Solemos pensar que los clásicos nos pertenecen y que son intocables. Son obras que conocemos desde la infancia. Fue en la escuela o en casa donde tuvimos las primeras noticias de Don Quijote o de Ulises. Quizás nos leyeron fragmentos, quizás nos deslumbraron las ilustraciones de Odiseo aniquilando a lo pretendientes. Esa primera experiencia estética jamás desaparecerá. Es el momento en que se está configurando el cerebro, nuestra percepción del mundo, el entramado emocional y todo eso que llamamos identidad.
Esas primeras experiencias lectoras quedarán fijadas para siempre. Y en nuestra mente habitará un Odiseo propio, con un hilo narrativo único, a lo mejor fragmentario, difuso, inconsistente, pero nuestro. Y pensamos que ese es el verdadero Odiseo, el verdadero Don Quijote. Quien se atreva a modificar esas imágenes estará invadiendo nuestro espacio estético íntimo. Habrá tocado a nuestro héroe y nos lo habrá desfigurado. Lo habrá convertido en una copia, en algo falso, en algo que ya no reconocemos.
Hay una segunda apropiación estética: cuando leemos directamente las obras originales. Hemos leído la Odisea, la verdadera historia de Ulises. La imagen esquemática de la infancia queda completada con la lectura directa del texto. Ahora ya disponemos de la experiencia estética de la verdadera Odisea. Quien se atreva a transformar esa imagen de Odiseo no solo nos estará modificando en el plano individual, sino también en el colectivo. Está tocando algo esencial de nuestra tradición. Por eso nos inquieta que haya diferentes traducciones. Creemos que hay una correcta, precisamente la que nosotros hemos leído y de la que nos hemos apropiado.
Una película es una obra en sí misma, aunque se trate de la adaptación de un relato ya existente, aunque se trate de un clásico. En toda creación hay una traslación, una transformación, un movimiento. Cuando cambiamos de género siempre hay creación. Lo mismo ocurre al traducir, de una lengua a otra o del lenguaje oral al escrito.
Hay que ver la Odisea de Nolan sin pararnos a pensar en lo que sobra o falta. Lo importante es que este nuevo relato provoque una buena experiencia estética. La palabra “adaptación” es engañosa. Da la sensación de que hay un original y una copia. Y no es así. Las versiones se cierran sobre sí mismas. Esto se ve con claridad cuando alguien escucha una canción y no sabe que es una versión de otra anterior. De eso se trata, de ver la Odisea de Nolan como si no supiésemos quién es Odiseo ni qué ocurrió con Troya. Recuerden que es la versión de Nolan, no la nuestra.

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