendo, va buscando analogías, va demostrando a la vez que intuye el concepto al que quiere llegar. La matemática no es mera lógica formal. Del mismo modo, su constructivismo se opone a aquellos que piensan que existe una esfera independiente de conceptos matemáticos al que accede el ser humano. La construcción de la que habla Poincaré no es una construcción arbitraria. Es la experiencia la que exige que el matemático construya ciertas estructuras para conocer lo real.
El lector encontrará en este libro las investigaciones que Poincaré llevó a cabo sobre el continuo y sobre y topología. Su convencionalismo geométrico resume muy bien su pensamiento matemático y filosófico.
La actividad de Poincaré nos hace reflexionar también sobre el papel del científico en las sociedades actuales y la relación entre valores y conocimiento. Este autor se presenta como un verdadero modelo de pensador libre de ideologías y servidumbres, aunque es consciente de que su labor es servir a la sociedad. Su genio creativo debería hoy servir de estímulo a los jóvenes. Si al placer estético de descubrir una estructura formal, una función, que explique la naturaleza añadimos la satisfacción de establecer analogías fructíferas entre diferentes campos del saber, habremos encontrado esa felicidad plena de la que hablaba Aristóteles.

NANOARTE: LOS CAMELLOS VISITAN EL LABORATORIO

Cuando vi el camello pasando por el ojo de la aguja pensé que era una metáfora que utilizaban en el telediario para hablar de las contradicciones del sistema capitalista. Pensé que querían decirnos que
los banqueros ya iban a ir al paraíso celestial, porque tenían la llave. Pensé que nos querían decir que cualquier revolución era una insensatez. La obra titulada KEY TO PARADISE (Alessandro Scali y Robin Goode, 2007) me decía que si subvencionamos a los que nos explotan para que nos sigan explotando, entonces todo es posible. Es más fácil que un rico entre...
Esa imagen del camello me llevó además por otros senderos. El arte es así; la experiencia estética suele tejer una red de significados. El camello me hizo pensar en la hybris de los griegos, en la desmesura y el orgullo exagerados. Creerse igual o superior a los dioses era el colmo de la insolencia. Quien se comportaba de forma desmesurada sobrepasaba los límites establecidos: destruía el orden de las cosas. Los dioses, que representaban fuerzas de la naturaleza, castigaban al que intentaba controlar espacios que no le correspondían. Por eso la imagen del camello puede ser una metáfora de la desmesura de la tecnociencia. Lo imposible no existe para la tecnología actual...
KEY TO PARADISE es un obra en la que confluyen arte y tecnociencia. El nanoarte utiliza los conocimientos científicos y los instrumentos de laboratorio, especialmente los microscopios, para obtener imágenes y composiciones de lo más pequeño, de lo que no se ve a simple vista. La imagen que comentamos puede contemplarse con una lupa un poco potente. Sin embargo, la nanotecnología trabaja a nivel de átomos y moléculas. Un nanómetro es la milmillonésima parte de un metro. Un milímetro es igual a un millón de nanómetros.
Si rastreamos la red, podemos hallar obras que nos permiten experimentar lo sublime. Antes eran las tempestades, el mar o el cielo estrellado; ahora sublime es la contemplación de una estructura celular, una bacteria coloreada o la complejidad de las dendritas de una neurona. Los telescopios y los microscopios dan acceso a infinitos niveles de realidad. Las representaciones de las estructuras materiales más pequeñas nos fascinan y nos intimidan. Nos sentimos desbordados ante la posibilidad de que la materia sea divisible hasta el infinito. ¿Por qué suponer que nuestro nivel de observación es privilegiado? Del mismo modo que las galaxias y el espacio profundo nos abruman con su belleza, los mundos del microcopio reducen lo humano a lo insignificante. ¿La naturaleza nos abruma porque es bella o es bella porque nos abruma? En esta disyuntiva radica la esencia de lo sublime.
Sin embargo, el uso de tecnologías sofisticadas de observación y de tratamiento de imágenes plantea dudas radicales: ¿Hasta qué punto cabe hablar de observación? ¿No será mejor reconocer que en lugar de observaciones son construcciones? Tanto en ciencia como en nanoarte el límite entre observar y construir es muy difuso. En el nanoarte ese límite plantea problemas porque puede darse el caso de que el procesado de las imágenes sea tan grande que la referencia a micromundos sea prescindible. Saber que es una imagen casi completamente diseñada por ordenador anula la experiencia de lo sublime, aunque siga habiendo cierta belleza.
Muchos artistas manipulan dimensiones para obtener el efecto que desean. Reducir o agrandar son métodos que buscan sorprender o hacer pensar. En el arte conceptual el tamaño y el significado tienen conexión. El contexto en el que aparece ese acto de inflado o encogido transforma la cantidad en cualidad. Así, una neurona gigante al lado de la sede de un Parlamento o del Banco Mundial puede significar muchas cosas...

PENSAR EN LA FRONTERA

Salí de la librería con un tomo (libro 1/vol. 2) de las obras completas de Walter Benjamín, en Abada Editores. En este tomo podemos leer tres ensayos: “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica”, “Charles Baudelaire. Un lírico en la época del altocapitalismo”, y “Sobre el concepto de Historia”. Si los libros son una promesa de libertad infinita, en este caso esa promesa significaba algo más.
Vi que la policía estaba cortando la calle y me asusté. Pero a lo lejos comenzó a parecer el color rojo de las banderas sindicales. Entonces me acordé. Era la manifestación a favor del empleo y la protección social. Me uní a ellos, que eran menos de veinte mil personas. Caminamos por las calles del centro durante un rato, acompañados del viento y la apatía. Al final se leyó un manifiesto en el que se advertía a las administraciones: “No admitiremos un recorte de los derechos sociales... No admitiremos el despido libre... Que expliquen dónde están los beneficios que los bancos acumularon en lo años buenos... Si van por ese camino habrá huelga general... En primavera habrá muchos ciudadanos que no recibirán ninguna ayuda... Hoy están aquí compañeros que han sido despedidos...” Los problemas técnicos con el micrófono aparecen aquí reflejados con los puntos suspensivos. Aprovechando lo cortes de sonido, de entre los que escuchaban los discursos salió una persona muy enfadada que decía: “¡La culpa es de los burócratas, qué vergüenza!”. Parece que se refería a los representantes sindicales. Se fue antes de que terminara la concentración.

A lo largo del recorrido, con Walter Benjamín como único acompañante, estuve pensando acerca del papel de los intelectuales en estas crisis económicas del siglo XXI. Aunque las sociedades han cambiado mucho, las contradicciones siguen siendo las mismas. Unos trabajan y otros se enriquecen con ese trabajo. El paro y la miseria siempre se reparte entre los mismos. Y los grandes capitalistas son intocables, además de ser subvencionados por los impuestos de los trabajadores. Y en este mar de irracionalidades: ¿Qué hacer? ¿Qué hacer desde las ciencias y las artes?

El intelectual de otros tiempos tenía muy claro cuál era su función. Escribir y pensar contra la injusticia. Eran pensadores que se desplazaban por todos los ámbitos sociales. Escribían en la prensa, tenían contacto con las instituciones académicas y algunos llegaron a militar en los partidos comunistas del momento. Hoy también se dan estas características entre muchos escritores actuales. Sin embargo, hoy el escritor está alejado de la praxis social. Los medios de comunicación han creado una burbuja en la que se habla y se piensa, una burbuja que viene a ser la única realidad. Nada queda fuera. Por eso el tertuliano cree que no necesita acompañar a los que ocupan una entidad bancaria como protesta. (Los parados deberían ocupar pacíficamente los medios de comunicación. Así, entrarían en esa burbuja que tanto poder tiene.)

Los pensadores de otros tiempos también sabían que sus análisis y sus escritos debían servir para generar conciencia de clase y mostrar el camino hacia un modelo alternativo de sociedad. Debían mostrar que la realidad social no era un hecho natural inmodificable, sino todo lo contrario, que las injusticias surgían de decisiones, de estructuras sociales, de acciones humanas determinadas. Hoy el intelectual, bajo una capa de barniz cientificista, habla con objetividad de datos económicos y jamás menciona la palabra utopía porque entonces dejaría de ser tomado en serio. El intelectual tiene una responsabilidad cívica ineludible: tiene que mostrarnos la crueldad del mundo, sus miserias, y tiene que intentar transformarlo con sus obras y sus conceptos. El pensamiento crítico tiene que agujerear esas esferas de poder que parecen existir con autonomía propia. ¡Que los parados y los explotados ocupen pacíficamente las entidades bancarias y los medios de comunicación! ¡Que los intelectuales se mezclen con ellos y les den la razón!

El intelectual debe pensar en la frontera, debe recordarnos que hay una línea que nunca debemos pasar porque dejaríamos de ser humanos. Walter Benjamín se suicidó en 1940 en la frontera entre Francia y España. La ocupación nazi lo empujó hacia el exilio. Cuando creyó que iba a caer en manos de los alemanes decidió quitarse la vida.

GRAFITI, ÉTICA Y POLÍTICA

Las medidas municipales y las discusiones de las últimas semanas me han traído a la memoria lo sucedido en Frankfurt el 15 de marzo de 1980. No hace falta que dé muchos detalles porque se trata de un hecho bastante conocido por lo seguidores del Street Art. En plena inauguración de una exposición sobre arte callejero entró la policía y detuvo al artista, al grafitero, que en esos momentos realizaba una muestra de su arte en la pared. Estaba explicando cómo había aprendido en la calle todo lo que sabía. El artista fue acusado de daños en propiedades públicas y privadas. Los asistentes intentaron protegerlo utilizando como arma los botes de spray contra los agentes. Hubo varios policías y asistentes heridos leves, entre ellos el mismo Max Zoster. Al final las autoridades impusieron fuertes multas y se desarrolló una gran discusión en los medios de comunicación.

Estas medidas que va a tomar el Ayuntamiento me han hecho recordar los años ochenta. Desde que vi la película Beat Street (1984) he querido visitar el Bronx. Aunque de aquella película me impresionó sobre todo el breakdance, el argumento central trataba de Ramo, un grafitero, muy respetado por su entorno, que pintaba en la ciudad. “Tengo que ver esos vagones llenos de colorido sobre el fondo de las ruinas urbanas de Nueva York...”

Con el paso de los años ese deseo de carácter estético comenzó a debilitarse debido a mis dudas éticas. Quizás al visitar los grafitis me convertiría en un turista inmoral. ¿Cómo podía experimentar placer estético con el fruto de una actividad ilegal? Mi conciencia me hacía sentir un cómplice o, al menos, un irresponsable. Estamos ante un conflicto radical de valores: ¿Qué hacer cuando lo bello no coincide con lo bueno y lo justo?

Lo primero que uno se pregunta es si el grafiti es arte y, si lo es, en qué consiste su esencia. Dejando a un lado que hay pintadas mejores que otras, como es obvio, es necesario centrarse en lo siguiente: ¿Entra dentro de su esencia ser ilegal? Todo arte tiene unas reglas de juego que lo constituyen como tal. ¿Cuáles son las condiciones necesarias y suficientes para que exista una escultura? Quizás se pueda decir que es necesario dar forma a una materia para expresar algo o representar algo. ¿Cuáles son las condiciones necesarias y suficientes para que exista un grafiti? Necesitamos pintar o realizar inscripciones, para expresar algo o representar algo, sobre una superficie urbana, pública o privada, sin autorización.

Hemos llegado donde queríamos. El grafiti es una actividad artística que incluye dentro de su esencia el ser ilegal. Esto es algo que reconocen de forma implícita las instituciones artísticas. La galería Tate de Londres organiza estos días una exposición sobre el grafiti (Street Art, 23 May – 25 August 2008. Blu from Bologna, Italy; the artist collective Faile from New York, USA; JR from Paris, France; Nunca and Os Gemeos, both from Sao Paulo, Brazil and Sixeart from Barcelona, Spain.) Los artistas no ocultan su currículum vítae. Reconocen abiertamente y por escrito que aprendieron su técnica pintando paredes o vagones de metro de forma ilegal. El museo implícitamente nos dice: “Expongo como arte valioso el resultado de actividades ilegales”.

Con el grafiti no nos queda más remedio que asumir un conflicto radical de valores. Las reglas de esa actividad nos permiten afirmar al mismo tiempo que hay grafitis excelentes y que si pillan al autor lo deberían multar. Por un lado admiramos la libertad creativa de esos jóvenes, pero por otro reconocemos que estropean el material urbano, que es de todos los ciudadanos. Cuando leemos una pintada que pide justicia en una fachada ajena, nos fijamos en el contenido o en su forma; cuando es nuestra la fachada, no vemos ni forma ni contenido, sólo sentimos cómo nos sube la sangre a la cabeza.

Tampoco el sistema capitalista tiene problemas con esos conflictos. Todo lo asimila. Todo lo convierte en imagen desvitalizada, en objeto de consumo. Hay diseños de vestidos simulando grafitis que llegan a valer 2.500 euros...

En la película Beat Street aparecen muchos grafitis. Para concluir estas reflexiones he elegido el texto de uno de ellos. En una de las primeras escenas, después de ver y fotografiar un tren que han pintado, un amigo le dice a Ramo señalando un muro: “Éste es el mejor que has hecho hasta ahora”. El texto es: IF ART IS A CRIME, MAY GOD FORGIVE ME.

FRAGMENTOS, METALITERATURA Y HEDONISMO

Peter Lieber, mi amigo alemán que trabaja en un centro de nanotecnología, ha pasado sus breves vacaciones en Conil de la Frontera practicando kitesurf. La verdad es que se le da muy mal, fatal. Una tarde de septiembre de fuerte levante, después de perder la cometa y poner en peligro a unos bañistas, se sentó en la arena y me dijo: “He estado pensando. ¿Serías capaz de definirme el futuro del pensamiento en tres palabras?” Con tal de que no intentase de nuevo volar aquella lona con los colores de su equipo de fútbol, comencé a hablar sobre las tres palabras que me vinieron a la cabeza.
Hace varias décadas que venimos hablando del fin de los grandes relatos. Es el fin de la Modernidad y el inicio de la Postmodernidad. Aquellos sistemas filosóficos que explicaban todo y aquellas novelas que narraban un historia completa ya no se llevan. Hemos entrado en la era del fragmento.
Leer consiste en desplazarse por una red de referencias literarias. En las obras de Enrique Vila-Matas la identidad del narrador se va construyendo a través del proceso de escribir sobre la escritura. La experiencia del narrador es una experiencia literaria. Así, la identidad del autor se nutre de la identidad de otros escritores y personajes. Recordar los recuerdos de otro se convierte en el límite de una estética literaria de la alteridad. Y el lector sabe que habita una esfera literaria, una esfera que le proporciona un placer intenso. El escritor que escribe para dejar de escribir y el escritor que vive todo a través de la literatura son ejemplos de historias que hablan constantemente de sí mismas y nos ofrecen una salida honrosa del mundo.
La literatura ahora se narra a sí misma. El narrador habla de sí mismo como escritor y mezcla ficción y realidad. La esfera social y la esfera del yo han sido absorbidas por la esfera de la literatura. Y nunca tenemos la certeza de saber si algo ocurrió realmente. El estilo del diario permite manejar recursos muy ambiguos: el autor recuerda cuando transforma. Aunque la ironía nos avisa del peligro, como lectores temerarios que somos, nos dejamos engañar con la verdad.
Pensar consiste en razonar a través de una red de implicaciones conceptuales, una red sin centro. La Filosofía de los próximos años tendrá la forma de senderos racionales. Ya no aspiraremos a un sistema jerárquico de conceptos, a un sistema deductivo perfecto, al modo de un edificio, con sus cimientos inamovibles. Sin embargo, no abandonaremos el impulso racional de la modernidad. La metáfora del sendero conserva el azar y la necesidad, rasgos esenciales del naturalismo filosófico postmoderno. Un problema nos hace razonar y nos lleva a otro. La argumentación nos va empujando, nos hace desplazarnos. Cada problema es un nudo en la red, pero ninguno es el centro, porque no lo hay. Tampoco podemos predecir cuál será el rumbo exacto de nuestras argumentaciones. A pesar de ello, confiamos en las rutas trazadas; incluso pueden llegar a ser rutas muy concurridas, casi permanentes. El sendero discurre entre el azar de los acontecimientos y la necesidad de las argumentaciones.
Y el materialismo hedonista por fin se va tomando en serio... La obra de Onfray está renovando el hacer filosófico. Somos cuerpos, materia, sistemas nerviosos. Vivir es buscar el placer, la alegría. Y la filosofía ha de ser una actividad que produzca pequeñas revoluciones en nuestra vida cotidiana. Reconstruir la Historia de la filosofía para recuperar a los filósofos hedonistas es una de las tareas a las que se dedica Onfray. Además, su proyecto de universidad popular, donde todos participan y dialogan, puede significar una revolución en las instituciones del saber.

DIÁLOGOS CON SIMON LUKIC

Las tardes en la plaza del Progreso quizás sean lo más parecido a la felicidad que uno pueda encontrar. Me suelo sentar a tomar un café mientras mis hijas juegan. Son momentos de tranquilidad, momentos que me permiten leer un párrafo de un libro y pensar sobre él con la mirada puesta en las criaturas. Otro de los placeres es la conversación. Hablar sin prisas al aire libre con los amigos es algo que ya recomendaban Sócrates, Aristóteles, Epicuro y cualquier persona razonable. El verdadero diálogo puede proporcionarnos un refugio inexpugnable en el que resguardarnos de los males diarios. En esa plaza he conocido a personas como Miguel Barrones y Simon Lukic, dos ciudadanos preocupados por lo que nos ocurre, por la justicia y la libertad.
La editorial Anagrama acaba de publicar El artesano, de Richard Sennett. El autor, dentro de su proyecto sobre la cultura material, tiene previsto escribir otros dos volúmenes: Guerreros y sacerdotes y El extranjero. Este primer tomo, dedicado al artesano, constituye una reflexión acerca de todas las dimensiones del trabajo artesanal. El concepto de artesano que maneja es muy amplio: abarca desde el carpintero al técnico de laboratorio. El trabajo del artesano es el trabajo bien hecho en sí mismo, el que implica la satisfacción plena y la posibilidad de ser reflexivo y creativo durante el proceso. Según Richard Sennett, todas las habilidades, incluso, las más abstractas, empiezan como prácticas corporales. Y la imaginación comienza con la exploración del lenguaje que intenta dirigir y orientar la habilidad corporal.
He podido compartir estas lecturas y pensamientos con Simon Lukic, un herrero que vive su trabajo con una intensidad difícil de encontrar hoy. Estudió Arqueología en la Universidad. Mientras investigaba sobre iconografía de la piedra tallada de Tiwanaku pensó que era mejor tener ampollas en las manos que en el cerebro. Entonces comenzó a trabajar en una forja. Este año ha expuesto sus creaciones en Jerez, unas obras que nos acercan a lo que somos, materia.
Su trabajo con el hierro brota de las operaciones básicas de la forja. Este trabajo le concede un espacio de libertad, de felicidad. Al trabajar con la materia vamos solucionando problemas, vamos aprendiendo diariamente. Y cuando las rutinas son necesarias, la mente puede dedicarse a cualquier cosa mientras el martillo sube y baja. El artesano construye su tiempo infinito.
Simon Lukic piensa que la creatividad práctica es lo que nos distingue de los demás animales. Somos capaces de concebir una idea original y plasmarla en la realidad. Aunque el sistema nos adiestra para que no nos salgamos de las rutas establecidas, los seres humanos podemos construirnos a nosotros mismos haciendo uso de la libertad creativa. Debemos resistir. El artesano, el ciudadano, tiene que romper los patrones impuestos y ser dueño de su existencia. Cuando te familiarizas con la materia, las ideas surgen cada vez más rápido.
Hemos olvidado, dice, la gramática el trabajo con el hierro. Hemos perdido el vocabulario necesario para valorar una buena labor y saber lo que estamos comprando.
Cualquier persona es capaz de construir cualquier cosa. Simon Lukic es optimista. Cree que, si nos esforzamos en aprender, somos capaces de fabricar todo lo que necesitamos para vivir. Compramos demasiadas cosas. Nos hemos enredado en un sistema que necesita consumidores pasivos. Y nos han hecho creer que hay que comprarlo todo. Construir lo que necesitamos es una forma de subvertir el sistema, de ser realmente humanos.

DOMADORES, CEREBROS Y BUCLES

“El domador de elefantes recuerda la tarde en que decidió dejar la enseñanza.”

He encontrado esta frase entre mis notas, en un cuaderno de 1985. No sé si es un microrrelato o el inicio de una novela. Desconozco su autor. Se ve que me gustó y la anoté. Quizás sea un sueño que alguien me contó. Sea lo que sea, ahora, al releerla, me ha intrigado. Me imagino a ese domador sentado al borde de la pista del circo después de una dura sesión de trabajo. El público ya ha salido de la carpa y sólo quedan bolsas y latas por el suelo. Esa suciedad le hace odiar a la humanidad. Menos mal que el olor a elefante le hace volver a la realidad. No se arrepiente de haber tomado aquella decisión. Sólo le gustaría que los antiguos compañeros de profesión viesen con sus propios ojos lo que ha conseguido hacer con los elefantes.
Si alguien sabe algo, haría bien en decírmelo cuanto antes. Busco y rebusco entre libros y en Google. Y nada. Ojalá sea el principio de una novela. Me encantaría seguir leyendo esa historia. Y si alguien cree que soy yo el autor, también debería decírmelo. Pero con pruebas, así podría continuar la historia.
De momento me conformo con pensar acerca de los domadores y el arte de domar. Por lo visto, en Asia son necesarios veinte años para ser un buen domador. Es un trabajo muy peligroso. En la actualidad, la falta de preparación ha provocado muchas muertes de domadores y bestias. Los elefantes son animales con un cerebro que pesa entre 5kg y 6kg. El de los seres humanos ronda los 1.400 gramos. Sin embargo, lo importante es la relación entre el peso corporal y el cerebral. Y lo de la gran memoria de los elefantes parece ser cierto: “Estudios realizados en Kenya, sugieren que el elefante africano es capaz de reconocer la llamada de más de cien elefantes incluso si han estado separados durante varios años.”(BBC. 21-07-2000) Y el elefante es uno de los pocos cuadrúpedos capaces de andar con sus cuatro patas sobre un tronco, aunque no es tan hábil en otras tareas.
¿Qué diferencia hay entre domar y enseñar? Al adiestrar un animal se ha establecido una conexión entre ciertos estímulos y ciertas consecuencias físicas beneficiosas. Esta relación se concreta en conexiones neuronales estables, si las vamos reforzando a lo largo del tiempo. Sólo hay una asociación física, química.
La cuestión, desde un punto de vista naturalista, es si no ocurrirá lo mismo en el ser humano. Basta con observar a nuestros hijos. Pasan largos años en los que no experimentan una autoconciencia plena. Son años de adiestramiento, de configuración de sus cerebros. Al llevarse a cabo estas conexiones en el período crítico del cierre de las estructuras cerebrales, su estabilidad es ya de carácter permanente. Con el paso de los años, la activación de estas estructuras genera en nosotros la ilusión de haber valorado y decidido libremente.
En las próximas décadas las neurociencias nos explicarán qué ocurre cuando aprendemos, es decir, cómo se modifica nuestra corteza cerebral. La naturalización de la pedagogía y de la epistemología debe suponer un avance en la tarea de desmitificar conceptos como el de cultura o el de educación. Pensar que la doma o adiestramiento y la enseñanza son procesos diferentes implica soportar un enorme lastre a la hora de explicar por qué acertamos o fracasamos con nuestros sistemas educativos. El día en que cambiemos nuestro vocabulario dualista por otro materialista y utilicemos los resultados que los neurocientíficos nos aportan quizás podamos intervenir con más eficacia en los procesos de enseñanza.
La editorial Tusquets acaba de publicar el último libro de Douglas R. Hofstadter YO SOY UN EXTRAÑO BUCLE. Al principio del texto se plantea uno de los temas más interesantes para la filosofía. Me refiero al problema del reduccionismo. ¿En qué nivel de la realidad encontramos las explicaciones de los hechos? ¿En el caso de la educación cabe contentarse con el nivel del lenguaje o es necesario descender al nivel de las redes neuronales? Quizás en el plano neurológico no haya ninguna diferencia entre ser domado y ser enseñado.

DISPERSOS

Como los corzos deslumbrados al pie de la carretera en una noche de eclipse parcial de luna, así existimos, así esperamos. No sabemos si lo que nos viene encima tiene algún sentido. No conseguimos reconocer una figura, una silueta que nos tranquilice. Como corzos dispuestos a morir contra ti, así vagamos por este tiempo peregrino.
Ni los proyectos de septiembre pueden librarnos de esta conciencia de extravío, de huída. Por eso nos enredamos más, cada vez más, hasta pensar que hemos encontrado el sendero. Pero ese sendero surge con nosotros, de nosotros. Así se nos presenta la nada, mientras hablamos del todo.
Tiempos difusos, sí, tiempos de fragmentos, tiempos de mezcla y de pequeñas, subatómicas, revoluciones. La falta de sentido puede llegar a paralizarnos si no somos capaces de disfrutar de esta dispersión. No nos queda más remedio que aferrarnos a los pequeños espacios vitales que crean para nosotros los escritores, los pintores, los músicos... Olvidémonos de lo homogéneo, de lo conocido, de lo masivo y busquemos entre las grietas esos nuevos mundos. Pequeñas editoriales, jóvenes pintores o escritores olvidados suelen abrir nuevos senderos para poder resistir. Huir hacia adelante es la mejor forma de soportar nuestra angustia y de ahuyentar a los que nos quieren amarrar al camino único, a ese camino trazado por los que huyen hacia atrás para que nada cambie.
La editorial Pepitas de Calabaza, cuyo lema es “una editorial que tiene menos proyección que un cinexin”, nos ofrece desde La Rioja unos cuantos libros inquietantes, libros que nos recuerdan que todavía el arte y el pensamiento son capaces descubrir otras formas de vivir, libros que nos recuerdan lo que hemos olvidado: que pensamos, pintamos y cantamos para ser más libres con los demás, libros que nos traen la frescura de esas mentes inquietas y atrevidas. El Manifiesto de la Internacional Situacionista, sección inglesa, y el Tratado de Patafísica son dos buenos ejemplos de pequeños libros, editados con delicadeza y mucha ironía. Ambos textos proponen una conexión esencial entre arte y revolución a través del juego y la imaginación libre. La dificultad de estos dos proyectos consiste en hacer arte revolucionario sin perder la autonomía del ámbito estético. El juego es la acción donde confluyen la creatividad artística y la transformación de la realidad. El juego permite abrir grietas en la anquilosadas formas de vida y en las estructuras de dominación. Con el juego demostramos que otro mundo es posible, que el arte, lejos de la tosca ideología, es capaz de ampliar los espacios de resistencia:
“El movimiento revolucionario debe ser un juego, a imagen y semejanza de la sociedad que prefigura. Fines y medios no pueden ser disociados. Lo que nos preocupa es ante todo la construcción de nuestras propias vidas. En la actualidad esto sólo puede significar la destrucción total del poder. Por tanto, el problema revolucionario decisivo es la creación de una praxis en la que la autoexpresión y la perturbación social sean una misma cosa: la creación de un estilo de autorrealización que no pueda sino presagiar la destrucción de todo lo que obstaculiza la realización total.”
Y la patafísica es “un momento de resistencia del individuo contra toda forma de abuso de poder, de arrogancia”, “como el arte y la anarquía defiende el principio de la libertad y de la libertad existencial, y recomienda precisamente la imaginación fantástica como la mejor arma de defensa para preservar por lo menos la autonomía de nuestro pensamiento.”
Camino de Velilla del Río Carrión tuve que girar bruscamente y meterme en el carril contrario: dos corzos, madre y cría, me miraban desconcertados. Me dirigía a escuchar a los Dispersos, un grupo que teloneaba a Los Secretos. Llevan veinte años tocando para minorías exigentes, veinte años elaborando música en serio, repleta de poesía y riesgo. El concierto de esa noche fría de eclipse de luna nos recordó a unos cuantos que si no fuera por la costra de conformismo y miedo que congela a los que nos dominan podríamos disfrutar de los verdaderos artistas que trabajan después del trabajo en cada grieta del planeta. Luego comenzaron a tocar Los Secretos... Salí como puede entre la multitud que aguardaba al grupo estelar y volví por una carretera vacía, sin corzos esperándome, sólo sembrada de preguntas: ¿por qué los Dispersos no son más conocidos, por ejemplo, en Jerez de la Frontera? ¿quién decide en este entramado de imágenes y sonidos? ¿quién elige a los buenos y rechaza a los malos?... ¿por qué no hay un Hospital Comarcal en esa zona del norte de Castilla? ¿por qué vivir en esas zonas rurales significa, como recordó el líder del grupo, Javier Castrillo, que tu hospital esté a cien kilómetros? Bueno, ahí están sus nuevas canciones de Mayoría de edad para lograr que nuestra experiencia estética se nutra de deseos de transformar nuestras vidas.

CREACIÓN ARTÍSTICA Y LIBERTAD

Me gusta observar a los visitantes de las exposiciones, sobre todo cuando se trata de arte abstracto. Lo que más inquieta es el silencio. Es como si no hubiese nada que decir o el visitante no se atreviese a decir lo que piensa. Si el receptor no sabe qué criterio utilizar, el juicio estético queda bloqueado o se convierte en una frase casi vacía.

En una ocasión, creo que fue en la Pescadería Vieja, me llamó la atención lo que dijo un señor bastante mayor y muy serio, de esos que llevan el trabajo escrito en la piel: “Y todo esto...¿Para qué?” El joven que iba a su lado le respondió: “Esto es creación artística.” Se miraron extrañados y continuaron contemplando en silencio todas las obras.

¿Por qué crea el artista? Hubo tiempos en que la respuesta era fácil. Cuando el arte estaba al servicio de algo externo (heteronomía), al servicio de una institución, por ejemplo, no había dudas. El artista creaba para que el gobernante fuera poderoso o para que las enseñanzas religiosas se difundieran sin trabas. Todo empezó a cambiar cuando el arte se hizo autónomo. Ya no había ninguna función externa o, al menos, ya no se necesitaba. La obra de arte empezaba a ser vista como algo autosuficiente. Ni siquiera hacía falta que el cuadro reflejase la realidad. La estructura formal de la obra no requería una función o justificación externa. A partir de entonces, el cuadro o la escultura sólo tenían sentido desde sí mismos.

¿Por qué crear una obra así? ¿Para qué construir objetos que se agotan en sí mismos? ¿Por qué esa obsesión del artista moderno? ¿Qué se obtiene con ello? Estas cuestiones filosóficas tienen gran importancia social. Los ciudadanos con sus impuestos sostienen el impulso creativo a través de diversas instituciones. Tanto si somos receptores como si somos contribuyentes, necesitamos aclararnos un poco para entender y legitimar las políticas culturales. La falta de reflexión sobre estos temas ha tenido consecuencias nefastas para el mundo del arte. Se valora negativamente el arte contemporáneo no figurativo y la función del artista...Y no se sabe bien cómo fomentar la creatividad entre los ciudadanos.

La creación artística tiene muchas dimensiones. En primer lugar, podemos decir que el artista busca riquezas y fama. Esta explicación quizás sirva para explicar la falsa creación, la simulación de la creatividad. Gran parte de las exposiciones que se llevan a cabo son de artistas que tienen otro oficio con el que se ganan la vida. Y son artistas que ven la fama como algo secundario o fuera de su alcance. Sin embargo, siguen creando con pasión.

La verdadera creación es desinteresada. El fin de la creación es la obra en sí misma. Ahora bien, la esencia de la creación es mucho más compleja de lo que pensamos. Crear implica construir estructuras formales hasta entonces inexistentes. Además, el proceso de construcción de esas formas conlleva una transformación de la experiencia del tiempo. El artista al crear construye espacios de libertad donde habita en un tiempo distinto. La creatividad enriquece el mundo y nos hace más libres. El receptor desinteresado, el que tiene una verdadera experiencia estética, también experimenta esa libertad. La verdadera creación genera nuevas posibilidades de existencia para el ciudadano. Y toda nueva posibilidad nos trae nuevos senderos para escapar de la dominación.

CIENCIA Y CIUDADANÍA

La materia de Educación para la Ciudadanía y los Derechos Humanos ha generado mucho debate, quizás demasiado. Enredados en ese conflicto moral y político, nos hemos olvidado de otra materia nueva para el Bachillerato: Ciencias para el Mundo Contemporáneo.

Cuando se propone un cambio en el sistema educativo es porque alguien ha detectado una carencia o un problema. Aunque ese alguien sea una incógnita, pues a los trabajadores de la enseñanza no se les consulta muy a menudo... Sin embargo, el sentido común crítico es suficiente para descubrir una contradicción o una grieta del edificio. ¿Por qué nacen, entonces, estas dos asignaturas?

Que los ciudadanos de una sociedad democrática desconozcan los principios básicos del sistema político es inadmisible. Para disfrutar de libertad y justicia conviene conocer principios esenciales de nuestra Constitución como los derechos fundamentales o la separación de poderes.

Del mismo modo, que los ciudadanos de una sociedad democrática, del conocimiento y la información, ignoren los principios del sistema científico y tecnológico es igualmente inadmisible. Si desconocemos cómo funciona el entramado tecnocientífico no podemos ser personas críticas y responsables ante el desarrollo tecnológico.

La conexión de estas dos materias debería ser evidente. Ambas tratan de establecer las condiciones necesarias para que los ciudadanos participen de forma crítica en la construcción de nuestra sociedad.

La materia de Ciencias para el Mundo Contemporáneo puede, como todas, enseñarse de varias formas. Si nos contentamos con divulgar conocimientos científicos para mejorar nuestra “cultura científica”, entonces habremos fracasado. Si tratamos al alumno como un receptor pasivo de la investigación científica, lo estaremos convirtiendo en un mero consumidor de la ciencia. ¿O es eso lo que se pretende?¿Servirá esta materia únicamente para justificar los proyectos que otros deciden sin consultar a los ciudadanos? ¿Servirá para diseñar consumidores dóciles y bien informados que asuman cualquier dirección de la investigaciones?

Espero que no. Espero que se muestre que la política científica de los Estados se constituye a través de las decisiones que alguien toma. Espero que se muestre que podrían existir otros proyectos de investigación que hoy no existen. Espero que se explique cómo se financian los proyectos y que se aclare si esas investigaciones están al servicio de la comunidad o al servicio de ciertas oligarquías.

Al ser una materia común para todas las modalidades del Bachillerato, vendrá bien para acabar con esa brecha que existe entre las “dos culturas”, la de humanidades y la de ciencias. Hoy los investigadores de un campo ignoran a los del otro. ¿Cómo es posible que un licenciado en Historia diga con orgullo que no le interesa la historia de las ciencias? ¿Es posible comprender nuestra tradición sin conocer el surgimiento y desarrollo de la matemática o la biología? Los humanistas que desprecian el conocimiento científico caen en una contradicción. ¿Cómo podemos comprender qué es el ser humano si dejamos a un lado uno de sus mayores logros?

Las ciencias nos ofrecen la posibilidad de conocer y transformar la realidad a través de la razón y la experiencia. Todavía estamos desplegando el programa ilustrado. Y según ese ideal, la razón debe librarnos del fanatismo, de la superstición y de toda dominación. El método científico aplicado con prudencia es la mejor herramienta para diseñar una sociedad libre, justa y con niveles sostenibles de bienestar. Siguiendo con ese impulso ilustrado, aún queda la tarea de extender la democracia participativa a todos los ámbitos sociales. Los ciudadanos debemos decidir qué es lo que necesitamos; los expertos nos dirán cómo alcanzarlo.

2009 AÑO INTERNACIONAL DE LA ASTRONOMÍA

Hace cuatrocientos años que Galileo Galilei (1564-1642) enfocó por primera vez su telescopio a los cielos con intereses científicos. Según nos cuenta José M. Vaquero en su libro La nueva física. Galileo (Editorial Nivola, 2003), en 1609 Galileo tuvo noticias de que un holandés, “cierto belga”, había construido un tubo con lentes que acercaba los objetos. Las prisas le entraron el uno de agosto de ese año cuando se enteró de que un holandés, o quizás francés, ya se encontraba en Venecia con la intención de mostrar su invento al Senado. Resultaba obvia la utilidad de este ingenio óptico para la vigilancia del horizonte, tanto en tiempos de paz como en tiempos de guerra. Inmediatamente Galileo, con el fin de ser el primero en presentarlo a las autoridades, se puso a construir uno por su cuenta, con la ayuda de los datos transmitidos por su amigo Sarpi. En un solo día consiguió un telescopio de nueve aumentos. En noviembre de ese mismo año obtuvo un aparato de cuatrocientos aumentos.
Hans Lipperhey fue el holandés que a finales de septiembre de 1608 solicitó una patente en La Haya. Según nos dice el historiador de la ciencia Carlos Solís en su introducción a La gaceta sideral (Alianza, 2007), esta patente no le fue concedida porque otros inventores reclamaban el mismo derecho. Este anteojo astronómico comenzó a llamarse “telescopio” a partir del 14 de abril de 1611, gracias a una sugerencia del filólogo Demisani. Y hace unos meses Nick Pelling, en la revista History Today, afirmaba que el invento pertenecía a Juan Roget, un fabricante de lentes de Gerona...
A principios de 2010 se empezará a construir el telescopio más grande del mundo (Popular Science, nº 4). Con un espejo primario de 42 m. de ancho, aportará imágenes 10-15 veces mejores que las del Hubble. Este espejo constará de 984 paneles hexagonales de 150 kilos cada uno. El precio del diseño sería de 50.000.000 € y el de su construcción 700.000.000 €.
Los telescopios utilizan espejos de vidrio para reflejar y enfocar la luz. Los espejos más grandes existentes son de 10 m. de diámetro (Hawai y Canarias). Esos espejos se construyen con una precisión de unas pocas décimas de nanómetro. Evitar las distorsiones de los segmentos de los espejos debido a los cambios de temperatura y los efectos de la gravedad es una tarea muy cara. Contrarrestar las distorsiones de la atmósfera cuesta unos 10 millones de dólares para un espejo de seis metros de diámetro. La solución es construir telescopios de espejo líquido. Un disco de mercurio en rotación consigue la misma precisión. En el nº 371 de Investigación y Ciencia podemos leer un artículo de Paul Hickson en el que se explica cómo se construyó el Gran Telescopio Cenital, con espejo de mercurio.
En la página oficial de los organizadores del Año Internacional de la Astronomía (http://www.iaa.es/IYA09/) aparecen los objetivos de esta conmemoración y las actividades que se proponen. Los objetivos generales son ocho. Aunque ahora sólo nos detengamos en el primero, dejaremos para más adelante el resto.
“1. Aumentar el conocimiento científico de la sociedad a partir de la comunicación de resultados en Astronomía y ciencias afines, así como del proceso de investigación y de pensamiento crítico que ha llevado a tales resultados.”
Nuestras sociedades todavía siguen dominadas por el fanatismo, la superstición y la irracionalidad. La tarea que comenzaron los pensadores ilustrados aún no ha concluido. De hecho, las creencias irracionales son presentadas en el mismo plano que los conocimientos alcanzados con el método científico. Varios pensadores, como Holton, han llamado la atención sobre el peligro que corre la racionalidad científica. En los medios de comunicación la ciencia aparece relacionada muy a menudo con catástrofes y riesgos. Esta identificación lleva a rechazar los métodos de las ciencias y a refugiarse en creencias sin fundamento de todo tipo. Sin embargo, la razón y la experiencia son el único camino hacia el conocimiento. Incluso los defectos del sistema tecnológico actual deberán resolverse con investigaciones científicas. Y las críticas al sistema sólo pueden ser realizadas desde el pensamiento crítico que los métodos de las ciencias posibilitan.
Promover una cultura científica sólida ha de ser un objetivo prioritario de los Estados (El Congreso de los Diputados se ha mostrado, por unanimidad, de acuerdo con los objetivos de esta conmemoración.) Ahora bien, la extensión de este pensamiento crítico, del método científico, debe realizarse en profundidad. Los ciudadanos deben ser participantes activos en el diseño de las políticas científicas. Si el objetivo de fondo es crear consumidores pasivos de artefactos o votantes sumisos que acepten de forma acrítica ciertas inversiones injustificables, entonces no saldremos nunca de la ignorancia y la alienación.

ARTE Y ESPACIOS PÚBLICOS

Hace unas semanas me llamó Peter Lieber (un amigo alemán que trabaja en el centro de investigación sobre nanotecnología) y me contó algo muy extraño, una de esas historias que nos hacen pensar. Según me dijo, un artista de Frankfurt había muerto al estrellarse su coche contra la escultura de una rotonda, situada en una ciudad española. El fallecido formaba parte del colectivo radical de artistas HASE. Nada más conocer lo ocurrido, varios miembros del grupo se presentaron ante el alcalde de la ciudad española donde ocurrió la desgracia y le comunicaron su intención de presentar una denuncia. Acusaban al ayuntamiento de asesinato.

Al parecer, tanto el fallecido como el resto del grupo eran seguidores de Max Zoster (1940-1985), un pintor y crítico de arte alemán que destacó por defender la libertad estética frente a cualquier tipo de imposición, teórica o práctica. Con la denuncia entregaron una especie de manifiesto basado en las ideas de Zoster. Evidentemente la denuncia no prosperó. Nadie en su sano juicio jurídico admite argumentos como el siguiente: “Quien aprobó la instalación de esa escultura en la rotonda provocó las iras de nuestro compañero obligándole a dirigir su vehículo contra la obra de arte.” Y lo curioso del caso es que todos ellos consideraban la escultura excelente. Lo que no podían admitir es que se ocupase el espacio de forma autoritaria y se obligase a los ciudadanos a padecer experiencias estéticas mientras conducían. Imponer experiencias estéticas es para este grupo una clara deformación de la democracia cultural. En el manifiesto que escribieron junto a la denuncia justifican estas ideas y proponen cambios sociales y culturales interesantes.

Parte del escrito fue publicado en un periódico alemán. En España el caso no tuvo ninguna repercusión, quizá porque el texto estaba en alemán y nadie se preocupó de mandar traducirlo, pensando que eran aclaraciones jurídicas que ya no iban a ninguna parte. Además, los artistas abandonaron muy pronto la ciudad para volver a Frankfurt y organizar las ceremonias de su compañero. Menos mal que mi amigo Peter sabe cuánto me gustan estas historias y me ha enviado lo que apareció en la prensa. Aquí ofrezco una traducción propia:

“ (...) A pesar de tantas décadas de crítica social, moderna y postmoderna, todavía seguimos pensando el espacio de una manera demasiado ingenua. El sentido común parece decirnos que existe un espacio objetivo en el que suceden los hechos, un espacio en sí, absoluto. La física de Newton define el espacio y el tiempo como receptáculos en el que los cuerpos se desplazan, chocan y se atraen. Con Einstein el espacio-tiempo se convierte en un continuo que se dobla y deforma, dependiendo de la aceleración del observador. Y en la teoría del conocimiento de Kant el espacio y el tiempo son formas puras de la sensibilidad, estructuras del propio sujeto que hacen posible los fenómenos, la percepción. En los últimos años el constructivismo social y la sociología del conocimiento han resaltado cómo todas las categorías que utilizamos para conocer y clasificar la realidad son construcciones sociales, es decir, están determinadas (condicionadas o influidas) por los intereses de los sujetos y colectivos que intervienen en la interacción social. A pesar de este recorrido crítico hacia el relativismo, continuamos pensando que el espacio es algo dado, absoluto. Esta es la razón de que la relación entre arte y espacios públicos no haya generado todavía un verdadero problema colectivo.

El espacio urbano es una construcción social. Las ciudades se han ido configurando a través de los intereses sociales. Así, la burguesía ha construido espacios para poder desarrollar sus actividades económicas. Con la llegada de las sociedades consumistas posindustriales las ciudades se han convertido en el escenario de las clases medias. Los centros históricos mueren medio olvidados mientras una red de vías, conectadas con rotondas, sirve para trasladar a los habitantes de los barrios de adosados de un centro comercial a otro. Y los ayuntamientos, para que esa red no nos asfixie a fuerza de adoquín y asfalto, nos decoran las glorietas con bellas obras de arte. Y nosotros, los ciudadanos, como no entendemos de esos temas, nos topamos de forma acrítica con esas transformaciones de nuestros lugares, de nuestras rutas diarias y de nuestras mentes.

Debemos tomar conciencia de lo que supone transformar los espacios públicos. Si los ciudadanos no participan en la configuración estética de sus ciudades, estarán siendo dominados por grupos de poder, por representantes políticos o por comisiones de expertos. Nuestra mente se organiza a través de lo que recibe de fuera más lo que ya tiene dentro. No exageramos cuando decimos que las formas urbanas determinan nuestros estados mentales, o al menos, nuestras formas de estructurar la experiencia diaria. Por todo esto, las categorías estéticas han de ser debatidas con la participación de todos. Para ello habría que crear foros interdisciplinares permanentes para revisar todas las actuaciones urbanísticas. La participación de los ciudadanos, quizás por barrios, implicaría un profundo cambio de ritmo en la toma de decisiones. Y también llevaría consigo un programa amplio de educación artística. Pero a la larga podríamos disfrutar de experiencias estéticas consensuadas, fruto del ejercicio de la democracia participativa en el ámbito del arte y los espacios públicos.”