miércoles, 11 de febrero de 2026

La opinión pública


Ilustración de Luis Miguel Morales "MOGA"


    La esfera de la opinión pública es el ámbito donde la democracia produce su propio alimento. Si esa esfera desaparece, la democracia muere por inanición y se queda en los huesos. Ese ámbito es posible gracias a los medios de comunicación, las instituciones culturales y educativas, las asociaciones… La opinión pública nace del intercambio de ideas sobre cómo es la realidad social y cómo debería ser. En la esfera pública se constituye la voluntad democrática, lo que deseamos ser como comunidad.

    La llegada de las nuevas tecnologías de la información ha supuesto una transformación radical de esa esfera. Recuerden cuando todos veíamos los mismos programas de televisión, cuando había pocos periódicos y solo en papel… En uno de sus últimos libros, dedicado a la esfera pública y la política deliberativa, dice Habermas que hoy en el ámbito de los medios de comunicación se da una expansión ilimitada y una fragmentación: “Los usuarios exclusivos de los medios sociales parecen estar adoptando un modo de comunicación semipúblico, fragmentado y circular que está deformando su percepción de la esfera pública como tal”. Todo el mundo opina, desde sus ideas, para los suyos, sin tener en cuenta el bien común. Se crean bucles de opinión dispersos que se oponen a otros. En las redes sociales todo es privado y público a la vez, pero ya lejos de una opinión pública estructurada por el bien común.

    Antes eran unos pocos los que opinaban: ahora habla todo el mundo a la vez. Antes eran pocos los que sabían: ahora todo el mundo sabe de todo. A los pocos segundos de publicarse una noticia, ya hay infinitas opiniones. Son reacciones inmediatas, sin dejar posar las ideas. Se trata de intervenciones viscerales movidas por emociones irracionales. La esfera de la opinión pública no solo se ha acelerado, también se ha distorsionado, gracias al uso de la mentira intencionada, la manipulación de la información, la polarización y el odio, la exclusión, los prejuicios, la censura encubierta y la autocensura, el no dejar hablar o no querer hablar…

    Menos mal que siguen existiendo foros más pausados, organizados por universidades, academias o instituciones culturales. Los congresos científicos y jornadas literarias también son parte de esa opinión pública. Las personas que se dedican a las letras, a escribir libros, tienen gran responsabilidad en la configuración de la democracia, aunque no lo parezca. Uno espera que esos escritores introduzcan sensatez en la esfera pública y pongan los cimientos de una democracia deliberativa.

    Frente a la distorsión y el ruido de la red, esos espacios científicos y literarios deberían ser modelos de deliberación racional, de diálogo. Además de ser un modelo formal de intercambio de argumentos, pueden aportar ideas más elaboradas, más ricas. Y así contribuir a racionalizar la esfera pública y reorientarla al bien común, dejando a un lado la polarización emocional. Deberían ser un ejemplo para toda la ciudadanía y, en especial, para nuestros jóvenes.

    De ahí que resulte incomprensible que en una sociedad democrática algunos intelectuales se nieguen a participar en un debate porque hay personas con ideas radicalmente opuestas a las suyas. Tampoco se entiende que algunos colectivos propongan que se prohíba una conferencia porque tratará sobre ideas políticas que chocan frontalmente con las suyas. Con estas actitudes se destruye lo que Habermas llama el núcleo moral de la cultura liberal: la voluntad de los ciudadanos de reconocer recíprocamente a los demás como conciudadanos y colegisladores en pie de igualdad.



martes, 13 de enero de 2026

La autoridad

  
Ilustración de Domingo Martínez González

  La filosofía comienza con el asombro. Siempre hay motivos para asombrarse. Las ciencias hablan de la inmensidad del universo, de los átomos, del origen de la vida, del funcionamiento del cerebro… Y las tecnologías nos dejan con la boca abierta: construyen artefactos cada vez más complejos, desde aceleradores de partículas hasta sistemas de inteligencia artificial. Sin embargo, no hay que ir tan lejos. Lo más cotidiano puede resultar igual de sorprendente. Uno de los asuntos que más nos debería asombrar es la existencia de la autoridad. Es un fenómeno admirable que las personas acepten que otras les den órdenes y dirijan sus vidas.

    La palabra autoridad aparece en diferentes contextos. Se dice que Adela Cortina es una autoridad en Ética, que las autoridades políticas han elaborado una nueva ley, que la policía ejerce su autoridad, o que a veces no se tiene autoridad para hacer algo. Todos estos usos tienen algo en común: la autoridad tiene que ver con la capacidad de influir en la conducta de otras personas y con el consentimiento.

    En su origen, el concepto de autoridad se relaciona con la virtud y el saber, con la excelencia, con la capacidad de guiar, con la facultad de mejorar el mundo y a los demás. Procede del verbo latino augere, que significa aumentar, hacer crecer y progresar. De ahí viene autor, que es el creador, el promotor. Tener autoridad te da derecho a hablar, a tutelar y mandar. Se acepta la autoridad del que sabe porque nos puede hacer mejores. No aceptar esa autoridad nos lleva a la ignorancia y el desorden. La autoridad del sabio se orienta tanto al bien del que aprende como al bien común.

    Por otro lado, la autoridad está conectada con la legitimidad. La autoridad es el poder admitido, consentido. Un delincuente con un arma tiene poder físico, pero no autoridad. En cambio, un policía posee autoridad, por eso tiene derecho a usar un arma. La autoridad es el poder reconocido o justificado. Max Weber distinguió tres tipos puros de legitimidad: carismática, tradicional y racional-legal. El primero se basa en el carisma del líder o jefe, en sus cualidades extraordinarias. En el segundo, se atribuye por tradición, por costumbre. En el tercero, la autoridad se establece a través de leyes, normas, derechos, reglas racionales e instituciones.

    Cuando hay abuso de la autoridad, se cae en el autoritarismo, ya que se utiliza un poder más allá de lo admitido. Entonces, se pierde la legitimidad. Por eso el dictador tiene que usar la fuerza para mantener su poder. El autoritarismo consiste en usar el poder de forma injustificada, sin el reconocimiento legal y moral requerido.

    Lo ideal es que la autoridad sea aceptada racionalmente. En las democracias, el ciudadano acepta las leyes porque han sido redactadas por un parlamento que nace de la voluntad popular. No aceptarlas implica caer en una contracción ya que las leyes han sido elaboradas por nuestros representantes.

    En educación, el discípulo admite la autoridad del maestro porque reconoce sus virtudes y sabe que es un ejemplo vital, un modelo. El alumno reconoce las virtudes intelectuales del docente y acepta sus instrucciones para aprender y mejorar. Para que este reconocimiento sea posible, no es suficiente con aprobar un decreto que lo diga. No es suficiente con la cobertura legal. No es suficiente con otorgar más derechos.

    Es necesario que esa relación entre maestro y discípulo pueda llevarse a cabo en mejores condiciones. Con la masificación actual es imposible que surja el diálogo que conduce al reconocimiento de la verdadera autoridad. Además, es muy importante que la educación sea apreciada también fuera de los centros educativos, algo que tiene que ver con los valores éticos de la sociedad.