ROEDORES DE FILOSOFÍA

martes, 25 de enero de 2022

Aceleradores

    Las sociedades de consumo desenfrenado tienen que acostumbrase a un eterno sinvivir. Es lo que tiene el bienestar, que viene acompañado de una infinita desazón, una angustia permanente ante lo que podemos perder. Como ocurre con los aceleradores de partículas, cuanto más pequeño y profundo es lo que necesitamos analizar, más energía necesitamos. La intensidad de nuestro bienestar, que atañe a todos los detalles de nuestra existencia, requiere también más energía, más riesgo e incertidumbre.

lunes, 24 de enero de 2022

La ciudad sin lugar

    Camino por la calle Porvera. La mascarilla, además de proteger y dar calor, genera un nuevo espacio de intimidad, un hueco para seguir pensando. La gente circula a mi lado, cada cual con sus quehaceres, sus tareas y preocupaciones cotidianas. Cada uno vive su ciudad desde esas labores, esas experiencias con sentido. Las calles que recorremos, los edificios que visitamos, los bancos en los que descansamos, los coches que conducimos o esquivamos… Nuestra ciudad es un conjunto de senderos con significado. Y forman un todo, nuestras vidas. Me pregunto qué ciudad deseamos y por qué. 

    A veces leo que la filosofía nació con la ciudad. Me parece una exageración. Es cierto que la filosofía es una actividad muy urbana, pero seguramente ya los cazadores-recolectores pensaban y dialogaban alrededor del fuego, o mientras se desplazaban en busca de alimento. Se asombrarían ante el cielo estrellado y discutirían sobre las normas del grupo, sobre cómo gestionar los asuntos comunes. Somos seres sociales por naturaleza, insisten los antropólogos. 

    Hace unos 10.000 años la humanidad comenzó a cultivar la tierra, a criar ganado y a construir murallas. Con el Neolítico arranca otro modo de vida, de producción, y surgen la escritura, las leyes, las instituciones estatales, las ciencias y las técnicas. Nos volvimos sedentarios y construimos las ciudades. Pasamos de vivir en pequeños grupos a habitar grandes poblados, algunos inmensos. Fueron surgiendo formas de convivencia cada vez más complejas. Se trata de un largo proceso, el nacimiento de una forma de sociedad que iría cristalizando en varias zonas del planeta. 

    Los filósofos griegos pensaban que el ser humano solo podía desarrollarse plenamente si vivía en la polis, en su ciudad-estado. Es en la ciudad donde desarrollamos nuestra racionalidad, tanto en el aspecto teórico como práctico. Las virtudes cívicas nos constituyen como humanos. Es en la ciudad donde hablamos y razonamos. La ciudad es el lugar del logos. La ciudad justa, es decir organizada racionalmente, propicia la existencia de ciudadanos justos. Y si cada persona desarrolla las virtudes que le corresponden, la sociedad funciona como es debido. Necesitamos instituciones adecuadas para poder participar, ser prudentes, amables, generosos, valientes, moderados… Sin el marco de la ciudad, nuestra racionalidad no puede desarrollarse al máximo. La ciudad proporciona el espacio y el tiempo que el logos requiere. 

    También se dice que cuando éramos cazadores-recolectores vivíamos en una especie de comunismo primitivo, donde todo era de todos y apenas había división del trabajo. Sin embargo, es con la progresiva aparición de la propiedad privada de los medios de producción como aparece un nuevo concepto de lo común. La vida en los grandes poblados exige la realización de obras para garantizar bienes comunes, como puede ser el acceso al agua, la muralla protectora, la iluminación o los caminos para trasladarse. Hace falta un poder central que recaude impuestos para poder llevar a cabo tales proyectos. Con la ciudad surge una conciencia diferente de lo común, por oposición a lo privado. 

    La ciudad es el lugar de lo común, ya que es en el ágora donde debatimos qué leyes aprobar para garantizar la convivencia y esos bienes colectivos. A la hora de construir la ciudad, de gestionar los espacios, queda reflejado quién tiene el poder. El espacio urbano es un espacio político y económico. Solo existe espacio puro en la matemática. La ciudad es un haz de fuerzas y de intereses. La estructura urbana refleja quién ha mandado, quién ha decidido. Nuestras ciudades han sido modeladas durante los últimos siglos para producir, para generar productos y distribuirlos, para acoger a los trabajadores y hacer posible un consumo intensivo. 

    Ese lugar de lo común ha sufrido recientemente grandes transformaciones. La plaza pública, con sus instituciones políticas, ha experimentado una desvitalización radical. Los centros comerciales de la periferia, con sus colmenas de adosados, y el ciberespacio, con su mercado global, han vaciado los centros de la ciudades. Los solares son síntomas de la ciudad vacía. Espacios sin ciudadanos, pero repletos de consumidores-turistas accidentales. Han surgido ciudades paralelas a las afueras, donde ya no se oculta su finalidad esencial, el consumo. Las otras actividades, las que nos permiten participar en las decisiones, crear lo común y vivirlo, ya ni son mencionadas. 

    Para crear la ciudad perfecta hay que pensar lo que no tiene lugar, hay que ser utópicos. Hay que pensar cómo traer otra vez la política a los centros de las ciudades. Hay que pensar cómo diseñar ciudades que acojan la vida en toda su plenitud, con todas sus dimensiones. Los espacios públicos pueden ser algo más que espacios económicos, productivos. Y deben serlo. Tenemos la obligación de pensar ciudades para caminar, sin contaminación, con lugares para el juego y la cultura… Tenemos derecho a todo ello. Pero hay que realizar un esfuerzo creativo y político para saber integrar todas las actividades que nos definen, trabajar, consumir, conducir, contemplar, pasear, jugar, pedalear, respirar…

    Los ciudadanos deberíamos participar en la construcción de los espacios urbanos. Necesitamos un hueco en los gobiernos municipales, para deliberar y decidir, desde el compromiso y la responsabilidad. Sin esta participación, corremos el riesgo de que los técnicos impongan criterios formales muy alejados de las vivencias de las personas que habitan la ciudad. Toda representación política implica desvitalización, alejamiento de las necesidades reales. Y no bastan los datos, las estadísticas. Lo cuantitativo es necesario, pero no suficiente. La experiencia vital de un vecino que narra sus problemas de acceso a un determinado bien común aporta conocimiento situado y proporciona la comprensión necesaria para generar soluciones con sentido.

EL PAPEL DE LA VOZ

miércoles, 19 de enero de 2022

Águeda y el horizonte

La luz de los días será entera para ti. 

Las sombras de las tardes te mimarán como nunca.

Y los sueños ya solo te anunciarán utopías.

Las huellas que nos dejaste hablan del futuro.

                Vivir es crear nuevos espacios...

                 El espacio es infinito.

miércoles, 12 de enero de 2022

Ana y los bucles

Cada rizo es una espiral, una especie de galaxia, con un agujero negro, de los que atrapan la luz. Hay que ser osado para acercarse, como yo,  sabiendo que no hay escapatoria. 

martes, 11 de enero de 2022

Ariadna y los hilos

 Hay hilos muy finos, tan delgados que solo una inteligencia sensible puede percibir... Sin ellos el laberinto es oscuro y terrible. 

Cloe y el logos

 A veces la hierba se mueve y genera viento. Y ese soplo se convierte en palabras, huellas de un pensar indómito. 

La responsabilidad

Ilustración de  Luis Miguel Morales ‘MOGA

    “Apelamos a la responsabilidad de cada ciudadano”, nos recalcan las autoridades. Cuando la incertidumbre impide legislar de forma coherente, se apela a la responsabilidad individual. Estamos tan poco acostumbrados, que muchos ciudadanos se indignan. Lo ven como una forma de lavarse las manos, para que seamos nosotros los que nos devanemos los sesos y nos equivoquemos. Porque si el Estado no se atreve a prohibir ni a obligar, si no sabe nada del qué y del cómo, entonces es que el asunto es muy oscuro, con dilemas morales incluidos.

      Para pagar los impuestos o para conducir no suele haber esta atribución de responsabilidad, o descarga, por parte del Estado. A nadie se le ocurre proponer que el pago de los impuestos dependa solo de nuestra responsabilidad, y que no hace falta una ley que regule todos los casos. Que cada uno sepa lo que tiene que pagar a hacienda y cuándo… Tampoco con el tráfico parece conveniente decir que cada uno elija la velocidad que considere adecuada, según su responsabilidad. En ambos terrenos, hemos elaborado una legislación muy compleja, llena de limitaciones, obligaciones y prohibiciones.

         La incertidumbre y la novedad vienen de la mano. Se apela a la responsabilidad de los ciudadanos para prevenir los contagios y saber qué hacer en cada caso. Se nos pide observar, valorar y decidir, desde nuestro conocimiento, desde nuestras circunstancias y desde nuestra autonomía. Quieren que seamos capaces de valorar las consecuencias de nuestras decisiones, porque nuestros actos afectarán a los demás, a la sociedad en su conjunto.

         En el ámbito educativo hay un asunto que nos trae de cabeza: el uso de los teléfonos móviles y dispositivos similares. Hay muchas dudas, tanto en el ámbito familiar como en el escolar. Y las opiniones son muy dispares. Algunos creen que la única solución es la prohibición absoluta del uso del móvil en los centros educativos. El uso responsable de estos dispositivos lo ven como una utopía. Una vez que el móvil está en manos del alumno, va a ser imposible evitar que se haga un mal uso. Los más optimistas creen que sí es posible enseñar a utilizar bien todos estos aparatos. Se trata de herramientas, en este caso digitales, de gran utilidad para todas las materias. Uno de los objetivos del sistema educativo actual, dicen, debería ser enseñar a manejar todos los recursos digitales, tan necesarios en el mundo laboral y cultural, en el ocio, en el consumo…

         Para usar bien las nuevas tecnologías es preciso poseer un conocimiento de las normas técnicas. No hace falta saber programación ni ser un experto en hardware, pero sí hay que conocer cómo se usa bien un programa para realizar correctamente una tarea. Pero usar bien las tecnologías digitales también conlleva un conocimiento ético y jurídico. Y es aquí donde entra la responsabilidad.

         Decimos que una persona es responsable cuando se hace cargo de las consecuencias de sus acciones. Hacerse cargo significa pensar antes de actuar y valorar todas las posibilidades, a corto y a largo plazo. La responsabilidad está emparentada con la prudencia. Cuando uno responde por lo que ha hecho, ante el tribunal de la conciencia o de la justicia, o simplemente ante los que le rodean, está dando por hecho que sus actos son fruto de una decisión libre. Así que la responsabilidad también está emparentada con la autonomía moral. Al apelar a la responsabilidad, se está recuperando al sujeto moral, aplastado en muchas ocasiones por las normativas y protocolos. Ninguna legislación puede acabar con la ambivalencia de los usos de las nuevas tecnologías. Solo la responsabilidad personal y el sentido común pueden garantizar un uso racional.

       Graciano González R. Arnaiz, en su libro Ética y responsabilidad (Tecnos, 2021), dice que estas apelaciones a la responsabilidad se han puesto de moda porque las nuevas tecnologías han causado “una ampliación del radio de acción del comportamiento humano”, lo que se ha traducido en mayor incertidumbre y conciencia del riesgo. Tras el “desfallecimiento de la razón para saber qué debemos hacer”, la responsabilidad se ha convertido en el centro de la reflexión moral. La responsabilidad se basa en la apertura al otro, en la obligación que tenemos de “responder de nuestras acciones en el encuentro con los otros”.

  https://www.diariodejerez.es/jerez/responsabilidad_0_1646237056.html

sábado, 1 de enero de 2022

Calendario de Talleres Leibniz 2022


A pesar de estar encerrado, por motivos de salud, Cándido no se ha olvidado de este humilde blog y nos ha remitido su emblemático almanaque. El lema de este año es "Lo esencial está de moda". Me dice que le ha costado mucho encontrar lo esencial de cada mes. Y es que tendemos a lo superficial y a enredarnos con las apariencias, se lamenta. Claro que, si uno lo piensa bien, las apariencias son el núcleo esencial de nuestras sociedades, añade con resignación. Así que enero comienza con un "Rebaja tus expectativas y no sufrirás tanto". En febrero hallamos ese célebre aforismo del conocido filósofo lapón: "¡Qué fácil es disfrazarse en el Caribe!" En abril nos recuerda la meditación décima de su teólogo favorito: "Vivir sin pasión, menuda cruz."  Todos los meses ofrecen alguna perla. Esperemos que Cándido vuelva pronto al taller, con sus averías y sus ilustrados clientes. Cuando fui a cambiar el aceite, hace un mes, me lo encontré discutiendo acaloradamente sobre un texto de Pascal con un señor que solo había entrado a comprobar la presión de una rueda. En fin, que mejore.  Y ya saben, como dice Cándido: "Vivimos en el mejor de los mundos posibles. Y si no es sí, se lo reparamos. "