ROEDORES DE FILOSOFÍA

sábado, 30 de mayo de 2015

Reseña en LA GALLA CIENCIA

ABISALES
PEDRO SÁNCHEZ SANZ
Editorial Lastura, 2015.
        
            La escritura de Pedro Sánchez sintetiza la riqueza de la tradición clásica, la sensibilidad de los románticos y el atrevimiento del simbolismo o el surrealismo. La metáfora del viaje arraiga en lo más profundo de nuestra cultura, sin embargo es un viaje que atraviesa la experiencia del sujeto en la modernidad, hasta el punto de desembocar en ciertos recorridos metapoéticos. En este viaje el poeta es el protagonista, porque es la poesía la que nos ilumina allá en las profundidades. Para construir este espacio poético se necesita madurez en el decir y en el sentir. Los ecos románticos que Rocío Hernández Triano resalta en el prólogo confirman esa confianza del autor en la palabra como gestora de las emociones. Varios libros de poesía y de relatos, traducciones y unos cuantos premios, como el Internacional Platero, que concede el Club del Libro en Español en Naciones Unidas, avalan esta madurez.

            Uno se puede preguntar dónde empezó todo, el miedo, el deseo o la poesía. Nos gustaría saber dónde comienza la pregunta misma y por qué nos abrasa por dentro desde entonces. Pues bien, todo empezó con la conciencia, con la capacidad de ser conscientes de nuestras miserias. Por eso envidiamos a nuestros parientes, a los otros animales. Viven siempre en la superficie, mientras que los humanos hace tiempo que iniciamos un peligroso viaje a las profundidades, de nuestro ser y de nuestra civilización. No es raro que el poeta o el filósofo se acerquen a los animales con una extraña mezcla de envidia y superioridad, porque, si hablamos de ellos, y usamos la palabra, es que estamos por encima, aunque la palabra implique una cruel inmersión. Walt Whitman en “Hojas de hierba” expresa bien esa mirada:Creo que podría transformarme y vivir con los animales. ¡Son tan apacibles y dueños de sí mismos! Me paro a contemplarlos durante tiempo y más tiempo. No sudan ni se quejan de su suerte, no se pasan la noche en vela, llorando por sus pecados… Ninguno está insatisfecho, a ninguno le enloquece la manía de poseer cosas…”

         “Los monos no tienen conciencia de la muerte.” El primer verso del libro de Pedro Sánchez nos lo explica todo. “Para ellos no hizo películas Bergman, Tolstoi no expuso sus pecados capitales/ ni Mozart compuso su más sentido Réquiem.” El libro consta de tres partes: Inmersión, Profundidad y Superficie. La conciencia de la muerte es el origen de toda escritura. La primera parte constituye el salto, la inmersión, lucidez que nos asusta y obliga a zambullirnos en nosotros mismos, quizás para huir. ¿Qué vamos a encontrarnos ahí dentro, en las profundidades? ¿Sólo oscuridad? Nos vamos encontrar con los seres abisales, seres que emiten luz propia… El Capitán Nemo, el poeta maldito, los strigoi, Iscariote, Aquiles, el dolor, el bohemio,... Cada poema acoge la luz de esos seres extraños, ni vivos ni muertos, y nos conmueve con la palabra impregnada de desazón, la que siente el poeta ante la oscuridad y la posibilidad de estar perdido para siempre.

                            Espejo de tinieblas,
descenso al ultramundo cual fuga hacia delante,
caída libre al fondo salino de la luz.
Cuando escribo en vertical yo grito, canto, rezo,
hablo quizás del poeta enfermizo, del monstruo
de los sueños, del niño autista, de la medusa
angelical, quizás
                            cauterizo la herida
milenaria de esas voces ocultas que bogan
inadvertidas en paraísos abisales
sin encontrar jamás el consuelo de los dioses.


         Es un descenso a los pliegues ocultos de nuestra conciencia y nuestra literatura. Como hay monstruos marinos, hay batalla. La conciencia es un campo agónico. Pero los monstruos, lejos de ser terribles y dañinos, son débiles, hasta miserables, no en vano son una parte de nosotros mismos que hemos ocultado. En las profundidades van apareciendo máscaras que reflejan nuestros anhelos y miedos más oscuros. El abismo es un maldito laberinto, terreno sólo apto para el poeta. Los seres abisales, desde esa debilidad, proyectan también la luz de la utopía. No todo es penumbra y miseria en los estratos profundos del yo y del océano. “Piensas que quizás empujó tus velas un viento/ equivocado, pero el mar a tu espalda es ya/ una gran muralla de sudor disuelto en sangre”. El poeta duda. Está desorientado, porque el precio ha sido demasiado alto. Tocamos fondo “cocaína a su corazón ratas en las venas/ahorcado en un callejón con el sombrero puesto/ obcecado dos veces se arrojó al mismo río…”
         Superficie es la tercera parte. Emerger ha costado, pero con el poeta no hay quien pueda. La mirada del escritor sabe aprovechar cada rayo de luz, incluso en las profundidades. No es el fin del viaje obviamente. El tiempo del poeta es cíclico, el ir y venir, el morir y renacer. De los monstruos ha aprendido, porque siempre se aprende. En la superficie, ajena a la animalidad pura, el poeta vuelve a tener conciencia de lo que es y pudo ser. No somos seres de superficie los humanos. Somos los seres abisales. ¡Qué sería de la civilización sin los abismos interiores!

EN PIE

Límpiate los muertos de tus zapatos
y camina de nuevo,
el sol aún calienta
y tiene una deuda con tu destino.
Rompe el silencio de la larga vía
que conduce al destello,
te esperan nuevas lunas
adornando un horizonte de nieblas.
Rasga el sello secreto
que contiene la vieja profecía,
bendice la palabra,
que es la llave de tus ojos antiguos
y tu lengua repita,
como en un exorcismo,
la música dorada que te salva
de hundirte en las arenas.

http://www.lagallaciencia.com/2015/05/abisales-de-pedro-s-sanz-por-juan.html?spref=fb