martes, 10 de marzo de 2020

MAESTRA DE LA DIVULGACIÓN

        
Ilustración de Domingo Martínez

       A los lectores empedernidos les encantan los libros que hablan del origen del alfabeto, la escritura, el papiro, el pergamino, las bibliotecas… Son los libros que hablan de sí mismos. Hablan de su propia historia, de sus orígenes, que para muchos es sinónimo del surgimiento de la humanidad. Lo que nos hace humanos va asociado al lenguaje y la escritura.
         Ya he desvelado uno de los secretos del éxito de “El infinito en un junco”: trata de la historia del libro. La primera parte se titula “Grecia imagina el futuro” y la segunda “Los caminos de Roma”. Que describa la vida de los libros en el contexto cultural de los griegos y los romanos, los cimientos de nuestra civilización, es otra de las virtudes de un texto que ya va por la novena edición, y la primera es de septiembre de 2019. El subtítulo es “La invención de los libros en el mundo antiguo”. Y no es nada breve. Bien editado por Siruela, contiene 450 páginas, sin ninguna ilustración.
         Irene Vallejo estudió Filología Clásica. Investiga y divulga sobre el mundo clásico. Escribe una columna semanal en el Heraldo de Aragón. Y es autora de varias novelas. Investiga, divulga y crea. En este ensayo sobre la historia de nuestros libros, Irene ha encontrado un estilo que recoge lo esencial de esas tres actividades. Sin muchas citas, ni notas a pie de página que interrumpan la narración… Sin esa falsa objetividad que suele anular la pasión de quien escribe… Sin las correas académicas que paralizan la imaginación y la crítica… Sin todo eso, Irene Vallejo nos habla de los libros, de nuestra historia, nuestro presente y futuro.
         El estilo es esencial en la divulgación científica, ya sea en ciencias de la naturaleza o en humanidades. Cada capítulo está dividido en secciones breves, que casi pueden ser leídas de forma independiente. Utiliza un lenguaje directo, a veces poético, y desde una primera persona que no teme mostrarnos sus intereses y pasiones mientras nos habla de las peripecias de los libros en el mundo antiguo. Intercala capítulos que hablan del libro en la actualidad, de las bibliotecas o los soportes digitales. Se trata de una verdadera labor hermenéutica: comprender el pasado para entender el presente. Y el sujeto no puede desaparecer, todo lo contrario. La historia del libro siempre nos remite a las vivencias personales, a la infancia, a los cuentos, y a nuestros educadores.
         La obra se despliega a través de la dialéctica entre lo efímero y lo permanente. Desde la tradición oral de los poetas griegos hasta el mundo digital actual, siempre hemos luchado contra la erosión de la memoria y contra las múltiples causas que han generado la pérdida de información. A lo largo del ensayo vemos nacer los diferentes tipos de escritura, un hecho que cambió el mundo. Arañar la arcilla, una corteza de un árbol, una piedra… O elaborar tablillas, papiros, pergaminos y papel… La historia del libro es un relato épico contra los fenómenos naturales o la desidia humana. Por eso hay muchas páginas dedicadas a las bibliotecas, en especial a la de Alejandría.
         La historia del libro nos desvela también la estructura social del mundo antiguo. La alfabetización universal es algo reciente. Al principio eran muy pocos los que dominaban el arte de escribir y leer. Analiza el papel de las mujeres, de los esclavos, de los ricos y de los pobres. Producir libros antes de la imprenta era una tarea muy costosa. Los rollos se deterioraban muy rápido, así que había que ir haciendo copias para salvaguardar los textos importantes. Menos mal que hubo personas que lucharon contra ese deterioro. Aparecen las primeras listas de libros importantes. Irene analiza el concepto de clásico. Y no hay que olvidar el oficio de librero…
         Ahora leemos en silencio, pero al principio tampoco fue así. La escritura estaba asociada a los sonidos. Leer era devolver la vida a los signos mudos. Y no era nada fácil, porque se escribía todo seguido, sin espacios entre palabras. El ensayo de Irene Vallejo nos permite acercarnos a esas fases intermedias de la historia en las que se comparten tradiciones, hábitos y técnicas diferentes. Hubo un momento en el que en una biblioteca había rollos y libros. Algunos comenzaban a leer en silencio y otros lo seguían haciendo en voz alta.
         “El infinito en un junco” es una obra que, además de proporcionar un inmenso placer, puede ser utilizada en varias materias: lengua y literatura, historia, latín, griego, filosofía o tecnología. Y es un buen modelo para aprender a divulgar en el ámbito de las humanidades.


martes, 11 de febrero de 2020

LAS MUJERES EN LAS CIENCIAS

         
Ilustración de Domingo Martínez
            Según se va ascendiendo en la carrera científica, la participación de la mujer disminuye. Es el denominado efecto tijera o techo de cristal. El número de mujeres que comienzan en la investigación es superior al de los varones. Sin embargo, la gráfica se invierte cuando nos vamos acercando a los puestos directivos o de mayor rango académico. Al inicio de la carrera investigadora las mujeres son cerca del 60% y los hombres el 40%. Al final las diferencias se invierten: el 75% de los altos cargos científicos son hombres y el 25% mujeres. El número de investigadoras en todo el mundo es menos del 30% según la UNESCO. Sigue habiendo campos de conocimiento con muy poca presencia femenina, como la tecnología, la ingeniería y las matemáticas. Y la tasa de abandono de la carrera científica es mayor también en las mujeres.
         Aunque la situación comienza a mejorar en muchos países, todavía hay discriminación en la contratación y la promoción. Los estereotipos y los prejuicios siguen entre nosotros. Las instituciones funcionan con un lógica androcéntrica: los intereses y necesidades de las mujeres no son tenidos en cuenta. No existe una verdadera conciliación entre la vida familiar y profesional. Y la toma de decisiones permanece en manos de los varones. Las comunidades científicas, que deberían ser un modelo de racionalidad para el resto de la sociedad, no se libran de la desigualdad y el machismo.
         El Catedrático emérito de Lógica y Filosofía de la Ciencia Miguel Á. Quintanilla ha trabajado en política científica y universitaria durante varios años. En “Filosofía ciudadana” (Trotta, 2020) reconoce que todavía existe ese techo de cristal “contra el que el que la mayoría de las mujeres que se dedican a la investigación científica terminan estrellándose en algún momento de su carrera”. Pero también menciona algunos síntomas de que las cosas van cambiando. En 2018 los premios Nobel de Física y Química fueron para dos mujeres: Donna Strickland (investiga sobre el láser) y Frances H. Arnold (aplica la evolución dirigida a las enzimas). Cada vez hay más mujeres realizando el doctorado y situándose en la primera línea de la carrera científica. Y cita a tres responsables de la política científica en España en los últimos años, los de mayor crecimiento de la ciencia: María Jesús San Segundo, Mercedes Cabrera y Cristina Garmendia.
         En nuestro país hay muchas mujeres científicas que están trabajando para que la situación cambie. Publican libros para visibilizar a las mujeres en la historia de la ciencia. Fomentan asociaciones de científicas. Promueven congresos, revistas y blogs. Acuden a los institutos de enseñanza media para servir de modelo a las alumnas. Realizan investigaciones sobre las causas de la discriminación en el pasado y en el presente…
         Eulalia Pérez Sedeño, profesora de Investigación en Ciencia, Tecnología y Género en el Departamento de Ciencia, Tecnología y Sociedad del Instituto de Filosofía del CSIC y Catedrática de Lógica y Filosofía de la Ciencia, coordina la Red Iberoamericana de Ciencia, Tecnología y Género, formada por más de 100 investigadoras de 10 países: Argentina, Brasil, Colombia, Cuba, España, Guatemala, México, Paraguay, Uruguay y Venezuela (ragcyt.org.ar/rictyg). Ha dirigido proyectos como “Ciencia y valores: el género en las teorías e instituciones científicas” o “La situación de las mujeres en el sistema educativo español y en su contexto internacional”. Estos y otros trabajos similares han dado lugar a numerosas publicaciones sobre ciencia y género.
         La matemática Marta Macho Stadler (enseña geometría y topología) es editora de la página “Mujeres con ciencia”, dentro de la Cátedra de Cultura Científica de la Universidad del País Vasco. En la introducción nos dicen que “Mujeres con ciencia nace con el objetivo de mostrar lo que hacen y han hecho las mujeres que se han dedicado y dedican a la ciencia y a la tecnología. Biografías, entrevistas, eventos, efemérides y todo tipo de crónicas o hechos relevantes tendrán cabida en este medio. Nuestro propósito es que Mujeres con ciencia dé a conocer la existencia de esas mujeres, su trabajo y las circunstancias en que lo desarrollaron o lo desarrollan”. (mujeresconciencia.com)  
         En las diferentes secciones de la página de Marta Macho vamos a encontrar ejemplos de investigadoras actuales. Ya existen modelos de referencia para nuestras alumnas en todos los campos. Las entrevistas que aparecen en este tipo de páginas y blogs pueden servir para mostrar que la investigación científica, realizada por mujeres y hombres, es apasionante y necesaria para el progreso de la sociedad.

https://www.diariodejerez.es/jerez/mujeres-ciencias_0_1436256902.html

martes, 14 de enero de 2020

PENSAR CON EL AJEDREZ

Ilustración de Domingo Martínez

No hace falta ser un experto en ajedrez para reconocer sus virtudes educativas. Como las reglas son muy sencillas, empezar a jugar es muy fácil. Hay gente que lleva toda la vida practicando y jamás ha estudiado estrategias. Y hay ajedrecistas que analizan partidas ajenas, aprenden jugadas específicas y estudian las obras de los expertos. Existen muchos centros educativos que ya cuentan con esta actividad. En el IES Seritium, por ejemplo, el profesor de Lengua y Literatura Agustín Celis ha creado un taller de ajedrez en los recreos. La respuesta del alumnado ha sido muy positiva hasta el momento.
Leontxo García, periodista especializado en ajedrez, tiene muy claro que se trata de una excelente herramienta educativa. En “Ajedrez y ciencia, pasiones mezcladas” (Crítica, 2013) afirma que sirve para desarrollar la inteligencia y para combatir el Alzheimer. Es muy barato, universal y puede jugarse por Internet. Además conecta las artes y las ciencias. A lo largo de su experiencia, ha encontrado 24 cualidades o capacidades que se desarrollan al practicarlo: concentración, memoria, razonamiento lógico, pensamiento científico, autocrítica, responsabilidad personal, motivación, autoestima, planificación, previsión de consecuencias, capacidad de cálculo, imaginación, creatividad, paciencia, disciplina, tenacidad, atención a varias cosas a la vez, cálculo de riesgos, deportividad, sangre fría, cumplimiento de las reglas, respeto al adversario, visión espacial y combatividad.
En matemáticas, los niños y niñas que juegan al ajedrez mejoran el cálculo y el razonamiento lógico, y lo mismo ocurre en lengua con la comprensión lectora. Hay programas educativos que introducen este juego ya en preescolar. Con los más pequeños no hace falta dominar todas las reglas. Las piezas sirven para ir adquiriendo nociones espaciales, temporales, formales y sociales. Leontxo insiste en que también es útil para la inteligencia emocional.
En el libro citado, dialoga con Fernand Gobet, gran jugador y científico dedicado a la psicología. Gobet es más escéptico: no existen pruebas concluyentes de los beneficios cognitivos del ajedrez. Leontxo es partidario de introducir el ajedrez en los colegios. Piensa que mejoraría muchas capacidades del alumnado. Sin embargo, Fernand Gobet no cree que el ajedrez aporte nada especial en ese sentido. Desmitifica la importancia que algunos le dan. No cree que “los ajedrecistas sean mejores a la hora de pensar en general”. Además, insiste en que una vez que se domina el juego, se utilizan patrones de forma rutinaria, mecánica. Las capacidades mencionadas por Leontxo solo se desarrollarían al principio, en la fase de aprendizaje del juego. Gobet es muy crítico con la idea de la transferencia del ajedrez a otras áreas del conocimiento: “Si practicas mucha geometría serás muy bueno en geometría, pero nada más.” Al menos, reconoce que el ajedrez sí es especialmente útil para los niños con problemas de atención. Y ambos están de acuerdo en que no es bueno que los alumnos se obsesionen con el ajedrez…
Francisco J. Fernández en “El ajedrez de la filosofía” (Plaza y Valdés, 2010) lleva a cabo una aproximación filosófica al ajedrez. El autor es Doctor en Filosofía por la Universidad del País Vasco con una tesis sobre la Teoría de los Principios en Leibniz. Sostiene que el ajedrez no ha sido objeto de un estudio filosófico como se merece. Nos cuenta cómo empezó a jugar, a leer libros y revistas, y a preocuparse por todos los asuntos conceptuales que rodean este juego. Gran parte de ese recorrido transcurre en Andalucía, como profesor de instituto y jugador.
El libro es una especie de autobiografía intelectual, de ahí que sea muy ameno, a pesar de los asuntos tan complejos que aborda: el ajedrez y los ordenadores, el enfoque jurídico para comprender el juego, el estilo sincrónico frente al estilo diacrónico, los sistemas formales, la perspectiva lingüística… El ajedrez ha nutrido de metáforas a todas las ciencias, pero ha sido especialmente fecundo en la lógica, la matemática y la lingüística. Así, el juego puede ser comparado con el sistema axiomático, o puede ser utilizado para analizar la relación entre la sintaxis y la semántica. Tampoco se olvida de la pragmática… Hay reflexiones sobre la enseñanza del ajedrez, comentarios de algunos movimientos y partidas… Por supuesto aparecen los grandes maestros, y se pregunta por lo que significa ser un genio en este juego. Como Leontxo, Francisco J. Fernández también cree que jugar al ajedrez mejora muchas de las capacidades del alumnado.

https://www.diariodejerez.es/jerez/Pensar-ajedrez_0_1427857632.html

miércoles, 1 de enero de 2020

CALENDARIO DE TALLERES LEIBNIZ 2020


Cándido, propietario de los Talleres Leibniz, no se olvida de mí. Ya me ha llegado el nuevo almanaque. El lema para el 2020 no ha cambiado: Usted vive en el mejor de los mundos posibles. Y si no es así, nosotros se lo reparamos. Enero viene ilustrado con un retrato de Tomás Moro. Parece un montaje porque, en lugar de llevar un libro en las manos, porta su propia cabeza, eso sí, guiñando un ojo, el izquierdo. Para febrero ha escogido la imagen de un desierto, sin arena, sin piedras... Tiene toda la pinta de un error de imprenta, a no ser que represente una invitación al nihilismo o al minimalismo. La frase de marzo es inquietante: Sin presupuestos no hay paraíso. Como era de esperar, para abril nos ofrece tres colores, junto con un pensamiento primaveral: O yo o la nada. El calendario de este año nos anima a cultivar un prudente hedonismo, por supuesto materialista. En mayo hay una advertencia: No acepte las ofertas sobre el otro mundo. Uno de los meses está dedicado a los escritores: Por el estilo os reconocerán. Lo de octubre es un misterio: Procedimiento para construir un nuevo motor inmóvil. Y noviembre para los artistas: El arte sin pretensiones revolucionarias nace muerto. Cándido sabe lo que hace, no en vano sus talleres tienen fama metafísica entre los hermeneutas del engranaje universal. Si quiere pasar con éxito la Inspección Teórica de la Vida, no dude en acercarse a las instalaciones de Cándido, sitas en el polígono regular, junto a los sólidos platónicos.

martes, 10 de diciembre de 2019

EDUCAR PARA RESISTIR CON DIGNIDAD

Ilustración de Domingo Martínez
        Imaginamos la historia como una línea, una flecha que crece en una dirección, como algo que se desenrolla y despliega. Nos vemos instalados en la vanguardia, inaugurando nuevos tiempos y mirando por encima del hombro a los que nos precedieron. Pensamos que hemos mejorado y que aquellas desgracias pasadas ya no son asunto nuestro. En los últimos años, sin embargo, también hemos comprobado lo que significa retroceder.
        El 10 de diciembre de 1948 la Asamblea General de la ONU aprobó la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Después de dos guerras horribles parece que por fin aprendimos la lección. Nada puede pisotear la dignidad humana, en ninguna parte del mundo. Los derechos humanos son inalienables y deben ser siempre respetados, por encima de cualquier ideología o forma de gobierno.
       El texto fue redactado por Dr. Charles Malik (Líbano), Alexandre Bogomolov (URSS), Dr. Peng-chun Chang (China), René Cassin (Francia), Eleanor Roosevelt (EEUU), Charles Dukes (Reino Unido), William Hodgson (Australia), Hernan Santa Cruz (Chile) y John P. Humphrey (Canadá). Y ha sido publicado en más de 500 idiomas, incluido el esperanto. Es un documento revolucionario, el fundamento de las democracias liberales y el orden internacional actual. La declaración consta solo de 30 artículos. Hay derechos políticos y derechos sociales. Los primeros tienen que ver con la libertad, y los segundos con el bienestar y la justicia social. El hecho de que la declaración pueda ampliarse con nuevas generaciones de derechos  significa que no es una tabla cerrada. Está redactada en un momento histórico concreto. Y como las sociedades cambian, lo lógico es que esa declaración tenga que completarse.
         En cuanto a la fundamentación filosófica, tenemos a los que hablan de una esencia fija de la naturaleza humana y los que se decantan por una construcción social de todo lo humano, por lo tanto en evolución y revisable. El marxismo y el relativismo cultural han sido críticos con la declaración, al menos desde el punto de vista teórico. Los primeros consideran que esos derechos aparentan ser universales pero no lo son, ya que están al servicio de la burguesía. Se trataría de una ideología, un aparato jurídico, para justificar y facilitar el modo de producción capitalista. Lo que se presenta como universal y natural solo es, en realidad, un instrumento al servicio de los capitalistas. Para lo relativistas, esta declaración ha surgido en una cultura concreta, la occidental, pero se nos muestra como si abarcara todas las formas de humanidad. Asistiríamos a un imperialismo cultural encubierto. Los derechos del ciudadano nacieron con el humanismo ilustrado occidental. Luego llegó el proceso de industrialización y el libre mercado. Tanto para marxistas como para relativistas, esta declaración no es la única posible, ya que está elaborada desde una perspectiva concreta, parcial.
     Los derechos humanos se basan en que las personas tenemos dignidad, no precio. Nadie puede utilizarnos como un medio para alcanzar sus fines, porque no somos meros objetos. Poseemos un valor absoluto: cada persona es un fin en sí mismo. La dignidad es un asunto filosófico poco tratado, nos dice Javier Gomá Lanzón en su último libro (Dignidad, Galaxia Gutenberg, 2019). En el primer capítulo sostiene que podría definirse la dignidad “como aquello inexpropiable que hace al individuo resistente a todo, interés general o bien común incluidos”. También como “lo que estorba”. La dignidad tiene un efecto paralizante, dice, ya que nos obliga a detenernos y pensar en los más débiles, en los desfavorecidos, frente a toda tiranía, venga del Estado, la rentabilidad económica, el progreso técnico o la cruel lucha por la supervivencia. Y esta dignidad la poseemos todos por igual desde nacimiento, sea cual sea nuestro comportamiento en la vida.
     Necesitamos repensar constantemente los derechos humanos, para saber resistir y mantenernos a salvo. El sistema educativo, además de profesionales, debe generar ciudadanos, personas conscientes de su dignidad, de sus derechos fundamentales. Lo hemos aprendido: las conquistas sociales y éticas siempre están amenazadas por brotes impredecibles de irracionalidad. 

martes, 19 de noviembre de 2019

MITOS, PREJUICIOS Y CIENCIA ABIERTA

  
Ilustración de Domingo Martínez
          El 10 noviembre se celebra el Día Mundial de la Ciencia para la Paz y el Desarrollo. Este año se hace hincapié en promover una “ciencia abierta”. Se conmemora en todo el mundo desde el año 2002 para recordar el compromiso asumido en la Conferencia Mundial sobre la Ciencia que se llevó cabo en Budapest en 1999, según nos explican en la página de la ONU. Allí se aprobó la “Declaración sobre la ciencia y el uso del saber científico”. Desde 1986 se celebra también estos días La Semana Internacional de la Ciencia y la Paz.
         La declaración de Budapest es muy razonable. Parte de la estrecha relación entre la ciencia, la tecnología y la sociedad. El conocimiento debe ser utilizado para mejorar la vida de las personas, desde el punto de vista económico, médico, social, cultural y político. Se reclama en ese texto un debate democrático sobre la producción y aplicación del conocimiento. Y para que los beneficios de los avances lleguen a todos, se exige una reflexión sobre los grandes desequilibrios sociales existentes.
     El objetivo de este año es que la ciencia sea accesible a todos los ciudadanos. Es decir, la investigación científica y los datos tienen que estar al alcance de todos. Por lo tanto, habría que eliminar todas las brechas que convierten la ciencia en un recinto cerrado. En el sistema educativo no podemos acabar con todas ellas. No podemos modificar el proceso de elaboración de los Planes de I+D+i, que podría ser más participativo. Tampoco podemos cambiar el sistema de investigación, con la distribución de recursos económicos y méritos académicos…
     En lo que sí tenemos cierta responsabilidad, junto con los medios de comunicación, es en promover las vocaciones investigadoras y ofrecer una adecuada formación básica. Las tareas de divulgación son esenciales para despertar la admiración y el deseo de saber. Aquí es crucial qué imagen de la actividad científica transmitimos a los jóvenes. Porque a veces da la sensación de que hay un escalón insalvable entre los expertos y el resto de la población. Como si habitaran en otro mundo. Manejamos estereotipos que circulan en los libros de texto, en el cine y en los medios de comunicación. Son clichés que no nos muestran cómo es el verdadero trabajo de un investigador. 
         Hay varios mitos y prejuicios acerca de cómo funciona la ciencia que convendría repensar. En primer lugar, deberíamos cambiar el singular por el plural, y hablar de prácticas científicas. No hay un método único para todas las ciencias. Hay muchas formas de investigar. En segundo lugar, la verdad, la coherencia y la utilidad son muy importantes, pero hay otros valores que impregnan la actividad de los científicos, como los estéticos y éticos. Las ciencias son actividades humanas, condicionadas por intereses, por el contexto social y cultural. Nadie se libra completamente de los sesgos cognitivos. En tercer lugar, la investigación no es un hecho solitario, de un genio aislado y con capacidades sobrehumanas. El trabajo científico es colectivo, funciona en equipos, en redes. En cuarto lugar, la política científica no corresponde solo a los expertos. Todos los ciudadanos podemos participar y decidir en qué se debe investigar… En el fondo, todos estos mitos han contribuido a deshumanizar la labor de los científicos.
       Hay dos libros que pueden ayudarnos a reflexionar sobre esa imagen distorsionada. “La manzana de Newton y otros mitos acerca de la ciencia”, editado por Biblioteca Buridán, es una obra colectiva en la que diferentes especialistas analizan 27 mitos. Hay mitos de la historia de la ciencia sobre temas concretos que todavía aparecen en algunos manuales. Patricia Fara, por ejemplo, habla de uno muy conocido: “Que la manzana cayó de verdad y que Newton inventó la Ley de la Gravedad, eliminando con ello a Dios del Cosmos.” También hay mitos de cuestiones generales. Michael D. Gordin aborda otro muy extendido: “Que hay una clara línea de demarcación entre la ciencia y la pseudociencia”.
     “Perdidos en las matemáticas. Cómo la belleza confunde a los físicos” es de Sabine Hossenfelder, publicado por Ariel. La autora es una física dedicada a la gravedad cuántica. Conversa con varios físicos actuales para hablar sobre qué papel representan criterios como la belleza, la simplicidad, la naturalidad y la elegancia a la hora de aceptar teorías en física de partículas. Reflexiona sobre los sesgos que influyen en los investigadores, el papel de los experimentos y de las matemáticas, la estructura de las comunidades  científicas, los intereses, las dinámicas internas…

https://www.diariodejerez.es/jerez/educacion-mitos-ciencia-abierta_0_1411059411.html

domingo, 10 de noviembre de 2019

TIENDA DONDE SE VENDEN LIBROS

       
Foto de Francesc Catalá Roca
   
        Me encantan las definiciones. Son tan escurridizas… Y me gustan todas, tanto las que aciertan como las que resultan ambiguas, incompletas, muy largas, muy cortas, simples, barrocas… En los diccionarios hay muchas, casi de todos los seres que existen en el universo. Abarcan todos los entes, nada más y nada menos, incluidas las librerías... Tienda donde se venden libros. El académico ha dado en el clavo. Podría haberse enredado con la actividad cultural y social de esos establecimientos, pero no. Se ha ceñido al asunto, a la esencia. Allí compramos conjuntos de muchas hojas de papel u otro material que, encuadernadas, forman un volumen.
         En un mundo digital donde todo lo referido a la cultura tiende a ser o parecer gratis, esta definición es subversiva, provocadora. Lo que antaño nos parecía una simpleza, ahora nos encandila por su perspicacia, por su espíritu crítico. En un mundo atolondrado, las verdades del barquero son sentencias revolucionarias. Y es que nos estamos acostumbrando mal. Recuerden cuando nos reíamos de los niños de ciudad que pensaban que la leche salía del tetrabrik. Ahora, los habitantes del ciberespacio pensamos que los productos culturales salen del móvil… Al entrar en una librería se produce la anamnesis. La atención de los libreros, la presencia de alguna escritora, el olor a papel… todo ello nos hace recordar que de la nada es imposible que surja algo.
         El librero es la persona que tiene por oficio vender libros, aunque a veces no lo parezca. Tenemos constancia de que a algunos les da por recomendar lecturas, presentar a escritores, organizar talleres literarios, incluso hablan de materias ajenas al cambio de libros por dinero... Así que se entretienen en lo accidental y dejan de lado lo esencial. Todos somos humanos. Hay que saber perdonar estos descuidos. En su defensa argumentan que vender un libro no es tarea fácil. No lo es cuando el lector no sabe nada ni cuando cree que los sabe todo… En el primer caso se inicia un interrogatorio detectivesco, para dar con el misterioso ejemplar. En el segundo, el cliente entabla una jugosa conversación sobre por qué quiere ese título. Es un espacio para crear comunidad…
         Acudo al diccionario para comprobar si en algún lugar los libros y el espacio aparecen juntos. En ninguna definición se los relaciona directamente. Que los libros ocupan espacio es una de las leyendas urbanas y rurales más extendidas. Mire hacia su biblioteca, contemple su libro preferido, y dígame si ocupa espacio. Nadie en su sano juicio es capaz de semejante teoría, descabellada y peregrina. El espacio es la extensión que contiene toda la materia existente. Como mucho el espacio contiene libros, que es muy distinto… Y lo mismo ocurre con el tiempo, duración de las cosas sujetas a mudanza. La lectura no consume tiempo. Como mucho, lo crea. En las librerías, el espacio y el tiempo se retuercen ante la presencia de las letras, las historias, los poemas y los ensayos. Tengan cuidado, unos instantes con los libreros pueden convertirse en horas fuera del mágico recinto. Cuando salimos a la calle, el mundo ha cambiado, quizás ni nos esperen ya.
         El lector es el que lee, y punto. Qué fácil es decirlo… El escritor es el que escribe, otro punto. Qué fácil es desearlo… Para leer se requiere paciencia, plasticidad mental, ganas de disfrutar, deseos de soñar y un ligero olvido del mundo. Los escritores deberían ser moderados en cuanto a la calidad de sus textos. Los libros muy buenos animan a leer sin piedad, sin misericordia. Volvemos corriendo a la librería y pedimos todo lo que tengan sobre una escritora. Todo, absolutamente todo. Lo que ella escribió y lo que otros han contado sobre ella, sobre su entorno o sobre sus huellas. Menos mal que los libreros, nada más vernos llegar con esa cara de lunáticos, nos cogen de la mano, nos tranquilizan y nos conducen por los laberintos que se ocultan en el espacio enrevesado de la librería. Y si la cosa es grave, nos recetan un buen club de lectura o un taller literario que está a punto de comenzar detrás de los libros de viajes.

https://www.lavozdelsur.es/tienda-donde-se-venden-libros/

martes, 8 de octubre de 2019

REVISAR LOS NIVELES

Ilustración de Domingo Martínez
          Tenemos la moral por los suelos, diría hoy el profesor Aranguren. Vivimos entre el desencanto y la desmoralización, “la pérdida de confianza en la empresa del quehacer colectivo, que trasciende el personal de cada uno de nosotros”, aclaraba en “De ética y de moral”. Y esa es hoy la palabra clave, confianza. Hemos pasado de la indignación al desánimo. Nos invade una terrible desgana moral, una desidia cívica. Ya no confiamos en las palabras de nuestros representantes ni en nuestra capacidad para transformar la realidad. Si los cimientos éticos y políticos se erosionan, la ruina puede llegar a ser incluso existencial: “Un hombre desmoralizado es simplemente un hombre que no está en posesión de sí mismo, que está fuera de su radical autenticidad y por ello no vive su vida, y por ello no crea, no fecunda, no hinche su destino”, explicaba Ortega y Gasset en “Por qué he escrito El hombre a la defensiva”.
         Nos urge levantar la moral de la ciudadanía… El problema es que tampoco sabemos a quién corresponde hoy esa tarea. Ignoramos por dónde empezar. Descartados los políticos, de momento, habrá que mirar hacia otro lado para encontrar verdaderos animadores morales. A lo mejor son los intelectuales, profesores, científicos, artistas, periodistas, panaderos, médicos, agricultores, deportistas… Tampoco los docentes tenemos claro cómo se puede recuperar esa confianza, con qué métodos y contenidos. Cuando insistimos en la importancia del diálogo y los consensos en los parlamentos… Cuando decimos que en política el bien común ha de estar por encima de los intereses particulares… Nos topamos con un muro de sospecha y rechazo.
         Desde un punto de vista realista y pragmático, quizás sea cierto que nuestras democracias funcionan a pesar del desencanto y la desmoralización de sus ciudadanos. La abstención es preocupante, nos dicen, pero no paraliza la maquinaria procedimental. Las consideraciones éticas de los ciudadanos están en segundo plano, como un adorno. De hecho, el entusiasmo ético puede llegar a convertirse en un estorbo… El nivel de conciencia cívica tiene un máximo, insinúan. Si el ciudadano lo sobrepasa, pone en cuestión las normas del sistema. Se vuelve un revolucionario… ¿Es necesario un mínimo de compromiso moral con las instituciones? Imaginemos un partido de baloncesto en el que los jugadores desconfían de todo, de las reglas, de la autoridad de los árbitros, de su propio entrenador, de su club… Este nihilismo deportivo convertiría el juego en un mero mecanismo sin sentido.
         Las causas del desánimo político son bastante conocidas. Para Francisco Fernández Buey (“Ética y filosofía política”), la tecnificación y la mercantilización de los partidos han conducido a que funcionen como oligarquías. Todos los partidos son maquinarias electorales al servicio de un líder. Y las nuevas formaciones tardan muy poco tiempo en imitar a las viejas. La ciudadanía siente que su voto no sirve para nada y aumenta la abstención. Además, esta crisis de representación afecta sobre todo a los de abajo, a los excluidos del sistema, a los que viven en precario.
         A estas alturas, la confianza moral ya no se recupera con promesas, sino con reformas estructurales. Ya son demasiadas las promesas incumplidas por la democracia representativa. A no ser, claro, que el objetivo consista en mantenernos en la apatía política, para no molestar. Esas reformas nos remiten al problema de la esencia de la democracia, a pensar qué debería ser de verdad y a mejorarla. Para animar a la ciudadanía es preciso crear nuevos cauces participativos. Los niveles de compromiso ético con la democracia solo se recuperarán profundizando en ella. Ni votar ni pertenecer a un partido político son suficientes. Cuesta convencer a la gente de que ir a votar es bueno, que es un derecho democrático y, quizás, un deber. Uno no se siente con fuerza moral para animar a los demás a formar parte de un partido político… Es cierto que nos quedan las asociaciones. Se puede hacer una gran labor cívica en ellas, pero no generan cambios legislativos de forma directa. Necesitamos inventar mecanismos intermedios en los que el ciudadano pueda desplegar su racionalidad práctica. ¡A pensar!


jueves, 22 de agosto de 2019

ÉTICA DE ROEDORES: INTEMPESTIVO

   

       Nada parece suceder en su momento oportuno. Los malditos roedores no saben ya a qué atenerse. El terrible dinosaurio domina los tiempos de todos los organismos del bosque. Lo que ayer era posible hoy es intempestivo. Quizás esos grandes seres conozcan otras leyes de la naturaleza, ajenas al ruin intelecto del roedor común. La vieja sabiduría del bosque profundo aconseja no precipitarse. El momento oportuno, ese que no debemos dejar escapar, solo se presenta ante las mentes prudentes, las que saben esperar lo necesario. Esa misma ciencia del mundo nos recuerda que el roedor no es un árbol, ni una seta. Esperar más de lo debido nos convierte en piedras, cantos rodados. Sabe el filósofo que no hay un algoritmo para atrapar a kairós, ni lo habrá. Habitamos la incertidumbre de las sombras. Nadie conoce las leyes de la sazón universal, ni las conocerá. Claro, el terrible dinosaurio aparenta saber más de la cuenta, así intimida al maldito roedor. 

martes, 30 de julio de 2019

ÉTICA DE ROEDORES: UNDERGROUND

Foto de Juan Carlos González

    Hay un flujo vital subterráneo que nunca saldrá del todo a la luz, un mundo que yace bajo tierra, lleno de ideas, deseos, imágenes, formas, bocetos, intuiciones, argumentos, perspectivas... De ese pensamiento brota la resistencia ética y estética. Si saliera a la luz, se convertiría en estatua de sal, en producto. Sabe el filósofo que hay muchos estratos en las profundidades, y que del último lo ignoramos todo. En la superficie habita la luz que clasifica y banaliza. Es el espectáculo del mercado: la alegoría de la caverna, pero al revés. Los roedores encadenados deambulamos por la zona iluminada por el sol, tan dorado y reluciente. Vivimos como urracas aturdidas. Los de abajo son libres, en la oscuridad, donde no llega la radiación que convierte todo en mercancía. Pero la luz ciega y atrae con una poderosa fuerza... La oscuridad es un sinvivir, sentencia el gran dinosaurio. No es de extrañar, piensa el filósofo, que el roedor inquieto frecuente las zonas sombrías del bosque, pliegues terrosos a los que no tiene acceso la mirada de la bestia, aunque sí su alarido encolerizado. Las sombras nos hacen recordar lo que quisimos ser de verdad. Ese flujo vital nunca será atrapado por los moldes luminosos que dan forma al teatro universal. Y con esta imposibilidad sueña el dinosaurio todas las noches. Le acosan pesadillas horribles... ¡Cuesta tanto domar a todos los roedores! ¡Siempre escondidos entre las raíces! ¿Por qué no se conforman nunca con con nada?

martes, 11 de junio de 2019

LECTOR DE DICCIONARIOS

       

        Las palabras a veces nos provocan extrañeza estética. Estás leyendo y, de repente, tienes que frenar en seco. No es necesario que la palabra sea nueva, rara o culta. Puedes haberla usado todos los días de tu vida, pero ahora te obliga a parar y contemplarla como nunca lo habías hecho, con una mezcla de placer y asombro: se abre un abismo en nuestra mente ante lo sublime del lenguaje.
         Esa experiencia estética no acaba ahí. Acudimos al diccionario para saber más de esa palabra, todo lo que esté a nuestro alcance. Queremos precisar el significado, su uso y su origen. Hemos caído en una enrevesada trampa, porque un término nos lleva a otro en una cadena sin fin.
          Así se convierte uno en lector de diccionarios. Llega un momento en el que no hace falta un cebo. Nos adentramos en el diccionario para ver qué hay en el universo, para explorar una ruta nueva, desde el azar, la curiosidad o como forma de huir del aburrimiento que genera el lenguaje de plástico tan desnutrido que nos invade hoy.
         Los diccionarios nos ayudan a leer, una tarea irrealizable según dice Ortega y Gasset en su comentario al Banquete de Platón. “Leer, leer un libro es, como todas las demás ocupaciones propiamente humanas, una faena utópica.” Porque el proyecto de entender completamente un texto es una labor imposible. Su "Axiomática para una nueva filología” se resume en dos principios: 1º Todo decir es deficiente (dice menos de lo que quiere). 2º Todo decir es exuberante (da a entender más de lo que propone).
         Ya en el siglo XIII a. C. existían listas de palabras ordenadas en acadio para ayudar a los escribas, nos explica Javier López Facal en su libro La presunta autoridad de los diccionarios (Los libros de la Catarata, 2010). En el templo funerario de Ramsés II, también de esa época, se encontró una colección de palabras ordenadas por familias léxicas. En la Grecia arcaica y clásica los glosógrafos, escritores de glosas, realizaban aclaraciones con fines escolares, con sinónimos, para entender la Ilíada y la Odisea. Elaboraban listas de palabras raras, fuera de uso, para que los lectores comprendieran esas grandes obras. Javier López Facal sitúa en Alejandría el nacimiento de la lexicografía griega, en el entorno del Museo y la Biblioteca, sobre el siglo III a. C.  Ahí comienza una historia que llega hasta Wikipedia.
         Elaborar diccionarios es una de las tareas más duras y necesarias.  Tanto en solitario como en grupo, se trata de una labor que puede durar varias décadas, incluso toda una vida. Ahora, con los ordenadores y las bases de datos, nos parece relativamente fácil, pero imagínense a María Moliner rellenando sus fichas en casa… Aunque se utilicen los diccionarios anteriores como base, el lexicógrafo siempre desea ampliar y actualizar la lista de palabras.
         Y es una labor de los humanistas, de los que se dedican a la humanidades, tan inútiles según algunos. Hay que animar a nuestros alumnos a que se dediquen a las ciencias del lenguaje. Así tendrán acceso a uno de los mayores placeres intelectuales y participarán en una de las actividades más útiles para la civilización. En la llamada sociedad del conocimiento necesitamos buenos diccionarios y enciclopedias, en papel y digitales.
         Los diccionarios nos liberan de la ignorancia. Disuelven el aura sagrada de las palabras técnicas y desmitifican el lenguaje culto. La etimología nos asombra a todos los lectores porque nos muestra estratos ocultos de realidad y belleza. El lenguaje es una red de redes, una telaraña de infinitos nodos y niveles que está al alcance de cualquiera. Conocer esas redes léxicas nos facilita el manejo de los vocabularios científicos, ya sea en la biología o en el derecho. Con el lenguaje se configura el mundo. Si las palabras son una caja negra o un ídolo sagrado, alguien las utilizará para tener más poder sobre ti.
https://www.diariodejerez.es/jerez/Lector-diccionarios_0_1362764166.html

martes, 14 de mayo de 2019

ÉTICA Y POLÍTICA: EL BIEN COMÚN

           


        Los ciudadanos solemos anteponer los valores éticos a cualquier proyecto económico, social o cultural. Exigimos unos mínimos éticos a nuestros representantes. Sin embargo, esas expectativas no se cumplen. Decepcionados, creemos que los políticos solo desean alcanzar el poder y que harán cualquier cosa para obtenerlo. Predomina la racionalidad estratégica: los votantes somos un mero medio para satisfacer sus deseos. De las otras dimensiones de la racionalidad, como la ética y la comunicativa, ni hablamos. Cuando son mencionadas es para adornar el discurso, nada más. La mayoría de los políticos, quizás todos, están atrapados en las maquinarias de sus partidos. De aquí se derivarían muchos vicios, como el engaño, la codicia, el abuso, la manipulación, la imprudencia, la intolerancia… Obnubilados por las riquezas y el poder, tratan como objetos a los votantes y a los contrincantes.
         Desde los griegos, la política se ha relacionado con el bien común, uno de los conceptos más escurridizos. La mayoría de las definiciones nos dejan insatisfechos: los asuntos públicos, el interés general, la razón de Estado… Definirlo no es el mayor problema. Lo realmente poco probable es que el político actúe pensando únicamente en el bien colectivo. Y es que hay algo que no cuadra. Por un lado, educamos para sobrevivir en una sociedad individualista, donde solo se valora la búsqueda del beneficio privado. Pero, por otro, exigimos que nuestros gobernantes, olvidando ese adiestramiento, hagan lo contrario y solo se fijen en el bien común…
         Sabemos que es muy complicado llegar a un acuerdo sobre qué es el bien común, pero también sabemos que es la idea regulativa que orienta nuestra convivencia. Se trata de un postulado de la racionalidad política. Existen bienes y servicios públicos que hay que gestionar. Vivir en comunidad implica asumir que compartimos espacios y que cooperamos para resolver los asuntos de todos. La pluralidad de intereses confluye en la unidad, en la armonía del todo. El bien común, en singular, hace referencia a un bien que no es la simple suma de los bienes que persiguen los individuos. A lo mejor es el bienestar, la felicidad, donde incluimos la justicia y la libertad… El bien común se transforma con el tiempo. Lo vamos concretando con cada decisión colectiva, con cada deliberación. Cuando en el parlamento aprobamos una ley, decimos que lo hacemos por el bien común, no por intereses particulares. En una sociedad perfecta, el bien común y los bienes individuales no entran en conflicto.
         Quizás sea hora de ampliar los conceptos de ética y política. Además de las virtudes clásicas, necesitamos otras nuevas. El político ha de ser honesto, inteligente, prudente, justo, sincero, valiente… Pero también tiene que ser creativo, porque el bien común se construye, se interpreta, se rediseña y se inventa. Y las virtudes relacionadas con la gestión han de ser superadas por las virtudes de la innovación y el ingenio. Los recursos son limitados, pero nuestra imaginación no. Da la impresión de que nos hemos resignado a realizar políticas de supervivencia, donde el ámbito de los sueños ha desaparecido porque ya solo miramos al suelo. No viene mal recuperar ese horizonte utópico. Imaginar lo que no tiene lugar, lo que aún no existe, es condición necesaria para la política. Si abandonamos la tarea de imaginar el bien común, nos quedamos sólo con la técnica y el aburrimiento.
         Platón decía que había que poner a prueba a los futuros gobernantes para detectar si obraban por el bien del Estado. El que haya sido seducido por los placeres, aterrado por los peligros o cegado por el ansia de riquezas, es decir, el que haya olvidado que siempre es necesario tener como fin el bien común, deberá ser rechazado. Algo parecido habría que hacer con las virtudes relativas a la imaginación. Si observamos que los que aspiran a gobernar la ciudad carecen de creatividad, habrá que descartarlos. En lugar de mítines donde se repiten frases hechas, en lugar de diálogos que son monólogos, deberíamos proponerles un conjunto de retos para que exhiban la capacidad de pensar sobre el poliédrico interés general y la habilidad de hacer mucho con muy poco o casi nada. 

martes, 9 de abril de 2019

MÁQUINAS HABITABLES

           Las vanguardias de principios del siglo XX, cada una a su manera, pretendieron transformar la actividad artística y la realidad social. La herida de la Gran Guerra no solo fue política y económica. La sensación de vacío y deshumanización impregnó las conciencias de los intelectuales. Había que redefinir el papel de las artes en una sociedad industrializada. Para dar a luz un mundo nuevo era necesario superar las viejas distinciones y desarrollar la obra de arte total. Todos los revolucionarios quieren partir de cero, hacer tabla rasa, para generar algo radicalmente nuevo y puro. La metáfora de la construcción suele ser muy útil: derribar el viejo y confuso edificio para levantar otro más sólido y luminoso, desde unos cimientos sanos.
         La Bauhaus ha sido definida como un experimento artístico y pedagógico que se nutrió del espíritu de las vanguardias artísticas y políticas del momento. Walter Gropius se propuso crear una escuela en la que el artesano y el artista volvieran a encontrarse. Los alumnos debían abandonar todos sus prejuicios y ponerse en contacto directo con los materiales. Dominar un oficio es la condición de posibilidad de la creatividad. Y la arquitectura será la disciplina encargada de integrar todas estas artes. El edificio reúne todas las técnicas, desde la distribución del espacio hasta el diseño de los muebles. “Anhelemos, concibamos, creemos conjuntamente la nueva arquitectura del futuro, en la que todo estará en una entidad: arquitectura y escultura y pintura, que millares de manos de artesanos elevarán hacia el cielo como símbolo cristalino de una nueva fe que está surgiendo”, dice Gropius en el manifiesto de 1919.
         Ya Marx había señalado algunas de las contradicciones de la mecanización, la producción en serie y la división del trabajo. Al mismo tiempo que el obrero se alienaba, el artesano, que desde antaño realizaba la obra de principio a fin, estaba en peligro de extinción. Además, el artista parecía haberse alejado del trabajo manual, del oficio. La Bauhaus desea recuperar la vieja idea europea de arte y cultura, pero dentro de la sociedad industrial y de consumo que se avecina. Si quiere resolver estos problemas, su programa ha de ser interdisciplinar. Por lo tanto, en su comunidad ofrece una enseñanza manual e intelectual, incluso un modo de vida.
         Los primeros años de la escuela están marcados por el expresionismo. El contacto con la materia es el camino para que emerja lo que habita en el creador. Johannes Itten, mediante su enfoque ascético y místico, pretende que los alumnos aprendan a expresarse a través de su interacción con la materia. Y los maestros, como Klee y Kandinsky, buscan una teoría de la forma y del color. Se trata de un ejercicio de análisis y síntesis. El artista parte de lo simple: la rueda del color junto con las tres figuras básicas, el triángulo, el cuadrado y el círculo. Quien domine esas nociones podrá llegar a lo complejo, a expresar lo que no se puede ver.
         La fusión de arte, ciencia e industria comienza a concretarse con la llegada de artistas afines al neoplasticismo, constructivismo holandés, y al funcionalismo. Se diseña a través de rectas y planos, y se abandona la ornamentación innecesaria. La tipografía, geometría con colores puros, representa el estilo Bauhaus en la escritura, en los carteles, en la publicidad… Diseñan muebles y casas modelo. El arquitecto ofrece un tratamiento racional del espacio. Pero surge un estilo demasiado frío y deshumanizado, según algunos críticos. La racionalidad técnica y la mecanización de lo orgánico son presentadas como sinónimos de modernidad y progreso.
         La historia de la Bauhaus refleja muy bien dos contradicciones conceptuales de la cultura contemporánea europea. Por un lado, en la escuela tienen que convivir la intuición y la razón. La racionalización puede ayudar a expresar lo más elevado de la condición humana, pero también corre el riesgo de desembocar en deshumanización. Por otro, el artista puede dedicarse a la forma pura, y ser autónomo. Ese ensimismamiento lo aleja de la sociedad, de la vida cotidiana de los ciudadanos y sus problemas reales. Sin embargo, la fusión de arte y vida conducirá a la heteronomía, al arte como siervo de la política o de la industria. El diseño industrial, la arquitectura funcionalista y las técnicas de publicidad muestran a veces lo mejor y a veces lo peor de nuestra forma de vida: libertad expresiva y creatividad frente a servilismo y alienación. Quizás la obra de arte total sea este mismo embrollo, del que por suerte nunca saldremos.

viernes, 8 de marzo de 2019

EXTENSIONES

      Me imagino a mis padres sentados en el horno mientras se miran en silencio. Se recuerdan todo con la mirada. Oscurece en la calle y solo el perro del pastor rompe el silencio. Ya no hay que cocer mañana. No hace falta preparar la leña, ni la harina, ni la levadura. El horno está frío. Los ladrillos húmedos, con el moho del olvido. Todo está hecho ya, la artesa vacía, los tableros sin pan, y el pan sin harina. Ya no hace falta pensar. Nadie quiere el pan. Se miran sentados en el horno, callados. No pueden hablar. La niebla atraviesa el tiempo. Recuerdan el agua del canal, las esclusas y las barcas. Pero les cuesta recordar cómo era el calor del horno, porque ahora solo conocen la helada. El roble y la encina no arderán mañana. Permanece la cernada. Suenan las campanas y hace frío. Recuerdan todas las casas que habitaron. Baja la niebla. Y escribo al anochecer, cuando ya no hay que preparar la harina y la leña para mañana. Estoy fuera, los observo por la ventana. Están quietos y se miran a oscuras. Recuerdan frente a la mesa vacía, donde hacían el pan y los dulces. El perro del pastor ladra. Y yo escribo desde muy lejos, desde el sur.

martes, 12 de febrero de 2019

RETOS PARA LAS CIENCIAS

       El número de Investigación y Ciencia del pasado diciembre dedicaba una sección a realizar una mirada crítica sobre el estado de la ciencia global. Cuando vemos que el presidente del país más poderoso del planeta se niega a admitir las evidencias experimentales, cuando comprobamos cómo prosperan las pseudociencias, el engaño y la superstición, es necesario pararse a pensar para retomar con fuerza el espíritu ilustrado. Esa mirada autocrítica se centra en tres aspectos: la financiación, la reproducción de los experimentos y el trabajo interdisciplinar.
         John P.A. Ioannidis menciona varios problemas referidos a la inversión en ciencia. No gastamos lo suficiente en investigación, y la mayoría del dinero, dice, recae en pocas manos. No se financia a los investigadores jóvenes ni a los proyectos con ideas arriesgadas. No se recompensa a los que comparten técnicas. Hay líneas de investigación que acaparan gran parte de los fondos. Parece que se valora más la capacidad de gestión y atracción de dinero que la calidad del proyecto. Además, utilizar fuentes privadas de financiación con ánimo de lucro genera conflictos de intereses. Según una serie de artículos publicados en 2014 en The Lancet, “el 85 por ciento de la inversión en biomedicina acaba malgastándose”.
         Shannon Palus analiza un problema que afecta a la metodología científica y a la calidad de la investigación: repetir los experimentos que ha realizado otro laboratorio no es tarea fácil, cuando se supone que es uno de los pilares esenciales del buen hacer investigador. El objetivo es publicar resultados en las revistas especializadas para alcanzar prestigio académico y atraer fondos. Sin embargo, muchos de esos estudios (el 90 por ciento en algunos campos como la biomedicina) no pueden ser repetidos en otro laboratorio por otro equipo. En psicología solo el 36 por ciento de los experimentos repetidos han dado resultados similares al trabajo original. Una de las razones de estas dificultades tiene que ver con “la aversión a compartir técnicas por miedo al robo de una primicia”. Se premia la noticia impactante, no el trabajo bien verificado y desarrollado para que pueda ser utilizado por otros científicos. Poder replicar un experimento ajeno implica seguir una línea de investigación y profundizar en ella.
         Graham A. J. Worthy y Cherie, L. Yestrebsky hablan del tercer gran problema: trabajar de forma interdisciplinar. La excesiva compartimentación de la ciencia impide abordar temas de gran complejidad. Los problemas ecológicos, por ejemplo, requieren un trabajo interdisciplinar para abarcar todas las dimensiones: física, química, biológica, social, política… La especialización y la incomunicación entre áreas de trabajo “pueden limitar la creatividad, la flexibilidad y la agilidad”. Los autores comentan que no es nada fácil crear equipos interdisciplinarios porque los científicos creen que pueden perder prestigio académico. En el artículo cuentan su experiencia, bastante positiva, en la formación del Centro Nacional para la Investigación Costera Integrada (UCF Coastal), en Florida.
         Para comprender mejor el problema de la escasa cooperación entre disciplinas, recomiendo el libro “¿El mito de la ciencia interdisciplinar?” del sociólogo de la ciencia Francisco Javier Gómez González, editado por Los libros de la catarata (2016) en colaboración con la Organización de Estados Iberoamericanos. El autor explica el origen del concepto de interdisciplinariedad, los obstáculos que existen para llevarla a cabo y las actuaciones necesarias para salvarlos. Tenemos un sistema de investigación centrado en las disciplinas autónomas, aisladas. Y las barreras institucionales, administrativas y cognitivas siguen siendo muy resistentes. En el texto se expone cómo fomentar una investigación reticular y transdisciplinar, orientada a los problemas. Aporta documentos oficiales sobre el asunto y la bibliografía pertinente para seguir investigando.

domingo, 10 de febrero de 2019

RESCATE CON NOCTURNIDAD

   He rescatado unos libros. Estaban a la intemperie, encima del contenedor de papel reciclado. Alguien los ha dejado encima. Podría haberlos metido dentro directamente, pero no, los ha dejado encima. Los he visto cuando salía de casa, cuando he ido a tirar el papel acumulado. He visto su perfil recortado contra la luz de la farola. Son libros, me he dicho. Al coger uno, me he llevado la sorpresa de que eran todos de la colección Círculo Universidad, ciclo Ciencias Humanas, de Círculo de Lectores. Sin embargo, cuando los he revisado en casa, he visto que uno de ellos era de otra colección, Mundo Verde, un tomo dedicado a las aves rapaces diurnas y nocturnas. Había búhos y lechuzas, símbolos de la sabiduría, o de la nocturnidad. Recoger libros de la basura quizás no sea la tarea más higiénica que uno pueda recomendar. Ya lo sé. Pero si te encuentras con uno de los primeros libros de Filosofía que compraste hace años... Entre los ocho no estaba la Introducción a la lógica y al análisis formal de Manuel Sacristán, pero sí que estaba la Introducción a la Filosofia de Karl Jaspers. Tampoco sé exactamente de qué los he rescatado, quizás de la humedad o de la trituradora de papel. No lo sé, quizás del maldito tiempo, que todo lo arrasa. Esta es una enfermedad como otra cualquiera. Los síntomas son evidentes y el diagnóstico previsible. Dejar un libro abandonado a su suerte no está bien. 

martes, 8 de enero de 2019

DIGITALIZAR LA COMUNIDAD EDUCATIVA


   

    El determinismo tecnológico sostiene que los cambios en los sistemas técnicos implican necesariamente transformaciones en la economía, la política y la cultura. Toda revolución tecnológica ha propiciado una revolución social. Y nadie puede eludir esos procesos. Desde la primera piedra tallada hasta la inteligencia artificial, cada innovación técnica ha generado formas nuevas de organización. Ha habido cambios lentos y rápidos, positivos y negativos, locales y globales… Los optimistas aseguran que el balance es positivo, mientras que los pesimistas identifican tecnología con deshumanización.
       Los ciudadanos somos usuarios, consumidores, votantes, profesionales... Además formamos parte de instituciones y organismos. Somos nodos del tejido social, del sistema tecnológico, y no permanecemos al margen de las innovaciones técnicas. Cuando utilizamos una herramienta o una máquina, seguimos una secuencia de operaciones. La interacción con un dispositivo es una relación corporal: acciones de nuestras manos, pies, ojos, oídos y cerebros. Ponemos en práctica nuestras destrezas cognitivas, motoras y afectivas. Cada programa de operaciones asociado a la máquina nos solicita un cierto despliegue de esas destrezas. Los sistemas educativos pertenecen al sistema tecnocientífico.
        Damos por hecho que los medios que utilizamos en educación son transparentes. Entre alguien que explica y alguien que aprende es posible introducir canales, soportes, aparatos, algoritmos, gráficos, espacios, tiempos, y otras personas. Alguien explica y alguien imita. Alguien explica y alguien reproduce. Esta es la esencia de la educación. Y lo que se enseña puede ser una lista de nombres, una forma de calcular o dibujar, un modo de interpretar, una relación de acontecimientos o teorías… Alguien habla y alguien escucha. Esa estructura esencial, que nació con nuestra dimensión social y lingüística, siempre ha necesitado soportes materiales y procesos formales. Ni los soportes ni los procesos son transparentes, sino translúcidos, como filtros. Tampoco son recipientes vacíos en los que la sustancia transportada entra y sale sin sufrir alteraciones.
        No es lo mismo redactar con máquina de escribir que con un ordenador y un procesador de textos, me dijo en una ocasión un profesor. Con la vieja máquina, si te equivocas o te arrepientes, debes romper la hoja y empezar de nuevo. Esto exige mucha concentración creativa. Sin embargo, con el procesador puedes realizar infinitas correcciones, introducir adjetivos y aclaraciones hasta el infinito… El texto deja de ser una creación discursiva lineal y se convierte en un collage. Hubo una época, cuando aparecieron los primeros ordenadores personales, en la que los escritores sabían, por el estilo, si una obra había sido escrita con las viejas máquinas o con los nuevos aparatos digitales. Decía Vilém Flusser que el fotógrafo creativo debe liberarse del programa que contiene la cámara: mirar por el objetivo pero sin seguir el programa establecido por el aparato, usar la cámara para huir de ella… Las máquinas, ya sea para producir objetos o para observarlos, ejecutan el programa industrial que define qué es una imagen y qué es la realidad.
      La digitalización de los centros de enseñanza tiene como objetivo crear organizaciones educativas digitalmente competentes. Se pretende que toda la comunidad educativa utilice las tecnologías de la información para mejorar la administración del centro, el proceso de enseñanza-aprendizaje y la comunicación con las familias. Hay una fase de diagnóstico para medir nuestra competencia digital y detectar lo que necesitamos perfeccionar. PRODIG es un programa que se inserta en el marco europeo de digitalización de las instituciones.
        Es el momento de pensar qué recursos digitales necesitamos y qué tipo de destrezas cognitivas y sociales van a promover los artefactos. Ya tenemos experiencia con los ordenadores y las pizarras digitales, aunque falten todavía estudios empíricos completos y rigurosos. Ahora convendría analizar cómo ha evolucionado en estos últimos años la capacidad de atención, el uso de la memoria, el tratamiento de textos y de imágenes, el uso de información y actividades en línea, la comunicación a través de correos electrónicos y redes sociales… Deberíamos estudiar el grado de transparencia cognitiva de todas estas herramientas.
     Con prudencia, cálculo racional y sentido común podemos aprovechar de forma crítica las posibilidades tecnológicas que nos ofrece el mercado. Habrá que alejarse del abuso de la imagen, de la atención efímera, de la pasividad, de la falta de creatividad o del infantilismo que genera el excesivo control. La solución no es vivir desconectados. Aunque hay pensadores y creadores que sostienen que es imposible generar algo realmente valioso si seguimos el ritmo de las redes digitales, la mayoría cree que los espacios digitales abren infinitas posibilidades. Pero estas posibilidades solo son ruido si no utilizamos el viejo y ruinoso mecanismo de pensar.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

HAY DÍAS...

C. D. Friedrich
Hay días en los que nos asusta la humanidad. Son los días más terribles. La oscuridad es de hierro y nada bueno esperamos. Nos aterra lo humano que anida entre nuestros pliegues de barro. Son días aciagos, con el aire demasiado espeso. El mal existe y está tan cerca, que te roza la piel. Las conversaciones se tiñen de odio, resignación y tristeza, pero raras veces de esperanza. El lenguaje se endurece y las frases son viejas cadenas oxidadas. Nos sentimos incapaces de generar significados con nuestro discurso. Los diálogos prefabricados sustituyen al ruinoso mecanismo de pensar. Hay días en los que nos asusta la humanidad. Ese orden del universo, esa razón que todo lo gobierna, esa confianza en el homo sapiens… Nada de eso queda ya. Ni el humanismo cristiano ni el humanismo ateo saben qué decir cuando amanece sin luz. Este no es el mejor de los mundos posibles, ni hablar. Quizás sea el peor, porque es el que vivimos nosotros. Hay días en los que el dolor absoluto, el irreversible, nos congela todos los órganos. Nunca hemos sabido qué hacer con el mal. Todos los engranajes sociales que hemos diseñado, como las leyes y la enseñanza, parecen fracasar ante las sombras perversas. Hay días en los que nos asusta la humanidad. Y escribimos al anochecer. 

martes, 11 de diciembre de 2018

TEORÍA DE LA LINDE MOVEDIZA



         Pensar el concepto de límite no es nada fácil. Recurrimos a imágenes, a metáforas, para poder representarlo en nuestras mentes. Acudimos a la línea, al surco, la valla o el muro. Hablamos de bordes para separar espacios. Pero por muy fina que sea la línea, sabemos que todo borde, en apariencia sólido y continuo, se difumina, se convierte en un trazo de spray. Pensar implica siempre pensar sobre límites. Definir, identificar, diferenciar, clasificar, asociar, oponer y comparar son tareas que remiten al concepto límite, de linde. Hasta aquí llega algo, y aquí comienza algo diferente. El pensamiento crítico, la vanguardia, consiste poner en cuestión esas demarcaciones.   
         Las lindes son líneas, imaginarias o reales, que separan terrenos. El límite es un término o línea que separa unas heredades de otras, dice la RAE. Las lindes están relacionadas, pues, con lo heredado, lo que viene de atrás en el tiempo. En las artes, las ciencias y la moral ocurre algo similar. Hay líneas heredadas que delimitan ciertos espacios. Lo llamamos tradición. Y como pasa con las tierras de labranza, ya sea por apurar o acaparar, ya sea por decreto ministerial, para expropiar, recalificar o concentrar, toda linde es móvil y está expuesta a los accidentes del tiempo. Sendero entre dos campos, dice Corominas.
         Comparado con Joseph Beuys, Picasso puede parecernos hoy casi un artista conservador, incluso razonable… La línea que utilizamos para realizar nuestros juicios estéticos se va desplazando con el tiempo. Lo extravagante de hoy puede ser mañana un ejemplo de arte ortodoxo, cuando los futuros vanguardistas nos propongan obras que hoy ni se nos pasan por la cabeza. Desde el presente solo vemos esas lindes como si fuesen naturales y siempre hubiesen estado ahí. No es de extrañar que sea tan sano estudiar la historia del arte, de la literatura, de la ciencia o de la ética.
         En arte, ética y política los límites quizás tengan que ver más con la sensibilidad que con la razón. Si con la razón apelamos a principios generales, que nos sirven para definir y clasificar, con la sensibilidad nos orientamos en las zonas borrosas que toda frontera contiene. En lo general casi todos estamos de acuerdo. Sin embargo, el mismo hecho que ayer no nos ofendía hoy nos indigna, nos hace daño, aunque nuestros principios éticos y políticos sean los mismos.
         Las lindes son movedizas porque la educación de nuestra sensibilidad nos hace deambular por ese espacio difuso que separa el bien del mal, lo justo de lo injusto, lo tolerable de lo intolerable. A veces nos somos conscientes de ese desplazamiento. Esa educación de la sensibilidad se lleva a cabo en los contextos de socialización. Y hoy sabemos que son los medios de comunicación los que han absorbido al resto de los agentes. La percepción subjetiva de lo correcto y lo incorrecto se nutre de la percepción social global, de la opinión pública. Todo influye: relatos, símbolos, titulares, películas, premios, exposiciones, anuncios, chistes, documentales, canciones, marcas, logotipos,  ofertas, campañas, sermones, discursos…
         El arte transgresor de otros tiempos nos parece hoy un juego domesticado y amable. Aquellas técnicas y estilos son hoy parte de los manuales, constituyen el canon. O al menos las incluimos bajo el concepto de obras artísticas. Siempre ha habido transgresores en las artes. La creatividad supone poner un pie al otro lado de la línea y ver qué pasa. Pero para ser transgresor hay que conocer el desplazamiento de esas lindes y saber identificarlas. La osadía puede indignar a los que no perciben esa flexibilidad de los géneros, las valoraciones y las clasificaciones.
         En política se habla de clases sociales, naciones, derechos, deberes… También se habla de “líneas rojas” en las negociaciones. En los pactos para formar gobierno y en las directrices de política internacional sobre derechos humanos esas lindes se desplazan constantemente. Los umbrales de la pobreza, los límites de la sostenibilidad del planeta… Los intereses de los participantes cambian según los contextos económicos y políticos. Entonces la percepción de lo asumible se transforma.
         Recordemos las valoraciones iniciales de las nuevas tecnologías. Las lindes que separaban lo razonable de los catastrófico o inhumano se presentaban tan nítidas y sólidas que hoy nos ruborizamos al pensar en nuestros reparos a usar un teléfono móvil, hacer una transferencia por internet, utilizar células madre… Esta teoría de las lindes movedizas asegura que jamás podremos predecir límite fijo alguno en ningún campo de la actividad humana. Y sostiene que hacer valoraciones sobre el futuro antes de que la linde se desplace carece de sentido. Es como preguntarse por el tiempo antes del Big Bang, o sobre qué hay fuera de nuestro universo… Esta teoría también sostiene que toda valoración la realizamos desde nuestro presente, nuestro momento histórico. Y que no nos queda más remedio que decidir y resolver los problemas que nos preocupan con los criterios movedizos que poseemos. 

https://www.diariodejerez.es/jerez/Educacion-Teoria-linde-Movediza_0_1308169635.html