ROEDORES DE FILOSOFÍA

viernes, 28 de noviembre de 2014

ÉTICA DE ROEDORES XXXIX: LAS TRAMPAS

  Entra el roedor en la sala y, sobre sus dos patas traseras, olisquea el ambiente. Nada. Otra vez a correr, al lado de la pared, bien pegado, para que se note su noble cobardía. Al fondo, los humanos, los inteligentes y valientes humanos. Sale el roedor y vuelve a entrar, ni se sabe cómo ni por dónde. Y al fondo, los humanos, sentados ante una mesa y una caja con imágenes móviles. No se sabe bien qué hacen. Quizás nada. Han inventado la nada. ¡Tanta evolución para inventar la nada! Tiene mérito, piensa el maldito roedor. Se sube sobre sus dos patas traseras y olisquea el aire. Son décimas de segundo cruciales para el reino animal. ¡Tantas penalidades para inventar la nada! Regueros de materia han surcado el espacio y el tiempo para que estos altivos bípedos hayan inventado la nada. Ahí siguen, petrificados ante la caja, hoy aplastada y adelgazada por la respiración de los dinosaurios. Ahí siguen. Mueve los bigotes el roedor y olfatea, pero nada. Puede hacer lo que quiera el roedor, la ciudad es suya cuando la nada se impone. ¡Qué aburrimiento! ¡Ni los humanos le ponen trampas! ¿Dónde está el sabroso queso duro de las despensas? ¿Dónde están las trampas de madera y alambre, con sus agujeros? ¿Dónde nos suicidaremos los roedores? No tienen compasión estos humanos. Les llena la nada y se han olvidado de los roedores. Sobre dos patas, olisqueamos el ambiente y echamos de menos las trampas con queso duro donde nos suicidábamos, sin el miedo a la nada que ahora nos persigue.

miércoles, 26 de noviembre de 2014

ÉTICA DE ROEDORES XXXVIII: LETRAS

   Inventaron las siglas para no pensar. ¡Qué cansancio! Tanto detalle, tanto caso concreto, no nos conduce a nada, dijeron. Pensaremos con siglas y contra siglas, suspiraron, muy tranquilos. Las inventaron por comodidad. Así, bastaba pronunciar dos o tres letras para emitir un certero juicio, un económico juico. ¡Qué cansancio! Tanto detalle, tanto caso particular, tanta realidad... Desde que se inventaron las siglas, los cerebros consumen mucha menos energía. ¡Cuánto derroche! Son siglas ecológicas, letras que salvarán al mundo, letras que piensan por mí. Ya sean consonantes o vocales, me evitan enredarme en el ruinoso mecanismo de pensar. ¡Si son mayúsculas, es suficiente! Pero el roedor añora los viejos tiempos, cuando lo importante era elegir bien el sendero, el camino entre las hoja secas, entre el olor a humedad, cuando cada detalle era un mundo. Las siglas acabaron con el bosque. ¡Qué cansancio! ¡Cuántos detalles! Menos mal que los sabios dinosaurios nos regalaron las siglas, juicios condensados para la eternidad, juicios ajenos al tiempo, siglas...

sábado, 22 de noviembre de 2014

ÉTICA DE ROEDORES XXXVII: LOS DISCURSOS

  Roer las grandes ideas, las grandes teorías, ésa es la tarea del roedor. También las impetuosas opiniones han de ser desmenuzadas. Porque nada hay más inútil que hablar, que opinar del océano, del inmenso océano, sin saber nada de sus profundidades. ¡Cuánto silencio necesitamos para entender algo! Sabe el roedor que los grandes discursos y las grandes opiniones son perniciosos, temibles. ¡Es tan fácil hablar sin decir nada! ¡Bien lo sabe el roedor...! Pero insisten, los unos y los otros, los buenos y los malos. Consumen nuestro tiempo, nuestras vidas, como si no tuviésemos nada más que hacer. Menos mal que los malditos roedores se diluyen entre tanto sustantivo y tanto adjetivo, entre tanto significado. Menos mal que sabe el roedor que detrás de tantas palabras sólo hay vagas emociones, primarias, contra ti, contra mí, con ellos, contra ellos. No importan los significados. Jamás importaron. ¡Cuánto silencio necesitamos para vivir tranquilos! Nadie lo sabe a ciencia cierta. Roer, roer, roer y desmenuzar, para que la pesadez de los grandes discursos se diluya y nos deje corretear, con la libertad del que ignora los grandes conceptos. ¡Malditos roedores! ¡Siempre corriendo! ¡Es tan fácil hablar desde las alturas! Menos mal que los malditos roedores, aquí abajo, nos recuerdan que todo podría haber sido de otro modo y que nada importa, que todo es un cruel juego y que el ruido nos aplastará, el ruido de los grandes discursos. Roer, desmenuzar, caer en la propia trampa y no decir nada, pero correteando, sin dueño, con miedo, mucho miedo, pero sin dueño. Sabe escabullirse el roedor, con delicadeza. Porque no quiere ser atrapado con el rebaño, con los que tienen grandes opiniones a sus espaldas. El roedor no tiene fuerzas para sujetar semejante carga. ¡Maldito roedor! ¡Sólo aprecia los susurros! ¡Sólo atiende a las palabras entrecortadas! ¡Maldito roedor! ¡Sólo mira en los rincones, donde se acumulan los residuos! Pero no aprenderá jamás. Es muy arriesgada la vida del roedor. ¡Con lo fácil que es dormirse con un cuento de hadas! No aprenderá nunca. ¡Con lo fácil que es vivir a la sombra de los dinosaurios! ¡Con lo fácil que es sentirse parte de algo, de algo más grande! Pero no, los malditos roedores disfrutan con la miseria de sus días, entre fragmentos de algo que pudo tener sentido.

jueves, 20 de noviembre de 2014

ÉTICA DE ROEDORES XXXVI: SECRETOS

  Sabe el roedor que las calles de Jerez esconden secretos, grandes secretos. Cuando la luz del farol atraviesa el cristal, entre dos luces, el roedor descubre trazos gruesos, rastros que la inteligencia regala al bosque, a la oscuridad, trazos invisibles para las terribles pisadas de los dinosaurios. Quizás los grandes y pesados dinosaurios nunca descubran este secreto, quizás. Caerán abatidos por el aburrimiento. Mientras, tras la luz del viejo farol, alguien crea, sin demora, sabiendo que está a salvo de las inclemencias. Quizás recordando al que está detrás del pincel. Aunque hoy el levante nos azota sin piedad, sin remedio, el color nos libra del desasosiego, del recuerdo, de lo que fue, de lo que soy. Sabe el roedor que hay secretos en las viejas calles de Jerez, donde la luz de un farol acoge inteligencia y sensibilidad, donde la creatividad se condensa tras el cartón. Ni el más sabio de los dinosaurios sería capaz de ver tanto color. Sabe el roedor que hay secretos en la empedradas calles de Jerez, donde un farol nos protege de las inclemencias, donde habitarán todos los tiempos, los buenos y los malos.

viernes, 14 de noviembre de 2014

ÉTICA DE ROEDORES XXXV: SAQUE DE ESQUINA

   Arrinconados, sin piedad, sin centro, olvidados de nosotros mismos, abatidos, en una esquina, sin encontrar explicación, a veces mirando nuestro ombligo, cansados, en el rincón, castigados, sin expectativas, en las últimas, sin ganas, agobiados, aturdidos, en un rincón, arrinconados, sin piedad, con miedo, con todo el miedo del universo acumulado, con rencor, sin piedad, arrastrados, arrinconados, muy arrinconados, apartados, escondidos, siempre escondidos, lejos del centro, lejos del centro de nada, cerca del fin, perseguidos, cazados, mil veces cazados, abrumados, en el rincón, asombrados, admirados, envidiados, odiados, ignorados, en el maldito rincón, sin piedad alguna, acobardados, en el rincón del la galaxia, en el rincón de la cafetería, escondidos de sí mismos, los malditos roedores crean.

martes, 11 de noviembre de 2014

NECESITO UN BURRO: ANIMALES Y COMUNIDAD

           En la próxima edición de FEGASUR, la Feria Nacional de Ganadería, habría que incluir dentro de su programa educativo un taller dedicado a la ética y los animales. No basta con saber de dónde viene la carne y los tipos de ganado que existen. También hay que preguntarse por las condiciones en las que se cría, los métodos de los mataderos y el transporte. Según Ursula Wolf, 450 mil millones de animales viven en situación industrial. Además de conocer la importancia económica de este sector, el alumno debería saber si otros modelos son posibles o no.
          En los próximos planes de estudio relacionados con la gestión del sistema sanitario también deberíamos incluir unos créditos obligatorios dedicados a la ética y los animales. Los expertos encargados de controlar las enfermedades contagiosas se han topado con un problema aparentemente nuevo: ¿qué debemos hacer con los animales domésticos en caso de epidemias?
Miguel Parra
          Y en las ciencias experimentales también se debería incluir una materia dedicada a pensar acerca de los tipos de experimentos que realizamos con los animales. Ursula Wolf, en “Ética de la relación entre humanos y animales”, Plaza y Valdés Editores 2014, comenta que en el mundo se emplean cien millones de vertebrados al año.
         Cuenta Jesús Mosterín que en los años ochenta inyectaron el virus de la inmunodeficiencia humana a 200 chimpancés nacidos en cautividad. El experimento fue un fracaso en todos los sentidos, científico, económico y moral. Durante quince años estuvieron encerrados en pésimas condiciones esos chimpancés. Resulta que no sirvieron como modelo. “Ningún enfermo humano del sida obtuvo el más mínimo beneficio de esa tremenda injustica causada a 200 parientes próximos sensibles e inteligentes”. Jesús Mosterín ha dedicado dos libros a los animales. “El reino de los animales”, Alianza Editorial 2013, es una descripción biológica y etológica. “El triunfo de la compasión. Nuestra relación con los otros animales”, Alianza Editorial 2014, plantea los problemas éticos que genera nuestra convivencia con ellos.
         Ni la teoría de la selección natural ni los recientes avances en genética han logrado erradicar de nuestra cultura la idea de que no somos meros animales. Todavía pensamos que hay un corte (ontológico, biológico, teológico,…) entre los seres humanos y los demás seres vivos. Incluso los que conocen la teoría de la evolución hablan de “más evolucionado” o “cumbre del proceso evolutivo”, términos carentes de sentido si nos mantenemos en el plano científico. De una u otra forma pensamos que nuestro estatus ontológico especial genera también un estatus ético especial.
         En las últimas décadas se ha iniciado un cambio. Desde la ética se habla ya de derechos de los animales. Incluso en las legislaciones aparece esta nueva sensibilidad. Ursula Wolf nos recuerda que en el protocolo de la protección de animales del Tratado de la UE de 1997 los animales son considerados “seres que sienten” y que se establece la obligación “de tomar en consideración las exigencias de su bienestar en todo su alcance”. Un giro, pero no suficiente.
         Una vez que asumamos el gradualismo biológico, no nos quedará más remedio que aceptar el gradualismo ético. Si sabemos que los animales sufren y padecen como nosotros, tendremos que revisar aquellas actividades humanas que implican sufrimiento innecesario. Si consideramos que el trabajo genera derechos, habrá que conceder ciertos derechos a los animales que forman parte de nuestra comunidad.
         Los animales domésticos tendrían derecho, por ejemplo, a una asistencia sanitaria, a una educación básica y a un trato que evite los sufrimientos innecesarios. Hemos introducido animales en nuestras casas, en nuestro sistema productivo. Nos aportan riqueza y bienestar. Un perro debería tener derecho a ser educado para convivir con nosotros y a recibir los tratamientos médicos que merece cualquier ciudadano. Si los hombres trabajamos como burros y los burros trabajan como los humanos, el corte ético y político carece de fundamento.

http://www.diariodejerez.es/article/jerez/1897659/necesito/burro/animales/y/comunidad.html


jueves, 6 de noviembre de 2014

ÉTICA DE ROEDORES XXXIV: SEREMOS CAPACES

  ¿Seremos capaces de inventar un universo donde todo tenga algún sentido? ¿Seremos capaces? Tejeremos una red de ilusiones, bien tupida, para que nuestra caída en el abismo encuentre un dulce freno, aunque inútil. Sabe el filósofo que lo humano se nutre de esa vieja habilidad. Tantas ideas, poemas y lienzos, no son nada más que la sombra de esa red urdida por el miedo y el autoengaño. ¿Seremos capaces de inventar nuevas ciudades? ¿Seremos capaces? Ni lo sabe el filósofo, porque todo el impulso original se perdió hace tiempo. Todo lo que no sea roer es una quimera fruto del aburrimiento. ¿Seremos capaces, entonces, de seguir inventando viejas historias? Nadie lo sabe. Pero tendremos que aprender a habitar en los bosques húmedos, donde el olor a tierra nos sirva de cobijo. El roedor será capaz de diluir todos sus sueños entre las hojas podridas. Y será capaz de olvidarse de que existe algo llamado bosque. Nada más. A roer los desperdicios de esta civilización del tedio. Y todos los castillos en el aire...