Vivimos en la era de la tecnociencia, donde la mayor parte de la investigación científica se centra en los proyectos tecnológicos, en la construcción de sistemas técnicos. Si hay ciencia básica, orientada al conocimiento en sí mismo, permanece en un segundo plano, como búsqueda de teorías que nos sirvan para mejorar los procesos tecnológicos. Pero no siempre ha sido así. En otras épocas, la comprensión teórica era una actividad más noble y pura que cualquier labor práctica.
A lo largo de la historia, la investigación ha desarrollado dos dimensiones siempre entrelazadas: el deseo de comprender la naturaleza y la necesidad de transformarla. A este tema dedica Peter Dear su libro titulado La inteligibilidad de la naturaleza, publicado por la editorial Guillermo Escolar. Se detiene en varios momentos cruciales de la historia de la ciencia: el mecanicismo del siglo XVII y XVIII; las clasificaciones en el mundo natural; la revolución química de los átomos; la teoría de la selección natural; el electromagnetismo y el éter; y la mecánica cuántica.
La “filosofía natural” era la disciplina encargada de explicar qué es la realidad, cuáles son las causas de los fenómenos o de qué está hecho el mundo. En los siglos XVII y XVIII se produjo un cambio profundo en nuestra concepción de la ciencia. La dimensión instrumental del conocimiento, su valor práctico, pasó a ocupar el primer plano. Son dos tendencias que han convivido desde entonces. Hay científicos que todavía hacen filosofía natural y creen que es posible ofrecer una imagen coherente y real del mundo. Hay otros que no piensan que sea posible ni necesaria, basta con ofrecer un modelo que permita hacer predicciones y transformar la realidad para crear sistemas técnicos.
Ese entrelazamiento entre las dos posturas lo observamos cuando se intenta justificar el trabajo científico. Sabemos que una teoría es correcta porque nos permite operar en el mundo y obtener resultados prácticos. Y se dice que los instrumentos técnicos funcionan porque se basan en teorías correctas. Esta interacción circular muestra cómo no es posible simplificar. Las dos actitudes científicas se mezclan a lo largo de la historia, incluso en el trabajo de un mismo investigador. Por eso Peter Dear se detiene en casos concretos, en el trabajo real de los científicos y el énfasis que ponen en ambas dimensiones.
Ya no se utiliza la expresión “filosofía natural”. Ha quedado integrada dentro de lo que llamamos ciencia. El predominio del enfoque instrumental del conocimiento ha desplazado al enfoque más teórico o filosófico del hacer científico. Ya en el siglo XVIII se quejaban algunos investigadores de que muchos científicos se contentaban con encontrar fórmulas matemáticas que sirviesen para realizar predicciones. Se quejaban de que no hablasen de qué eran los últimos elementos de la realidad, de las causas y principios que mueven el mundo.
En el fondo está el problema de la inteligibilidad de la naturaleza y de la capacidad del ser humano para explicarla. No es fácil saber si una teoría sobre el mundo es correcta, cuáles son los últimos elementos de la realidad y qué leyes intervienen. Ante esta dificultad, los más prácticos sostienen que solo cabe decir si la teoría me permite hacer predicciones o no. Así que no hace falta saber qué es la gravedad, una especie o una partícula elemental… La explicación profunda de lo real no es necesaria, concluyen los instrumentalistas radicales.
Los filósofos naturales, por el contrario, no creen que el criterio instrumental sea suficiente. Es posible explicar y comprender el mundo. Se puede elaborar una teoría que dé sentido a lo que ocurre. De hecho, a lo largo del libro de Peter Dear vemos cómo los grandes científicos siempre lo intentan. Esa labor no se puede abandonar ya que es el núcleo esencial de la labor científica. Sin embargo, dada la dificultad para decidir entre diferentes teorías y dada la urgencia de obtener resultados técnicos, el enfoque teórico y filosófico puede esperar, dicen los tecnocientíficos.
