ROEDORES DE FILOSOFÍA

martes, 8 de abril de 2014

SINTETIZAR, DISEÑAR Y CREAR

            “Un equipo internacional ha sintetizado un cromosoma funcional de la levadura” (Investigación y Ciencia). Los científicos han buscado el genoma mínimo para que un organismo sea viable. Eliminando los genes innecesarios podemos diseñar microorganismos con un genoma más corto, con menor coste energético: bacterias o levaduras optimizadas, útiles para la química y los biocombustibles, por ejemplo. La manipulación de los genes no esenciales del organismo permite introducir modificaciones para un propósito determinado. En el caso de las levaduras, han observado que se puede acelerar o retardar su crecimiento. En 2010 ya se logró reconstruir el genoma completo de un organismo procariota. Ahora han demostrado que también se puede realizar en células eucariotas. 
         Quizás todo empezó hace unos 10.000 años, cuando aquellos cazadores-recolectores observaron que los granos que caían al suelo por casualidad, en los alrededores bien abonados de sus pequeños poblados, daban lugar a una planta nueva y mejor, porque ellos siempre recogían las mejores espigas… Hace miles de años que comenzamos a modificar especies, a realizar una selección artificial. Las espigas de trigo del Neolítico son muy diferentes de las de hoy. Y lo mismo ocurre con los perros, las vacas, los gatos… A nadie le extraña que el agricultor sólo siembre las mejores semillas o que sólo críe el mejor ganado. Desde hace siglos consumimos frutos y carne que no existirían si no fuera por la acción técnica de los seres humanos.
         La distinción entre lo natural y lo artificial es una de las más difíciles de establecer. Si por artificial entendemos lo que ha sido transformado por el ser humano, entonces todo es artificial y no hay ya nada natural. Porque transformar puede significar: modificar, alterar, seleccionar, construir o sintetizar.
         Somos capaces de talar un árbol, podarlo, trasplantarlo, realizar un injerto, sembrarlo, modificar su ADN y diseñar una especie nueva. En todos estos procesos interviene la racionalidad humana. Utilizamos el saber que nos proporcionan la experiencia práctica y el conocimiento científico para conectar medios y fines. Cuanto más sabemos de la naturaleza mayor es el grado de transformación que podemos llevar a cabo.
         Quizás hace 10.000 años alguien se asustó ante la posibilidad de sembrar trigo donde quisiera y cuantas veces quisiera: “Hemos cambiado el curso sagrado de los acontecimientos”. Pero, como necesitaban más trigo y más carne, otros dijeron: “Los dioses nos otorgaron estómago y manos…”
         El conocimiento técnico nos permite saber lo que podemos hacer; la reflexión ética se pregunta si lo debemos hacer. Los ciudadanos tenemos necesidades materiales ineludibles. Todos los habitantes del planeta queremos comer, tener vivienda y curar las enfermedades que nos hacen sufrir. El conocimiento científico ha ido mejorando nuestros procesos técnicos para producir alimentos o curar nuestras dolencias.
         Lo que nos asusta es la incertidumbre. El agricultor de hace 10.000 años dudó durante un tiempo. No sabía si el trigo que él sembraba tenía las mismas propiedades que el silvestre. Probó y vio que no ocurría nada. Es la misma incertidumbre que experimentamos hoy cada vez que leemos que se ha sintetizado algo vivo en un laboratorio. No sabemos si estamos asumiendo muchos riesgos al utilizar esos medios técnicos. No sabemos cuánto hay que esperar para ver si ocurre algo con las especies genéticamente modificadas.
            ¿Quién está capacitado para realizar esa reflexión ética? Cualquier ciudadano puede participar en un diálogo sobre sus necesidades. Así, todos podemos discutir sobre cómo distribuir los recursos para investigar. Sin embrago, dada la complejidad de los conocimientos técnicos que intervienen en cada caso, es preciso que sea la comunidad científica la que inicie esa reflexión y la traslade, de forma precisa y clara, a la ciudadanía. La evaluación ética de los procesos tecnológicos exigirá una buena comunicación científica y un buen manejo de las teorías éticas (criterios racionales para establecer qué nos conviene como ciudadanos).