ROEDORES DE FILOSOFÍA

martes, 17 de mayo de 2022

La diversidad cultural



    La realidad es múltiple y cambiante, caleidoscópica, porque la materia es dinámica, con distintos niveles de organización. La diversidad humana y cultural es una de las dimensiones de esa complejidad. Transitamos un espacio indefinido entre la unidad y la multiplicidad. Somos parte de un universo material, pero cada ser es único, una configuración peculiar. Somos todos humanos, y todos distintos. Iguales ante la ley, con los mismos derechos, pero arraigados en diversas formas vitales y culturales.

    Hay muchas maneras de acabar con la diversidad. Para empezar, uno puede ser un reduccionista. Son los piensan que todos los niveles de la realidad se pueden reducir a uno esencial. Conociendo las leyes de ese nivel, obtenemos la explicación de todos los fenómenos. Para comprender el funcionamiento del universo, los demás niveles sobran. Con las leyes de la física, por ejemplo, se podrá explicar todo lo que ocurre, desde una reacción química hasta una obra literaria.

    Frente a este monismo reduccionista tenemos a los pluralistas ontológicos. Hay multiplicidad de niveles, cada uno con sus tipos de hechos y sus leyes. De ahí que hablemos también de diversidad biológica y cultural. Y la realidad está constituida de seres individuales. Siempre ocupamos ese espacio difuso que se sitúa entre lo universal y lo particular, la sociedad y el ciudadano, lo común y lo individual. Hay muchas culturas. Y dentro de ellas, subculturas. Hablar de los rasgos de una cultura es una abstracción, una simplificación. Existen tantas formas de vida, tantos estilos, como personas.

    El etnocentrismo, el imperialismo, el dogmatismo y la intolerancia son los mayores enemigos de la diversidad cultural. La cerrazón cognitiva y el ansia de poder suelen ser las amenazas primordiales. Creer que solo hay una perspectiva correcta conduce a las fobias y la exclusión. Hay mucho miedo a ver el mundo desde otra perspectiva. Abandonar nuestras creencias, salirse de ellas, parece que nos asusta. Lo que debería ser enriquecimiento se presenta como caída en un abismo. Los fanáticos e intolerantes no soportan la idea de tener que soltarse unas décimas de segundo de sus amarras culturales. Ese salto a otra perspectiva conlleva un riesgo existencial, apasionante.

    Pero ese brinco se puede dar con naturalidad, como lo hacen los niños. Porque no se trata de valorar la perspectiva del otro, sino de situarse en ella, para ver y pensar desde otro ángulo vital. Al girar la cabeza y ver lo que hemos dejado atrás todo adquiere otro aspecto, otro valor. La realidad no posee un centro, ni perspectivas privilegiadas. Todo es periferia.

    El capitalismo está acabando con la diversidad biológica y cultural. Todo espacio se ha vuelto un recurso. Por eso hay espacios naturales y espacios culturales. La maquinaria vive de la novedad, no de la diversidad. Necesita lo nuevo para atrapar la atención de consumidor, siempre en la cuerda floja y a punto de aburrirse. Toda novedad ocurre dentro la maquinaria. Lo diverso, lo que no encaja en los rodamientos de la repetición disfrazada, es ignorado o transformado mediante el engaño.

    No todas las posibilidades culturales son deseables. Entramos en el terreno resbaladizo de la convivencia. El relativismo cultural, tan atractivo en la teoría, desemboca en dilemas prácticos de difícil solución. Cada cultura es una unidad de significado completa, independiente. Es una forma de ver el mundo. No tiene sentido criticar una costumbre de una forma de vida desde otra distinta. Ni siquiera se puede comprender. En esa crítica utilizamos categorías de una cosmovisión para valorar costumbres construidas con otras ideas, imágenes y valores. 

     Pero hay costumbres que nos parecen irracionales, intolerables para sociedades que se basan en los derechos humanos. También hay modos de actuar en nombre de esos derechos que únicamente han servido para esquilmar el planeta y terminar con formas de vida ancestrales mucho más sostenibles. El silencio es inadmisible cuando se atenta contra la dignidad de las personas. La imposición, sin embargo, suena a imperialismo cultural y etnocentrismo. Solo el diálogo permanente entre culturas puede dar lugar a un aprendizaje mutuo y a un desarrollo en armonía de los pueblos.

jueves, 12 de mayo de 2022

Imagen de un agujero

 La primera vez que me contaron algo sobre los agujeros negros estaba en el colegio. Una asociación de astronomía fue a darnos una charla. Las diapositivas desfilaban ante nuestras miradas. Y nuestros cerebros se aceleraban, o se esponjaban. Aquel grupo llegado de la capital nos traía noticias del universo. Nos hablaban de estrellas, telescopios, velocidad de la luz, Big Bang... Fue un acierto de nuestro profesores organizar aquella actividad. Se nos hizo muy corto. El tiempo encogió, quizás por la velocidad de nuestro pensamiento. Recuerdo que les hicimos muchas preguntas. Nos quitábamos la palabra unos a otros para saber más. Y es lógico, porque cuando te dicen que ni la luz puede escapar de esos objetos supermasivos... Ahora, mediante una red de satélites, han logrado, fotografiar el agujero negro que se encuentra en el centro de nuestra galaxia. No hace falta ser un físico para quedarse con la boca abierta. La inmensidad nos desborda. Es lo sublime. Pensar lo grande y lo pequeño nos deja pasmados. Pero quizás no sea lo más importante. Las distancias, las masas, la gravedad... Detrás de todos esos conceptos está el trabajo de los científicos. Detrás está la matemática. Para pensar en un agujero negro debemos resolver ecuaciones. Y tenemos que ser capaces de imaginar lo que esos números representan. Al hablar de la curvatura del espacio-tiempo necesitamos utilizar la imaginación para llegar a captar qué significa eso de la gravedad. Y recurrimos a la imaginación porque es el atajo que los mortales tenemos para interpretar las diversas geometrías que la razón nos ofrece. Detrás de la imagen del agujero negro está agazapada toda la historia de la ciencia y la tecnología. Harían falta millones de páginas para explicar cómo ha sido posible esa imagen. Lean la Historia del Tiempo, de Stephen W. Hawking. Allí habla de física, de singularidades y relatividad. Recuerden que este gran físico y divulgador también explicó cómo se evaporan los agujeros negros. Es una lectura que a lo mejor nos permite entender qué significa esa fotografía recién hecha por una red de científicos del siglo XXI. El reto técnico y metodológico nos muestra otra vez lo sublime del saber.

domingo, 8 de mayo de 2022

El reloj del poder

 Hay citas a las que no conviene llegar tarde. A una entrevista de trabajo, por ejemplo. El problema no es hacerse esperar, sino la imagen que proyectas al que te observa. Si quieres mostrarte como una persona seria, que organiza su trabajo con honesto interés, es bueno que llegues a tiempo. Y si andas apurado, incluso si apareces fuera de plazo, deberás dar explicaciones, y con fundamento. Porque puede dar la impresión de que eres un descuidado, que tus verdaderos intereses son otros y que todo es una pantomima.  Claro, que aquí tiene la culpa tanto el que espera como el que no aparece. Se ve que no han sincronizado bien los relojes del poder... No se han aclarado a tiempo. Ya sabemos que los acuerdos electorales son complejos, nadie lo duda. Y que hay que hacer encaje de bolillos para que todos estén contentos. Esa es la lógica de los procesos electorales, la maquinaria que siempre está en marcha. El asunto es que esa búsqueda del poder por el poder era una de los elementos que había que erradicar de la vieja democracia representativa. Lo importante eran las necesidades reales de la gente, no los puestos en las listas electorales. Ni siquiera las ideas o los eslóganes iban a estar por encima de esos problemas de los ciudadanos. Y ahora resulta que no sois capaces de unir todas las fuerzas, que no sois capaces de mostrar un proyecto único donde se defiendan los intereses de los trabajadores andaluces. Os habéis vuelto a enredar en la estrategia. No basta con dar cuatro brochazos verdes o rojos. Y menos si se utilizan como excusa para ir cada uno a lo suyo. La apatía del electorado no se elimina llegando tarde ni formando un club a parte. La unidad es una utopía porque ya no es prioritaria. Hay otros intereses, la vieja historia... Además de los programas, os pedimos un diccionario de siglas, para aclararnos con tiempo, no sea que lleguemos tarde a votar o no lleguemos.

sábado, 23 de abril de 2022

Escribir, leer y publicar

Bar La biblioteca
    
    Quizás hoy ya no sea posible elaborar un análisis cualitativo global sobre lo que se publica. Estamos condenados a realizar catas muy limitadas y subjetivas. Ni los libreros llegan a tener una visión global significativa. Datos sí hay, pero son números: lo que se publica, lo que se vende y lo que se lee. Los análisis cuantitativos reflejan muy bien la marcha del negocio, la industria editorial, pero poco dicen del impacto cultural de aquello que se publica. Las revistas y suplementos literarios realizan críticas de una pequeña parte. Habría que leerse todas esa publicaciones cada semana para acercarnos un poco a la realidad. No sé si tenemos claro para qué se escribe, para qué se publica y para qué se lee.

    Se escribe para decir algo. Nadie lo duda. Algunos cuentan historias, otros construyen poemas. Hay ensayos y manuales. La escritura es polimórfica. Detrás de los ropajes del género hay una corriente continua que une a los que escriben: decir es comprender y ser. Incluso los textos más técnicos se nutren de ese anhelo humano. Ganar dinero y ser famoso es algo accesorio para el verdadero escritor. Si tras la buena literatura llega todo eso, bienvenido sea. La auténtica escritura aparece cuando la palabra deja de ser una mera herramienta, un medio para fines externos. No hablo solo de la poesía o la novela. Hay ensayos y manuales tan bien escritos, que la utilidad que proporcionan, incluso siendo importante, queda en un segundo plano. El texto ha de ser un fin en sí mismo, si queremos que enriquezca nuestra tradición.

    Escribir y publicar son dos asuntos muy distintos. Para el verdadero creador, lo primero es necesario y lo segundo no. Cuando es al revés, estamos perdidos. Hay grandes escritores que jamás han sentido la necesidad de publicar un libro. No publicaron nada, ni lo pretendieron. Son los que escriben por el placer de escribir, por necesidad vital, para comprenderse o aclararse (sin salirse del sentido autónomo del texto), pero no para publicar. Los hay que son tan exigentes, que sus obras siempre permanecen inacabadas. En el otro extremo, tenemos a los que solo piensan en publicar un libro, sea como sea y cuanto antes. A estos no les importa mucho lo que escriben. El valor de sus textos viene de fuera, de la resonancia pública que tengan, o de los beneficios que generen.

    No creo ser el único que piensa que se publica demasiado. Hay más escritores que lectores, se suele decir. Todo el mundo publica y da la sensación de que no se lee lo suficiente antes de ponerse a crear. Es tal la precipitación, que nos estamos saltando el protocolo de la calidad. Corregir y reescribir, las veces que sea necesario, son dos tareas imprescindibles. Cuando digo corregir no me refiero a las faltas de ortografía o las erratas. Se corrige el estilo, que incluye el qué y el cómo.

    En el protocolo de calidad también hay que incluir la revisión por lectores anónimos, los pares, y el filtro de los editores. Hay que leer los manuscritos como si nos llegasen de otra galaxia, sin saber si están escritos por seres como nosotros… Solo esa ignorancia puede acercarnos a la objetividad, porque en literatura lo único que importa es el texto. Los buenos editores son grandes lectores y muy críticos. Son necesarios para el avance de la cultura, tanto o más que los catedráticos de universidad. 

    Los lectores parece que estamos exentos de toda responsabilidad en este protocolo de calidad. Somos receptores pasivos de las creaciones literarias. Compramos, consumimos y disfrutamos. Pero no debería ser así. Leer es una forma de estar en el mundo, una forma de ser en el tiempo. Ya sea para divertirnos o para aprender, la lectura es uno de los pilares de nuestra existencia, al menos en nuestra tradición. Llevar una existencia auténtica implica ser exigentes con lo que leemos. En ello nos va la vida, lo que queremos ser. No nos puede dar igual. Al elegir bien las lecturas mejoramos nuestras vidas y las de los demás.

Día del libro

     No hay forma de acabar con los libros. Lo han intentado, pero sin éxito. Ahí siguen, con sus lomos y sus páginas. Incluso abren nuevas librerías. Empezamos a leer por obligación, como si fuese una tortura, y acabamos leyendo por  necesidad, como si fuese algo esencial para ser felices. Claro que podemos vivir sin libros... Y sin ojos, sin cerebro, sin corazón... Solo contienen historias, ideas y cualquier cosa que se nos pase por la cabeza. Así son los libros. Si todos leyésemos más, seríamos mejores personas. Falso, absolutamente falso. Leer no nos convierte en seres mejores. De hecho, leer no nos convierte en nada. Ahí radica su atractivo. Leer es una forma de perderse. Ya sea un relato o una argumentación filosófica, leer implica abandonar este mundo. Y el mundo no es tan malo. Si quitamos las enfermedades, la guerra y la muerte, lo demás es llevadero. Pero los libros... Parece que nos invitan a dejar de vivir. Nos ofrecen muchos mundos, al menos distintos. 

https://www.lavozdelsur.es/cultura/roedores-de-cultura/dia-libro_275723_102.html

martes, 19 de abril de 2022

Formas breves de narrar y de pensar

Diseño de Miguel Parra

    Se han puesto de moda las formas breves de escritura, como el aforismo, el microrrelato y el haiku. No sabemos si la causa es la pereza intelectual, el influjo de las nuevas tecnologías o el deseo generar nuevas formas de expresión que vayan con los tiempos. Se asocia la pereza intelectual al uso de las redes sociales, presas de la velocidad, de lo instantáneo, de lo efímero y lo banal. Que vivimos tiempos acelerados parece que es cierto. No hay tiempo para leer largos escritos. Hasta los intelectuales y políticos usan ya las redes como formas oficiales de comunicación y pensamiento.

    Como suele ocurrir con todos los aparatos y sistemas técnicos, las redes sociales son, para unos, fuente de atolondramiento y, para otros, espacios que impulsan la innovación, el surgimiento de nuevas ideas. Es cierto que estos soportes digitales de información provocan a veces una navegación desenfrenada, poco propicia para textos largos. Pero también lo es que han estimulado las formas breves de expresión, y que podemos encontrar grandes expertos en la concisión, con tientes críticos, irónicos y filosóficos. La gente se ha acostumbrado a leer y escribir ese tipo de textos cortos. Y se valora el ingenio que es necesario para brillar en lo breve.

    Los aforismos y las sentencias, junto con los proverbios, dichos y refranes, han existido desde hace miles de años. Servían para condensar la sabiduría en pocas palabras con el fin de facilitar su transmisión oral. Un buen aforismo permanece en la memoria colectiva para siempre. Que sea bueno significa que contiene un pensamiento profundo, agudo y sugerente, expresado con alguna figura literaria eficaz.

    Hay escritores que utilizan el aforismo como la verdadera expresión del pensamiento. No creen que sea posible ni deseable la construcción de un sistema completo de conceptos, ensamblados como si se tratase de un único edificio. El pensamiento humano no funciona así, a no ser que quieras paralizarlo, detenerlo bajo el peso de una estructura artificial.

    Lo mismo ocurre con los microrrelatos. No son un género secundario. Contar una historia en pocas líneas requiere una gran destreza narrativa. El relato breve reúne todos los ingredientes de la buena literatura. Nos narran algo con lo mínimo. Son capaces de sorprendernos con un giro inesperado. Y estimulan la imaginación con todo lo que sugieren. Cada palabra es necesaria. Nada sobra ni falta en el buen microrrelato.

    Detrás de las formas breves no solo hay una técnica. Cuando uno se las toma en serio, apuesta por una forma de ser, de estar en el mundo. El aforismo, el microrrelato y el haiku son concreciones del minimalismo existencial que exhibieron muchos filósofos griegos y sabios orientales: ser breve en el hablar, ser breve en el existir, abandonar lo innecesario. Estas formas breves son un gesto de la inteligencia, una pincelada certera, una mirada fugaz que atrapa lo esencial.

    Los aforismos y los microrrelatos son buenas herramientas educativas. Ayudan a fomentar la creatividad, desarrollar la imaginación y la inteligencia. Ya existen en los centros de enseñanza muchos concursos de relatos breves, microrrelatos y aforismos. Este curso hemos estrenado en el IES Seritium el I Concurso de microrrelatos ilustrados Miguel Parra. El nombre del certamen es un homenaje al profesor de dibujo Miguel Parra. Hasta su jubilación en 2020, además de enseñar durante muchos años, dejó en IES Seritium muchas huellas de su creatividad, a través del diseño de carteles, logotipos, azulejos, cuadros, viñetas… Este año el concurso se ha ceñido al alumnado de nuestro centro. Quizás más adelante se extienda a toda la comunidad educativa de Jerez. Se pedía a los participantes que contaran una historia en 175 palabras, como máximo, y que acompañaran el relato con una ilustración original, utilizando cualquier técnica de expresión. Se valorará que exista unidad, integración entre la narración y la ilustración. El día del libro sabremos quiénes son los premiados.

martes, 8 de marzo de 2022

Palabra de Homo sapiens sapiens

Creación de Domingo Martínez

    Las palabras nos asombran tanto como una galaxia o una bacteria. Todo hablante experimenta alguna vez la intensa extrañeza que supone utilizar las palabras. De repente, nos paramos y contemplamos los significantes, los signos en el papel o los sonidos en el aire, tan ajenos al significado, al sentido de lo que dicen. Hay algo de sublime, quizás incomunicable, al preguntarnos por la esencia del lenguaje. El microscopio no nos dice nada sobre los significados. 

    Si analizamos el cerebro, encontramos neuronas y conexiones sinápticas, electricidad y neurotransmisores. Ni rastro de los significados, aunque sabemos que están ahí y que brotan de esas enrevesadas redes. Todos los aparatos que tenemos se limitan a localizar la actividad cerebral correspondiente a cada función cognitiva, que no es poco. Sabemos ya mucho sobre dónde se procesa el lenguaje, pero poco sobre cómo se generan los significados conscientes y las cualidades subjetivas de nuestras experiencias cognitivas. Nos asombra que átomos, moléculas, células, tejidos y estructuras cada vez más complejas produzcan eso que llamamos lenguaje y pensamiento.

    Aristóteles dejó muy claro que solo los humanos usamos palabras, necesarias para expresar lo justo y lo injusto. Es lo que nos hace seres políticos. En la ciudad, la polis, se despliega lo esencial de las personas, el logos. Palabra y razón son los pilares de la convivencia. La principal virtud para los ciudadanos ha de ser la prudencia, que implica saber pensar, para elegir el término medio a la hora de actuar, y saber deliberar, para elaborar leyes sensatas.

    Aunque ya desde los orígenes de la filosofía se reflexionó sobre el lenguaje, fue en el siglo XX cuando se produjo el giro lingüístico. Hubo estudios sobre el significado. Unos hablaron de referencia y otros de uso. De los enfoques más semánticos y lógicos se pasó a la pragmática. El lenguaje comenzó a ser el centro de toda la filosofía, desde la metafísica hasta la política. A pesar de la diversidad de enfoques y escuelas, todos parecían coincidir en que la percepción, el pensamiento, la estética, la ética y la política se daban en el lenguaje, a través de las estructuras del habla. Somos en las palabras. El lenguaje es la casa del ser, decía Heidegger. Y Wittgenstein sostuvo que los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo.

    Hablar es constituir una comunidad. El universo simbólico que habitamos se alimenta de un contrato que renovamos cada vez que deseamos decir algo a alguien. Habermas, Adela Cortina y muchos otros autores han conectado directamente las condiciones de posibilidad del lenguaje con el diálogo ético y político. En la acción comunicativa buscamos el entendimiento, el acuerdo, y damos por hecho que aceptamos unos requisitos mínimos del uso del lenguaje. Por eso distinguen entre acción comunicativa, que trata a los demás como fines en sí mismos, y las acciones instrumentales y estratégicas, que se basan en utilizar a los otros como meros medios.

    Uno de los objetivos de la educación es enriquecer esta reflexión sobre lo que nos hace humanos. Conocer y utilizar bien el idioma es una condición necesaria para el pleno desarrollo de las personas. La literatura y la sintaxis nos hacen ser conscientes de cómo nos desenvolvemos con las palabras. Por eso, conocer varios idiomas es tan fructífero desde el punto de vista intelectual. Saber hablar bien es la condición de posibilidad para poder pensar con claridad y dialogar con sensatez.

    Estos días lo podemos comprobar. En las sociedades democráticas son fundamentales los acuerdos, el diálogo constante. Si no hay foros para deliberar, en los que haya un diálogo profundo y simétrico, terminamos rompiendo las reglas básicas de convivencia. Quizás no nos hemos explicado bien… Estudiamos humanidades para analizar y comprender el presente, no el pasado. Acudimos a los griegos porque son la raíz de nuestra civilización y nos siguen ayudando a pensar nuestro futuro como humanidad. Leemos a los clásicos porque abordan con lucidez la trágica existencia humana. Estudiamos sintaxis y lógica para comunicarnos y argumentar sin salirnos de la racionalidad.

martes, 8 de febrero de 2022

Los borradores, las notas y los tachones

  

Fotografía de Domingo Martínez González

     Cuando pides a los alumnos que elaboren un trabajo creativo, su primera reacción es de incredulidad. No se creen que les estés pidiendo algo original, ya sea un relato, un ensayo o un dibujo. No se lo esperan. Pasado ese primer espasmo, te dicen que no, que ellos nos saben cómo empezar, que no tienen imaginación, y que les va a salir fatal, si es que sale algo. Piensan que los libros que leen, los cuadros que contemplan o la música que escuchan han salido a la primera, del tirón, perfectos desde el principio, sin necesitar apenas retoques. Ahí tenemos una labor crucial: lo que tienen delante es el fruto de un largo trabajo creativo, repleto de esbozos, errores, rectificaciones, arrepentimientos y dudas. Detrás hay un enorme andamiaje invisible.         

    Por eso son tan importantes los cuadernos de trabajo de los creadores. Nos demuestran que no son dioses, sino humanos extraordinarios. Son seres capaces de obsesionarse con una idea o un problema y dedicar toda su vida a pensarlo, a resolverlo o reformularlo infinitas veces, hasta que logran algo parecido a una solución.

    El libro que ustedes están leyendo, o su cuadro preferido, es la última versión de una idea que revoloteó dentro de la mente de un creador durante mucho tiempo. Nos surge la duda de si la obra es ese resultado final que ahora contemplamos o el proceso completo, desde que brotó la idea original hasta que compramos la obra. Si incluimos todos los bocetos y borradores, también debemos añadir la recepción por parte del lector, con sus interpretaciones y perspectivas. La obra es un proceso abierto.

        No todos los creadores están de acuerdo con revelar el andamiaje de sus obras. Hay miedo, pudor, o mero desinterés. Los borradores reflejan la intimidad del intelectual, sus dudas, errores y callejones sin salida. Las notas de trabajo y los cuadernos sacan a la luz también las fuentes de donde beben el artista y el científico. Vemos quiénes son sus modelos, reconocidos públicamente o no. Algunos creen que todo esto debe quedar oculto, que es parte de la intimidad del proceso creativo y que no tiene interés para nadie. Incluso puede ser utilizado en su contra, para buscar puntos débiles.

    Hemingway escribió cuarenta y siete finales distintos antes de concluir Adiós a las armas, nos cuentan Anthony Brandt y David Eagleman en su excelente ensayo La especie desbocada (Anagrama, 2022). Nadie puede sospechar, nos dicen los autores, que “una abundancia de opciones dio lugar a la última página de la novela”. En todas las artes hay una infinidad de variaciones y alternativas antes de plasmar la solución final. “Para diseñar el Flea Theater de Nueva York, la Architectural Research Office elaboró setenta fachadas distintas.”

    El libro habla de cómo la creatividad humana remodela el mundo. Así que hay ejemplos de todos los campos. Desde la pintura hasta el diseño de coches o fármacos. La herramienta que utilizamos para innovar es el cerebro, que genera “superabundancia de opciones: muchas no llegan a la conciencia, y de entre las que lo consiguen, son muchas las que sucumben”. Para Eagleman, neurocientífico, y Brandt, compositor, el trabajo creativo se basa en tres operaciones: doblar, romper y mezclar. Todas las innovaciones surgen de estas formas de transformar lo que vemos y recibimos de nuestra tradición. Es evidente que no todo lo que doblamos, rompemos o mezclamos se convierte en una obra definitiva. En el camino quedan muchos intentos, muchos fracasos,  porque para ser innovador y triunfar es preciso ser arriesgado, original… y contar con un contexto social oportuno.

    Conocer los bocetos y las notas de trabajo no solo es bueno, sino también necesario. Acaba de aparecer una edición ampliada de La idea de principio en Leibniz y la evolución de la teoría deductiva, publicada por el CSIC, de la mano del filósofo Javier Echeverría. Se han incluido 587 notas de trabajo de Ortega y Gasset. Estas anotaciones nos ayudan a conocer la mente creativa del filósofo, sus fuentes, y las modificaciones que llevó a cabo a lo largo del proceso de escritura. Si los libros publicados nos muestran el pensamiento del autor, sus notas y borradores reflejan cómo pensaba. Así, encontramos en esta nueva edición imágenes de los manuscritos, con notas pegadas con celo en el folio.

    En el ámbito de las artes hay cientos de publicaciones que recogen el andamiaje creativo de los artistas. Cuando leía las notas de Ortega y Gasset me vino a la mente otro libro esencial, los Escritos de Marcel Duchamp, editados por José Jiménez para Galaxia Gutenberg. Estas obras tienen valor en sí mismas. Puede ocurrir que ideas descartadas por los autores nos parezcan hoy una genialidad. También nos abren nuevas vías. Senderos que los artistas iniciaron y no transitaron, por no ser el momento oportuno, pueden ser en la actualidad vías fructíferas. Y nuestros alumnos, que desean ser grandes científicos, pensadores, escritores o artistas, deben saber que la creación es apasionante, tanto por lo que se logra como por lo que se descarta, y que ninguna obra nace completa desde el principio.

lunes, 7 de febrero de 2022

Carnaval

El pasado es un conjunto de perspectivas deformadas por la memoria, que es la imaginación disfrazada de notaria. 

martes, 25 de enero de 2022

Aceleradores

    Las sociedades de consumo desenfrenado tienen que acostumbrase a un eterno sinvivir. Es lo que tiene el bienestar, que viene acompañado de una infinita desazón, una angustia permanente ante lo que podemos perder. Como ocurre con los aceleradores de partículas, cuanto más pequeño y profundo es lo que necesitamos analizar, más energía necesitamos. La intensidad de nuestro bienestar, que atañe a todos los detalles de nuestra existencia, requiere también más energía, más riesgo e incertidumbre.

lunes, 24 de enero de 2022

La ciudad sin lugar

    Camino por la calle Porvera. La mascarilla, además de proteger y dar calor, genera un nuevo espacio de intimidad, un hueco para seguir pensando. La gente circula a mi lado, cada cual con sus quehaceres, sus tareas y preocupaciones cotidianas. Cada uno vive su ciudad desde esas labores, esas experiencias con sentido. Las calles que recorremos, los edificios que visitamos, los bancos en los que descansamos, los coches que conducimos o esquivamos… Nuestra ciudad es un conjunto de senderos con significado. Y forman un todo, nuestras vidas. Me pregunto qué ciudad deseamos y por qué. 

    A veces leo que la filosofía nació con la ciudad. Me parece una exageración. Es cierto que la filosofía es una actividad muy urbana, pero seguramente ya los cazadores-recolectores pensaban y dialogaban alrededor del fuego, o mientras se desplazaban en busca de alimento. Se asombrarían ante el cielo estrellado y discutirían sobre las normas del grupo, sobre cómo gestionar los asuntos comunes. Somos seres sociales por naturaleza, insisten los antropólogos. 

    Hace unos 10.000 años la humanidad comenzó a cultivar la tierra, a criar ganado y a construir murallas. Con el Neolítico arranca otro modo de vida, de producción, y surgen la escritura, las leyes, las instituciones estatales, las ciencias y las técnicas. Nos volvimos sedentarios y construimos las ciudades. Pasamos de vivir en pequeños grupos a habitar grandes poblados, algunos inmensos. Fueron surgiendo formas de convivencia cada vez más complejas. Se trata de un largo proceso, el nacimiento de una forma de sociedad que iría cristalizando en varias zonas del planeta. 

    Los filósofos griegos pensaban que el ser humano solo podía desarrollarse plenamente si vivía en la polis, en su ciudad-estado. Es en la ciudad donde desarrollamos nuestra racionalidad, tanto en el aspecto teórico como práctico. Las virtudes cívicas nos constituyen como humanos. Es en la ciudad donde hablamos y razonamos. La ciudad es el lugar del logos. La ciudad justa, es decir organizada racionalmente, propicia la existencia de ciudadanos justos. Y si cada persona desarrolla las virtudes que le corresponden, la sociedad funciona como es debido. Necesitamos instituciones adecuadas para poder participar, ser prudentes, amables, generosos, valientes, moderados… Sin el marco de la ciudad, nuestra racionalidad no puede desarrollarse al máximo. La ciudad proporciona el espacio y el tiempo que el logos requiere. 

    También se dice que cuando éramos cazadores-recolectores vivíamos en una especie de comunismo primitivo, donde todo era de todos y apenas había división del trabajo. Sin embargo, es con la progresiva aparición de la propiedad privada de los medios de producción como aparece un nuevo concepto de lo común. La vida en los grandes poblados exige la realización de obras para garantizar bienes comunes, como puede ser el acceso al agua, la muralla protectora, la iluminación o los caminos para trasladarse. Hace falta un poder central que recaude impuestos para poder llevar a cabo tales proyectos. Con la ciudad surge una conciencia diferente de lo común, por oposición a lo privado. 

    La ciudad es el lugar de lo común, ya que es en el ágora donde debatimos qué leyes aprobar para garantizar la convivencia y esos bienes colectivos. A la hora de construir la ciudad, de gestionar los espacios, queda reflejado quién tiene el poder. El espacio urbano es un espacio político y económico. Solo existe espacio puro en la matemática. La ciudad es un haz de fuerzas y de intereses. La estructura urbana refleja quién ha mandado, quién ha decidido. Nuestras ciudades han sido modeladas durante los últimos siglos para producir, para generar productos y distribuirlos, para acoger a los trabajadores y hacer posible un consumo intensivo. 

    Ese lugar de lo común ha sufrido recientemente grandes transformaciones. La plaza pública, con sus instituciones políticas, ha experimentado una desvitalización radical. Los centros comerciales de la periferia, con sus colmenas de adosados, y el ciberespacio, con su mercado global, han vaciado los centros de la ciudades. Los solares son síntomas de la ciudad vacía. Espacios sin ciudadanos, pero repletos de consumidores-turistas accidentales. Han surgido ciudades paralelas a las afueras, donde ya no se oculta su finalidad esencial, el consumo. Las otras actividades, las que nos permiten participar en las decisiones, crear lo común y vivirlo, ya ni son mencionadas. 

    Para crear la ciudad perfecta hay que pensar lo que no tiene lugar, hay que ser utópicos. Hay que pensar cómo traer otra vez la política a los centros de las ciudades. Hay que pensar cómo diseñar ciudades que acojan la vida en toda su plenitud, con todas sus dimensiones. Los espacios públicos pueden ser algo más que espacios económicos, productivos. Y deben serlo. Tenemos la obligación de pensar ciudades para caminar, sin contaminación, con lugares para el juego y la cultura… Tenemos derecho a todo ello. Pero hay que realizar un esfuerzo creativo y político para saber integrar todas las actividades que nos definen, trabajar, consumir, conducir, contemplar, pasear, jugar, pedalear, respirar…

    Los ciudadanos deberíamos participar en la construcción de los espacios urbanos. Necesitamos un hueco en los gobiernos municipales, para deliberar y decidir, desde el compromiso y la responsabilidad. Sin esta participación, corremos el riesgo de que los técnicos impongan criterios formales muy alejados de las vivencias de las personas que habitan la ciudad. Toda representación política implica desvitalización, alejamiento de las necesidades reales. Y no bastan los datos, las estadísticas. Lo cuantitativo es necesario, pero no suficiente. La experiencia vital de un vecino que narra sus problemas de acceso a un determinado bien común aporta conocimiento situado y proporciona la comprensión necesaria para generar soluciones con sentido.

EL PAPEL DE LA VOZ

miércoles, 19 de enero de 2022

Águeda y el horizonte

La luz de los días será entera para ti. 

Las sombras de las tardes te mimarán como nunca.

Y los sueños ya solo te anunciarán utopías.

Las huellas que nos dejaste hablan del futuro.

                Vivir es crear nuevos espacios...

                 El espacio es infinito.

miércoles, 12 de enero de 2022

Ana y los bucles

Cada rizo es una espiral, una especie de galaxia, con un agujero negro, de los que atrapan la luz. Hay que ser osado para acercarse, como yo,  sabiendo que no hay escapatoria. 

martes, 11 de enero de 2022

Ariadna y los hilos

 Hay hilos muy finos, tan delgados que solo una inteligencia sensible puede percibir... Sin ellos el laberinto es oscuro y terrible. 

Cloe y el logos

 A veces la hierba se mueve y genera viento. Y ese soplo se convierte en palabras, huellas de un pensar indómito. 

La responsabilidad

Ilustración de  Luis Miguel Morales ‘MOGA

    “Apelamos a la responsabilidad de cada ciudadano”, nos recalcan las autoridades. Cuando la incertidumbre impide legislar de forma coherente, se apela a la responsabilidad individual. Estamos tan poco acostumbrados, que muchos ciudadanos se indignan. Lo ven como una forma de lavarse las manos, para que seamos nosotros los que nos devanemos los sesos y nos equivoquemos. Porque si el Estado no se atreve a prohibir ni a obligar, si no sabe nada del qué y del cómo, entonces es que el asunto es muy oscuro, con dilemas morales incluidos.

      Para pagar los impuestos o para conducir no suele haber esta atribución de responsabilidad, o descarga, por parte del Estado. A nadie se le ocurre proponer que el pago de los impuestos dependa solo de nuestra responsabilidad, y que no hace falta una ley que regule todos los casos. Que cada uno sepa lo que tiene que pagar a hacienda y cuándo… Tampoco con el tráfico parece conveniente decir que cada uno elija la velocidad que considere adecuada, según su responsabilidad. En ambos terrenos, hemos elaborado una legislación muy compleja, llena de limitaciones, obligaciones y prohibiciones.

         La incertidumbre y la novedad vienen de la mano. Se apela a la responsabilidad de los ciudadanos para prevenir los contagios y saber qué hacer en cada caso. Se nos pide observar, valorar y decidir, desde nuestro conocimiento, desde nuestras circunstancias y desde nuestra autonomía. Quieren que seamos capaces de valorar las consecuencias de nuestras decisiones, porque nuestros actos afectarán a los demás, a la sociedad en su conjunto.

         En el ámbito educativo hay un asunto que nos trae de cabeza: el uso de los teléfonos móviles y dispositivos similares. Hay muchas dudas, tanto en el ámbito familiar como en el escolar. Y las opiniones son muy dispares. Algunos creen que la única solución es la prohibición absoluta del uso del móvil en los centros educativos. El uso responsable de estos dispositivos lo ven como una utopía. Una vez que el móvil está en manos del alumno, va a ser imposible evitar que se haga un mal uso. Los más optimistas creen que sí es posible enseñar a utilizar bien todos estos aparatos. Se trata de herramientas, en este caso digitales, de gran utilidad para todas las materias. Uno de los objetivos del sistema educativo actual, dicen, debería ser enseñar a manejar todos los recursos digitales, tan necesarios en el mundo laboral y cultural, en el ocio, en el consumo…

         Para usar bien las nuevas tecnologías es preciso poseer un conocimiento de las normas técnicas. No hace falta saber programación ni ser un experto en hardware, pero sí hay que conocer cómo se usa bien un programa para realizar correctamente una tarea. Pero usar bien las tecnologías digitales también conlleva un conocimiento ético y jurídico. Y es aquí donde entra la responsabilidad.

         Decimos que una persona es responsable cuando se hace cargo de las consecuencias de sus acciones. Hacerse cargo significa pensar antes de actuar y valorar todas las posibilidades, a corto y a largo plazo. La responsabilidad está emparentada con la prudencia. Cuando uno responde por lo que ha hecho, ante el tribunal de la conciencia o de la justicia, o simplemente ante los que le rodean, está dando por hecho que sus actos son fruto de una decisión libre. Así que la responsabilidad también está emparentada con la autonomía moral. Al apelar a la responsabilidad, se está recuperando al sujeto moral, aplastado en muchas ocasiones por las normativas y protocolos. Ninguna legislación puede acabar con la ambivalencia de los usos de las nuevas tecnologías. Solo la responsabilidad personal y el sentido común pueden garantizar un uso racional.

       Graciano González R. Arnaiz, en su libro Ética y responsabilidad (Tecnos, 2021), dice que estas apelaciones a la responsabilidad se han puesto de moda porque las nuevas tecnologías han causado “una ampliación del radio de acción del comportamiento humano”, lo que se ha traducido en mayor incertidumbre y conciencia del riesgo. Tras el “desfallecimiento de la razón para saber qué debemos hacer”, la responsabilidad se ha convertido en el centro de la reflexión moral. La responsabilidad se basa en la apertura al otro, en la obligación que tenemos de “responder de nuestras acciones en el encuentro con los otros”.

  https://www.diariodejerez.es/jerez/responsabilidad_0_1646237056.html

sábado, 1 de enero de 2022

Calendario de Talleres Leibniz 2022


A pesar de estar encerrado, por motivos de salud, Cándido no se ha olvidado de este humilde blog y nos ha remitido su emblemático almanaque. El lema de este año es "Lo esencial está de moda". Me dice que le ha costado mucho encontrar lo esencial de cada mes. Y es que tendemos a lo superficial y a enredarnos con las apariencias, se lamenta. Claro que, si uno lo piensa bien, las apariencias son el núcleo esencial de nuestras sociedades, añade con resignación. Así que enero comienza con un "Rebaja tus expectativas y no sufrirás tanto". En febrero hallamos ese célebre aforismo del conocido filósofo lapón: "¡Qué fácil es disfrazarse en el Caribe!" En abril nos recuerda la meditación décima de su teólogo favorito: "Vivir sin pasión, menuda cruz."  Todos los meses ofrecen alguna perla. Esperemos que Cándido vuelva pronto al taller, con sus averías y sus ilustrados clientes. Cuando fui a cambiar el aceite, hace un mes, me lo encontré discutiendo acaloradamente sobre un texto de Pascal con un señor que solo había entrado a comprobar la presión de una rueda. En fin, que mejore.  Y ya saben, como dice Cándido: "Vivimos en el mejor de los mundos posibles. Y si no es sí, se lo reparamos. "