Ingenuo de mí, pensaba que la jornada de reflexión era para que los candidatos se dedicaran a reflexionar sobre lo que han prometido durante quince días.
viernes, 15 de mayo de 2026
Meditaciones políticas
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| Ilustración de Luis Miguel Morales "MOGA". |
1. Nadie puede vivir ajeno a la política, aunque lo pretenda. El ser humano vive en comunidades, en ciudades, en Estados. Existir implica formar parte de un tejido social concreto: la persona viene al mundo a través de la vida en común. Así que, para aclarar quiénes somos y qué podemos llegar a ser, es preciso hacer referencia a relaciones e instituciones políticas. Incluso en un mundo tan individualista como el nuestro, las personas se definen a través de interacciones sociales.
La cooperación social es el camino utilizado por los seres humanos para cubrir las necesidades básicas, para sobrevivir. Y la política es la forma colectiva de administrar los medios para satisfacerlas. Beber un vaso de agua, pagar un alquiler, asistir al médico y aprender a leer son hechos políticos. Detrás de cada una de estas acciones hay deseos, carencias, proyectos, decisiones y leyes.
2. La democracia es el sistema más racional para gestionar el bien común. El autogobierno es un ideal ético y político al que una sociedad ilustrada y civilizada no puede renunciar, salvo que desee la autodestrucción. De ahí que los problemas de las democracias actuales solo puedan ser solucionados profundizando en los principios y procedimientos democráticos. Cualquier otro atajo solo conduce a sociedades y formas de gobierno irracionales, como la dictadura y el totalitarismo.
Dado que la sociedad es plural, es lógico que existan diferentes perspectivas y formas de entender lo común. Lo que no es lógico es ignorar esas otras perspectivas, silenciarlas o tratar de imponer la visión propia como si fuese una verdad absoluta.
3. El autogobierno se concreta en la participación política. Nadie quiere que le impongan normas sin su consentimiento. Y todos sabemos lo que necesitamos. La emancipación política consiste en ser dueños de nuestra vida, así de sencillo. Votar cada cuatro años y elegir representantes no es suficiente: la esfera política se nos presenta como algo separado de nuestras vidas. Por lo tanto, es esencial profundizar en la participación directa y en la deliberación racional. No queda más remedio que ser creativos, tanto desde el punto de vista normativo e institucional como tecnológico. Resignarse a no participar es una forma de suicidio ético y político.
Esa participación ha de conllevar la creación de espacios y tiempos que favorezcan la deliberación racional y el diálogo simétrico. Para poder deliberar es imprescindible desacelerar el sistema político, porque el tiempo de la ética y la política no es el que diseñan las tecnologías de la comunicación. Lo mismo ocurre con los espacios, los lugares donde cabe deliberar de verdad. Los procedimientos nunca son meros medios.
4. Se necesita educar para participar, no para obedecer y consumir. Cuando en el sistema educativo se hable de política concreta, sin miedo, habremos dado un gran paso democrático. Hoy el miedo no es al poder, sino a convertir las aulas en maquinarias de adoctrinamiento. Debemos ser capaces de tratar la política con rigor conceptual y crítico. Si abandonamos la tarea, desatendemos uno de los principales objetivos de la enseñanza. Y lo de “política concreta” es fundamental. Si solo hablamos de abstracciones, nunca lograremos explicar a los jóvenes por qué es tan importante participar en política. No es lo mismo saber argumentar sobre temas abstractos y principios generales que sobre asuntos concretos que afecten a nuestras vidas. Ser capaces de hacerlo será un síntoma de madurez democrática. Tenemos siglos por delante para afrontar este reto…
miércoles, 15 de abril de 2026
Filosofía mínima
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| Ilustración de Luis Miguel Morales "MOGA" |
Hace muy poco que nos dejó Jürgen Habermas. En algunos periódicos aparecieron expresiones como “El último intelectual” o “El último filósofo ilustrado”. Da la sensación de que la gente echa de menos a los grandes pensadores. “Ya no hay grandes filósofos como los de antes”, suele decirse.
No creo, sin embargo, que haya nostalgia de los grandes sistemas filosóficos. Para la mayoría, la descripción de la realidad corre a cargo de las ciencias particulares. Es en las ciencias donde reside el conocimiento objetivo. Construir hoy una ontología desde la filosofía puede resultar superfluo, ya lo hacen las ciencias. Así que los sistemas filosóficos completos ya no interesan.
A lo mejor sí se echa de menos al intelectual, al sabio que intenta pensar la realidad en todas sus dimensiones, al filósofo que nos ayuda a comprender nuestra existencia, aunque no aporte un sistema completo de ideas. Hay muchos libros que nos ofrecen una filosofía mínima, tanto en la forma como en el contenido. Los conceptos abstractos y las teorías complejas son cosas de académicos y especialistas… Enredarse en esos intricados argumentos no nos ayuda a vivir mejor, dicen.
Esta filosofía mínima habla del modo de vida que llevamos y del que deberíamos llevar. Con diferentes vocabularios, hay un tema común: cómo recuperar un modo de vida auténtico, cómo existir con plenitud en este mundo. Y en cuanto al estilo, estas obras enlazan reflexiones personales, sin intención de crear un sistema ordenado. Más que definiciones y deducciones, hay relatos que muestran la experiencia propia y el origen de esos pensamientos.
En primer lugar, coinciden estas filosofías mínimas en la necesidad de volver a percibir el mundo directamente, a tener experiencias limpias y sosegadas. Se habla de mirada atenta, mirada consciente, mirada plena… Lo importante es abandonar esa ceguera del que tiene mucho que hacer, del que no reposa ni un momento.
En segundo lugar, proponen que revisemos nuestra relación con esa realidad y que volvamos a conectar con lo esencial, que suele ser lo más sencillo. Se pone énfasis en la relación misma, porque nos constituye y hace que seamos lo que somos, tanto la relación con la naturaleza y los objetos cotidianos, como con las personas que nos rodean. Y se propone algún tipo de retirada, fuga o recogimiento. Una especie de huida hacia lo simple para recuperar lo esencial de esas relaciones o conexiones.
La idea de individuo aislado, egoísta y consumidor compulsivo, ya no sirve. Somos con el mundo y con los otros. Recuperar la sensibilidad implica darse cuenta de que existimos siempre en relación con todo lo que nos circunda, la naturaleza y los otros. La autenticidad se logra al ser conscientes de esas relaciones, al experimentarlas. Las posesiones y el consumo nos alejan de ella, nos separan.
Frente a las ideologías, la globalización, el consumismo, las tecnologías, la aceleración y la saturación de información, la filosofía mínima nos sugiere que pisemos el freno, que empecemos de cero y que descubramos otra vez el mundo. Esta filosofía mínima habla del tiempo, de cómo vivirlo con intensidad. El problema hoy es que la aceleración del mundo moderno llega a todas partes con las tecnologías de la comunicación. Donde llega la red hay aceleración. Saber degustar el tiempo se ha vuelto algo muy complicado, pero necesario.
Así que la gran teoría y lo político quedan al margen. Toda abstracción y toda acción política traen un desasosiego innecesario. Ahora bien, desde un punto de vista crítico, nos planteamos si es posible pensar de verdad sin tener una ontología general (¿Qué es la realidad?) y una política (¿Qué debo hacer para mejorar esta realidad, lo común?).
jueves, 12 de marzo de 2026
La sabiduría de lo breve
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| Ilustración de Luis Miguel Morales "MOGA" |
“La guerra de todos es padre, de todos rey; a los unos los designa como dioses, a los otros, como hombres; a los unos los hace esclavos, a los otros, libres”, decía Heráclito de Éfeso. Quizás sea este el pensamiento más claro del filósofo apodado “el oscuro”. Ya se tome en sentido literal o metafórico, lo que dice nos hace pensar, porque algún tipo de verdad, de claridad, encierra.
“La sabiduría es el reposo en la luz”, decía Joubert. Suena a felicidad y plenitud. A lo mejor por eso sostenía Pascal que “La sabiduría nos devuelve a la infancia”. Pero pensar implica mirar a la luz y a la oscuridad al mismo tiempo. En las tierras movedizas del pensamiento, la luz se confunde con la oscuridad. El lado amargo de la infancia nos recuerda que “Uno no tiene derecho a lo imposible”, como sentenciaba Rivarol. Madeleine de Souvré remataría afirmando que “La sabiduría del hombre consiste en conocer sus locuras”. Hay infinitas interpretaciones…
El pensamiento breve es una especie de rayo en la oscuridad, una explosión en el silencio de la noche, un martillazo certero, una flecha en el blanco, un grito ambiguo en la lejanía… Los aforismos y sentencias constituyen ese saber portátil que nos han legado todas las culturas, “frases a modo de lemas fáciles de recordar y utilizar en momentos de confusión vital”, explica José Luis Trullo en el prólogo a su antología de los moralistas franceses titulada Un monstruo incomprensible, publicada en la editorial Renacimiento. Y añade que el arte del pensamiento breve consiste en “destilar en el espacio más corto la experiencia más larga”.
Al utilizar el aforismo definimos, ese es el origen de la palabra. Definir es delimitar. La sentencia y la máxima también definen y delimitan. Muestran lo que hay que hacer o lo que hay que ver. Generan una regla o un principio, pero también desvelan la naturaleza paradójica de nuestra existencia. El buen aforismo invita a pensar, a rumiar la realidad y sus contradicciones. El pensamiento breve no puede quedarse en una mera descripción. Se necesita un giro que, ayudado por la figura literaria, apunte hacia algo inquietante.
Hay en este libro pensamientos breves demoledores, como este de Chamfort: “Uno se siente tentado a contemplar la sociedad como un monte lleno de ladrones, donde los más peligrosos son sus centinelas”. El pensamiento radical, el que va al fondo de las cosas, no tiene por qué ser siempre pesimista. A veces nos desborda el optimismo, como cuando Malesherbes nos susurra que “El pensamiento de la eternidad nos consuela de la rapidez de la vida”.
Pensar es dudar y sospechar, pero también imaginar otros mundos posibles. El aforismo nos ayuda a desvelar lo oculto, a ir más allá de las apariencias. Pensar significa hacer el esfuerzo por ser auténtico y no dejarse deslumbrar. Pensar es desmontar los tópicos que nos rodean, sacar a la luz la falsa inteligencia. Pensar es no dejarse manipular. De ahí que el buen aforismo sea capaz de abrir grietas, arañazos que permanecerán grabados en la piedra o en el acero para siempre.
El contenido no se puede separar de la forma. Es esencial el estilo, el saber usar antítesis, metáforas, paralelismos, ironías, quiasmos… Así gana fuerza lo que se dice, lo que se piensa, y queda para la eternidad. Pero hay que tener cuidado, nos advierte José Luis Trullo. “Debemos mantener una distancia prudente respecto a las breverdades del pasado”, porque “una sentencia mal empleada, en lugar de imbuirnos de sabiduría, expande la ignorancia y la barbarie”.
https://www.diariodejerez.es/jerez/sabiduria-breve-educacion-cerebros-toneles_0_2006116687.html
miércoles, 11 de febrero de 2026
La opinión pública
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| Ilustración de Luis Miguel Morales "MOGA" |
La esfera de la opinión pública es el ámbito donde la democracia produce su propio alimento. Si esa esfera desaparece, la democracia muere por inanición y se queda en los huesos. Ese ámbito es posible gracias a los medios de comunicación, las instituciones culturales y educativas, las asociaciones… La opinión pública nace del intercambio de ideas sobre cómo es la realidad social y cómo debería ser. En la esfera pública se constituye la voluntad democrática, lo que deseamos ser como comunidad.
La llegada de las nuevas tecnologías de la información ha supuesto una transformación radical de esa esfera. Recuerden cuando todos veíamos los mismos programas de televisión, cuando había pocos periódicos y solo en papel… En uno de sus últimos libros, dedicado a la esfera pública y la política deliberativa, dice Habermas que hoy en el ámbito de los medios de comunicación se da una expansión ilimitada y una fragmentación: “Los usuarios exclusivos de los medios sociales parecen estar adoptando un modo de comunicación semipúblico, fragmentado y circular que está deformando su percepción de la esfera pública como tal”. Todo el mundo opina, desde sus ideas, para los suyos, sin tener en cuenta el bien común. Se crean bucles de opinión dispersos que se oponen a otros. En las redes sociales todo es privado y público a la vez, pero ya lejos de una opinión pública estructurada por el bien común.
Antes eran unos pocos los que opinaban: ahora habla todo el mundo a la vez. Antes eran pocos los que sabían: ahora todo el mundo sabe de todo. A los pocos segundos de publicarse una noticia, ya hay infinitas opiniones. Son reacciones inmediatas, sin dejar posar las ideas. Se trata de intervenciones viscerales movidas por emociones irracionales. La esfera de la opinión pública no solo se ha acelerado, también se ha distorsionado, gracias al uso de la mentira intencionada, la manipulación de la información, la polarización y el odio, la exclusión, los prejuicios, la censura encubierta y la autocensura, el no dejar hablar o no querer hablar…
Menos mal que siguen existiendo foros más pausados, organizados por universidades, academias o instituciones culturales. Los congresos científicos y jornadas literarias también son parte de esa opinión pública. Las personas que se dedican a las letras, a escribir libros, tienen gran responsabilidad en la configuración de la democracia, aunque no lo parezca. Uno espera que esos escritores introduzcan sensatez en la esfera pública y pongan los cimientos de una democracia deliberativa.
Frente a la distorsión y el ruido de la red, esos espacios científicos y literarios deberían ser modelos de deliberación racional, de diálogo. Además de ser un modelo formal de intercambio de argumentos, pueden aportar ideas más elaboradas, más ricas. Y así contribuir a racionalizar la esfera pública y reorientarla al bien común, dejando a un lado la polarización emocional. Deberían ser un ejemplo para toda la ciudadanía y, en especial, para nuestros jóvenes.
De ahí que resulte incomprensible que en una sociedad democrática algunos intelectuales se nieguen a participar en un debate porque hay personas con ideas radicalmente opuestas a las suyas. Tampoco se entiende que algunos colectivos propongan que se prohíba una conferencia porque tratará sobre ideas políticas que chocan frontalmente con las suyas. Con estas actitudes se destruye lo que Habermas llama el núcleo moral de la cultura liberal: la voluntad de los ciudadanos de reconocer recíprocamente a los demás como conciudadanos y colegisladores en pie de igualdad.
martes, 13 de enero de 2026
La autoridad
La filosofía comienza con el asombro. Siempre hay motivos para asombrarse. Las ciencias hablan de la inmensidad del universo, de los átomos, del origen de la vida, del funcionamiento del cerebro… Y las tecnologías nos dejan con la boca abierta: construyen artefactos cada vez más complejos, desde aceleradores de partículas hasta sistemas de inteligencia artificial. Sin embargo, no hay que ir tan lejos. Lo más cotidiano puede resultar igual de sorprendente. Uno de los asuntos que más nos debería asombrar es la existencia de la autoridad. Es un fenómeno admirable que las personas acepten que otras les den órdenes y dirijan sus vidas.
La palabra autoridad aparece en diferentes contextos. Se dice que Adela Cortina es una autoridad en Ética, que las autoridades políticas han elaborado una nueva ley, que la policía ejerce su autoridad, o que a veces no se tiene autoridad para hacer algo. Todos estos usos tienen algo en común: la autoridad tiene que ver con la capacidad de influir en la conducta de otras personas y con el consentimiento.
En su origen, el concepto de autoridad se relaciona con la virtud y el saber, con la excelencia, con la capacidad de guiar, con la facultad de mejorar el mundo y a los demás. Procede del verbo latino augere, que significa aumentar, hacer crecer y progresar. De ahí viene autor, que es el creador, el promotor. Tener autoridad te da derecho a hablar, a tutelar y mandar. Se acepta la autoridad del que sabe porque nos puede hacer mejores. No aceptar esa autoridad nos lleva a la ignorancia y el desorden. La autoridad del sabio se orienta tanto al bien del que aprende como al bien común.
Por otro lado, la autoridad está conectada con la legitimidad. La autoridad es el poder admitido, consentido. Un delincuente con un arma tiene poder físico, pero no autoridad. En cambio, un policía posee autoridad, por eso tiene derecho a usar un arma. La autoridad es el poder reconocido o justificado. Max Weber distinguió tres tipos puros de legitimidad: carismática, tradicional y racional-legal. El primero se basa en el carisma del líder o jefe, en sus cualidades extraordinarias. En el segundo, se atribuye por tradición, por costumbre. En el tercero, la autoridad se establece a través de leyes, normas, derechos, reglas racionales e instituciones.
Cuando hay abuso de la autoridad, se cae en el autoritarismo, ya que se utiliza un poder más allá de lo admitido. Entonces, se pierde la legitimidad. Por eso el dictador tiene que usar la fuerza para mantener su poder. El autoritarismo consiste en usar el poder de forma injustificada, sin el reconocimiento legal y moral requerido.
Lo ideal es que la autoridad sea aceptada racionalmente. En las democracias, el ciudadano acepta las leyes porque han sido redactadas por un parlamento que nace de la voluntad popular. No aceptarlas implica caer en una contracción ya que las leyes han sido elaboradas por nuestros representantes.
En educación, el discípulo admite la autoridad del maestro porque reconoce sus virtudes y sabe que es un ejemplo vital, un modelo. El alumno reconoce las virtudes intelectuales del docente y acepta sus instrucciones para aprender y mejorar. Para que este reconocimiento sea posible, no es suficiente con aprobar un decreto que lo diga. No es suficiente con la cobertura legal. No es suficiente con otorgar más derechos.
Es necesario que esa relación entre maestro y discípulo pueda llevarse a cabo en mejores condiciones. Con la masificación actual es imposible que surja el diálogo que conduce al reconocimiento de la verdadera autoridad. Además, es muy importante que la educación sea apreciada también fuera de los centros educativos, algo que tiene que ver con los valores éticos de la sociedad.
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