ROEDORES DE FILOSOFÍA

miércoles, 26 de julio de 2017

ÉTICA DE ROEDORES: SENTADO

Amancio González
   El terrible dinosaurio se ha sentado a descansar, dijeron algunos roedores. Otros, no tan confiados, gritaron que era una trampa, porque los terribles dinosaurios jamás descansan. ¡Qué desbarajuste! Agazapados, observan la escena. La bestia habla delante de unos seres extraños, quizás sean trasgos o títeres. ¡Extraños personajes! El terrible dinosaurio es un ignorante, susurró uno de los roedores. Otro, muy dado a las fantasías, confesó haber soñado que el gran dinosaurio se bañaba en el Leteo durante largas horas, tantas, que olvidó dónde había dejado la ropa. Algún trago daría, pensaron todos. Es la reencarnación de Sócrates, sentenció, por fin, el roedor más sabio y guasón. ¡No veis que sólo sabe que no sabe nada! La terrible bestia agitaba la cabeza, de unos a otros, sentado, para descansar del cruel trajín de los días, sentado, para meditar sobre la existencia de otros mundos, sentado, para recordar a los viejos roedores que un dinosaurio jamás se sienta para descansar... Mas sabe el filósofo que la madera de las sillas brota de los bosques y que no todos los bancos son de madera. Arrancarán los olmos para que los carpinteros construyan sillas cada vez más confortables. Y veremos grandes espectáculos, incluso de marionetas... Sabe el filósofo que no todos los bancos son de madera.

lunes, 10 de julio de 2017

ÉTICA DE ROEDORES: PODER DENDRÍTICO

Mondrian
    Mientras los roedores discutían sobre el nombre del bosque, los árboles morían de sed. El bosque, dijo uno, nunca ha tenido nombre. Si hay bosque, dijo otro, es porque a nadie le importó el nombre. Mientras los roedores debatían sobre el homenaje a los roedores aplastados, los arbustos morían de sed. Los roedores no necesitamos estatuas, dijo uno, nunca las hemos necesitado. Si hay arte, dijo otro, es porque a nadie le importó qué es el bronce. La sed nos acorrala, dijo otro, y no sabemos de dónde procede, pues nadie observa las fuentes ni las nubes. Mas sabe el filósofo que sólo los sueños sombríos traerán luz, aunque sea tarde. Y sabe que el poder dendrítico, el que se va por las ramas, acaba con cualquier atisbo de racionalidad. En el enmarañdo bosque es algo que comparten los roedores más avispados con los terribles dinosaurios. Es un poder difuso, que se enreda y genera un bucle sobre sí mismo, para no recordar, para no crear. Sabe el filósofo que habrá que esperar a que emerja otro poder, radical, sin aspavientos ni tormentas.