martes, 19 de noviembre de 2019

MITOS, PREJUICIOS Y CIENCIA ABIERTA

  
Ilustración de Domingo Martínez
          El 10 noviembre se celebra el Día Mundial de la Ciencia para la Paz y el Desarrollo. Este año se hace hincapié en promover una “ciencia abierta”. Se conmemora en todo el mundo desde el año 2002 para recordar el compromiso asumido en la Conferencia Mundial sobre la Ciencia que se llevó cabo en Budapest en 1999, según nos explican en la página de la ONU. Allí se aprobó la “Declaración sobre la ciencia y el uso del saber científico”. Desde 1986 se celebra también estos días La Semana Internacional de la Ciencia y la Paz.
         La declaración de Budapest es muy razonable. Parte de la estrecha relación entre la ciencia, la tecnología y la sociedad. El conocimiento debe ser utilizado para mejorar la vida de las personas, desde el punto de vista económico, médico, social, cultural y político. Se reclama en ese texto un debate democrático sobre la producción y aplicación del conocimiento. Y para que los beneficios de los avances lleguen a todos, se exige una reflexión sobre los grandes desequilibrios sociales existentes.
     El objetivo de este año es que la ciencia sea accesible a todos los ciudadanos. Es decir, la investigación científica y los datos tienen que estar al alcance de todos. Por lo tanto, habría que eliminar todas las brechas que convierten la ciencia en un recinto cerrado. En el sistema educativo no podemos acabar con todas ellas. No podemos modificar el proceso de elaboración de los Planes de I+D+i, que podría ser más participativo. Tampoco podemos cambiar el sistema de investigación, con la distribución de recursos económicos y méritos académicos…
     En lo que sí tenemos cierta responsabilidad, junto con los medios de comunicación, es en promover las vocaciones investigadoras y ofrecer una adecuada formación básica. Las tareas de divulgación son esenciales para despertar la admiración y el deseo de saber. Aquí es crucial qué imagen de la actividad científica transmitimos a los jóvenes. Porque a veces da la sensación de que hay un escalón insalvable entre los expertos y el resto de la población. Como si habitaran en otro mundo. Manejamos estereotipos que circulan en los libros de texto, en el cine y en los medios de comunicación. Son clichés que no nos muestran cómo es el verdadero trabajo de un investigador. 
         Hay varios mitos y prejuicios acerca de cómo funciona la ciencia que convendría repensar. En primer lugar, deberíamos cambiar el singular por el plural, y hablar de prácticas científicas. No hay un método único para todas las ciencias. Hay muchas formas de investigar. En segundo lugar, la verdad, la coherencia y la utilidad son muy importantes, pero hay otros valores que impregnan la actividad de los científicos, como los estéticos y éticos. Las ciencias son actividades humanas, condicionadas por intereses, por el contexto social y cultural. Nadie se libra completamente de los sesgos cognitivos. En tercer lugar, la investigación no es un hecho solitario, de un genio aislado y con capacidades sobrehumanas. El trabajo científico es colectivo, funciona en equipos, en redes. En cuarto lugar, la política científica no corresponde solo a los expertos. Todos los ciudadanos podemos participar y decidir en qué se debe investigar… En el fondo, todos estos mitos han contribuido a deshumanizar la labor de los científicos.
       Hay dos libros que pueden ayudarnos a reflexionar sobre esa imagen distorsionada. “La manzana de Newton y otros mitos acerca de la ciencia”, editado por Biblioteca Buridán, es una obra colectiva en la que diferentes especialistas analizan 27 mitos. Hay mitos de la historia de la ciencia sobre temas concretos que todavía aparecen en algunos manuales. Patricia Fara, por ejemplo, habla de uno muy conocido: “Que la manzana cayó de verdad y que Newton inventó la Ley de la Gravedad, eliminando con ello a Dios del Cosmos.” También hay mitos de cuestiones generales. Michael D. Gordin aborda otro muy extendido: “Que hay una clara línea de demarcación entre la ciencia y la pseudociencia”.
     “Perdidos en las matemáticas. Cómo la belleza confunde a los físicos” es de Sabine Hossenfelder, publicado por Ariel. La autora es una física dedicada a la gravedad cuántica. Conversa con varios físicos actuales para hablar sobre qué papel representan criterios como la belleza, la simplicidad, la naturalidad y la elegancia a la hora de aceptar teorías en física de partículas. Reflexiona sobre los sesgos que influyen en los investigadores, el papel de los experimentos y de las matemáticas, la estructura de las comunidades  científicas, los intereses, las dinámicas internas…

https://www.diariodejerez.es/jerez/educacion-mitos-ciencia-abierta_0_1411059411.html

domingo, 10 de noviembre de 2019

TIENDA DONDE SE VENDEN LIBROS

       
Foto de Francesc Catalá Roca
   
        Me encantan las definiciones. Son tan escurridizas… Y me gustan todas, tanto las que aciertan como las que resultan ambiguas, incompletas, muy largas, muy cortas, simples, barrocas… En los diccionarios hay muchas, casi de todos los seres que existen en el universo. Abarcan todos los entes, nada más y nada menos, incluidas las librerías... Tienda donde se venden libros. El académico ha dado en el clavo. Podría haberse enredado con la actividad cultural y social de esos establecimientos, pero no. Se ha ceñido al asunto, a la esencia. Allí compramos conjuntos de muchas hojas de papel u otro material que, encuadernadas, forman un volumen.
         En un mundo digital donde todo lo referido a la cultura tiende a ser o parecer gratis, esta definición es subversiva, provocadora. Lo que antaño nos parecía una simpleza, ahora nos encandila por su perspicacia, por su espíritu crítico. En un mundo atolondrado, las verdades del barquero son sentencias revolucionarias. Y es que nos estamos acostumbrando mal. Recuerden cuando nos reíamos de los niños de ciudad que pensaban que la leche salía del tetrabrik. Ahora, los habitantes del ciberespacio pensamos que los productos culturales salen del móvil… Al entrar en una librería se produce la anamnesis. La atención de los libreros, la presencia de alguna escritora, el olor a papel… todo ello nos hace recordar que de la nada es imposible que surja algo.
         El librero es la persona que tiene por oficio vender libros, aunque a veces no lo parezca. Tenemos constancia de que a algunos les da por recomendar lecturas, presentar a escritores, organizar talleres literarios, incluso hablan de materias ajenas al cambio de libros por dinero... Así que se entretienen en lo accidental y dejan de lado lo esencial. Todos somos humanos. Hay que saber perdonar estos descuidos. En su defensa argumentan que vender un libro no es tarea fácil. No lo es cuando el lector no sabe nada ni cuando cree que los sabe todo… En el primer caso se inicia un interrogatorio detectivesco, para dar con el misterioso ejemplar. En el segundo, el cliente entabla una jugosa conversación sobre por qué quiere ese título. Es un espacio para crear comunidad…
         Acudo al diccionario para comprobar si en algún lugar los libros y el espacio aparecen juntos. En ninguna definición se los relaciona directamente. Que los libros ocupan espacio es una de las leyendas urbanas y rurales más extendidas. Mire hacia su biblioteca, contemple su libro preferido, y dígame si ocupa espacio. Nadie en su sano juicio es capaz de semejante teoría, descabellada y peregrina. El espacio es la extensión que contiene toda la materia existente. Como mucho el espacio contiene libros, que es muy distinto… Y lo mismo ocurre con el tiempo, duración de las cosas sujetas a mudanza. La lectura no consume tiempo. Como mucho, lo crea. En las librerías, el espacio y el tiempo se retuercen ante la presencia de las letras, las historias, los poemas y los ensayos. Tengan cuidado, unos instantes con los libreros pueden convertirse en horas fuera del mágico recinto. Cuando salimos a la calle, el mundo ha cambiado, quizás ni nos esperen ya.
         El lector es el que lee, y punto. Qué fácil es decirlo… El escritor es el que escribe, otro punto. Qué fácil es desearlo… Para leer se requiere paciencia, plasticidad mental, ganas de disfrutar, deseos de soñar y un ligero olvido del mundo. Los escritores deberían ser moderados en cuanto a la calidad de sus textos. Los libros muy buenos animan a leer sin piedad, sin misericordia. Volvemos corriendo a la librería y pedimos todo lo que tengan sobre una escritora. Todo, absolutamente todo. Lo que ella escribió y lo que otros han contado sobre ella, sobre su entorno o sobre sus huellas. Menos mal que los libreros, nada más vernos llegar con esa cara de lunáticos, nos cogen de la mano, nos tranquilizan y nos conducen por los laberintos que se ocultan en el espacio enrevesado de la librería. Y si la cosa es grave, nos recetan un buen club de lectura o un taller literario que está a punto de comenzar detrás de los libros de viajes.

https://www.lavozdelsur.es/tienda-donde-se-venden-libros/

martes, 8 de octubre de 2019

REVISAR LOS NIVELES

Ilustración de Domingo Martínez
          Tenemos la moral por los suelos, diría hoy el profesor Aranguren. Vivimos entre el desencanto y la desmoralización, “la pérdida de confianza en la empresa del quehacer colectivo, que trasciende el personal de cada uno de nosotros”, aclaraba en “De ética y de moral”. Y esa es hoy la palabra clave, confianza. Hemos pasado de la indignación al desánimo. Nos invade una terrible desgana moral, una desidia cívica. Ya no confiamos en las palabras de nuestros representantes ni en nuestra capacidad para transformar la realidad. Si los cimientos éticos y políticos se erosionan, la ruina puede llegar a ser incluso existencial: “Un hombre desmoralizado es simplemente un hombre que no está en posesión de sí mismo, que está fuera de su radical autenticidad y por ello no vive su vida, y por ello no crea, no fecunda, no hinche su destino”, explicaba Ortega y Gasset en “Por qué he escrito El hombre a la defensiva”.
         Nos urge levantar la moral de la ciudadanía… El problema es que tampoco sabemos a quién corresponde hoy esa tarea. Ignoramos por dónde empezar. Descartados los políticos, de momento, habrá que mirar hacia otro lado para encontrar verdaderos animadores morales. A lo mejor son los intelectuales, profesores, científicos, artistas, periodistas, panaderos, médicos, agricultores, deportistas… Tampoco los docentes tenemos claro cómo se puede recuperar esa confianza, con qué métodos y contenidos. Cuando insistimos en la importancia del diálogo y los consensos en los parlamentos… Cuando decimos que en política el bien común ha de estar por encima de los intereses particulares… Nos topamos con un muro de sospecha y rechazo.
         Desde un punto de vista realista y pragmático, quizás sea cierto que nuestras democracias funcionan a pesar del desencanto y la desmoralización de sus ciudadanos. La abstención es preocupante, nos dicen, pero no paraliza la maquinaria procedimental. Las consideraciones éticas de los ciudadanos están en segundo plano, como un adorno. De hecho, el entusiasmo ético puede llegar a convertirse en un estorbo… El nivel de conciencia cívica tiene un máximo, insinúan. Si el ciudadano lo sobrepasa, pone en cuestión las normas del sistema. Se vuelve un revolucionario… ¿Es necesario un mínimo de compromiso moral con las instituciones? Imaginemos un partido de baloncesto en el que los jugadores desconfían de todo, de las reglas, de la autoridad de los árbitros, de su propio entrenador, de su club… Este nihilismo deportivo convertiría el juego en un mero mecanismo sin sentido.
         Las causas del desánimo político son bastante conocidas. Para Francisco Fernández Buey (“Ética y filosofía política”), la tecnificación y la mercantilización de los partidos han conducido a que funcionen como oligarquías. Todos los partidos son maquinarias electorales al servicio de un líder. Y las nuevas formaciones tardan muy poco tiempo en imitar a las viejas. La ciudadanía siente que su voto no sirve para nada y aumenta la abstención. Además, esta crisis de representación afecta sobre todo a los de abajo, a los excluidos del sistema, a los que viven en precario.
         A estas alturas, la confianza moral ya no se recupera con promesas, sino con reformas estructurales. Ya son demasiadas las promesas incumplidas por la democracia representativa. A no ser, claro, que el objetivo consista en mantenernos en la apatía política, para no molestar. Esas reformas nos remiten al problema de la esencia de la democracia, a pensar qué debería ser de verdad y a mejorarla. Para animar a la ciudadanía es preciso crear nuevos cauces participativos. Los niveles de compromiso ético con la democracia solo se recuperarán profundizando en ella. Ni votar ni pertenecer a un partido político son suficientes. Cuesta convencer a la gente de que ir a votar es bueno, que es un derecho democrático y, quizás, un deber. Uno no se siente con fuerza moral para animar a los demás a formar parte de un partido político… Es cierto que nos quedan las asociaciones. Se puede hacer una gran labor cívica en ellas, pero no generan cambios legislativos de forma directa. Necesitamos inventar mecanismos intermedios en los que el ciudadano pueda desplegar su racionalidad práctica. ¡A pensar!


jueves, 22 de agosto de 2019

ÉTICA DE ROEDORES: INTEMPESTIVO

   

       Nada parece suceder en su momento oportuno. Los malditos roedores no saben ya a qué atenerse. El terrible dinosaurio domina los tiempos de todos los organismos del bosque. Lo que ayer era posible hoy es intempestivo. Quizás esos grandes seres conozcan otras leyes de la naturaleza, ajenas al ruin intelecto del roedor común. La vieja sabiduría del bosque profundo aconseja no precipitarse. El momento oportuno, ese que no debemos dejar escapar, solo se presenta ante las mentes prudentes, las que saben esperar lo necesario. Esa misma ciencia del mundo nos recuerda que el roedor no es un árbol, ni una seta. Esperar más de lo debido nos convierte en piedras, cantos rodados. Sabe el filósofo que no hay un algoritmo para atrapar a kairós, ni lo habrá. Habitamos la incertidumbre de las sombras. Nadie conoce las leyes de la sazón universal, ni las conocerá. Claro, el terrible dinosaurio aparenta saber más de la cuenta, así intimida al maldito roedor. 

martes, 30 de julio de 2019

ÉTICA DE ROEDORES: UNDERGROUND

Foto de Juan Carlos González

    Hay un flujo vital subterráneo que nunca saldrá del todo a la luz, un mundo que yace bajo tierra, lleno de ideas, deseos, imágenes, formas, bocetos, intuiciones, argumentos, perspectivas... De ese pensamiento brota la resistencia ética y estética. Si saliera a la luz, se convertiría en estatua de sal, en producto. Sabe el filósofo que hay muchos estratos en las profundidades, y que del último lo ignoramos todo. En la superficie habita la luz que clasifica y banaliza. Es el espectáculo del mercado: la alegoría de la caverna, pero al revés. Los roedores encadenados deambulamos por la zona iluminada por el sol, tan dorado y reluciente. Vivimos como urracas aturdidas. Los de abajo son libres, en la oscuridad, donde no llega la radiación que convierte todo en mercancía. Pero la luz ciega y atrae con una poderosa fuerza... La oscuridad es un sinvivir, sentencia el gran dinosaurio. No es de extrañar, piensa el filósofo, que el roedor inquieto frecuente las zonas sombrías del bosque, pliegues terrosos a los que no tiene acceso la mirada de la bestia, aunque sí su alarido encolerizado. Las sombras nos hacen recordar lo que quisimos ser de verdad. Ese flujo vital nunca será atrapado por los moldes luminosos que dan forma al teatro universal. Y con esta imposibilidad sueña el dinosaurio todas las noches. Le acosan pesadillas horribles... ¡Cuesta tanto domar a todos los roedores! ¡Siempre escondidos entre las raíces! ¿Por qué no se conforman nunca con con nada?

martes, 11 de junio de 2019

LECTOR DE DICCIONARIOS

       

        Las palabras a veces nos provocan extrañeza estética. Estás leyendo y, de repente, tienes que frenar en seco. No es necesario que la palabra sea nueva, rara o culta. Puedes haberla usado todos los días de tu vida, pero ahora te obliga a parar y contemplarla como nunca lo habías hecho, con una mezcla de placer y asombro: se abre un abismo en nuestra mente ante lo sublime del lenguaje.
         Esa experiencia estética no acaba ahí. Acudimos al diccionario para saber más de esa palabra, todo lo que esté a nuestro alcance. Queremos precisar el significado, su uso y su origen. Hemos caído en una enrevesada trampa, porque un término nos lleva a otro en una cadena sin fin.
          Así se convierte uno en lector de diccionarios. Llega un momento en el que no hace falta un cebo. Nos adentramos en el diccionario para ver qué hay en el universo, para explorar una ruta nueva, desde el azar, la curiosidad o como forma de huir del aburrimiento que genera el lenguaje de plástico tan desnutrido que nos invade hoy.
         Los diccionarios nos ayudan a leer, una tarea irrealizable según dice Ortega y Gasset en su comentario al Banquete de Platón. “Leer, leer un libro es, como todas las demás ocupaciones propiamente humanas, una faena utópica.” Porque el proyecto de entender completamente un texto es una labor imposible. Su "Axiomática para una nueva filología” se resume en dos principios: 1º Todo decir es deficiente (dice menos de lo que quiere). 2º Todo decir es exuberante (da a entender más de lo que propone).
         Ya en el siglo XIII a. C. existían listas de palabras ordenadas en acadio para ayudar a los escribas, nos explica Javier López Facal en su libro La presunta autoridad de los diccionarios (Los libros de la Catarata, 2010). En el templo funerario de Ramsés II, también de esa época, se encontró una colección de palabras ordenadas por familias léxicas. En la Grecia arcaica y clásica los glosógrafos, escritores de glosas, realizaban aclaraciones con fines escolares, con sinónimos, para entender la Ilíada y la Odisea. Elaboraban listas de palabras raras, fuera de uso, para que los lectores comprendieran esas grandes obras. Javier López Facal sitúa en Alejandría el nacimiento de la lexicografía griega, en el entorno del Museo y la Biblioteca, sobre el siglo III a. C.  Ahí comienza una historia que llega hasta Wikipedia.
         Elaborar diccionarios es una de las tareas más duras y necesarias.  Tanto en solitario como en grupo, se trata de una labor que puede durar varias décadas, incluso toda una vida. Ahora, con los ordenadores y las bases de datos, nos parece relativamente fácil, pero imagínense a María Moliner rellenando sus fichas en casa… Aunque se utilicen los diccionarios anteriores como base, el lexicógrafo siempre desea ampliar y actualizar la lista de palabras.
         Y es una labor de los humanistas, de los que se dedican a la humanidades, tan inútiles según algunos. Hay que animar a nuestros alumnos a que se dediquen a las ciencias del lenguaje. Así tendrán acceso a uno de los mayores placeres intelectuales y participarán en una de las actividades más útiles para la civilización. En la llamada sociedad del conocimiento necesitamos buenos diccionarios y enciclopedias, en papel y digitales.
         Los diccionarios nos liberan de la ignorancia. Disuelven el aura sagrada de las palabras técnicas y desmitifican el lenguaje culto. La etimología nos asombra a todos los lectores porque nos muestra estratos ocultos de realidad y belleza. El lenguaje es una red de redes, una telaraña de infinitos nodos y niveles que está al alcance de cualquiera. Conocer esas redes léxicas nos facilita el manejo de los vocabularios científicos, ya sea en la biología o en el derecho. Con el lenguaje se configura el mundo. Si las palabras son una caja negra o un ídolo sagrado, alguien las utilizará para tener más poder sobre ti.
https://www.diariodejerez.es/jerez/Lector-diccionarios_0_1362764166.html

martes, 14 de mayo de 2019

ÉTICA Y POLÍTICA: EL BIEN COMÚN

           


        Los ciudadanos solemos anteponer los valores éticos a cualquier proyecto económico, social o cultural. Exigimos unos mínimos éticos a nuestros representantes. Sin embargo, esas expectativas no se cumplen. Decepcionados, creemos que los políticos solo desean alcanzar el poder y que harán cualquier cosa para obtenerlo. Predomina la racionalidad estratégica: los votantes somos un mero medio para satisfacer sus deseos. De las otras dimensiones de la racionalidad, como la ética y la comunicativa, ni hablamos. Cuando son mencionadas es para adornar el discurso, nada más. La mayoría de los políticos, quizás todos, están atrapados en las maquinarias de sus partidos. De aquí se derivarían muchos vicios, como el engaño, la codicia, el abuso, la manipulación, la imprudencia, la intolerancia… Obnubilados por las riquezas y el poder, tratan como objetos a los votantes y a los contrincantes.
         Desde los griegos, la política se ha relacionado con el bien común, uno de los conceptos más escurridizos. La mayoría de las definiciones nos dejan insatisfechos: los asuntos públicos, el interés general, la razón de Estado… Definirlo no es el mayor problema. Lo realmente poco probable es que el político actúe pensando únicamente en el bien colectivo. Y es que hay algo que no cuadra. Por un lado, educamos para sobrevivir en una sociedad individualista, donde solo se valora la búsqueda del beneficio privado. Pero, por otro, exigimos que nuestros gobernantes, olvidando ese adiestramiento, hagan lo contrario y solo se fijen en el bien común…
         Sabemos que es muy complicado llegar a un acuerdo sobre qué es el bien común, pero también sabemos que es la idea regulativa que orienta nuestra convivencia. Se trata de un postulado de la racionalidad política. Existen bienes y servicios públicos que hay que gestionar. Vivir en comunidad implica asumir que compartimos espacios y que cooperamos para resolver los asuntos de todos. La pluralidad de intereses confluye en la unidad, en la armonía del todo. El bien común, en singular, hace referencia a un bien que no es la simple suma de los bienes que persiguen los individuos. A lo mejor es el bienestar, la felicidad, donde incluimos la justicia y la libertad… El bien común se transforma con el tiempo. Lo vamos concretando con cada decisión colectiva, con cada deliberación. Cuando en el parlamento aprobamos una ley, decimos que lo hacemos por el bien común, no por intereses particulares. En una sociedad perfecta, el bien común y los bienes individuales no entran en conflicto.
         Quizás sea hora de ampliar los conceptos de ética y política. Además de las virtudes clásicas, necesitamos otras nuevas. El político ha de ser honesto, inteligente, prudente, justo, sincero, valiente… Pero también tiene que ser creativo, porque el bien común se construye, se interpreta, se rediseña y se inventa. Y las virtudes relacionadas con la gestión han de ser superadas por las virtudes de la innovación y el ingenio. Los recursos son limitados, pero nuestra imaginación no. Da la impresión de que nos hemos resignado a realizar políticas de supervivencia, donde el ámbito de los sueños ha desaparecido porque ya solo miramos al suelo. No viene mal recuperar ese horizonte utópico. Imaginar lo que no tiene lugar, lo que aún no existe, es condición necesaria para la política. Si abandonamos la tarea de imaginar el bien común, nos quedamos sólo con la técnica y el aburrimiento.
         Platón decía que había que poner a prueba a los futuros gobernantes para detectar si obraban por el bien del Estado. El que haya sido seducido por los placeres, aterrado por los peligros o cegado por el ansia de riquezas, es decir, el que haya olvidado que siempre es necesario tener como fin el bien común, deberá ser rechazado. Algo parecido habría que hacer con las virtudes relativas a la imaginación. Si observamos que los que aspiran a gobernar la ciudad carecen de creatividad, habrá que descartarlos. En lugar de mítines donde se repiten frases hechas, en lugar de diálogos que son monólogos, deberíamos proponerles un conjunto de retos para que exhiban la capacidad de pensar sobre el poliédrico interés general y la habilidad de hacer mucho con muy poco o casi nada. 

martes, 9 de abril de 2019

MÁQUINAS HABITABLES

           Las vanguardias de principios del siglo XX, cada una a su manera, pretendieron transformar la actividad artística y la realidad social. La herida de la Gran Guerra no solo fue política y económica. La sensación de vacío y deshumanización impregnó las conciencias de los intelectuales. Había que redefinir el papel de las artes en una sociedad industrializada. Para dar a luz un mundo nuevo era necesario superar las viejas distinciones y desarrollar la obra de arte total. Todos los revolucionarios quieren partir de cero, hacer tabla rasa, para generar algo radicalmente nuevo y puro. La metáfora de la construcción suele ser muy útil: derribar el viejo y confuso edificio para levantar otro más sólido y luminoso, desde unos cimientos sanos.
         La Bauhaus ha sido definida como un experimento artístico y pedagógico que se nutrió del espíritu de las vanguardias artísticas y políticas del momento. Walter Gropius se propuso crear una escuela en la que el artesano y el artista volvieran a encontrarse. Los alumnos debían abandonar todos sus prejuicios y ponerse en contacto directo con los materiales. Dominar un oficio es la condición de posibilidad de la creatividad. Y la arquitectura será la disciplina encargada de integrar todas estas artes. El edificio reúne todas las técnicas, desde la distribución del espacio hasta el diseño de los muebles. “Anhelemos, concibamos, creemos conjuntamente la nueva arquitectura del futuro, en la que todo estará en una entidad: arquitectura y escultura y pintura, que millares de manos de artesanos elevarán hacia el cielo como símbolo cristalino de una nueva fe que está surgiendo”, dice Gropius en el manifiesto de 1919.
         Ya Marx había señalado algunas de las contradicciones de la mecanización, la producción en serie y la división del trabajo. Al mismo tiempo que el obrero se alienaba, el artesano, que desde antaño realizaba la obra de principio a fin, estaba en peligro de extinción. Además, el artista parecía haberse alejado del trabajo manual, del oficio. La Bauhaus desea recuperar la vieja idea europea de arte y cultura, pero dentro de la sociedad industrial y de consumo que se avecina. Si quiere resolver estos problemas, su programa ha de ser interdisciplinar. Por lo tanto, en su comunidad ofrece una enseñanza manual e intelectual, incluso un modo de vida.
         Los primeros años de la escuela están marcados por el expresionismo. El contacto con la materia es el camino para que emerja lo que habita en el creador. Johannes Itten, mediante su enfoque ascético y místico, pretende que los alumnos aprendan a expresarse a través de su interacción con la materia. Y los maestros, como Klee y Kandinsky, buscan una teoría de la forma y del color. Se trata de un ejercicio de análisis y síntesis. El artista parte de lo simple: la rueda del color junto con las tres figuras básicas, el triángulo, el cuadrado y el círculo. Quien domine esas nociones podrá llegar a lo complejo, a expresar lo que no se puede ver.
         La fusión de arte, ciencia e industria comienza a concretarse con la llegada de artistas afines al neoplasticismo, constructivismo holandés, y al funcionalismo. Se diseña a través de rectas y planos, y se abandona la ornamentación innecesaria. La tipografía, geometría con colores puros, representa el estilo Bauhaus en la escritura, en los carteles, en la publicidad… Diseñan muebles y casas modelo. El arquitecto ofrece un tratamiento racional del espacio. Pero surge un estilo demasiado frío y deshumanizado, según algunos críticos. La racionalidad técnica y la mecanización de lo orgánico son presentadas como sinónimos de modernidad y progreso.
         La historia de la Bauhaus refleja muy bien dos contradicciones conceptuales de la cultura contemporánea europea. Por un lado, en la escuela tienen que convivir la intuición y la razón. La racionalización puede ayudar a expresar lo más elevado de la condición humana, pero también corre el riesgo de desembocar en deshumanización. Por otro, el artista puede dedicarse a la forma pura, y ser autónomo. Ese ensimismamiento lo aleja de la sociedad, de la vida cotidiana de los ciudadanos y sus problemas reales. Sin embargo, la fusión de arte y vida conducirá a la heteronomía, al arte como siervo de la política o de la industria. El diseño industrial, la arquitectura funcionalista y las técnicas de publicidad muestran a veces lo mejor y a veces lo peor de nuestra forma de vida: libertad expresiva y creatividad frente a servilismo y alienación. Quizás la obra de arte total sea este mismo embrollo, del que por suerte nunca saldremos.

viernes, 8 de marzo de 2019

EXTENSIONES

      Me imagino a mis padres sentados en el horno mientras se miran en silencio. Se recuerdan todo con la mirada. Oscurece en la calle y solo el perro del pastor rompe el silencio. Ya no hay que cocer mañana. No hace falta preparar la leña, ni la harina, ni la levadura. El horno está frío. Los ladrillos húmedos, con el moho del olvido. Todo está hecho ya, la artesa vacía, los tableros sin pan, y el pan sin harina. Ya no hace falta pensar. Nadie quiere el pan. Se miran sentados en el horno, callados. No pueden hablar. La niebla atraviesa el tiempo. Recuerdan el agua del canal, las esclusas y las barcas. Pero les cuesta recordar cómo era el calor del horno, porque ahora solo conocen la helada. El roble y la encina no arderán mañana. Permanece la cernada. Suenan las campanas y hace frío. Recuerdan todas las casas que habitaron. Baja la niebla. Y escribo al anochecer, cuando ya no hay que preparar la harina y la leña para mañana. Estoy fuera, los observo por la ventana. Están quietos y se miran a oscuras. Recuerdan frente a la mesa vacía, donde hacían el pan y los dulces. El perro del pastor ladra. Y yo escribo desde muy lejos, desde el sur.

martes, 12 de febrero de 2019

RETOS PARA LAS CIENCIAS

       El número de Investigación y Ciencia del pasado diciembre dedicaba una sección a realizar una mirada crítica sobre el estado de la ciencia global. Cuando vemos que el presidente del país más poderoso del planeta se niega a admitir las evidencias experimentales, cuando comprobamos cómo prosperan las pseudociencias, el engaño y la superstición, es necesario pararse a pensar para retomar con fuerza el espíritu ilustrado. Esa mirada autocrítica se centra en tres aspectos: la financiación, la reproducción de los experimentos y el trabajo interdisciplinar.
         John P.A. Ioannidis menciona varios problemas referidos a la inversión en ciencia. No gastamos lo suficiente en investigación, y la mayoría del dinero, dice, recae en pocas manos. No se financia a los investigadores jóvenes ni a los proyectos con ideas arriesgadas. No se recompensa a los que comparten técnicas. Hay líneas de investigación que acaparan gran parte de los fondos. Parece que se valora más la capacidad de gestión y atracción de dinero que la calidad del proyecto. Además, utilizar fuentes privadas de financiación con ánimo de lucro genera conflictos de intereses. Según una serie de artículos publicados en 2014 en The Lancet, “el 85 por ciento de la inversión en biomedicina acaba malgastándose”.
         Shannon Palus analiza un problema que afecta a la metodología científica y a la calidad de la investigación: repetir los experimentos que ha realizado otro laboratorio no es tarea fácil, cuando se supone que es uno de los pilares esenciales del buen hacer investigador. El objetivo es publicar resultados en las revistas especializadas para alcanzar prestigio académico y atraer fondos. Sin embargo, muchos de esos estudios (el 90 por ciento en algunos campos como la biomedicina) no pueden ser repetidos en otro laboratorio por otro equipo. En psicología solo el 36 por ciento de los experimentos repetidos han dado resultados similares al trabajo original. Una de las razones de estas dificultades tiene que ver con “la aversión a compartir técnicas por miedo al robo de una primicia”. Se premia la noticia impactante, no el trabajo bien verificado y desarrollado para que pueda ser utilizado por otros científicos. Poder replicar un experimento ajeno implica seguir una línea de investigación y profundizar en ella.
         Graham A. J. Worthy y Cherie, L. Yestrebsky hablan del tercer gran problema: trabajar de forma interdisciplinar. La excesiva compartimentación de la ciencia impide abordar temas de gran complejidad. Los problemas ecológicos, por ejemplo, requieren un trabajo interdisciplinar para abarcar todas las dimensiones: física, química, biológica, social, política… La especialización y la incomunicación entre áreas de trabajo “pueden limitar la creatividad, la flexibilidad y la agilidad”. Los autores comentan que no es nada fácil crear equipos interdisciplinarios porque los científicos creen que pueden perder prestigio académico. En el artículo cuentan su experiencia, bastante positiva, en la formación del Centro Nacional para la Investigación Costera Integrada (UCF Coastal), en Florida.
         Para comprender mejor el problema de la escasa cooperación entre disciplinas, recomiendo el libro “¿El mito de la ciencia interdisciplinar?” del sociólogo de la ciencia Francisco Javier Gómez González, editado por Los libros de la catarata (2016) en colaboración con la Organización de Estados Iberoamericanos. El autor explica el origen del concepto de interdisciplinariedad, los obstáculos que existen para llevarla a cabo y las actuaciones necesarias para salvarlos. Tenemos un sistema de investigación centrado en las disciplinas autónomas, aisladas. Y las barreras institucionales, administrativas y cognitivas siguen siendo muy resistentes. En el texto se expone cómo fomentar una investigación reticular y transdisciplinar, orientada a los problemas. Aporta documentos oficiales sobre el asunto y la bibliografía pertinente para seguir investigando.

domingo, 10 de febrero de 2019

RESCATE CON NOCTURNIDAD

   He rescatado unos libros. Estaban a la intemperie, encima del contenedor de papel reciclado. Alguien los ha dejado encima. Podría haberlos metido dentro directamente, pero no, los ha dejado encima. Los he visto cuando salía de casa, cuando he ido a tirar el papel acumulado. He visto su perfil recortado contra la luz de la farola. Son libros, me he dicho. Al coger uno, me he llevado la sorpresa de que eran todos de la colección Círculo Universidad, ciclo Ciencias Humanas, de Círculo de Lectores. Sin embargo, cuando los he revisado en casa, he visto que uno de ellos era de otra colección, Mundo Verde, un tomo dedicado a las aves rapaces diurnas y nocturnas. Había búhos y lechuzas, símbolos de la sabiduría, o de la nocturnidad. Recoger libros de la basura quizás no sea la tarea más higiénica que uno pueda recomendar. Ya lo sé. Pero si te encuentras con uno de los primeros libros de Filosofía que compraste hace años... Entre los ocho no estaba la Introducción a la lógica y al análisis formal de Manuel Sacristán, pero sí que estaba la Introducción a la Filosofia de Karl Jaspers. Tampoco sé exactamente de qué los he rescatado, quizás de la humedad o de la trituradora de papel. No lo sé, quizás del maldito tiempo, que todo lo arrasa. Esta es una enfermedad como otra cualquiera. Los síntomas son evidentes y el diagnóstico previsible. Dejar un libro abandonado a su suerte no está bien. 

martes, 8 de enero de 2019

DIGITALIZAR LA COMUNIDAD EDUCATIVA


   

    El determinismo tecnológico sostiene que los cambios en los sistemas técnicos implican necesariamente transformaciones en la economía, la política y la cultura. Toda revolución tecnológica ha propiciado una revolución social. Y nadie puede eludir esos procesos. Desde la primera piedra tallada hasta la inteligencia artificial, cada innovación técnica ha generado formas nuevas de organización. Ha habido cambios lentos y rápidos, positivos y negativos, locales y globales… Los optimistas aseguran que el balance es positivo, mientras que los pesimistas identifican tecnología con deshumanización.
       Los ciudadanos somos usuarios, consumidores, votantes, profesionales... Además formamos parte de instituciones y organismos. Somos nodos del tejido social, del sistema tecnológico, y no permanecemos al margen de las innovaciones técnicas. Cuando utilizamos una herramienta o una máquina, seguimos una secuencia de operaciones. La interacción con un dispositivo es una relación corporal: acciones de nuestras manos, pies, ojos, oídos y cerebros. Ponemos en práctica nuestras destrezas cognitivas, motoras y afectivas. Cada programa de operaciones asociado a la máquina nos solicita un cierto despliegue de esas destrezas. Los sistemas educativos pertenecen al sistema tecnocientífico.
        Damos por hecho que los medios que utilizamos en educación son transparentes. Entre alguien que explica y alguien que aprende es posible introducir canales, soportes, aparatos, algoritmos, gráficos, espacios, tiempos, y otras personas. Alguien explica y alguien imita. Alguien explica y alguien reproduce. Esta es la esencia de la educación. Y lo que se enseña puede ser una lista de nombres, una forma de calcular o dibujar, un modo de interpretar, una relación de acontecimientos o teorías… Alguien habla y alguien escucha. Esa estructura esencial, que nació con nuestra dimensión social y lingüística, siempre ha necesitado soportes materiales y procesos formales. Ni los soportes ni los procesos son transparentes, sino translúcidos, como filtros. Tampoco son recipientes vacíos en los que la sustancia transportada entra y sale sin sufrir alteraciones.
        No es lo mismo redactar con máquina de escribir que con un ordenador y un procesador de textos, me dijo en una ocasión un profesor. Con la vieja máquina, si te equivocas o te arrepientes, debes romper la hoja y empezar de nuevo. Esto exige mucha concentración creativa. Sin embargo, con el procesador puedes realizar infinitas correcciones, introducir adjetivos y aclaraciones hasta el infinito… El texto deja de ser una creación discursiva lineal y se convierte en un collage. Hubo una época, cuando aparecieron los primeros ordenadores personales, en la que los escritores sabían, por el estilo, si una obra había sido escrita con las viejas máquinas o con los nuevos aparatos digitales. Decía Vilém Flusser que el fotógrafo creativo debe liberarse del programa que contiene la cámara: mirar por el objetivo pero sin seguir el programa establecido por el aparato, usar la cámara para huir de ella… Las máquinas, ya sea para producir objetos o para observarlos, ejecutan el programa industrial que define qué es una imagen y qué es la realidad.
      La digitalización de los centros de enseñanza tiene como objetivo crear organizaciones educativas digitalmente competentes. Se pretende que toda la comunidad educativa utilice las tecnologías de la información para mejorar la administración del centro, el proceso de enseñanza-aprendizaje y la comunicación con las familias. Hay una fase de diagnóstico para medir nuestra competencia digital y detectar lo que necesitamos perfeccionar. PRODIG es un programa que se inserta en el marco europeo de digitalización de las instituciones.
        Es el momento de pensar qué recursos digitales necesitamos y qué tipo de destrezas cognitivas y sociales van a promover los artefactos. Ya tenemos experiencia con los ordenadores y las pizarras digitales, aunque falten todavía estudios empíricos completos y rigurosos. Ahora convendría analizar cómo ha evolucionado en estos últimos años la capacidad de atención, el uso de la memoria, el tratamiento de textos y de imágenes, el uso de información y actividades en línea, la comunicación a través de correos electrónicos y redes sociales… Deberíamos estudiar el grado de transparencia cognitiva de todas estas herramientas.
     Con prudencia, cálculo racional y sentido común podemos aprovechar de forma crítica las posibilidades tecnológicas que nos ofrece el mercado. Habrá que alejarse del abuso de la imagen, de la atención efímera, de la pasividad, de la falta de creatividad o del infantilismo que genera el excesivo control. La solución no es vivir desconectados. Aunque hay pensadores y creadores que sostienen que es imposible generar algo realmente valioso si seguimos el ritmo de las redes digitales, la mayoría cree que los espacios digitales abren infinitas posibilidades. Pero estas posibilidades solo son ruido si no utilizamos el viejo y ruinoso mecanismo de pensar.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

HAY DÍAS...

C. D. Friedrich
Hay días en los que nos asusta la humanidad. Son los días más terribles. La oscuridad es de hierro y nada bueno esperamos. Nos aterra lo humano que anida entre nuestros pliegues de barro. Son días aciagos, con el aire demasiado espeso. El mal existe y está tan cerca, que te roza la piel. Las conversaciones se tiñen de odio, resignación y tristeza, pero raras veces de esperanza. El lenguaje se endurece y las frases son viejas cadenas oxidadas. Nos sentimos incapaces de generar significados con nuestro discurso. Los diálogos prefabricados sustituyen al ruinoso mecanismo de pensar. Hay días en los que nos asusta la humanidad. Ese orden del universo, esa razón que todo lo gobierna, esa confianza en el homo sapiens… Nada de eso queda ya. Ni el humanismo cristiano ni el humanismo ateo saben qué decir cuando amanece sin luz. Este no es el mejor de los mundos posibles, ni hablar. Quizás sea el peor, porque es el que vivimos nosotros. Hay días en los que el dolor absoluto, el irreversible, nos congela todos los órganos. Nunca hemos sabido qué hacer con el mal. Todos los engranajes sociales que hemos diseñado, como las leyes y la enseñanza, parecen fracasar ante las sombras perversas. Hay días en los que nos asusta la humanidad. Y escribimos al anochecer. 

martes, 11 de diciembre de 2018

TEORÍA DE LA LINDE MOVEDIZA



         Pensar el concepto de límite no es nada fácil. Recurrimos a imágenes, a metáforas, para poder representarlo en nuestras mentes. Acudimos a la línea, al surco, la valla o el muro. Hablamos de bordes para separar espacios. Pero por muy fina que sea la línea, sabemos que todo borde, en apariencia sólido y continuo, se difumina, se convierte en un trazo de spray. Pensar implica siempre pensar sobre límites. Definir, identificar, diferenciar, clasificar, asociar, oponer y comparar son tareas que remiten al concepto límite, de linde. Hasta aquí llega algo, y aquí comienza algo diferente. El pensamiento crítico, la vanguardia, consiste poner en cuestión esas demarcaciones.   
         Las lindes son líneas, imaginarias o reales, que separan terrenos. El límite es un término o línea que separa unas heredades de otras, dice la RAE. Las lindes están relacionadas, pues, con lo heredado, lo que viene de atrás en el tiempo. En las artes, las ciencias y la moral ocurre algo similar. Hay líneas heredadas que delimitan ciertos espacios. Lo llamamos tradición. Y como pasa con las tierras de labranza, ya sea por apurar o acaparar, ya sea por decreto ministerial, para expropiar, recalificar o concentrar, toda linde es móvil y está expuesta a los accidentes del tiempo. Sendero entre dos campos, dice Corominas.
         Comparado con Joseph Beuys, Picasso puede parecernos hoy casi un artista conservador, incluso razonable… La línea que utilizamos para realizar nuestros juicios estéticos se va desplazando con el tiempo. Lo extravagante de hoy puede ser mañana un ejemplo de arte ortodoxo, cuando los futuros vanguardistas nos propongan obras que hoy ni se nos pasan por la cabeza. Desde el presente solo vemos esas lindes como si fuesen naturales y siempre hubiesen estado ahí. No es de extrañar que sea tan sano estudiar la historia del arte, de la literatura, de la ciencia o de la ética.
         En arte, ética y política los límites quizás tengan que ver más con la sensibilidad que con la razón. Si con la razón apelamos a principios generales, que nos sirven para definir y clasificar, con la sensibilidad nos orientamos en las zonas borrosas que toda frontera contiene. En lo general casi todos estamos de acuerdo. Sin embargo, el mismo hecho que ayer no nos ofendía hoy nos indigna, nos hace daño, aunque nuestros principios éticos y políticos sean los mismos.
         Las lindes son movedizas porque la educación de nuestra sensibilidad nos hace deambular por ese espacio difuso que separa el bien del mal, lo justo de lo injusto, lo tolerable de lo intolerable. A veces nos somos conscientes de ese desplazamiento. Esa educación de la sensibilidad se lleva a cabo en los contextos de socialización. Y hoy sabemos que son los medios de comunicación los que han absorbido al resto de los agentes. La percepción subjetiva de lo correcto y lo incorrecto se nutre de la percepción social global, de la opinión pública. Todo influye: relatos, símbolos, titulares, películas, premios, exposiciones, anuncios, chistes, documentales, canciones, marcas, logotipos,  ofertas, campañas, sermones, discursos…
         El arte transgresor de otros tiempos nos parece hoy un juego domesticado y amable. Aquellas técnicas y estilos son hoy parte de los manuales, constituyen el canon. O al menos las incluimos bajo el concepto de obras artísticas. Siempre ha habido transgresores en las artes. La creatividad supone poner un pie al otro lado de la línea y ver qué pasa. Pero para ser transgresor hay que conocer el desplazamiento de esas lindes y saber identificarlas. La osadía puede indignar a los que no perciben esa flexibilidad de los géneros, las valoraciones y las clasificaciones.
         En política se habla de clases sociales, naciones, derechos, deberes… También se habla de “líneas rojas” en las negociaciones. En los pactos para formar gobierno y en las directrices de política internacional sobre derechos humanos esas lindes se desplazan constantemente. Los umbrales de la pobreza, los límites de la sostenibilidad del planeta… Los intereses de los participantes cambian según los contextos económicos y políticos. Entonces la percepción de lo asumible se transforma.
         Recordemos las valoraciones iniciales de las nuevas tecnologías. Las lindes que separaban lo razonable de los catastrófico o inhumano se presentaban tan nítidas y sólidas que hoy nos ruborizamos al pensar en nuestros reparos a usar un teléfono móvil, hacer una transferencia por internet, utilizar células madre… Esta teoría de las lindes movedizas asegura que jamás podremos predecir límite fijo alguno en ningún campo de la actividad humana. Y sostiene que hacer valoraciones sobre el futuro antes de que la linde se desplace carece de sentido. Es como preguntarse por el tiempo antes del Big Bang, o sobre qué hay fuera de nuestro universo… Esta teoría también sostiene que toda valoración la realizamos desde nuestro presente, nuestro momento histórico. Y que no nos queda más remedio que decidir y resolver los problemas que nos preocupan con los criterios movedizos que poseemos. 

https://www.diariodejerez.es/jerez/Educacion-Teoria-linde-Movediza_0_1308169635.html

sábado, 17 de noviembre de 2018

Día de las librerías: si fuese tan sencillo…



Librería La Luna Nueva
          En una librería venden libros. Si fuese tan sencillo… Venden libros, pero también revistas, cuadernos y agendas. Ni el más sabio conoce todo lo que se puede llegar a vender en una librería. En algunas venden vinos, bolígrafos y carpetas de colores. En otras, el oficio de librero se combina con… Lean el último libro de Juan Bonilla y verán…  Calendarios de escritores o posters, quién sabe lo que pueden ofrecerte. Y ahí no queda la cosa. Hay libreras que nos venden los libros, nos recomiendan lecturas y nos hablan del universo. Son personas educadas y prudentes, observadoras, gente que siempre está a la expectativa, porque de un lector se puede esperar cualquier cosa. Si fuese tan sencillo… Es que además entran otros lectores, como tú, otros seres atraídos por ese no sé qué de las librerías. Seres atraídos y abstraídos. Entramos como atontados en las librerías. Te encuentras con tu vecino o tu compañero de trabajo. Y no los reconoces, porque en las librerías todos somos otros: somos los que huelen los libros y se deslumbran con sus brillantes cubiertas. Somos espectros que habitan un limbo delicioso. Si fuese tan sencillo… Además acude gente a presentar sus libros, para que veamos en qué acaba tanta lectura desbocada. Leen sus poemas para que impregnen los libros y, a su vez, reciban es empujón creativo, ese barniz que no han encontrado en su escritorio. Y los que no saben escribir van a aprender en los talleres que organizan los libreros. Leemos tanto, que al final pensamos que debemos escribir, que podemos escribir, que sabemos escribir… Y que tenemos algo que contar. Si fuese tan sencillo… Algunos se reúnen en las librerías para comentar lo que han leído, como si al hacerlo exprimieran la celulosa al máximo. Todo lector sabe que hablar de un libro es como hablar de un teorema de matemáticas o de un cuadro de Velázquez. Pero insistimos. Y todas estas travesuras las observan los libreros, las promueven. Están ahí, de fondo. Su sonrisa a veces me inquieta. Creo que saben algo que yo ignoro, una especie de secreto que se transmiten unos a otros. Quizás lo escondan en los marcadores de páginas o en las agendas que venden. He llegado a pensar que todos ellos son unos lunáticos. ¡Incluso algunos de ellos escriben! Los libreros, gente extraña, habitan las librerías como si de un universo propio se tratase, una burbuja ajena al aburrimiento cósmico. Y tienen razón.

martes, 13 de noviembre de 2018

SABER ARGUMENTAR BIEN NO VIENE MAL

             

                  Nadie convence a nadie, porque nadie escucha a nadie. O eso nos parece muy a menudo. Raras veces vemos que alguien dé la razón a su interlocutor. La ideología, los intereses o el orgullo suelen conducir al intercambio de monólogos, no al de argumentos. La ideología sirve para ofrecer recetas, respuestas enlatadas, diga lo que diga el otro. Es una forma de eludir la noble y ardua tarea de razonar con los demás. Antes de subir al estrado o de hacer un comentario en la red, ya sabemos lo que vamos a argüir, las conclusiones a las que vamos a llegar… Nadie convence a nadie, porque nadie razona con nadie... Sin embargo, creemos que es importante saber argumentar bien para defender nuestras tesis, no ser engañados y ser capaces de alcanzar acuerdos.
         Dice Luis Vega Reñón que argumentar es “una manera de dar cuenta y razón de algo ante alguien en el curso de un debate”. Luis Vega ha llevado a cabo, junto con Paula Olmos, la edición del “Compendio de Lógica, argumentación y retórica”, publicado por la editorial Trotta. Es autor también del ensayo “Si de argumentar se trata”, publicado por Montesinos. Para este filósofo, argumentar es una forma de conversar, algo que hacemos en diferentes contextos. Así, damos razones para defender una opinión o rebatir la de otra persona,   justificar una decisión o un veredicto, convencer a los lectores, fundamentar una aseveración científica, aprobar una ley jurídica…
         Todos conocemos muchos ejemplos de mala praxis argumentativa. Basta con ver una tertulia en los medios de comunicación o un debate parlamentario. En las conversaciones cotidianas sobre política o deporte predomina la defensa férrea de una identidad, no la fuerza de un argumento. Nos cuesta ponernos en el lugar del otro para comprender lo que de verdad nos quiere decir. No solemos mostrar voluntad de entendimiento ni de acuerdo… Analizar de forma objetiva las razones parece una utopía, pero es un ideal regulativo que no debemos abandonar.
         Los sistemas educativos siempre se han preocupado por enseñar a debatir y discutir. Desde los sofistas hasta las actuales teorías de la argumentación, sabemos que vivir en democracia implica debatir y argumentar sobre cualquier asunto, ya sea ético, económico, político o cultural. En nuestro entorno existen iniciativas que promueven el saber argumentar. Ya está en marcha el III Concurso-debate Álvar Núñez. Pueden participar todos los centros de enseñanza de la localidad de Jerez de la Frontera que imparten bachillerato y ciclos formativos de grado medio y superior. La fase final será en marzo de 2019. Hay que formar equipos de cuatro personas. Y el tema sobre el que se debatirá es si la libertad de expresión ha de tener límites o no, un asunto de actualidad: algunas personas han sido duramente criticadas por realizar bromas, canciones o declaraciones que ofenden a parte de nuestra ciudadanía.
         A la hora de preparar a nuestros alumnos para el debate, hay que tener en cuenta las tres dimensiones de la argumentación señaladas por Luis Vega: lógica, dialéctica y retórica. La primera, la lógica, se encarga de la validez formal de los argumentos. Estudia si una deducción es correcta, si la conclusión se deriva de las premisas. La dialéctica se preocupa por los procedimientos y reglas que intervienen en la interacción entre los participantes en el debate. Y la retórica propone recursos y estrategias eficaces para convencer al oponente. Dicho de otra forma, saber argumentar bien no solo consiste en conocer las leyes lógicas. La argumentación posee una dimensión pragmática ineludible. Existen unas reglas de juego, unas normas implícitas que llevan el debate por una senda razonable y éticamente aceptable. Además contamos con un conjunto de estrategias que son muy útiles para presentar nuestras razones y conducir a nuestro oponente o auditorio por donde nos interesa.
         La habilidad de argumentar puede ser concebida como una simple herramienta formal, vacía de contenidos o valores, una técnica que puede ser utilizada tanto para dominar como para liberar, tanto para engañar como para desvelar la verdad. Al incluir la dimensión pragmática debemos admitir que argumentar es una interacción social en la que intervienen personas. Hay ciertas normas que son necesarias para que el debate sea posible y razonable: buscamos la verdad, somos sinceros, queremos entendernos, admitimos las buenas razones, no utilizamos al oponente como un objeto… En el ámbito político, argumentar con soltura puede servir para sacar a la luz las falacias, razonamientos que parecen correctos pero que no lo son, y para llegar a acuerdos de forma civilizada cuando surge un conflicto. ¡Y para reconocer que el otro tiene razón!


lunes, 5 de noviembre de 2018

sábado, 3 de noviembre de 2018

jueves, 25 de octubre de 2018

PATATAS A LA IMPORTANCIA


       

          Desde lo de Sócrates los filósofos son muy desconfiados. Que maten al hombre más sabio de Atenas no está nada bien, un hombre que lo único que hizo fue dialogar con los ciudadanos sobre el bien, la justicia, la verdad, la belleza… Era un tábano molesto, siempre preguntando, un personaje incómodo. Le obligaron a brindar con cicuta, y él aceptó beberla, por coherencia, algo que sigue asombrando a todos los mortales y preocupando a nuestros gobernantes… Somos muy escépticos los filósofos. Sospechamos de todo, incluso de los halagos. Nuestros representantes, y por unanimidad, vuelven a otorgar importancia la Filosofía, dicen los titulares… Cada vez que escucho la palabra importancia, me acuerdo de las patatas a la importancia, qué le vamos a hacer...
         El Congreso de los Diputados ha aprobado una Proposición no de Ley para que la Filosofía sea obligatoria en los tres últimos cursos de secundaria. Las leyes educativas anteriores habían arrinconado la materia de Historia de la Filosofía, de segundo de Bachillerato, y habían eliminado la Ética de 4º de ESO. La Filosofía de 1º de Bachillerato se ha mantenido como obligatoria, con tres horas semanales. Ahora se pretende, creo entender, que la Historia de la Filosofía vuelva a ser obligatoria para todas las modalidades de bachillerato y que aparezca  en los exámenes de acceso a la universidad. En Andalucía (donde por lo visto todo lo hacemos mal) ya nos dimos cuenta del error y hemos resistido, como gato panza arriba, a semejantes embates legislativos: la Historia de la Filosofía no ha llegado a desaparecer del todo y actualmente es obligatoria en todos los bachilleratos, con dos horas semanales. Resulta que ahora somos la vanguardia…
         El objetivo esencial de la Historia de la Filosofía no es de carácter arqueológico, es decir, no se trata de estudiar los sistemas de pensamiento como meras huellas del pasado, curiosidades históricas para mantener en una vitrina. Analizamos las filosofías del pasado para comprender nuestro presente, para saber de dónde ha surgido nuestra visión de la naturaleza, el concepto de ser humano, la democracia, los derechos, la idea de arte o el método científico. Quizás este ha sido el error de los que nos dedicamos a enseñarla: no haber explicado bien este objetivo y no haberlo concretado adecuadamente en la metodología. Un poco de autocrítica no nos viene nada mal. Si no hemos sido capaces de mostrar la Historia de la Filosofía como una herramienta para analizar nuestro contexto social actual, no debe extrañarnos que los ciudadanos y gobernantes la vean como algo totalmente prescindible.
         La Filosofía promete mejorar nuestra capacidad de argumentación y nuestro sentido crítico, y así ser más libres, justos y tolerantes. Lo promete... Quizás ahí debemos mejorar mucho también. En lugar de obsesionarnos con los textos y la repetición de teorías, a lo mejor deberíamos insistir más en el pensamiento creativo y en la capacidad de razonar sobre temas actuales. Que no se nos olvide que los representantes políticos de las últimas décadas estudiaron muchas horas de Historia de la Filosofía… Necesitamos, es cierto, ciudadanos que conozcan los diferentes sistemas conceptuales, los comparen y elijan de forma autónoma el que consideren más razonable o construyan el suyo propio. Pensar de forma autónoma no significa pensar en el vacío, eso es imposible. La creatividad y la originalidad fermentan en ese poso de saber que la tradición nos ha legado. Esa autonomía puede servirnos para evitar la ofuscación ideológica, la alienación, el fanatismo y todo tipo de falsas creencias.
         Las patatas a la importancia es un guiso elaborado con un tubérculo que fue despreciado en Europa cuando se introdujo en la dieta tras el descubrimiento de América: comida para las bestias, decían algunos. Un guiso con ingredientes humildes, pero que requiere mucha elaboración. Así ocurre con la Filosofía, su ingrediente básico es el sentido común crítico que todos poseemos, como dirían Descartes o K. Popper. Desarrollarlo exige también mucho trabajo. Para pensar con rigor analítico, algo necesario en todas las ramas del saber, necesitamos conocer la lógica y las formas de argumentar llevadas a cabo en los diferentes momentos de nuestra Historia.
          Es crucial entender cómo cada modo de producción, cada sociedad, ha generado tipos de pensamiento diferentes, con sus problemas y soluciones. Hoy tenemos los nuestros, los propios del capitalismo tardío. Los retos de nuestras democracias y del sistema tecnocientífico son muy complejos. Nos las tenemos que ver con la globalización, la desigualdad y la pobreza, los nacionalismos, la clonación, la eutanasia, la inteligencia artificial, la manipulación de la información, el cambio climático… Todos los grandes problemas requieren, además de un conocimiento especializado, un pensamiento de alcance global, que sea capaz de conectar todas las esferas de la acción humana (la economía, el derecho, la ciencia, la tecnología, las artes…) y nos permita tomar decisiones con prudencia.

https://www.lavozdelsur.es/patatas-a-la-importancia/

martes, 16 de octubre de 2018

GENTE EXTRAÑA

          El día en el que la Inteligencia Artificial sustituya a los profesores el sistema educativo será más eficiente, seguro, pero mucho más aburrido. Porque a esto de la educación se dedica gente muy extraña, ilusa y utópica. Siempre en la cuerda floja, caminando en el alambre… Explicamos la física, pero no somos físicos. Explicamos las matemáticas, pero no somos matemáticos, explicamos la filosofía, pero no somos filósofos… Es un misterio. Cuando hablamos de la célula, del átomo, de la novela realista o del expresionismo abstracto, somos tan ingenuos y apasionados que parece que todo eso es obra nuestra. Por si fuera poco, creemos que saber escribir, calcular o pintar nos abrirá muchas puertas en la vida, incluso nos hará ciudadanos libres y creativos. Y como hay gente para todo, existen individuos que, además de enseñar, se dedican a pensar y escribir sobre ello y otras tantas ocurrencias, cada cual más descabellada. Esta pasión viene de lejos, de la noche de los tiempos. Gente extraña, no lo duden.
         Nuestra labor, la de enseñar, siempre es un problema filosófico, siempre está en cuestión, como es debido. Si no fuese así, habría que preocuparse. Otro asunto es cómo se aborde esa discusión y cómo se utilice en los debates electorales. Educar siempre será un problema, por eso hay que informar, debatir y argumentar sobre tan noble actividad. Este suplemento de educación tiene el mérito de reunir a personas que quieren hacer posible ese diálogo. Coordinar cerebros tan dispares es una tarea que solo un artista, amante del riesgo, puede acometer… Como los periódicos, ya sea en papel o en formato digital, siguen siendo esenciales para generar la opinión pública, es imprescindible que en ellos se escriba sobre cómo y qué enseñamos a nuestros ciudadanos.
           ¿Por qué Cerebros en Toneles? Hay un experimento mental en filosofía que habla de cerebros en cubetas. Si estimulamos las áreas del cerebro que procesan la información sobre nosotros y sobre el mundo exterior, provocaremos ciertos estados mentales. Llevado al extremo, quizás solo seamos cerebros en cubetas conectados a un ordenador que nos suministra todas las experiencias que consideramos reales: lo que vemos y sentimos, nuestro cuerpo, los objetos que nos rodean, las demás personas… No hay forma de saber si somos cerebros en cubetas o no.
         He cambiado las cubetas, tan frías y asépticas, por los toneles, las botas de oloroso. Al hacer referencia a los cerebros quiero mostrar mi interés por la filosofía que camina al lado de las ciencias. La única forma de alcanzar conocimiento objetivo es mediante los métodos científicos. La filosofía aclara conceptos, relaciona ideas, pero no proporciona conocimientos nuevos. Somos cerebros, cuerpos, nada más. Y buscamos, como es lógico, el placer y la felicidad. Quizás seamos cerebros en toneles llenos de oloroso… La duda, imposible de resolver en el experimento mental, es sinónimo de pensamiento libre. Para huir del aburrimiento y alcanzar el placer son imprescindibles las artes y las diferentes prácticas creativas.
         Compartir lecturas, argumentos, experiencias estéticas, ideas y dudas… Es la mejor definición de educación que he encontrado hasta ahora. Cada vez me gusta menos hablar de la enseñanza como praxis transformadora y liberadora, demasiada teología… Si uno enseña algo, es a través de su estilo, de su forma de estar en el mundo, en el aula, en la sala de profesores, en un laboratorio, en un campo de fútbol o en una sala de exposiciones. No se trata de modificar los cerebros de nuestros alumnos, ni de inyectarles valores cívicos, teorías y datos. Se trata de mostrar posibles senderos de la razón y de la sensibilidad.

https://www.diariodejerez.es/jerez/cerebros-toneles-educacion_0_1291671173.html

sábado, 18 de agosto de 2018

LAS NUBES

Turner
   Todo fluye, nada permanece, dijo el oscuro. Nadie está quieto, vivir es desplazarse, decimos nosotros. Existir es deslizarse, resbalarse y, si hay suerte, moverse por propia voluntad. Nadie permanece en el mismo lugar. Hay que salir de la cabaña y acudir al río para beber. Y el agua viene de lejos, de terrenos desconocidos. Nunca es el mismo río, dijo el oscuro. Nacer es desplazarse para siempre. Nos movemos detrás del alimento, de las bestias, de los frutos, de los sueños... No hay lugar. Somos ese fluir incesante de deseos al atardecer. No hay espacio. Somos una corriente indómita de miradas. Vadeamos los ríos y escalamos las montañas. No hay tiempo. Todo se deshace en el tránsito. Nos encanta movernos y hablar con los otros al cruzarnos en el paseo. Todos los viajeros se reconocen en la forma de soñar. La guerra, el conflicto, es la madre de todas las cosas, dijo el oscuro. Y acierta, tanto si se refiere al movimiento de la naturaleza como al desplazamiento de los humanos, decimos nosotros. Todos fluimos, todos nos movemos, y muchos lo hacen expulsados por la violencia, es decir, la miseria. Los conflictos generan nuevas realidades: son siempre una oportunidad para alcanzar un mundo mejor. Quien niega el desplazamiento niega la humanidad, niega la vida. Solo los amantes de la muerte temen al viajero. Solo los constructores de vallas congelan la imaginación. Todo fluye, nada permanece, dijo el oscuro. Es cierto, Heráclito, las nubes se desplazan todo el tiempo para generar vida.

lunes, 6 de agosto de 2018

BELLEZA HIRIENTE

 
Montaña palentina
Una de las ventajas de destrozar el planeta es que de vez en cuando creamos paisajes bellos y originales. Nos acercamos a lo sublime, pero por otro sendero. Es una belleza que hiere, no al modo romántico, sino posmoderno: la imagen ha sido capturada por un teléfono móvil y estoy escribiendo en un ordenador portátil enchufado a la red eléctrica... Esta belleza que hiere brota de los pliegues de la conciencia, porque ya no hay vuelta atrás para la mirada humana. Sólo un gran impulso creativo puede aliviar el dolor de la herida. Olvidaremos los árboles sumergidos, los pueblos abandonados y el trabajo de los que nos precedieron. Necesitamos crear nuevas realidades para generar nuevas memorias. Sabemos que la belleza que hiere forma parte de nuestra condición. Como nadie quiere renunciar a nada, debemos poner a trabajar nuestros cerebros para diseñar nuevos paisajes. Y sabemos que todos los paisajes humanos han sido hirientes, desde siempre.