ROEDORES DE FILOSOFÍA

lunes, 29 de diciembre de 2014

ÉTICA DE ROEDORES XLIV: EL FRÍO

  Sólo es frío, nada más. Lo suficiente para correr, para huir. De fondo, el rumor del río. Sólo es nieve, nada más. De fondo, el ruinoso mecanismo de pensar, helado. Es una forma bella de huir, tanto del frío como de uno mismo, de los demás. De fondo, la soledad. Sabe el filósofo que a través de la huida conocemos nuestras limitaciones. Aunque nunca hace suficiente frío para algunos. El viento helado nos devuelve a lo que somos y a lo que deseamos. Nadie nos enseñó a huir porque los maestros siempre están lejos. Sólo captamos, tarde, su silueta o su sombra. Nadie nos enseña a reconocer el verdadero frío, la helada que nos paraliza. Cuando la nieve nos impide ver o avanzar, cuando el frío agarrota nuestros sentidos, entonces, descubrimos el sinsentido de la huida, el placer de diluirnos entre los restos de lo que anhelamos algún día. Sabe el filósofo que correr es una noble forma de huir, porque ni los pies ligeros ni el arco se desvanecen. Todas las tretas del roedor, toda su astucia, le abren senderos entre la helada nieve, para seguir con el ruinoso mecanismo de pensar. Sólo es frío, nada más.

viernes, 19 de diciembre de 2014

ÉTICA DE ROEDORES XLIII: FICCIONES

   No lo olvidemos: el tiempo es una bella ficción. ¡Que nadie se enrede: todo ocurre ahora! Si pudiéramos interpretar las ecuaciones de la teoría de la relatividad... Pero no escarmentamos, no aprendemos de los aciertos. Todo este aparente fluir no es nada más que una ilusión, quizás cruel, pero una ilusión. ¡Que nadie espere nada! ¡Que nadie proyecte nada! No lo olvidemos: recordar es un juego que nos entretiene. Si pudiéramos comprender lo que significa que el universo tenga once dimensiones... Resulta cruel que todo lo que nos gusta se desvanezca, como un soplo de aire. Es tan terrible añadir tristeza a lo que se escurre entre los dedos... Acudimos, entonces, a  los rituales, todos esos gestos que nos protegen de la miseria de los días, esos hábitos que se solapan con la huida y la erosión. Si pudiéramos comprender las leyes de la termodinámica... No lo olvidemos: el tiempo es una horrible ficción. ¡Que nadie se enrede: nada ocurre ahora! Volveremos una y otra vez a recorrer los viejos senderos, sin esperanza. Volveremos a recorrerlos, pero con estilo. Sabremos que nada fue en vano para esa memoria que nos acompaña. Nada fue en vano. Sabe el roedor que los dinosaurios inventaron esa frase para obligarnos a trabajar y sufrir. Nada fue en vano, ni lo será. Sabe el filósofo que todo ha sido un cruel invento. Mas sabe el roedor que las ficciones sólo se curan con ficciones y que roerlas es un buen pasatiempo.

sábado, 13 de diciembre de 2014

TRAMPAS DE LA AUTOCONCIENCIA VI

  Leo a Julio Cabrera, Crítica de la moral afirmativa, y vuelvo a ver trampas en la metafísica tradicional. Nos han contado que Ser es mejor que No-Ser. Es una verdad incuestionable para la ontología heredada. Dice Cabrera que hay que ir a la raíz y que salir del No-ser quizás no sea tan bueno como nos han dicho. ¿Para qué ser? ¿Para caer en el dolor estructural que acompaña a ese ser? 
  Toda existencia es carencia, necesidad, dolor. ¿Por qué insistimos, entonces, en que ser es bueno y no-ser malo? Par mí es otra de las trampas de la autoconciencia. Como nos damos cuenta de que existimos, pensamos que tenemos algo más que el mero ser. Los neurotransmisores y las hormonas, guiados por el ADN, se encargan de generar esa valoración positiva del estar-aquí, mecanismos de la selección natural. Así, el dolor estructural, la miseria del vivir, se transforman en un regalo de los dioses. Pero es una trampa. La autoconciencia ha resultado ser un mecanismo muy efectivo para la supervivencia de ciertos organismos. Como si pensar que existimos nos diese una cualidad estructural, esencial, distinta al resto de los seres. Y toda la cultura, con sus ideas y conceptos tan abstractos, sólo es una concreción de ese mecanismo tan refinado. De alguna forma, pensarnos a nosotros mismos está premiado químicamente en el cerebro. Sentirnos diferentes del resto de los seres viene acompañado por una sensación de bienestar, por algo bueno, químicamente hablando. Nos sentimos necesarios sólo por el hecho de pensarnos. Nos resulta muy complicado pensarnos como seres contingentes, finitos y miserables. (...)

jueves, 11 de diciembre de 2014

ÉTICA DE ROEDORES XLII: RECONOCER A TIEMPO

   ¿Sabremos reconocerlos? No lo creo. Me refiero a los sabios, a los que saben de verdad. Los tendremos delante y no los reconoceremos. Sabe el filósofo que no. De todos modos: ¿para qué necesitamos un sabio delante? ¿Para que nos muestre dónde no vamos a llegar jamás? ¿Para que nos muestre lo que no somos ni seremos? Mejor no reconocerle, dirán algunos. Mejor pensar que somos nosotros los sabios. Mas sabe el roedor que sólo la sombra de los sabios protege, como sólo nos protege su palabra de la imbecilidad de los tiempos. Palabras que perduran a pesar de la distancia y la desidia. ¿Sabremos reconocerlos a tiempo? Sabe el filósofo que no. Menos mal que la memoria atrapó esas palabras y ese estilo, el estilo del sabio. Y, ahora, cuando las inclemencias nos azotan, acuden para librarnos de las pisadas horribles de los dinosaurios. Vive el roedor de esa sabiduría ajena. La roe en silencio para alimentarse, poco a poco. Y, mientras roe, siente pena por los dinosaurios, porque con sus pisadas ocultan el rastro de esos sabios. Nunca sabrán nada de ellos, ni de sus pensamientos, ni de su estilo de vida, que es lo mismo. No sabrán nada.

martes, 9 de diciembre de 2014

UTOPÍA DEL SILENCIO

“En agosto de 1991, Alexandre Grothendieck, a quien todo el mundo consideraba el matemático más lúcido del siglo XX, un hombre por cuya agudeza y profundidad se comparaba con Albert Einstein, de un día para otro quemó 25.000 páginas correspondientes a sus escritos. Acto seguido, sin decir nada a nadie, se fue de su casa rumbo a los Pirineos y no se le volvió a ver.” Así comienza el libro de Amir D. Aczel “El artista y el matemático. La historia de Nicolas Bourbaki, el genio matemático que nunca existió.” (Gedisa. 2009) En sus páginas encontrarán tanto el contexto social como el contexto creativo en el que se desenvolvió Grothendieck, que murió hace unas semanas. El autor realiza un recorrido que va desde la fundamentación de las matemáticas (con la teoría de conjuntos) hasta el estructuralismo de la lingüística y la antropología, pasando por el cubismo… No se trata de una biografía, sino de un ensayo sobre el grupo Bourbaki.
Miguel Parra
          La infancia de Alexandre (1928-2014) estuvo marcada por los campos de refugiados y la violencia. Sus padres, revolucionarios anarquistas, lucharon contra el totalitarismo en varios frentes, incluida nuestra guerra civil. A pesar de todo, pudo dedicarse al estudio de las matemáticas en las escuelas cercanas a los campos de refugiados franceses, en los que estuvo con su madre (su padre murió en Auschwitz). Muy pronto se interesó por las definiciones de los conceptos básicos y sorprendió a algún profesor con demostraciones que nos estaban en los libros…
         Después de la guerra en Europa, 1945, se fue a vivir con su madre a un pequeño pueblo cerca de Montpellier, donde realizó sus estudios universitarios mientras sobrevivían con escasos medios. Tras solicitar una beca e impresionar a sus evaluadores fue a París. Como su formación matemática había sido irregular, tuvo que esforzarse al máximo para seguir los cursos de posgrado. En París conoció a un grupo de pensadores que pretendía refundar toda la matemática, con  Henri Cartan y André Weil entre ellos.
         Alexandre Grothendieck formó parte activa del grupo Bourbaki y realizó importantes avances en geometría algebraica. Visitó universidades extranjeras. Le concedieron la medalla Fields y tuvo el IHES (Institut des Hautes Études Scientifiques) a su disposición para seguir investigando. Pero las cosas empezaron a enredarse, tanto desde el punto de vista matemático como político. Creía que la teoría de conjuntos era demasiado limitada y que Bourbaki debía tomar la teoría de las categorías, más abstracta y general, como fundamento. Sus ideas políticas le llevaron al activismo pacifista y antinuclear, lo que implicó enfrentamientos con el poder. Cuando se enteró de que su IHES estaba financiado con dinero de los militares se le vino el mundo encima…
         Nos inquietan las vidas retiradas del mundo, las vidas de los que un día cerraron la puerta de su taller y huyeron a los bosques. No llegamos a comprender esa retirada definitiva, precisamente cuando mejor les iba y cuando más reconocimiento recibían de la sociedad, de sus iguales y las instituciones. Ni los honores ni el dinero parecen importar a esas gentes. Buscan la autosuficiencia y la encuentran en la actividad intelectual, y de la forma más solitaria, como si todo les estorbase. Se dedican a cultivar un huerto, a escribir, a leer o simplemente a ser olvidados, a ser uno más en los bosques. Incluso dejan mensajes a la posteridad para que respeten su huida definitiva. Pudieron disfrutar de los laureles y se escondieron entre las zarzas, como asustados por algo terrible. Quizás comprendieron algo que a los demás se nos escapa. Si uno de los mejores matemáticos desaparece y no quiere que le molesten nunca más, algo ha tenido que comprender, algo terrible y definitivo.
         Forjarse un proyecto vital auténtico es hoy una tarea muy difícil, aunque siempre lo ha sido. La autenticidad requiere sabiduría práctica y sabiduría estética, porque todo proyecto es un sendero creativo. El modo de vida inauténtico es el enlatado, el prefabricado y el que todos esperan. Pero es difícil escapar de las garras de lo mediocre, de las garras de nuestro modo de producción. La última carta de Alexandre Grothendieck, de 2010 decía: “No tengo ninguna intención de publicar o reimprimir ninguna obra o texto de la que sea autor, (…)” Parece ser que en el archivo de Montpellier hay 20.000 páginas sin destruir. Y parece ser que algunos de sus seguidores no están dispuestos a cumplir ese último deseo del matemático: la utopía del silencio.

         
                                    Diario de Jerez, 9 de diciembre. Suplemento de educación.

viernes, 5 de diciembre de 2014

ÉTICA DE ROEDORES XLI: TENDREMOS

  Tendremos la oportunidad de cambiar de opinión y no lo haremos. Y no será una sorpresa. Nos atravesarán las razones como si fuésemos transparentes. Porque nadie conoce al que fue convencido por argumentos ajenos. Tendremos la ocasión de ver desde otra perspectiva y no querremos, seguro. No sabe el filósofo si es pura cabezonería de andar por casa o imposibilidad genética, sin más. No sabe si es mera estructura de supervivencia o ganas de, bueno, ganas de dar la lata. Tendremos muchas oportunidades de girar, de dar media vuelta y, como mucho, daremos la vuelta entera, para volver a nuestro único sitio, el que no abandonaremos nunca. Tanta retórica para nada. Tanta dialéctica para nada. Tanta erística para nada. Demasiadas palabras para tanta certeza. Sabe el filósofo que las razones huyen, perseguidas por las ideas firmes, por los dogmas. Nadie nos enseñó a ser convencidos, ni a decir que sí, que tienes toda la razón y que mis palabras eran un desatino. Nadie nos enseñó a buscar el silencio de los bosques. Tendremos ocasión de argumentar con los otros, en el mismo sentido, y nos ocultaremos tras la opacidad de nuestros egos. Nadie espera nada de nadie. Ni las sombras esperan la luz. Ni la luz espera las tinieblas. Sólo los dinosaurios saben aprovecharse de esta cabezonería de los roedores. Quizás aprendan a roer su propio orgullo estos malditos roedores. A lo mejor comienzan a despreciar las sólidas pisadas de los dinosaurios. Ellos, tan grandes y pesados, inventaron la lógica del orgullo para protegerse de las grietas y de las erosiones.

lunes, 1 de diciembre de 2014

ÉTICA DE ROEDORES XL: POR FIN MI TALLA

  A pesar de vivir en las zonas sombrías del bosque, el roedor no se acostumbra a las tinieblas. Tampoco a la humedad. Añora la luz imaginada de otros tiempos. Y evita enredarse en lo que no existe, en lo que no volverá. Ni el roedor más sabio es capaz de huir de esas sombras, las sombras. Sabe que la humedad juega sucio, lo atrapa y le impide corretear. ¡Hay tan poca luz en invierno! ¡Hay tanta tristeza entre las sombras! No se acostumbra, ni quiere. El ruinoso mecanismo de pensar trabaja mejor entre los residuos, al pie de los viejos robles. Pero no se acostumbra, ni lo desea. Porque sabe el roedor que volver a inventar la luz sería un engaño miserable. ¡Hay tan poca luz bajo los hayedos! El enjambre de sombras, la humedad y el frío, los recuerdos de harina, le hacen dudar: quizás los dinosaurios son una ruin maquinación para no salir del bosque, para no salir de sí mismo.