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| Ilustración de Luis Miguel "MOGA" |
Hace muy poco que nos dejó Jürgen Habermas. En algunos periódicos aparecieron expresiones como “El último intelectual” o “El último filósofo ilustrado”. Da la sensación de que la gente echa de menos a los grandes pensadores. “Ya no hay grandes filósofos como los de antes”, suele decirse.
No creo, sin embargo, que haya nostalgia de los grandes sistemas filosóficos. Para la mayoría, la descripción de la realidad corre a cargo de las ciencias particulares. Es en las ciencias donde reside el conocimiento objetivo. Construir hoy una ontología desde la filosofía puede resultar superfluo, ya lo hacen las ciencias. Así que los sistemas filosóficos completos ya no interesan.
A lo mejor sí se echa de menos al intelectual, al sabio que intenta pensar la realidad en todas sus dimensiones, al filósofo que nos ayuda a comprender nuestra existencia, aunque no aporte un sistema completo de ideas. Hay muchos libros que nos ofrecen una filosofía mínima, tanto en la forma como en el contenido. Los conceptos abstractos y las teorías complejas son cosas de académicos y especialistas… Enredarse en esos intricados argumentos no nos ayuda a vivir mejor, dicen.
Esta filosofía mínima habla del modo de vida que llevamos y del que deberíamos llevar. Con diferentes vocabularios, hay un tema común: cómo recuperar un modo de vida auténtico, cómo existir con plenitud en este mundo. Y en cuanto al estilo, estas obras enlazan reflexiones personales, sin intención de crear un sistema ordenado. Más que definiciones y deducciones, hay relatos que muestran la experiencia propia y el origen de esos pensamientos.
En primer lugar, coinciden estas filosofías mínimas en la necesidad de volver a percibir el mundo directamente, a tener experiencias limpias y sosegadas. Se habla de mirada atenta, mirada consciente, mirada plena… Lo importante es abandonar esa ceguera del que tiene mucho que hacer, del que no reposa ni un momento.
En segundo lugar, proponen que revisemos nuestra relación con esa realidad y que volvamos a conectar con lo esencial, que suele ser lo más sencillo. Se pone énfasis en la relación misma, porque nos constituye y hace que seamos lo que somos, tanto la relación con la naturaleza y los objetos cotidianos, como con las personas que nos rodean. Y se propone algún tipo de retirada, fuga o recogimiento. Una especie de huida hacia lo simple para recuperar lo esencial de esas relaciones o conexiones.
La idea de individuo aislado, egoísta y consumidor compulsivo, ya no sirve. Somos con el mundo y con los otros. Recuperar la sensibilidad implica darse cuenta de que existimos siempre en relación con todo lo que nos circunda, la naturaleza y los otros. La autenticidad se logra al ser conscientes de esas relaciones, al experimentarlas. Las posesiones y el consumo nos alejan de ella, nos separan.
Frente a las ideologías, la globalización, el consumismo, las tecnologías, la aceleración y la saturación de información, la filosofía mínima nos sugiere que pisemos el freno, que empecemos de cero y que descubramos otra vez el mundo. Esta filosofía mínima habla del tiempo, de cómo vivirlo con intensidad. El problema hoy es que la aceleración del mundo moderno llega a todas partes con las tecnologías de la comunicación. Donde llega la red hay aceleración. Saber degustar el tiempo se ha vuelto algo muy complicado, pero necesario.
Así que la gran teoría y lo político quedan al margen. Toda abstracción y toda acción política traen un desasosiego innecesario. Ahora bien, desde un punto de vista crítico, nos planteamos si es posible pensar de verdad sin tener una ontología general (¿Qué es la realidad?) y una política (¿Qué debo hacer para mejorar esta realidad, lo común?).

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