ROEDORES DE FILOSOFÍA

miércoles, 13 de noviembre de 2013

LO QUE NO SOMOS

                                                  
      
          “Estamos tan acostumbrados a tratar con objetos de nuestra escala, que las teorías de los físicos actuales nos aturden. Los artistas sabemos lo que significa captar mucho con poco. Quizás nuestros cerebros sean incapaces de representar quarks o la curvatura del espacio-tiempo.” Así respondía Max Zoster, artista y filósofo, a un periodista mientras conversaban sobre el concepto de sublime en el arte contemporáneo...

         Los seres humanos nos definimos desde nuestra perspectiva, como seres que habitan la realidad, seres que viven entre lo muy pequeño y lo muy grande. El mundo donde vivimos se nos presenta como la dimensión donde las cosas muestran su esencia. Si descendemos hasta los protones y neutrones o ascendemos hasta los cúmulos de galaxias, los objetos se nos van de las manos. En lo microscópico las cosas se deshacen y dejan de ser lo que son Y lo mismo ocurriría si accedemos a lo inmenso. Las grandes distancias o velocidades distorsionan ese ser propio de las cosas. Al acercarnos con un microscopio potente al borde de un objeto descubrimos que no hay tal borde. Cuanto más nos acercamos, más borroso se vuelve, una niebla difusa de electrones, mezclada con la tenue niebla de las partículas de aire circundante.

         La ontología de la vida cotidiana ha sido siempre puesta en duda, desde Demócrito en la antigua Grecia hasta los grandes experimentos de los aceleradores de partículas. Siempre nos ha intrigado que las cosas existan, que exista algo en lugar de nada. Y nos ha irritado darnos cuenta de que somos algo pero que bien podríamos haber permanecido en la nada. Pero las viejas nociones de ser y no-ser han sufrido una radical transformación desde los descubrimientos de la física cuántica y la teoría de la relatividad.

         Meinard Kuhlmann, físico y filósofo, plantea en un artículo de la revista Investigación y Ciencia (Octubre 2013) qué entiende por real la física de partículas. Las partículas elementales no son como bolas de billar. No tienen trayectorias continuas. No tienen propiedades individuales bien definidas. Y no podemos decir de forma absoluta que hay o no hay partículas. Se habla del vacío cuántico. Incluso el concepto de campo ha sido transformado. El campo cuántico no es un espacio definido de valores concretos, sino un espacio de cantidades posibles. La ontología tradicional que habla de objetos individuales localizables y con propiedades definidas no sirve. Por esa razón algunos filósofos de la física sostienen que la realidad está configurada por relaciones, estructuras. Conceptos como el de simetría o entrelazamiento cuántico, muestran que para pensar la realidad conviene describir relaciones globales. No hay objetos con propiedades, sino que las propiedades y relaciones son lo que llamamos objetos.
        
         Lawrence M. Krauss, cosmólogo formado en el MIT, ha escrito Un universo de la nada (Ediciones Pasado y Presente. 2013). El libro explica las últimas teorías cosmológicas, en las que él ha participado de forma significativa. Para describir cómo surgió nuestro universo y qué ocurrirá con él, también hay que revisar nuestra ontología. Se nos muestra un universo de geometría plana, un universo que se expande de forma acelerada. La confirmación experimental de esta descripción ha exigido ajustar ciertas cantidades del universo. La materia visible no es suficiente: hay mucha materia oscura. Y el vacío no está tan vacío: tiene energía. Además, constantemente se crean partículas y antiparticulas que en un espacio de tiempo infinitesimal se anulan. El autor explica muy bien la lógica de la investigación científica, el papel de ciertos experimentos y mediciones en la argumentación teórica global. Estas teorías permiten también predecir cómo acabará nuestro universo: todo se alejará de todo a velocidades cada vez mayores, hasta que la luz de una galaxia no pueda alcanzar a otra...

         Nos cuesta admitir esta nueva ontología porque nos obliga a reconocer que somos un haz de relaciones en un cierto nivel dentro de un todo continuo. Nos cuesta admitirla porque nos cuesta pensarla. Este antropocentrismo tan natural, tan pegajoso, ha generado ciertas consecuencias no deseables para las políticas científicas de los países democráticos de hoy. La percepción pública de la investigación científica es crucial para poder justificar las grandes inversiones en investigación básica. Asuntos como la física de partículas o la cosmología son percibidas como algo muy alejado de los intereses de los ciudadanos.

         Esta falta de legitimación tiene su origen en una de las tareas inacabadas de la Ilustración: concebir la naturaleza como un todo continuo, con niveles de complejidad, pero continuo. Cuando se culmine este proceso, los ciudadanos sabremos que la física de partículas habla de nosotros, de cómo estamos configurados. Y sabremos que esas investigaciones han de tener necesariamente implicaciones en la ciencia aplicada, en medicina, por ejemplo. El ciudadano comprenderá que tan importantes son los modelos teóricos sobre la realidad como los procedimientos y técnicas experimentales que van surgiendo.