martes, 14 de marzo de 2023

De todas las formas

Obra de  LUIS MIGUEL "MOGA"

    Una definición de educación puede ser: enseñar a ver y generar formas. En todos los campos del conocimiento y en todas las artes, necesitamos descubrir o crear formas. La analogía es el camino creativo más utilizado por científicos y artistas. Incluso para desenvolvernos en la vida cotidiana, llevamos a cabo un trasvase de formas, de estructuras o sistemas.

    Detectar formas exige capacidad de abstracción: saber separar la forma de la materia, la forma del contenido, la sintaxis de la semántica. Y no siempre es fácil, sobre todo para los más jóvenes, los que están aprendiendo. El contenido distrae y oculta las formas. El educador señala dónde hay que fijar la mirada, qué tienen en común varios objetos. En biología, en arte, en lengua, en matemáticas… Hay que saber manejar formas. Los ejemplos y los casos solo sirven para descubrir las estructuras comunes subyacentes.

    Las sustancias, decía Aristóteles, están compuestas de materia y forma. Constituyen una unidad, es decir, solo es posible separarlas con el entendimiento. La esencia de los seres viene dada por la forma, pero siempre en una materia. Ya vio el sabio griego que la clave está en comprender las diferentes formas de organizarse que posee la materia. Las definiciones y clasificaciones se basan en las formas. Ese es el conocimiento de lo universal. La naturaleza es un enjambre de formas.

    La matemática es la herramienta ideal para captar la organización de la naturaleza. Todas las ramas de la matemática estudian algún tipo de estructura. Son formas que permiten establecer, o descubrir, relaciones y proporciones. Y sirven para captar la complejidad de lo real. A la lógica le interesa la estructura de los razonamientos, no su contenido. Son estructuras vacías, relaciones entre símbolos. Lo que distingue a una ley lógica de una falacia es su forma, no el tema del que tratan. La lógica y la matemática construyen sistemas formales. Para trabajar con estructuras necesitamos un cierto desarrollo cognitivo, como estudió Piaget en su psicología evolutiva.

    En las obras de arte lo esencial es la forma. Como receptores, debemos dejar a un lado todo lo que sea ajeno a la estructura interna de la obra. Representar el mundo, provocar emociones o remover conciencias son funciones secundarias. La belleza nace de la autonomía formal, de la distribución de la luz, las figuras… De ahí que el tema sea algo también secundario.

    En las novelas y en los poemas utilizamos la lengua. El escritor construye frases, párrafos, capítulos… Y busca un estilo. Los recursos narrativos son estructuras formales. Definir el estilo no es nada sencillo. Encontrar uno propio tampoco. Sin embargo, reconocemos a nuestros escritores preferidos por su estilo, por la forma de encadenar las palabras.

    La creatividad es la capacidad de generar nuevas formas en un determinado campo de la experiencia. La analogía y la metáfora trasladan estructuras de un terreno a otro. Pero antes hay que saber localizar esas formas. Y para construir algo nuevo hay que imaginar conexiones nuevas.

    Tarea para la educación... Primero conviene hacer un recorrido histórico para ver cómo otros científicos, artistas o ingenieros han plasmado las formas. Luego se debe saber comparar entre diferentes autores y campos. Por último, hay que buscar nuevas estructuras en nuestro ámbito específico de trabajo.

    En las sociedades actuales, basadas en el consumo masivo, se corre el riesgo de caer en la repetición o en el olvido de la forma. El resultado: aburrimiento existencial. En las artes se manifiesta en la repetición de estructuras plásticas o narrativas; en las ciencias en la ausencia de nuevas hipótesis y teorías; en política en repetir esquemas ideológicos de hace siglos… Nos infantilizan. Nos encandilan con los contenidos, para que olvidemos que nos imponen las formas.


domingo, 5 de marzo de 2023

Dos novelas sobre nuestros deseos y los límites éticos



    Cuando alguien decide retirarse a vivir en una casa alejada del mundo urbano, en un entorno natural duro o casi salvaje, con pocos vecinos o ninguno, corre el riesgo de encontrarse a sí mismo y descubrir estratos profundos e inquietantes. Reconstruir la casa, medio abandonada, significa diseñar un nuevo yo y dejar atrás las ruinas, los escombros de la vieja edificación. Al retirarse a una cabaña perdida en la naturaleza, ese alguien deja atrás una vida imposible, una existencia repleta de fracasos, infelicidad y, sobre todo, inauténtica. La casa aislada se presenta como la última oportunidad para que aquello esencial que buscábamos brote y genere una nueva vida.

    Y no va a ser el entorno ni la soledad lo que se convierta en un peligro. Vamos a ser nosotros mismos, con nuestros deseos y obsesiones, con nuestras decisiones inesperadas, irreconocibles o indescifrables. El riesgo está en lo que desconocemos de nosotros mismos y en lo que no somos capaces de controlar. Aunque lo más terrible, lo que nos asusta de verdad, es lo que deseamos y lo que estaríamos dispuestos a hacer para alcanzarlo. Al hacer frente a esa realidad nos topamos con los principios morales más básicos, que pueden llegar a disolverse, evaporarse, ante nuestra nueva forma de estar en el mundo.

    Sara Mesa y Andrés Ibáñez nos ofrecen dos narraciones que transitan, cada una con su estilo, por esos territorios del yo. Son novelas cortas, de unas 200 páginas, con una escritura eficaz y absorbente. El aparente minimalismo de la trama contiene una densa complejidad, sin perder en ningún momento la astucia narrativa. Las dos novelas atrapan al lector desde las primeras líneas. Pronto se percibe el aroma del misterio, la sospecha de que algo va a ocurrir en esas casas y en esas mentes. Que los protagonistas se dediquen a una tarea intelectual, reflexiva, aporta rasgos metaliterarios a lo que ocurre. Y hay una mirada ética, una pregunta implícita: ¿Qué estaríamos dispuestos a hacer para lograr lo que deseamos? Aunque haya paralelismos (el escenario marco, con sus misterios y enigmas de carácter psicológico, incluso social), el tono de cada novela y la forma de resolverlas son muy diferentes.

    Andrés en Nunca preguntes su nombre a un pájaro (Galaxia Gutenberg, 2020) nos cuenta cómo Horst, un escritor que pasa por un mal momento creativo, se retira a una casa perdida en las montañas del norte del estado de Nueva York. En esa misma casa vivió Winslow Patrick, un escritor admirado por el protagonista. Eva, la esposa de su hermano, va a visitarlo todas las semanas. Pero también conoce a Willard, un viejo pescador del río Delaware, y a Matt Signorelli y su amigo Kenny. “Una historia de amor se entrelaza con una de violencia en una graduada espiral de tensión que es un descenso al lado más oscuro de la psique masculina”, aclaran los editores.

    La protagonista de Un amor (Anagrama, 2020), de Sara Mesa, también se dedica a la escritura, en este caso a la traducción. Nat ha dejado todo atrás para dedicarse a lo que más le gusta, traducir obras literarias, no documentos administrativos o comerciales. Ha alquilado una casa en La Escapa, un pequeño núcleo rural donde pueda trabajar tranquila. Su relación con los vecinos también es una forma de traducción. Al fin y al cabo, las interacciones sociales son de carácter lingüístico. Y las traducciones, dicen algunos filósofos, si no son imposibles son como mucho imperfectas, siempre aproximaciones. La joven traductora va conociendo al casero, a Píter el hippie, a Andreas el alemán, a la chica de la tienda, a los vecinos que vienen de la ciudad, a los ancianos que viven cerca… “Sara Mesa vuelve a confrontar al lector con los límites de su propia moral en una obra ambiciosa, arriesgada y sólida en la que, como si de una tragedia griega se tratara, las pulsiones más insospechadas de sus protagonistas van emergiendo poco a poco mientras, de forma paralela, la comunidad construye su chivo expiatorio”, se dice en la cubierta del libro.


sábado, 4 de marzo de 2023

Máquinas y democracia

    
                    Estatua de Al-Juarismi ante las murallas de la ciudad uzbeka de Jiva

    Un algoritmo es un conjunto finito de instrucciones para solucionar un problema bien definido. Llevamos siglos utilizando algoritmos. Pensemos en la división. Nos dan dos números y sabemos qué pasos hay que dar para alcanzar el resultado. Hoy están de moda porque los ejecutan los ordenadores. Y han dado lugar a un campo de investigación tecnológica llamado IA, inteligencia artificial.

    Ese proyecto de investigación tecnocientífica se concreta en un sueño: construir ordenadores que posean una inteligencia similar a la humana. Se busca desde mediados del siglo XX una inteligencia artificial general, que sea flexible y que pueda abordar cualquier problema: percibir objetos, realizar cálculos, jugar al ajedrez, hablar, crear, ser consciente de lo que hace, valorar… Hasta ahora solo han construido sistemas expertos, programas para solucionar algunos tipos concretos de problemas. Unos juegan al ajedrez, otros reconocen caras, otros realizan diagnósticos médicos, otros resuelven ecuaciones, otros traducen textos…

    Todavía no se ha logrado diseñar una máquina que hable y comprenda de forma consciente, un programa que sirva para resolver cualquier problema, como hacemos los humanos. Es cierto que se ha avanzado. Hay sistemas de redes neuronales artificiales que pueden ser entrenadas para que aprendan. Ese aprendizaje profundo, automático, se logra entrenando a la máquina con grandes cantidades de datos. Aprenden a extraer un patrón y luego utilizarlo para realizar predicciones o creaciones. Pero estos sistemas tienen un límite. No son conscientes. No son capaces de contextualizar los patrones. Dependen de los datos preparados por los humanos. No van más allá de la sintaxis, de la relación entre símbolos, entre datos.

    Los investigadores saben que sin semántica, sin consciencia, sin lenguaje y sin flexibilidad no hay verdadera comprensión inteligente. Saben que no es suficiente con utilizar inferencias deductivas o inductivas. La inteligencia humana se caracteriza por la creatividad y la construcción de hipótesis. Sin embargo, se sigue insistiendo en que más tarde o más temprano se alcanzará una inteligencia general y consciente. Es cuestión de tiempo, dicen. La computación cuántica será un salto cuantitativo y cualitativo. Solo los luditas y tecnófobos se atreverían a negarlo, remachan.

    Aun así, ese sueño de la inteligencia artificial suele ser presentado como un objetivo que interesa a la humanidad. Mientras tanto, construyen programas para facilitarnos la vida en todos los ámbitos, desde la banca hasta la sanidad. Y producen mecanismos de control y explotación cada vez más sofisticados. Han diseñado sistemas inteligentes para suprimir puestos de trabajo, controlar el consumo, vigilar nuestras cuentas, manejar armas, predecir y promover opiniones…

    Los procesos mecánicos han invadido desde hace mucho también el ámbito político. Hay algoritmos que interfieren en la formación de la opinión pública, con máquinas que vomitan información precocinada o con dispositivos que encauzan nuestras preferencias. Pero no todas las formas de control mecánico provienen de la IA. Recordemos que los partidos políticos son maquinarias para conseguir el poder y mantenerlo, por encima de todo, incluso de las ideas y de las personas. Son maquinarias que funcionan con autonomía. 

    Cadenas de montaje electoral en las fábricas del poder… Ni las élites son capaces gobernar su actividad. Por eso anhelamos una democracia en la que participen personas y se discuta de verdad sobre el bien común, donde haya deliberación y diálogo. No queremos seguir siendo piezas ni datos.

Pablo Gutiérrez publica 'La tercera clase. Una historia sentimental del hachís en la Baja Andalucía'


        La novela nos cuenta lo que le sucedió a la niña Valme, una trágica historia que transcurre en un pueblo que vive del narco. Cada personaje explica en primera persona lo que sabe y lo que vivió. La novela es un excelente retrato social.

    La tercera clase acaba de ser publicada por La Navaja Suiza Editores, 177 páginas. Lleva por subtítulo Una historia sentimental del hachís en la Baja Andalucía. Y la ilustración de la portada es de IRRA, Israel Gómez Ferrera. Pablo Gutiérrez (Huelva, 1978) es profesor de Lengua y Literatura en un instituto de Sanlúcar de Barrameda. Ha publicado las novelas Rosas, restos de alas (2008. Premio Tormenta en un Vaso al mejor autor novel en castellano), Nada es crucial (2010, Premio Ojo Crítico de Narrativa 2010), Democracia (2012), Los libros repentinos (2015), Cabezas cortadas (2018) y El síndrome de Bergerac (2020). En 2012 publicó el volumen de relatos Ensimismada correspondencia.

    Las estrategias narrativas que eligen los escritores para desarrollar sus novelas no son algo accesorio. No se trata de algo accidental, externo a la obra. Pablo Gutiérrez nos cuenta una historia a través de muchas voces en primera persona. Son diferentes perspectivas, por lo tanto diferentes modos de explicar y entender lo que ocurre. Eduardo, Nico, Aurora, Mauri, Valme, Beatriz, Aldo, Guti… No todos hablan directamente en el relato. Hay voces que aparecen reflejadas en otras, a través de lo que hacen. La ausencia de esas voces sirve para dar más intensidad a esos personajes, aunque parezca paradójico. La jerarquía de las voces también revela algo. ¿Quién habla realmente? ¿Quién recuerda? ¿Qué será de la historia de esos chicos? ¿Quién la conoce? ¿Cómo contarla? No tener voz propia es sintomático.

    La complejidad del tema exige esa polifonía. La realidad del barrio no puede ser descrita por una sola mirada, ya sea limitada, como la de un personaje concreto, o la mirada todopoderosa del narrador omnisciente que todo lo sabe. Pablo Gutiérrez nos anuncia al principio de la novela que algo terrible ha ocurrido a la niña Valme. Para descubrirlo tendremos que atravesar todas las facetas de la miseria humana, las vidas de los que habitan un barrio marginal, alimentado por el hachís y la ausencia de futuro. El sistema educativo, el instituto, es el espacio donde confluyen esas trayectorias vitales.

    Todas las voces son necesarias, cada una un mundo, una forma de asimilar la ruina de la existencia humana en un pueblo en el que muchos vecinos viven del narcotráfico. Los personajes cuentan lo que vivieron. Nos ayudan a entender cómo se ha escrito el trágico destino de esas gentes. No hay un código moral único. Tampoco hay una única teoría sobre el ser humano. Los que hablan exhiben sus intereses, sus emociones, su jerarquía de valores… Vemos cómo las relaciones generan a las personas, por medio de lazos teñidos de necesidad, de pasión, o de mera inercia social. Cada persona aparece como un punto de fuerza que interacciona con el resto. La Broa es un ecosistema, sus organismos solo conocen la ley del más fuerte o del que mejor resiste. Los educadores tienen que hacer frente a ese choque de fuerzas. Ellos son una más.

    En La tercera clase, Pablo Gutiérrez nos invita a acercarnos a la realidad, a las realidades. El estilo ácido muestra lo que hay y cómo lo perciben e interpretan los protagonistas, ya sean esos jóvenes perdidos y sin esperanza, esos profesores que querían salvarlos con la educación, esos políticos que tenían tan bellos ideales, esas familias que tienen que sobrevivir… Los mismos hechos vistos desde diferentes ángulos, incluso con categorías casi opuestas. El destino colectivo y las vidas individuales se entretejen como historias fragmentadas, sin un hilo común que aporte una explicación global de la realidad social. En el lenguaje cristalizan todas esas formas de sobrevivir en La Broa. Los modos de contar y argumentar de los protagonistas son el mejor indicio para saber qué ocurre y qué es lo que importa en cada situación. La retórica de un único narrador solo serviría para oscurecer, para ocultar. La expresión directa, cruda, del pensamiento de los personajes no es un mero adorno para impresionar. Es la única manera que posee lo real para manifestarse, ya hablemos de dinero, familia, amor, educación...

    En la novela está muy presente la Argónida de Caballero Bonald. Si Joyce hizo con su Ulises una versión de la Odisea, Pablo Gutiérrez nos ofrece otra versión del destino trágico de los habitantes de las marismas y la desembocadura. La escritura de Pablo deja a un lado lo innecesario. La crudeza del estilo brota de los senderos de la realidad. No es algo forzado. Los testimonios van hilvanando una historia, pero también reflejan la miseria del existir en todas sus formas. Las voces se distinguen por lo que dicen, por lo que sienten, por lo que ven, por su forma de seguir cayendo en el abismo. El territorio social quizás determine todo lo que sucede. El mundo del hachís genera sus modos de vida, un mapa bastante cerrado de posibilidades y nada envidiable.

    La tercera clase es una novela que saca a la luz muchas contradicciones de nuestra sociedad. La escritura de Pablo Gutiérrez sabe desvelar con precisión las grietas, los sinsentidos que resquebrajan nuestra historia reciente, desde el punto de vista económico, social o educativo. Ni el libre mercado, con sensibilidad social y todo, ni la enseñanza secundaria obligatoria, con tantos recursos, pueden remover los cimientos y dinámicas de La Broa. Pero la novela no habla de política, ni de sociología. Es un relato de personas, de vidas. ¿Quién se acuerda de esas historias? La desesperación y la resignación afectan tanto al profesor como al político o al alumno. La transformación social ya no es una posibilidad. La utopía ni se menciona. Todos quieren huir de esas tierras enfangadas.

martes, 14 de febrero de 2023

Memoria, educación y democracia

Fotografía de Luis Miguel "MOGA"

    El 27 de enero se llevó a cabo en la calle Zarza un homenaje a los jerezanos deportados a campos nazis. Ya están colocadas en Jerez las Stolpersteine, las piedras de la memoria que recuerdan a Rafael Domínguez Redondo, Antonio de la Rosa Tozo, Manuel Carrasco Cortijo, Diego Pérez Núñez y Salvador Linares Barrera. Las Stolpersteine son una creación del artista alemán Gunter Demnig, pequeños cubos de cemento (de 10 x 10 x 10 cm). Una de sus caras está cubierta por una lámina de latón donde se ha grabado artesanalmente la inscripción que recuerda a una víctima del nacionalsocialismo.

    Esta acción ha sido posible gracias a la iniciativa de un grupo de ciudadanos que ha promovido una campaña de donaciones, sin la intervención de partidos políticos o instituciones oficiales. Detrás de este proyecto hay, como es lógico, un gran trabajo de investigación y divulgación. Y lo más importante: la colocación de estas Stolpersteine nace de una necesidad educativa y ética de personas sensibles y razonables.

    Recuerdo que hace unos años descubrí por casualidad que un señor de mi pueblo había muerto asesinado en el campo de Gusen. Todavía no se habían publicado los datos en España. Lo encontré en una página francesa en internet, mientras buscaba información sobre otro asunto. Me impactó ver en la misma línea el nombre de mi pueblo, una localidad de Castilla y León, y el del campo de concentración. Ese es el objetivo de las piedras de la memoria colocadas en Jerez: provocar un tropiezo emocional y racional. “Aquí vivió Salvador Linares Barrera. Nacido en 1917. Exiliado en 1939. Francia. Deportado en 1940. Mauthausen. Asesinado el 30. 11. 1941. Gusen.”

    Las ciudades son textos. Están repletas de símbolos, de huellas con significado. Además, toda ciudad es siempre un texto incompleto, así que conviene enriquecerlo. Los monumentos, las placas y los edificios tienen que servir para provocar un tropiezo racional: hacerse preguntas sobre su origen, sobre su importancia, sobre lo que se quiso recordar, sobre lo que ocultaron, etc. Enriquecer el paisaje simbólico de la ciudad implica intentar completarlo, aunque sepamos que es una tarea infinita.

    La memoria individual es necesaria para construir la identidad personal: el hilo conductor que enlaza pasado, presente y futuro. Somos una narración. Y recordar es interpretar, porque la memoria es hermenéutica. Cada vez que acudimos a un recuerdo le damos una nueva forma y un nuevo sentido. La memoria individual no es estática. Recordamos desde el presente, con sus intereses, con sus circunstancias. La memoria es una capacidad creativa, pero eso no significa que solo genere falsedades o ficciones. Vamos modulando las sensaciones, imágenes y emociones que la praxis vital arrastra.

    Algo parecido ocurre con la memoria colectiva, pero a otro ritmo, con otra dinámica más compleja. En una democracia, esa memoria colectiva debe ser fruto del diálogo, una deliberación racional sobre los datos existentes, desde las diferentes perspectivas. Que interpretemos el pasado desde el presente no significa que cualquier hipótesis sea admisible.

    Para que los ciudadanos puedan tener una visión más coherente y precisa del pasado necesitan disponer, en primer lugar, de todos los datos posibles o, al menos, de los esenciales. Si hay un discurso dominante que oculta hechos relevantes, será muy difícil llevar a cabo una interpretación rigurosa. Los historiadores profesionales sí tienen acceso a la documentación pertinente, ya que es su trabajo. Sin embargo, los ciudadanos no expertos corren el riesgo de recibir un relato con lagunas, condicionado por la ideología del momento. 

     Por eso es importante enriquecer el texto urbano desde la sociedad civil, desde las personas, no desde las maquinarias del poder. En la educación ciudadana confluyen la memoria individual y la colectiva. Es una síntesis en construcción permanente. El tropiezo emocional y racional con las piedras de la memoria puede ayudarnos a completar una interpretación más rica de nuestra identidad. Y de una forma crítica, ya que el olvido es una herramienta de dominación, inadmisible en una sociedad democrática madura. Ese esfuerzo hermenéutico tiene como horizonte la justicia epistémica.


domingo, 29 de enero de 2023

Gracias a los libreros

    La inteligencia artificial predictiva es muy lista, pero se equivoca, como todo el mundo. Hace predicciones en función de tus preferencias. ¡Lee más de lo mismo! No tiene mérito esa inteligencia. Así acierta cualquiera. Prefiero la sabiduría de los libreros de carne y hueso, esas personas observadoras y prudentes que te recomiendan libros nuevos, autores que todavía nos se han cruzado en tu camino. Gracias a ellos, los libreros, descubres otros mundos. Para el que necesite pruebas... Gracias a Adrián, de la librería El laberinto, he leído dos libros magníficos. El primero es Claus y Lucas, de Agota Kristof, publicado por la editorial Libros del Asteroide. El segundo es Tengo miedo torero, de Pedro Lemebel, en el sello Las afueras. Este último me lo recomendó en la pasada feria del libro. Para mí, solo por la lectura de esta obra ya ha merecido la pena esa feria. 

domingo, 22 de enero de 2023

Ruinoso mecanismo de pensar

Silent Word, de Chiharu Shiota

Todo el día pensando, ideando. Parece que no hemos nacido para nada más. Algunos nacieron, otros no. Entre dos ideas siempre hay otra idea. Las ideas nos ayudan a entender que hemos nacido. Los árboles no saben que han nacido. Saben que tienen hojas y que dan sombra. La ignorancia de los árboles también da sombra. Todo da sombra. Es todo continuo, la luz y la sombra. Nombramos un punto. Intentamos nombrar un punto. Nacer es un punto dentro del continuo. Los árboles saben más, porque tienen raíces. Lo de tener raíces es un misterio. Los animales huyen de las raíces. El universo carece de raíces. Lo de abajo genera lo de arriba. Percibimos, valoramos, calculamos, imaginamos y deseamos. Soñar es otra forma de pensar, quizá es repensar. Si hace falta, discutimos con nosotros mismos. Ideas tiene todo el mundo, casi a todas horas. No dejamos de pensar lo que somos y lo que deseamos ser. Hay un océano de ideas en un día lluvioso. Las lluvias atraen ideas. De los nubarrones de las mentes. La lluvia atrapa ideas para siempre. De la lluvia vengo, como los recuerdos. Será por el olor a tierra mojada, quién sabe. Todo procede del agua, del canal y las esclusas del canal. Un canal imaginado. En el canal de las cenizas se refleja mi futuro. El agua del interior también asusta. También recordamos con ideas del pasado. La capacidad de tener ideas está muy bien repartida. Las ideas brotan de los cerebros casi sin querer. Nacen en las charcas de la memoria. Recordar es idear. Recordar es hilar y transformar. Recordar es dar forma a lo que ya dimos forma. Volvemos sobre lo recuerdos una y otra vez. Creemos que son los mismos recuerdos, los mismos hechos… Al recordar, creamos, adornamos, reordenamos, degustamos y ajusticiamos. Cuando hablamos y actuamos, también surgen las ideas. Las acciones supuran ideas. Mover el cuerpo, hablar y comer, beber y sudar… No hay linde que separe la acción del pensamiento. Las palabras reflejan ideas o las provocan. La idea es una forma de enlace, de analogía. No son imágenes, ni palabras, ni sensaciones. Las ideas son relaciones. Las ideas son algo más que conceptos. Las ideas se expresan en proposiciones. Las ideas son algo menos que teorías. Los conceptos contienen definiciones. Las ideas contienen relaciones y problemas. Con las ideas enlazamos sensaciones, imágenes y conceptos. Una idea es un desplazamiento. Las ideas ocurren en el pensamiento, un fluir a través de los territorios de la mente. El pensamiento sucede en la mente, que es actividad cerebral. Las ideas brotan para estar en el mundo. Es imposible que de la nada surja algo. Las relaciones son algo. Crear relaciones, una forma de hablar, una forma de reconocimiento. Crear es recordar, desvelar. Crear es una forma de desplazamiento. El discurso oficial atrapa tus ideas. Es un carril vigilado, quizás solo por ti. Cuando descubrieron las virtudes del entretenimiento, abandonaron los discursos. Los discursos son redundantes. Ten cuidado con los tópicos, incluso al argumentar. Somos conscientes de tener ideas. No tenemos ideas sin darnos cuenta. Pero hay procesos inconscientes que generan ideas, relaciones. Idear es una forma de crear. Crear es establecer puentes, relaciones.  Metáforas y analogías. Atrévete a trasladar una forma de un lado a otro. Contempla las estructuras que bailan sobre lo real.  El matemático explora esas estructuras. Los exploradores abren caminos entre la maleza para descubrir nuevos territorios. El matemático siempre camina por los bordes de las estructuras. Lo inconsciente es una fuerza material desbocada. Las ideas son también materiales, pero con cierto orden, al menos al aparecer. Me gusta más decir que tenemos ideas que conceptos. ¡Qué ideas tienes! Nadie habla de conceptos peregrinos. Las buenas ideas son las peregrinas, las que se desplazan y cruzan las lindes con gran desparpajo. ¡Tengo una idea! Las ideas se mueven más que los conceptos y las categorías. Perseguimos ideas, porque se desplazan en nuestra mente. Las ideas huyen de la escritura. Se evaporan de la escritura. Las ideas emergen de la escritura. Los signos solo son el testimonio de esa huida. La escritura quiere ser la idea. Damos vueltas a las ideas, las rodeamos, como perros intranquilos. Examina tus ideas, no vayan a ser falsas, vacías o cadenas que aniquilen tu libertad.  Las ideas pesan y ocupan espacio y tiempo. Si son un lastre, mejor dejarlas castigadas en el rincón de pensar o abandonarlas en el trastero. Las volteamos, vuelta y vuela en la parrilla del pensar.  Unas nos llevan a otras, por amistad o por odio. No es cierto, las ideas se asocian por miedo. El miedo genera pensamiento. La alegría sobrevuela el pensamiento.  El miedo es dinámico y paraliza el cuerpo, lo amarra con ideas.  Las ideas se nutren de la memoria. Y de postre, la imaginación. Es al revés, el plato principal es siempre la imaginación. Escribo sobre las ideas para aclararme. Las ideas sobre las ideas enredan mi pensamiento con vertiginosos bucles de enlaces. Y hago como los pintores, capas y capas de pinceladas. Escribo en cualquier parte del lienzo, atravieso el texto con más palabras. Crece desde cualquier frase. Gracias al ordenador, mi escritura tiene algo de fractal, o de ser vivo. Cada frase es un rabo de lagartija. De joven tuve una libreta verde, con ideas. Quemé la libreta verde porque eran ideas teológicas.  A lo mejor eran sermones, no ideas. No he vuelto a tener una libreta verde. Creemos que la escritura ayuda a pensar. Yo pensaba con la libreta verde. No quiero un ordenador verde. Las ideas son algo mío, de este mundo, mi mundo. La escritura sobre las ideas debe ser simulada, una especie de juego. Un juego con reglas desconocidas. Jugar para alejarnos del tedio. Escribir a veces se parece a una partida de ajedrez, a veces a una tirada de dados. El fluir de la escritura recurre a un desplazamiento que aparenta ser inmóvil, repleto de estructuras fosilizadas. La escritura a mano es necesaria. Así recordamos que pensamos y escribimos con todo el cuerpo. El cuerpo sabe gramática. La estructura profunda de los cuerpos es la física cuántica, con sus sorprendentes entrelazamientos e incertidumbres. La estructura superficial de los cuerpos es la poesía. Los objetos son sólidos, con formas, colores, olores y sabores. Son así en el teatro real de nuestro sistema nervioso. El universo es un sistema de relaciones. Es la gramática universal de los cuerpos opacos, transparentes y translúcidos. Pienso que soy un cuerpo que se mueve por el espacio de tres dimensiones y solo veo fragilidad. La idea de ser cuerpo conecta con la humildad. No pensar con naturalidad los cuerpos nos ha llevado a la insolencia, al olvido de las erosiones y las grietas. El sentido de lo que nos pasa, de eso hablan las ideas. El sentido de algo viene a través de lo que percibimos y luego pensamos. El mundo se nos presenta armonioso a veces. En otras ocasiones todo es confusión. Las experiencias borrosas nos aturden, nos intimidan. La transparencia suele ser acogedora porque vemos el horizonte. La idea de naturaleza nos aturde. Las huellas de un oso frenan en seco nuestro paseo. No me canso de mirar las huellas porque desatan mi imaginación. Lo natural nos apasiona. La naturaleza llora y nos habla. ¡Cuidado con ciertas ideas! Estar en casa y pasear son momentos muy propicios para que surjan ideas. Las ideas se dan en los cuerpos. Los cuerpos cristalizan en ideas. Meros mecanismos, como relojes atados a una muñeca o a una torre. Hay situaciones físicas que generan más conexiones neuronales, más relaciones. El sonido de la lluvia es el ruido de nuestro pensamiento. La lluvia trae ideas del pasado. Los cuerpos acelerados huyen de la lluvia. Llueve y un hombre corre con la cabeza dentro de una bolsa del supermercado. Los cuerpos vivos contemplan la lluvia en los campos y las ciudades. El pensamiento se enciende cuando la lluvia juega con las luces de las casas. Lluvia tras los cuerpos, monotonía del ser. Monotonía de los cuerpos, ser tras la lluvia. Lluvia tras el ser, cuerpos de la monotonía. Algunos poemas son una idea pura. La poesía pura, sin estorbos. Quizás la forma pura, sin nada que la contamine. O la materia pura, sin forma que la domine. Al buscar lo que no se puede decir, los poetas alumbran nuevas ideas. La prosa poética construye relaciones luminosas. Las ideas son atravesadas por la claridad de la forma. Las buenas ideas son bellas. La belleza es una relación. Hay demostraciones matemáticas bellas. Hay bellas personas, las que se mueven de forma armónica, sin dañar. La vida cotidiana es poesía pura. El trabajador dice la verdad, sin adornos. Es un decir austero, pero bello y justo. Hay que ser necio para no apreciar las formas del vivir diario, con toda su belleza. Y con toda su crueldad. Se niegan a pensar para estar tranquilos, para no ser conscientes de los límites de acero que nos rodean. Quieren ser gatos, perros, incluso piedras. Con los cuerpos hay un malentendido. Con los cuerpos hay un engaño. Nunca han querido ser cuerpos. Ser cuerpo, ser. Pensar significa siempre ir más allá de algo que nos aturde y domina. Pensar el universo, con todo lo que contiene. Quizás haya un orden. Quizás haya un caos. El universo está más allá y más acá. Los primeros observadores de los astros pensaron que esas luces estaban ahí, a tiro de piedra. Era el paisaje de esas mentes. El conocimiento trajo la profundidad. Y ahora sabemos que todo está muy lejos, incluso de las piedras. Entretenidos con las pantallas, gran parte de la humanidad desconoce la belleza de los astros. Hay gente que no sabe dónde está Venus… Hay gente que no mira los cielos. Hay gente que no sabe que se mueve. Filosofía felina, pensar como gato panza arriba. Filosofía perruna, dar infinitas vueltas antes de sentarnos. Vuelven a la escritura para ser de otro mundo. Si abandonas el espectáculo digital, el mundo vuelve a ser sencillo. El ritmo del cuerpo nos tranquiliza. El ritmo de las pantallas nos enerva. Los dispositivos digitales curvan los cuerpos. Hemos vuelto a inclinar la cabeza. Deslizar el dedo en la pantalla acelera las mentes, hasta que las aturde y marea. Las pantallas dicen y mandan. Ya no hay pantallas rugosas. Son lisas para que nada se detenga. Hay que tratar con cuerpos, con palabras que salen de los cuerpos. Los que buscan el silencio vuelven a los cuerpos, a las calles y a los árboles. Los que huyen del ruido vuelven al tacto. Las superficies de los cuerpos nos ayudan a orientarnos. No hay pensamiento sin cuerpo. Hay escritura de los cuerpos. La idea de cuerpo es cuerpo. La idea de infinito es una prolongación potencial del cuerpo. Los cuerpos significan cuerpos. Pensar nos diferencia de las máquinas y los animales. No somos tan listos, creo yo. Cualquier dispositivo repite lo que hacemos los humanos. Nos repiten las miserias, hasta que las asumimos. Las máquinas coagulan la miseria. La rutina de la máquina reseca la vida. Las máquinas reconocen patrones y crean con ellos. Nosotros repetimos patrones y nos creemos mejores, en otro nivel cualitativo. No somos para tanto, creo. La actitud escéptica suele desembocar en humildad antropológica. No hay mayor misterio existencial que ser de un equipo de fútbol. Las identidades brotan como setas. Desprenderse del peso de las ideas, cuando son demasiadas y van cargadas de ego, es una tarea infinita. Claro, se puede vivir sin creencias, sin certezas. La morada de las hipótesis y lo probable es buen cobijo. En una noche de invierno, con el viento y la nieve azotando los cristales, con el aullido del lobo, el calor de la lumbre, sencilla y efímera, te protege. La vida dentro de un poema es muy confortable. Parece que hay simetrías. Los versos son fortalezas inexpugnables. Rozar el infinito, para no arrepentirnos. Porque pensarlo es imposible. Los poemas acarician el infinito, pero no todos los días. Son bucles de referencia, socráticos. No preguntes al infinito, jamás escucha. Ni escuchará. Divides la materia y te pierdes. Los números irracionales son apasionantes y largos. Me encantan las comas y lo ceros. Observen cómo otros hacen el bien. Hay cierto placer estético y aporta mucha tranquilidad. La idea de bien es difícil de tratar. Tenía razón el de anchas espaldas. Detrás de todas las circunstancias adversas, siempre es posible el bien. Y cuando brota, deslumbra hasta a los más escépticos. El bien emerge en pocas ocasiones. El bien es efímero, una especie de humo. Cuando aparece el bien, todo cuadra, en un instante, no más allá.

martes, 10 de enero de 2023

Revista de Occidente, cien años de ideas

    

    La revolución digital no ha acabado con las revistas, todo lo contrario. Las hay en diversos formatos. Algunas solo aparecen en papel, aunque se apoyen en la red para su divulgación y comercialización. Otras comparten los dos formatos, físico y digital. Y muchas ya solo son digitales. La gran ventaja de los formatos electrónicos es que los lectores disponen de archivos completos, con todos los números, incluso los que surgieron antes de la era de internet. La desventaja es la incomodidad de la lectura digital y la tendencia a la dispersión o la saturación.

    Este año celebramos el centenario de la Revista de Occidente, fundada por Ortega y Gasset en 1923. En 2022 recibió el Premio Nacional al Fomento de la Lectura, concedido por el Ministerio de Cultura y Deporte. Ya en su tercera época, ahí sigue, a la vanguardia del pensamiento, solo en papel y disponible en cualquier quiosco.

    La Revista de Occidente siempre se ha preocupado por pensar el presente. Basta con revisar los índices de todos estos años para confirmar ese afán por analizar y comprender los problemas de cada momento. Para ello ha contado con las mejores mentes de todos los campos del conocimiento. Y aunque en sus páginas predomina el ensayo, también dedica espacio a la creación literaria y artística.

    Si ha alcanzado los cien años es porque reúne las cualidades necesarias para ser una buena revista. Trata temas actuales con rigor divulgativo. No hace falta ser un especialista para comprender los artículos. Además es una revista interdisciplinar. Se huye de ese saber especializado que conduce a la incomunicación y la ignorancia. Y es una revista bella y manejable. El encanto de su sencillez no tienen nada que envidiar a los complejos diseños actuales, que al imitar los entornos virtuales corren el riesgo de ser confusos y superficiales.

    El número especial del pasado diciembre está dedicado a pensar la ciencia. Colaboran científicos, ingenieros, filósofos y poetas. Más que centrarse en cuestiones de metodología y epistemología, los artículos exploran las relaciones entre la ciencia y la sociedad. Si en otro tiempo eran los temas referidos a la lógica de la investigación científica los que preocupaban a los intelectuales, ahora lo que más inquieta son los efectos de la investigación y su gestión dentro de las sociedades democráticas.

    La poeta jerezana Raquel Lanseros analiza en “Poesía y descubrimiento” lo que tienen en común las ciencias y la literatura. Aunque son ámbitos muy diferentes, las ciencias y las artes nacen de la creatividad. Sin el acto creativo no hay poemas ni hipótesis científicas. Raquel reflexiona sobre qué es la inspiración, la belleza y el lenguaje. La poesía requiere palabras, un acontecimiento fisiológico. Por eso en la creatividad no todo es arbitrario. Lo que llamamos bello, o poético, quizás se rija por leyes materiales, estructuras que el creador interpreta o encauza. De ahí que no todo valga.

    Uno de los artículos que pueden sorprender al lector es el de Javier Aracil. “Cuando el uso precede al conocimiento” desmonta la visión tradicional de las relaciones entre la ciencia y la técnica. Los humanos construimos herramientas y máquinas para satisfacer nuestras necesidades y vivir mejor. A lo largo de la historia de la técnica y la ciencia, observamos cómo primero los ingenieros construyeron artefactos y luego los científicos elaboraron teorías. Primero se construyó la máquina de vapor y luego nació la termodinámica. La técnica resuelve problemas prácticos, sin necesidad de contar con una teoría científica ya completa. Aracil pone varios ejemplos. Esa supuesta prioridad temporal de la teoría sobre la técnica sí que se observa en ciertos campos a partir del siglo XX, como la energía atómica y la genética. Pero trasladar este tipo de relación a toda la historia es un error. Primero hemos construido y usado, después hemos teorizado. La solución de ciertos problema prácticos ha estimulado la creación de teorías. Y luego las teorías han servido para mejorar los artefactos.

    Otro de los temas es la relación entre ciencia y democracia. Juan Ignacio Pérez Iglesias analiza los valores compartidos por ambas instituciones. Y muestra los datos que confirman la relación tan estrecha que existe entre democracia, ciencia y desarrollo económico. Se detiene en el caso especial de China. Daniel Innerarity explora los rasgos de las nuevas formas de hacer ciencia en las sociedades actuales, en las que las separación entre legos y expertos se ha diluido. La participación de los ciudadanos está cambiando: “En el espacio entre la ciencia y la política los medios tienen la función de tramitar los temas que son de relevancia en orden a su legitimación.” Francisco López-Muñoz cuenta en “La ciencia al servicio del mal” lo que ocurrió en la Alemania nazi, un ejemplo de ciencia sin democracia.

    Por último habría que destacar el problema de las dos culturas. Andrés Moya sostiene que “la divergencia y la creciente brecha entre la ciencia y las humanidades se resuelve regresando a los principios de la educación de la filosofía griega y a la concepción de la ciencia moderna en sus orígenes”. Bárbara de Aymerich habla de cómo enseñar a descubrir la ciencia. La educación como puente integrador...

sábado, 17 de diciembre de 2022

Personalismo escéptico

Ilustración de LUIS MIGUEL ‘MOGA
    Cuando se realiza un recuento de los males éticos actuales, aparece una contradicción. Somos muy individualistas pero, al mismo tiempo, nos diluimos en la masa y formamos parte de un rebaño fácilmente manipulable.

    Cada uno va a lo suyo y solo busca el beneficio propio, sin tener en cuenta a los demás o el bien común. Los actos solidarios son escasos. Hay un culto al yo, desde lo económico hasta lo estético. Y todo el mundo habla de derechos, casi nunca de obligaciones.

    Por otro lado, seguimos las tendencias, las modas y las ideologías, de forma acrítica. La corriente nos arrastra y apenas ejercemos resistencia. Incluso presumimos de ser los primeros, de ir a la cabeza del pelotón. Nadie quiere ser excluido de lo que se lleva, de lo que nos lleva. Ser parte de esa masa no nos incomoda, sino que nos tranquiliza. El placer de ser arrastrado…

    Nunca habíamos sido tan individualistas y al mismo tiempo tan manipulables. Las sociedades son cada vez más infantiles. Generan ciudadanos con deseos infinitos, cegados por las nuevas necesidades, sin límites molestos, y siempre envueltos en un ambiente lúdico. Es la tiranía del vivir a corto plazo, sin buscarse complicaciones innecesarias. Vivimos como individuos-masa, conectados en redes programadas.

    Los ciudadanos se limitan a ser usuarios, consumidores y votantes. Forman parte del engranaje del mercado y están atrapados tanto en las jaulas burocráticas del Estado como en las redes de comunicación. El individuo se muestra egoísta y posesivo, pero acepta cadenas transparentes. La autoexplotación y la autovigilancia, a través de las nuevas tecnologías, provocan la sensación de libertad.

    Debemos pensar si solo somos eso, átomos del sistema, y si no existe otro concepto que pueda ayudarnos a resistir todas las corrientes de poder que nos atraviesan.

    Quizás haya que volver al concepto de persona, desde un punto de vista inmanente, natural y escéptico. Somos seres racionales y conscientes, dice la tradición filosófica. Seres que poseen dignidad, no precio. La persona es un fin en sí mismo, nunca un simple medio. Y somos seres vivos sociales, arraigados en una comunidad. Más que una sustancia, la persona es un límite y un haz de relaciones. No es necesario suponer una realidad espiritual trascendente para sostener que somos personas con valor absoluto.

    Claro que es natural preocuparse por uno mismo... Lo extraño es que caigamos tan fácilmente en la trampa de despreocuparnos por lo que queremos ser, y que no nos importe que nos programen. Nada debe estar por encima de uno mismo. Ni las leyes ni el mercado pueden anular a la persona. La dignidad es el límite: no querer ser un objeto para nadie ni admitir un modo de vida prediseñado.

    El método natural para resistir es la duda. Conviene desactivar todas aquellas creencias y actitudes que nos convierten en esclavos. Así, el personalismo escéptico conduce a un minimalismo existencial y cognitivo, a un estilo de vida basado en la creatividad. Se trata de crear situaciones, grietas, para huir de cualquier estructura de control. La ironía, la huida y la soledad como formas de resistencia… Para no quedar atrapados, debemos mantener cierta distancia con todas las creencias y teorías. Y si es necesario, retirarnos para observar, callados como plantas. 

    Las corrientes que nos pueden arrastrar son muy diversas. Nos asedian varios dispositivos de control: la burocracia, los protocolos, las apariencias, los contratos injustos, el consumo irracional, las exclusiones sociales, el arte aburrido y sumiso, las opiniones y prejuicios, las costumbres, la publicidad, los móviles y sus redes… Como seres racionales, somos capaces de reconocer nuestra dignidad y la de los demás. Al educar, promovemos la autonomía y la solidaridad, no el individualismo posesivo ni la moral del rebaño.

martes, 8 de noviembre de 2022

Los valores del deporte

Ilustración de Luis Miguel "MOGA"

    Existen tantos deportes que es muy difícil proponer una definición que abarque todos los tipos. La que ofrece el diccionario de la RAE es bastante acertada. El deporte es una “actividad física, ejercida como juego o competición, cuya práctica supone entrenamiento y sujeción a normas”. La segunda acepción habla de “recreación, pasatiempo, placer, diversión o ejercicio físico, por lo común al aire libre.” Sinónimo de placer y entretenimiento. El origen de la palabra reside en el verbo deportare, que significa trasladar, transportar. Ya en el mundo antiguo era costumbre desplazarse al campo, al aire libre, para distraer la mente y descansar con el ejercicio.

    Como toda actividad humana, el deporte posee múltiples dimensiones. Cualquier intento de reducirlo a solo una de ellas carece de sentido. El deporte es juego, competitivo y cooperativo, actividad saludable y educativa, espectáculo, ocio y negocio. Estos ingredientes se mezclan de diferente forma según el contexto histórico y social en el que nos movamos. El papel de los medios de comunicación y el capitalismo, por ejemplo, ha transformado radicalmente la idea de deporte.

    La definición de la RAE me parece correcta porque dice “actividad física”. Si partimos del supuesto de que toda actividad humana es física, entonces la definición abarca tanto el levantamiento de piedras como el ajedrez. La polémica de los juegos de mesa y los videojuegos queda resuelta. Mover las piezas, o el mando, y pensar son prácticas físicas. El otro acierto de la definición es que habla de normas, sin especificar nada más. En los deportes hay normas de carácter técnico, ético y económico. Así que toda reflexión filosófica debe huir del reduccionismo y reconocer la complejidad del fenómeno.

    A veces ese reduccionismo se manifiesta al clasificar los deportes. Se suele olvidar que las personas desarrollan todas sus facultades al practicar cualquiera de ellos. La técnica es fundamental para saber lanzar un disco o correr los cien metros lisos. Utilizamos varios tipos de inteligencia para rendir mejor. No se trata de una inteligencia mecánica, como si fuese un algoritmo, sino creativa. Hay que pensar, ya estemos en el ajedrez o en natación. Es verdad que los problemas que hay que resolver son distintos, pero se trata de retos que exigen conocimiento de los métodos y creatividad para aplicarlos a la situación concreta. Y se desgasta mucha energía en ambos casos.

    Las actividades deportivas, incluso las competitivas, proporcionan un placer en sí mismo, con independencia de lo que busquemos. El objetivo puede ser lograr una buena marca, quedar los primeros, bajar de peso, aprobar el curso… Da igual, al hacer ejercicio, al jugar, nos sentimos bien, quizás somos más felices. Y lo uno no excluye a lo otro. Se puede competir para ganar y ser feliz al intentarlo. El problema es el exceso y la obsesión. Nos lo dice el sentido común.

    En el deporte hay valores éticos que contribuyen a la hora de forjar el carácter. La capacidad de esfuerzo, la disciplina, el autocontrol, el ansia de superación, el trabajo en equipo, el juego limpio… Y no hay una jerarquía fija entre ellos. No todo se reduce a ser competitivo. Ni se excluyen mutuamente. El deseo de ser el mejor no impide el juego limpio y el respeto al compañero. Los grandes deportistas lo demuestran cada día. No hace falta desarrollar juegos cooperativos, sin ganador, para fomentar el respeto o la solidaridad. Querer ser el mejor no tiene nada que ver con el egoísmo. Los excesos existen, ya lo sabemos.

    Como espectáculo, las actividades deportivas tienen una dimensión estética que suele ser olvidada. Hay belleza en la ejecución de un ejercicio. Ver espectáculos deportivos enriquece nuestra sensibilidad y nuestra inteligencia. En este punto, los deportes conectan con las artes. Otro de los errores es reducir todo a las emociones irracionales o pasiones ciegas. El amante del deporte busca ese placer inteligente que nos aporta el conocimiento de la técnica, la ejecución individual o colectiva y el logro de marcas cada vez mejores. Lo excesos del hincha violento y descerebrado ya los conocemos.

    El deporte no es un mero añadido a la cultura y el sistema educativo. Los valores del deporte son esenciales para el desarrollo pleno de las personas. Por eso debemos estar atentos y evitar que se mercantilice, se infravalore o se utilice como herramienta política para otros fines, ya sea como generador de identidades excluyentes o como opio del pueblo para desviar la atención y anestesiar la conciencia crítica de la ciudadanía.

sábado, 5 de noviembre de 2022

La persona como límite

        

    Las personas están por encima de las leyes, la burocracia y las políticas económicas y educativas. Las leyes tienen como función garantizar el pleno desarrollo de las personas. Para eso están los derechos fundamentales y la división de poderes. Somos sujetos materiales atravesados por relaciones sociales. Seres de carne y hueso, claro. No hace falta apelar a ninguna realidad trascendente para sostener que las personas tenemos dignidad, no precio. No somos un medio, sino un fin en sí mismo. No hay excusa para olvidar estas pequeñas ideas de la razón práctica.  Ni el bien común ni la razón de Estado pueden estar por encima de esa dignidad inmanente, ese mínimo ético. Lo público y lo privado cobran sentido si reconocemos la importancia de las personas concretas. A veces las grandes ideas nos ofuscan, nos impiden ver el horizonte con claridad. Argumentamos pensando que las leyes tienen valor en sí mismas. 

    La ideología es una forma de olvido de lo real, de las relaciones sociales concretas, de las vidas individuales. La persona es una condición de posibilidad del discurso ético y político. La crueldad humana, las injusticias y todo tipo de exclusión se olvidan de que toda política ha de ir de abajo arriba. Si no es así, estamos perdidos. Hay que dudar de toda estrategia que deje a un lado a los ciudadanos concretos, por muy bellas que sean las palabras, por muy nobles que sean los argumentos. Perdidos en las ideologías, en los grandes planes, corremos el riesgo de ignorar quién sufre realmente con nuestras decisiones. Izquierda, derecha, público, privado... Las grandes palabras de la política pueden cegar nuestra sensibilidad ética, nuestro sentido común.

lunes, 31 de octubre de 2022

Lo que siempre falta

Casa museo de Zenobia y Juan Ramón, en Moguer

         Cuando visitas la casa museo de un escritor, te da la sensación de que algo falta o sobra. No es nada achacable a los que mantienen la casa. Suele ser gente entregada con pasión a la labor de conservar y mostrar. Quizás uno espere encontrar allí la clave de la excelencia poética, el aire que dio lugar al fructífero impulso creativo, el rumor que hizo fermentar el estilo... Pero nada, uno solo encuentra el resto, lo superficial, lo que uno puede olvidar en cada mudanza. Ves la biblioteca del escritor y reconoces al instante que ahí tampoco está lo que buscas. Libros y papeles, nada más. Uno mira el escritorio, la mesa con la pluma o la máquina de escribir, y espera, espera, espera... Al final, falta algo. Si lo que buscas no aparece en los detalles, a lo mejor brota del todo, del conjunto. Pero nada, al final descubres que aquello que buscabas es una forma de ausencia, aquello que sobrevuela las palabras, aquello que las une, ese aroma de la imaginación tan escurridizo. 

viernes, 14 de octubre de 2022

Los relojes del poder

    


    Hoy hay relojes analógicos y digitales de gran precisión. Los teléfonos inteligentes actualizan la hora de forma automática. Se acabó lo de dar cuerda, aunque la cosa tenía su encanto... Hasta los relojes de las iglesias y los ayuntamiento nos dan bien la hora. Y te puedes poner mil alarmas para que te avisen de lo que tienes que hacer. Vivimos muy alarmados. Sigue habiendo timbres y bocinas para entrar en clase o en la fábrica. Un minuto de desfase y nos ponemos muy nerviosos. No tenemos excusa. Nadie puede decir que no sabe qué hora es. 

    El tiempo va sobre ruedas hasta que se topa con el poder. Porque el tiempo pertenece a las instituciones que administran nuestras vidas, en lo político y en lo económico. Los mecanismos de precisión para medir el tiempo fueron creados para controlar los ritmos de producción y los transportes de mercancías. Lograron que todos lleváramos amarrado al cuerpo un reloj, de bolsillo o de pulsera, pero todos con una cadena. Decir que ha salido el sol o que está anocheciendo es tan impreciso y antiguo que ya solo lo encontramos en la poesía. 

    El poder gestiona su tiempo y el nuestro. Hay veces que todo va muy rápido, con plazos férreos, como cuando te ponen una multa o tienes que pagar impuestos. Ahí el tiempo es oro. Los plazos para pagar o solicitar ayudas son claros. El que se duerme se busca un problema. La convocatoria es clara. Está escrito y publicado. El desconocimiento de la ley no nos exime de su cumplimiento. Para talar los árboles que molestan o son un "peligro" tampoco hay demora. Primero los cortan y luego argumentan.

    El tiempo propio del poder es otro asunto. Las cosas de palacio van despacio. Cuando tú vas con la lengua fuera para llegar al trabajo, los presidentes y diputados se hacen los remolones o juegan al escondite. Mientras tú pierdes una ayuda por haber presentado tarde un papel, el órgano que coordina a los jueces, nada más y nada menos, sigue sin ser renovado como la ley establece. Para nombrar un defensor del ciudadano o un interino a tiempo tampoco hay prisa. Los intereses económicos y políticos convierten los segundos en años, como en las películas de ciencia-ficción, cuando nos acercamos a un planeta muy masivo o viajamos a velocidades muy altas. 

    En palacio todo se vive de otra forma. Pedir un permiso de obras puede dar lugar a una espera que roce la eternidad, ya sea para abrir un negocio o para instalar unas placas que nos recuerden a los que murieron en los campos de concentración. Se ve que los ciudadanos, por mucho que lo intentemos, somos incapaces de entender esa física del tiempo burocrático, o esa metafísica, quién sabe. El poder siempre tiene una explicación para que sigas en la lista de espera o para que pagues el recargo de la sanción.

    A un trabajador se le pide que llegue a tiempo. Y se invoca la responsabilidad y la seriedad. En palacio todo eso da igual. Nadie se hace responsable de las tardanzas, aunque pongan en evidencia la falta de dignidad democrática. Viven atrapados en la maquinaria de adquisición y conservación del poder, que todo lo justifica. A los demás solo nos queda esperar, otros seis meses más, a que todos los permisos estén en orden para instalar las Stolpersteine; esperar a que se nombre a un Defensor del Ciudadano; esperar a que se renueve el Consejo General del Poder Judicial; esperar a que nombren al doctor que falta; esperar a que nos devuelvan el tiempo perdido.

martes, 11 de octubre de 2022

Clasificar, ordenar y cuantificar

  
Ilustración de Luis Miguel Morales "Moga"

     
El término científico aparece todos los días en los medios de comunicación. Todo el mundo valora la ciencia, pero no siempre se tiene claro en qué consiste esa praxis científica. La editorial sevillana Senderos ha publicado La ciencia, sus imágenes, sus conceptos, del matemático y filósofo Javier de Lorenzo, una obra que de forma rigurosa, crítica y creativa nos acerca al hacer científico y nos empuja a seguir investigando.

    Para explicar y comprender la physis, la naturaleza, los científicos construyen conceptos. La ciencia que hoy desarrollamos arranca en el siglo XVII, con su imagen mecanicista del universo. El reloj se presenta como el mecanismo ideal. A partir del siglo XIX aparece otra imagen, gracias al dominio de la electricidad y el calor, con la locomotora como modelo de artefacto dinámico movido por un motor interno. El hacer científico se va a desplegar dentro de esas imágenes de la realidad. Son metáforas-raíz que contienen valores, ya que establecen lo que debemos observar y manipular.

    Dentro del mecanicismo hay tres hipótesis que hacen posible la ciencia. Existe una realidad física independiente del sujeto. Esa realidad posee una estructura matemática. Y es posible obtener conocimiento objetivo de parcelas de esa physis. Para conocer la naturaleza, es preciso experimentar, llevar acabo algún tipo de manipulación agresiva de la realidad. La praxis científica consiste en elaborar conceptos y artefactos técnicos. Entre ambos hay una interacción constante. Cuando relacionamos conceptos de forma coherente para explicar un conjunto de fenómenos, surgen las teorías.

    Según Javier de Lorenzo, clasificar, ordenar y cuantificar son los tres procesos que subyacen a la praxis científica. Son tres procesos necesarios en la ciencia que dan lugar a tres tipos de conceptos: clasificatorios, comparativos y magnitudes. La ciencia no solo cuantifica. “El paso de conceptos clasificatorios a magnitudes a través de los comparativos se considera uno de los grandes logros científicos.” Hay ciencias, como la antropología, que solo utilizan los clasificatorios. La psicología recurre tanto a los clasificatorios como a los comparativos. Y la física, la química, la biología… usan los tres, clasificatorios, comparativos y magnitudes, por eso son las ciencias por excelencia. Así pues, según el tipo de conceptos, habría tres clases o tres niveles de ciencias.

    En el libro hay dos enfoques: el estructural, que analiza los requisitos formales (lógicos); y el genético-epistemológico, que aborda el surgimiento de esos conceptos a la largo de las historia de la praxis científica. El enfoque formal nos permite saber qué es una buena taxonomía, por ejemplo, si cumple los criterios lógicos necesarios y si es útil para describir cierta parcela de la naturaleza. De nada sirve una clasificación u ordenación incoherente o arbitraria. A lo largo de texto aparecen múltiples ejemplos, como los grupos sanguíneos o la tabla periódica de los elementos. Javier de Lorenzo insiste en las implicaciones filosóficas, científicas y sociales que conlleva la elaboración de una clasificación determinada.

    Tras la clasificación y la comparación viene la cuantificación. “La conceptualización cuantitativa se ha estimado como la auténtica creación del hacer científico.” Javier de Lorenzo explica los tipos de magnitudes, su estructura formal, y los problemas prácticos que genera la medida. Las magnitudes básicas forman una red o malla, lo que genera relaciones y leyes. El marco del mecanicismo, el surgimiento de los estados modernos y el capitalismo condicionan ciertas elecciones de la comunidad científica, como el sistema universal de medidas. En el libro explica cómo han ido surgiendo las medidas de longitud, masa y temperatura, dentro de determinados marcos conceptuales y sociales.

    Cuando aborda cómo se han construido los conceptos científicos a lo largo de la historia, queda bien claro que el hacer científico es una labor abierta, inacabada, en la que se requiere un gran trabajo y una gran imaginación. Además, el hacer científico se desarrolla en sociedades concretas. Así que múltiples factores inciden en su desarrollo. Según los tipos de conceptos que utilicemos, realizaremos diferentes comprensiones de la naturaleza y del ser humano. Los conceptos hacen posible ciertas técnicas, que su vez estimulan la creación de nuevos conceptos. Y una reflexión final del autor. ¿Es todo cuantificable en la physis? ¿Se reduce la matemática a la cuantificación? La respuesta es clara: “La creación matemática no se limita a la cuantificación.” Además de la medición, para comprender la physis, el científico maneja estructuras como las topológicas y las algebraicas.

domingo, 11 de septiembre de 2022

Estado de alarma: ¿prohibir una conferencia de Olona?

Obra de Chiharu Shiota

      Las universidades y los medios de comunicación son espacios para la argumentación libre y plural. Son los lugares en los que se forma la opinión pública. Sin ellos, cualquier tipo de democracia carece de sentido. Y es necesario que aquellos que se dedican directamente a la política acudan a exponer sus argumentos y sus ideas. De la misma forma que es impensable una prensa que no sea plural y libre, tampoco puede existir una verdadera universidad si no es abierta. Prohibir nunca es el camino. Si tan erróneas son algunas posiciones ideológicas, habrá que refutarlas con la palabra, con razones y datos. 

   Como es lógico, los límites que posibilitan ese pluralismo vienen establecidos en la legislación vigente, desde la Constitución y los códigos hasta los reglamentos concretos de las instituciones. Hay que escuchar en esos foros a los que abandonaron la violencia y cumplen las normas, a los que tienen otro modelo de Estado o de política económica y cumplen las normas, a los que quieren cambiar las normas, pero cumplen las normas... Ahí tenemos los derechos fundamentales. Y prohibir una conferencia no parece que sea muy coherente con ellos. 

    Cuando veo interrumpir a gritos una conferencia, sin dejar hablar al orador, sea de la tendencia que sea, creo que algo no se ha comprendido bien. Que hable, y luego comprobaremos si lo que dice es razonable y se atiene a las normas del método científico y del sentido común. Que hable, y luego veremos si tenemos un teoría mejor, que explique mejor los hechos o que oriente mejor nuestras acciones. Escuchar, hablar, preguntar, y buscar contraejemplos, contradicciones, falacias...

    Los que son partidarios de prohibir deben tener muy claro todo. Quizás posean la verdad absoluta... Lo de llamar fascistas o comunistas a los que no deseamos escuchar no parece la mejor estrategia. Más bien parece una carencia. Etiquetamos para no tener que pensar sobre temas concretos. Pensar con tópicos y prejuicios es muy fácil. Lo difícil es ser prudentes, tolerantes y justos para separar el grano de la paja. La complejidad política requiere hablar de leyes concretas. Y la universidad es un buen foro para ello, si tenemos en cuenta que hay expertos juristas que buscarán la mayor objetividad y los razonamientos impecables. El asunto de la posible inconstitucionalidad de los estados de alarma ha generado un debate que puede ser muy enriquecedor y dar lugar a una mejora de la legislación vigente.

jueves, 8 de septiembre de 2022

¡Que le corten la cabeza!

Alicia en el país de las maravillas, de Tim Burton

     Las monarquías nos fascinan, aunque en el fondo sean cabezas normales y corrientes debajo de coronas relucientes, con sus oros y piedras preciosas. No hace falta caerse en una madriguera o atravesar el espejo para encontrarse con esos seres únicos, avalados por la sangre, la tradición o los parlamentos. Ya no tienen tanto poder como antes, cuando reunían en su persona la capacidad legislativa, ejecutiva, judicial y mucho más. Su poder ha mermado, pero no ha ocurrido lo mismo con sus riquezas. Las monarquías nos fascinan porque parecen de otro mundo, de los libros, de las viejas leyendas, donde el tiempo, la vida y la muerte transcurren de otro modo, como si no tuvieran nada que ver con la miseria de los días y las noches. Las monarquías permanecen, frente a las estaciones o el cambio de los vientos. Nos fascinan porque están próximas a la divinidad, a la eternidad y la pureza, aunque nadie te haya elegido o vengas de narrar la actualidad más deprimente en el último telediario. Son ricos y bellos, con sus protocolos y saludos... Y al fascinarnos parecen bloquear nuestra inteligencia, tan crítica para otros asuntos. Nos da igual que esa institución choque con los principios de la democracia. Son de otro mundo, a pesar de aparecer en la revista Forbes... Son instituciones que anulan a las personas. Las convierten en símbolos del Estado, en mitos de las naciones, en modelos perfectos, en títeres al servicio de las viejas fuerzas... Las convierten en objetos. Por eso, además de la indignación republicana, sentimos compasión y tristeza por la vida que no pudieron vivir.

martes, 6 de septiembre de 2022

¿Estamos preparados para que nos gobiernen?

    

    Todos los partidos están preparados para gobernarnos. Siempre lo están. Exhiben una autoestima que no parece de este planeta. Y por si fuera poco, disponen de una serie de conocimientos innatos que lo abarca todo, desde la geología a la robótica. Empiezan el curso ya sabiendo los temas, con la nota máxima ya fijada. Cuando hay elecciones a la vista, el mundo parece que funciona al revés. Y siempre hay elecciones a la vista... Las maquinarias del poder, los partidos, están engrasados, con la I.T.V. semanal superada, preparados para gobernarnos. Ya saben que lo van a hacer muy bien. Todos mejor que los otros, por supuesto. Y prometen que van a escucharnos. Aunque lo de escuchar llama la atención, si ya lo saben todo y tienen todas las medidas a punto.

     Que nos pregunten mejor si nosotros estamos preparados, si estamos dispuestos a soportar otra vez la maquinaria electoral a pleno rendimiento, si estamos preparados para aguantar sus enfrentamientos estratosféricos… Dan por hecho que les estamos esperando con los oídos abiertos, que echamos de menos esa lucha a muerte por el poder, que no podemos vivir sin sus frases y fotos espectaculares. Creen que no hay vida más allá de su palestra y que la gente no tiene otras cosas que hacer.

    Para saber si estamos preparados, no basta con consultas ficticias y paternalistas, reuniones en las que se dice a todo que sí para que veamos lo bien que se nos escucha. Las asambleas precocinadas no nos sirven de mucho. Cuando dicen que están preparados para gobernarnos, me entran escalofríos. A mí me suena más a amenaza que a otra cosa. Vamos, que os vais a enterar todos…

    No estamos preparados para una campaña como las de siempre. Con la que está cayendo, con la inflación, las facturas, la falta de recursos en sanidad, la sequía, el paro… Así no estamos para que nos gobiernen, de buenas a primeras, sin un entrenamiento especial. No están las cabezas para descifrar siglas, entender divisiones, calibrar falsas promesas y aguantar discursos de superestrellas. No estamos preparados para saber lo importantes que somos los jerezanos y jerezanas. No estamos preparados para que nos digan quiénes somos y qué queremos. Cuando lo estemos, ya avisaremos.

martes, 23 de agosto de 2022

Superioridad disuasoria

 

    Parece ser que estamos rodeados de potenciales enemigos, por el sur, por el este... Así que hay que rearmarse hasta los dientes. ¡Que vengan destructores para reforzar nuestra posición y la fidelidad al bloque! Y compremos cazabombarderos a los americanos antes de que les caduquen. Aviones para apagar incendios no, ni hablar. Y es que la percepción del riesgo es muy flexible, es decir, manipulable. Por lo visto los ecologistas y los pacifistas son unos irresponsables, con las cabezas llenas de pájaros... Como los del sur y los del este nos vean flaquear, nos invaden y destruyen nuestra gloriosa civilización. Hay que ser más que los otros, más que nadie, para que no se atrevan a hincar el diente a nuestros manjares. No están invitados al gran banquete de la civilización. Reducir armamentos, reducir emisiones contaminantes... Con esas ideas peregrinas no mantenemos la superioridad disuasoria. Pero a lo mejor la gente quiere menos listas de espera para curarse, o menos alumnos por aula, o empleos decentes... El riesgo de la pobreza, el riesgo de ver los pueblos abandonados, el riesgo de los incendios, el riesgo de los trabajos basura, el riesgo de no poder pagar la luz o el gasoil y tener que cerrar tu negocio... Todo eso puede esperar, no hay prisa. Son exageraciones de los radicales. Lo primero es la superioridad disuasoria. Los ciudadanos sensatos no se alteran por esas paranoias de comunistas. Los ciudadanos sensatos quieren más destructores, más vallas, más F-35. La gente no para de pedir F-35, en la calle, en la plaza de abastos, en el hospital, en el colegio... Y algo parecido debe ocurrir en el sur y en el este. Allí lo prioritario también es sacar pecho, armarse como es debido. La gente del sur y del este también quiere más aparatos para matar. Qué fácil es meter el miedo en el cuerpo para que los mecanismos de la autodestrucción sigan bien engrasados...

https://www.lavozdelsur.es/opinion/superioridad-disuasoria_281810_102.html

viernes, 5 de agosto de 2022

Unidad de medida natural

 

 Cuando las aguas se retiran, aparecen los escombros y ruinas. Las alfombras del progreso no dan abasto. Debajo ocultamos las contradicciones de un modo de vida insostenible, basado en la ingenua creencia de que la naturaleza es infinita. Nuestras varas de medir ya no sirven. No funcionan porque las ignoramos. Miramos para otro lado. Hay que volver a observar los restos de la naturaleza para ver qué nos muestran. Los árboles suelen reflejar bien lo que ocurre. Y lo hacen precisamente cuando intentamos aniquilarlos. Del mismo modo que la sierra hace emerger los anillos del tiempo, los pantanos convierten a los árboles en indicadores del nivel de consumo y de la capacidad que tiene el entorno de soportarlo.