lunes, 31 de agosto de 2009

NANOARTE: LOS CAMELLOS VISITAN EL LABORATORIO

Cuando vi el camello pasando por el ojo de la aguja pensé que era una metáfora que utilizaban en el telediario para hablar de las contradicciones del sistema capitalista. Pensé que querían decirnos que
los banqueros ya iban a ir al paraíso celestial, porque tenían la llave. Pensé que nos querían decir que cualquier revolución era una insensatez. La obra titulada KEY TO PARADISE (Alessandro Scali y Robin Goode, 2007) me decía que si subvencionamos a los que nos explotan para que nos sigan explotando, entonces todo es posible. Es más fácil que un rico entre...
Esa imagen del camello me llevó además por otros senderos. El arte es así; la experiencia estética suele tejer una red de significados. El camello me hizo pensar en la hybris de los griegos, en la desmesura y el orgullo exagerados. Creerse igual o superior a los dioses era el colmo de la insolencia. Quien se comportaba de forma desmesurada sobrepasaba los límites establecidos: destruía el orden de las cosas. Los dioses, que representaban fuerzas de la naturaleza, castigaban al que intentaba controlar espacios que no le correspondían. Por eso la imagen del camello puede ser una metáfora de la desmesura de la tecnociencia. Lo imposible no existe para la tecnología actual...
KEY TO PARADISE es un obra en la que confluyen arte y tecnociencia. El nanoarte utiliza los conocimientos científicos y los instrumentos de laboratorio, especialmente los microscopios, para obtener imágenes y composiciones de lo más pequeño, de lo que no se ve a simple vista. La imagen que comentamos puede contemplarse con una lupa un poco potente. Sin embargo, la nanotecnología trabaja a nivel de átomos y moléculas. Un nanómetro es la milmillonésima parte de un metro. Un milímetro es igual a un millón de nanómetros.
Si rastreamos la red, podemos hallar obras que nos permiten experimentar lo sublime. Antes eran las tempestades, el mar o el cielo estrellado; ahora sublime es la contemplación de una estructura celular, una bacteria coloreada o la complejidad de las dendritas de una neurona. Los telescopios y los microscopios dan acceso a infinitos niveles de realidad. Las representaciones de las estructuras materiales más pequeñas nos fascinan y nos intimidan. Nos sentimos desbordados ante la posibilidad de que la materia sea divisible hasta el infinito. ¿Por qué suponer que nuestro nivel de observación es privilegiado? Del mismo modo que las galaxias y el espacio profundo nos abruman con su belleza, los mundos del microcopio reducen lo humano a lo insignificante. ¿La naturaleza nos abruma porque es bella o es bella porque nos abruma? En esta disyuntiva radica la esencia de lo sublime.
Sin embargo, el uso de tecnologías sofisticadas de observación y de tratamiento de imágenes plantea dudas radicales: ¿Hasta qué punto cabe hablar de observación? ¿No será mejor reconocer que en lugar de observaciones son construcciones? Tanto en ciencia como en nanoarte el límite entre observar y construir es muy difuso. En el nanoarte ese límite plantea problemas porque puede darse el caso de que el procesado de las imágenes sea tan grande que la referencia a micromundos sea prescindible. Saber que es una imagen casi completamente diseñada por ordenador anula la experiencia de lo sublime, aunque siga habiendo cierta belleza.
Muchos artistas manipulan dimensiones para obtener el efecto que desean. Reducir o agrandar son métodos que buscan sorprender o hacer pensar. En el arte conceptual el tamaño y el significado tienen conexión. El contexto en el que aparece ese acto de inflado o encogido transforma la cantidad en cualidad. Así, una neurona gigante al lado de la sede de un Parlamento o del Banco Mundial puede significar muchas cosas...