miércoles, 7 de noviembre de 2012

EL TRABAJADOR UNIVERSAL



   En el trabajo manual el organismo del trabajador está totalmente implicado en la realización de la tarea. Es responsable de que se lleven a cabo las secuencias de operaciones necesarias. Cuando entre el trabajador y la tarea se introduce una máquina, aparece el trabajo mecanizado. Disminuye la implicación del organismo, que se reduce a mera gestión del proceso. La responsabilidad operatoria se limita a saber manejar controles de máquinas. El objeto que hay que producir desaparece de la vista del trabajador. Controla una máquina que ejecuta una tarea simple en una gran cadena. La habilidad, el conocimiento y la creatividad no son necesarios.

   Cuando una máquina gestiona todo el proceso, decimos que el trabajo se ha automatizado. La máquina tiene memorizadas las secuencias de operaciones. En un principio se utilizaban soportes rígidos, mecánicos, para retener esa información. Con la llegada de la electricidad y los ordenadores se obtuvo una flexibilidad infinita. Las máquinas utilizan programas y sistemas de retroalimentación, son máquinas que aprenden y se autorregulan. El trabajador ya sólo vigila si se para o no se para el programa.

   La automatización puede aumentar la productividad y ahorrar trabajo. Pero este aumento de la productividad suele estar acompañado del desempleo y la deshumanización del trabajo. El trabajador se convierte en un observador pasivo del proceso. No desarrolla su racionalidad creativa, queda convertido en un vigilante de un proceso que no comprende. Su relación con la naturaleza es distante, ya no tiene conciencia de crear nada. La depresión y la desmotivación invaden al trabajador. Entre el ingeniero programador y el automatismo surge el vacío, la nada, del trabajador.

   Taylor aplicó el análisis científico a los procesos de producción. Mediante el análisis (uno de los pasos del método cartesiano) se descompone el proceso en unidades básicas. Este análisis permite cuantificar y organizar la producción de una forma racional y empírica. Ford concretó estos principios en la cadena de montaje. El objeto circula por un recinto, los trabajadores están estáticos y realizan una función muy especializada. Con este sistema aumentó la productividad y el ritmo de trabajo. El precio del producto final baja porque con los mismos trabajadores se ha producido más. Las destrezas requeridas para trabajar en una cadena de montaje carecen de contenido creativo. El ritmo de trabajo ocasionó descontento y malestar entre la clase trabajadora. El trabajador era considerado una pieza más de la cadena y era tratado con criterios meramente cuantitativos. El trabajador, al realizar tareas muy pequeñas, era fácilmente sustituible por otro. Para el taylorismo, cuanta más organización racional del trabajo se desarrolle, menos formación requiere el trabajador. El empresario debe premiar a los que más producen para que sigan produciendo más y todas las partes salgan ganando. Saber cuánto se produce no puede ser una cuestión dejada al conocimiento informal. La evaluación del sistema, incluido el rendimiento del personal, debe ser tratado con métodos científicos.

  La excesiva división del trabajo no siempre trajo buenos resultados. Hay un momento crítico en el que la definición de tareas y la ejecución de tareas no se ajustan entre sí. Estos desajustes producen retrasos, desorientación y espontaneidad. Del mismo modo, la obsesión por el ritmo de producción llevaba en muchas ocasiones a efectos contrarios. Considerar a los trabajadores como meros mecanismos, como simples unidades productivas, dio lugar a protestas sindicales. Dentro de las teorías de la organización empresarial comenzaron a surgir teorías alternativas, teorías en las que el trabajador es considerado en todos sus aspectos psicosociales. (“Enfoque competencial del trabajo” de Vargas, F.; Casanova, F.; Montanaro, L. )

   En la economía actual las condiciones de trabajo han variado. Hay unos cambios que hay que resaltar (“Enfoque competencial del trabajo”):

     a)  Deslocalización de la producción: un producto es elaborado en diferentes lugares del planeta.

     b)  Especialización de las empresas.

     c)  La competitividad se mejora con inversión en I+D.

  Dice Castells ("Globalización, tecnología, trabajo, empleo y empresa") , que puede caracterizarse la economía por tres grandes características: es informacional, es global y funciona en red. En estas nuevas condiciones, dice Castells, el principal problema no es el paro (no hay una relación directa entre nuevas tecnologías y paro), sino las nuevas funciones del trabajador y las nuevas relaciones laborales. Llama la atención: “Sobre empleo en general, hay mucha más tecnología en producción y mucha más difusión de la tecnología en el conjunto de la sociedad americana y japonesa que en la Unión Europea, y sin embargo, EEUU y Japón son las sociedades -hablando de modelos diferentes, por cierto- que tienen el menor nivel de paro”.

    Los efectos de la automatización se reflejan en la precariedad del empleo. Las multinacionales necesitan personal con contratos adaptados a las necesidades del momento. Los movimientos de capital y la necesidad de adaptar constantemente los procesos productivos generan un empleo de mala calidad. Los flujos de información entre las empresas madre y las filiales exigen constantes reestructuraciones. Y en el sector servicios los sistemas informáticos automáticos permiten contratar a tiempo temporal y parcial. Las garantías jurídicas de los trabajadores son rebajadas para adaptarse a los ritmos transnacionales.

    En la sociedad de la información lo más importante es tener trabajadores formados en capacidades, no sólo en contenidos concretos. Los cambios constantes exigen al trabajador saber adaptarse y “reprogramarse”. Invertir en formar a un trabajador sale rentable a la empresa. El trabajador deberá conocer el sistema en su globalidad, sus objetivos finales. Porque ahora su labor principal será organizar y programar automatismos. Además se valora la interacción social del trabajador. Se requiere tener trabajadores que sepan dialogar en equipo, organizar, tomar decisiones, autoevaluarse, etc. El trabajador procesa información e interactúa con múltiples agentes. Se destaca la inteligencia en todos sus ámbitos: operacional, organizacional, emocional y social.

   El trabajador ideal para una empresa de hoy es el “trabajador universal”. Formado para realizar cualquier tarea en cualquier momento, y en cualquier nivel de la organización. Las empresas formarán a un equipo de estos trabajadores para que gestionen sus automatismos, a su vez universales y adaptables a cualquier producto.

   Castells define así el trabajo del que estamos hablando: “El trabajo autoprogramable es el que desarrolla aquel trabajador que tiene una capacidad instalada en él o ella de poder tener la posibilidad de redefinir sus capacidades conforme va cambiando la tecnología y conforme cambia a un nuevo puesto de trabajo.” (...) ”Lo que importa, más que unas cualificaciones, es una capacidad general educativa de cultura general, de capacidad de asociación, de saber cuáles son las cualificaciones que necesitas para las tareas que tienes que hacer, dónde buscarlas, cómo aprenderlas y cómo aplicarlas. Para entendernos, un nivel intelectual general, lo cual implica toda una redefinición del sistema de educación: la capacidad social de hacer pasarelas entre el trabajo y la educación.”