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| Ilustración de Luis Miguel Morales "MOGA". |
1. Nadie puede vivir ajeno a la política, aunque lo pretenda. El ser humano vive en comunidades, en ciudades, en Estados. Existir implica formar parte de un tejido social concreto: la persona viene al mundo a través de la vida en común. Así que, para aclarar quiénes somos y qué podemos llegar a ser, es preciso hacer referencia a relaciones e instituciones políticas. Incluso en un mundo tan individualista como el nuestro, las personas se definen a través de interacciones sociales.
La cooperación social es el camino utilizado por los seres humanos para cubrir las necesidades básicas, para sobrevivir. Y la política es la forma colectiva de administrar los medios para satisfacerlas. Beber un vaso de agua, pagar un alquiler, asistir al médico y aprender a leer son hechos políticos. Detrás de cada una de estas acciones hay deseos, carencias, proyectos, decisiones y leyes.
2. La democracia es el sistema más racional para gestionar el bien común. El autogobierno es un ideal ético y político al que una sociedad ilustrada y civilizada no puede renunciar, salvo que desee la autodestrucción. De ahí que los problemas de las democracias actuales solo puedan ser solucionados profundizando en los principios y procedimientos democráticos. Cualquier otro atajo solo conduce a sociedades y formas de gobierno irracionales, como la dictadura y el totalitarismo.
Dado que la sociedad es plural, es lógico que existan diferentes perspectivas y formas de entender lo común. Lo que no es lógico es ignorar esas otras perspectivas, silenciarlas o tratar de imponer la visión propia como si fuese una verdad absoluta.
3. El autogobierno se concreta en la participación política. Nadie quiere que le impongan normas sin su consentimiento. Y todos sabemos lo que necesitamos. La emancipación política consiste en ser dueños de nuestra vida, así de sencillo. Votar cada cuatro años y elegir representantes no es suficiente: la esfera política se nos presenta como algo separado de nuestras vidas. Por lo tanto, es esencial profundizar en la participación directa y en la deliberación racional. No queda más remedio que ser creativos, tanto desde el punto de vista normativo e institucional como tecnológico. Resignarse a no participar es una forma de suicidio ético y político.
Esa participación ha de conllevar la creación de espacios y tiempos que favorezcan la deliberación racional y el diálogo simétrico. Para poder deliberar es imprescindible desacelerar el sistema político, porque el tiempo de la ética y la política no es el que diseñan las tecnologías de la comunicación. Lo mismo ocurre con los espacios, los lugares donde cabe deliberar de verdad. Los procedimientos nunca son meros medios.
4. Se necesita educar para participar, no para obedecer y consumir. Cuando en el sistema educativo se hable de política concreta, sin miedo, habremos dado un gran paso democrático. Hoy el miedo no es al poder, sino a convertir las aulas en maquinarias de adoctrinamiento. Debemos ser capaces de tratar la política con rigor conceptual y crítico. Si abandonamos la tarea, desatendemos uno de los principales objetivos de la enseñanza. Y lo de “política concreta” es fundamental. Si solo hablamos de abstracciones, nunca lograremos explicar a los jóvenes por qué es tan importante participar en política. No es lo mismo saber argumentar sobre temas abstractos y principios generales que sobre asuntos concretos que afecten a nuestras vidas. Ser capaces de hacerlo será un síntoma de madurez democrática. Tenemos siglos por delante para afrontar este reto…

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