martes, 8 de marzo de 2022

Palabra de Homo sapiens sapiens

Creación de Domingo Martínez

    Las palabras nos asombran tanto como una galaxia o una bacteria. Todo hablante experimenta alguna vez la intensa extrañeza que supone utilizar las palabras. De repente, nos paramos y contemplamos los significantes, los signos en el papel o los sonidos en el aire, tan ajenos al significado, al sentido de lo que dicen. Hay algo de sublime, quizás incomunicable, al preguntarnos por la esencia del lenguaje. El microscopio no nos dice nada sobre los significados. 

    Si analizamos el cerebro, encontramos neuronas y conexiones sinápticas, electricidad y neurotransmisores. Ni rastro de los significados, aunque sabemos que están ahí y que brotan de esas enrevesadas redes. Todos los aparatos que tenemos se limitan a localizar la actividad cerebral correspondiente a cada función cognitiva, que no es poco. Sabemos ya mucho sobre dónde se procesa el lenguaje, pero poco sobre cómo se generan los significados conscientes y las cualidades subjetivas de nuestras experiencias cognitivas. Nos asombra que átomos, moléculas, células, tejidos y estructuras cada vez más complejas produzcan eso que llamamos lenguaje y pensamiento.

    Aristóteles dejó muy claro que solo los humanos usamos palabras, necesarias para expresar lo justo y lo injusto. Es lo que nos hace seres políticos. En la ciudad, la polis, se despliega lo esencial de las personas, el logos. Palabra y razón son los pilares de la convivencia. La principal virtud para los ciudadanos ha de ser la prudencia, que implica saber pensar, para elegir el término medio a la hora de actuar, y saber deliberar, para elaborar leyes sensatas.

    Aunque ya desde los orígenes de la filosofía se reflexionó sobre el lenguaje, fue en el siglo XX cuando se produjo el giro lingüístico. Hubo estudios sobre el significado. Unos hablaron de referencia y otros de uso. De los enfoques más semánticos y lógicos se pasó a la pragmática. El lenguaje comenzó a ser el centro de toda la filosofía, desde la metafísica hasta la política. A pesar de la diversidad de enfoques y escuelas, todos parecían coincidir en que la percepción, el pensamiento, la estética, la ética y la política se daban en el lenguaje, a través de las estructuras del habla. Somos en las palabras. El lenguaje es la casa del ser, decía Heidegger. Y Wittgenstein sostuvo que los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo.

    Hablar es constituir una comunidad. El universo simbólico que habitamos se alimenta de un contrato que renovamos cada vez que deseamos decir algo a alguien. Habermas, Adela Cortina y muchos otros autores han conectado directamente las condiciones de posibilidad del lenguaje con el diálogo ético y político. En la acción comunicativa buscamos el entendimiento, el acuerdo, y damos por hecho que aceptamos unos requisitos mínimos del uso del lenguaje. Por eso distinguen entre acción comunicativa, que trata a los demás como fines en sí mismos, y las acciones instrumentales y estratégicas, que se basan en utilizar a los otros como meros medios.

    Uno de los objetivos de la educación es enriquecer esta reflexión sobre lo que nos hace humanos. Conocer y utilizar bien el idioma es una condición necesaria para el pleno desarrollo de las personas. La literatura y la sintaxis nos hacen ser conscientes de cómo nos desenvolvemos con las palabras. Por eso, conocer varios idiomas es tan fructífero desde el punto de vista intelectual. Saber hablar bien es la condición de posibilidad para poder pensar con claridad y dialogar con sensatez.

    Estos días lo podemos comprobar. En las sociedades democráticas son fundamentales los acuerdos, el diálogo constante. Si no hay foros para deliberar, en los que haya un diálogo profundo y simétrico, terminamos rompiendo las reglas básicas de convivencia. Quizás no nos hemos explicado bien… Estudiamos humanidades para analizar y comprender el presente, no el pasado. Acudimos a los griegos porque son la raíz de nuestra civilización y nos siguen ayudando a pensar nuestro futuro como humanidad. Leemos a los clásicos porque abordan con lucidez la trágica existencia humana. Estudiamos sintaxis y lógica para comunicarnos y argumentar sin salirnos de la racionalidad.

martes, 8 de febrero de 2022

Los borradores, las notas y los tachones

  

Fotografía de Domingo Martínez González

     Cuando pides a los alumnos que elaboren un trabajo creativo, su primera reacción es de incredulidad. No se creen que les estés pidiendo algo original, ya sea un relato, un ensayo o un dibujo. No se lo esperan. Pasado ese primer espasmo, te dicen que no, que ellos nos saben cómo empezar, que no tienen imaginación, y que les va a salir fatal, si es que sale algo. Piensan que los libros que leen, los cuadros que contemplan o la música que escuchan han salido a la primera, del tirón, perfectos desde el principio, sin necesitar apenas retoques. Ahí tenemos una labor crucial: lo que tienen delante es el fruto de un largo trabajo creativo, repleto de esbozos, errores, rectificaciones, arrepentimientos y dudas. Detrás hay un enorme andamiaje invisible.         

    Por eso son tan importantes los cuadernos de trabajo de los creadores. Nos demuestran que no son dioses, sino humanos extraordinarios. Son seres capaces de obsesionarse con una idea o un problema y dedicar toda su vida a pensarlo, a resolverlo o reformularlo infinitas veces, hasta que logran algo parecido a una solución.

    El libro que ustedes están leyendo, o su cuadro preferido, es la última versión de una idea que revoloteó dentro de la mente de un creador durante mucho tiempo. Nos surge la duda de si la obra es ese resultado final que ahora contemplamos o el proceso completo, desde que brotó la idea original hasta que compramos la obra. Si incluimos todos los bocetos y borradores, también debemos añadir la recepción por parte del lector, con sus interpretaciones y perspectivas. La obra es un proceso abierto.

        No todos los creadores están de acuerdo con revelar el andamiaje de sus obras. Hay miedo, pudor, o mero desinterés. Los borradores reflejan la intimidad del intelectual, sus dudas, errores y callejones sin salida. Las notas de trabajo y los cuadernos sacan a la luz también las fuentes de donde beben el artista y el científico. Vemos quiénes son sus modelos, reconocidos públicamente o no. Algunos creen que todo esto debe quedar oculto, que es parte de la intimidad del proceso creativo y que no tiene interés para nadie. Incluso puede ser utilizado en su contra, para buscar puntos débiles.

    Hemingway escribió cuarenta y siete finales distintos antes de concluir Adiós a las armas, nos cuentan Anthony Brandt y David Eagleman en su excelente ensayo La especie desbocada (Anagrama, 2022). Nadie puede sospechar, nos dicen los autores, que “una abundancia de opciones dio lugar a la última página de la novela”. En todas las artes hay una infinidad de variaciones y alternativas antes de plasmar la solución final. “Para diseñar el Flea Theater de Nueva York, la Architectural Research Office elaboró setenta fachadas distintas.”

    El libro habla de cómo la creatividad humana remodela el mundo. Así que hay ejemplos de todos los campos. Desde la pintura hasta el diseño de coches o fármacos. La herramienta que utilizamos para innovar es el cerebro, que genera “superabundancia de opciones: muchas no llegan a la conciencia, y de entre las que lo consiguen, son muchas las que sucumben”. Para Eagleman, neurocientífico, y Brandt, compositor, el trabajo creativo se basa en tres operaciones: doblar, romper y mezclar. Todas las innovaciones surgen de estas formas de transformar lo que vemos y recibimos de nuestra tradición. Es evidente que no todo lo que doblamos, rompemos o mezclamos se convierte en una obra definitiva. En el camino quedan muchos intentos, muchos fracasos,  porque para ser innovador y triunfar es preciso ser arriesgado, original… y contar con un contexto social oportuno.

    Conocer los bocetos y las notas de trabajo no solo es bueno, sino también necesario. Acaba de aparecer una edición ampliada de La idea de principio en Leibniz y la evolución de la teoría deductiva, publicada por el CSIC, de la mano del filósofo Javier Echeverría. Se han incluido 587 notas de trabajo de Ortega y Gasset. Estas anotaciones nos ayudan a conocer la mente creativa del filósofo, sus fuentes, y las modificaciones que llevó a cabo a lo largo del proceso de escritura. Si los libros publicados nos muestran el pensamiento del autor, sus notas y borradores reflejan cómo pensaba. Así, encontramos en esta nueva edición imágenes de los manuscritos, con notas pegadas con celo en el folio.

    En el ámbito de las artes hay cientos de publicaciones que recogen el andamiaje creativo de los artistas. Cuando leía las notas de Ortega y Gasset me vino a la mente otro libro esencial, los Escritos de Marcel Duchamp, editados por José Jiménez para Galaxia Gutenberg. Estas obras tienen valor en sí mismas. Puede ocurrir que ideas descartadas por los autores nos parezcan hoy una genialidad. También nos abren nuevas vías. Senderos que los artistas iniciaron y no transitaron, por no ser el momento oportuno, pueden ser en la actualidad vías fructíferas. Y nuestros alumnos, que desean ser grandes científicos, pensadores, escritores o artistas, deben saber que la creación es apasionante, tanto por lo que se logra como por lo que se descarta, y que ninguna obra nace completa desde el principio.

lunes, 7 de febrero de 2022

Carnaval

El pasado es un conjunto de perspectivas deformadas por la memoria, que es la imaginación disfrazada de notaria. 

martes, 25 de enero de 2022

Aceleradores

    Las sociedades de consumo desenfrenado tienen que acostumbrase a un eterno sinvivir. Es lo que tiene el bienestar, que viene acompañado de una infinita desazón, una angustia permanente ante lo que podemos perder. Como ocurre con los aceleradores de partículas, cuanto más pequeño y profundo es lo que necesitamos analizar, más energía necesitamos. La intensidad de nuestro bienestar, que atañe a todos los detalles de nuestra existencia, requiere también más energía, más riesgo e incertidumbre.

lunes, 24 de enero de 2022

La ciudad sin lugar

    Camino por la calle Porvera. La mascarilla, además de proteger y dar calor, genera un nuevo espacio de intimidad, un hueco para seguir pensando. La gente circula a mi lado, cada cual con sus quehaceres, sus tareas y preocupaciones cotidianas. Cada uno vive su ciudad desde esas labores, esas experiencias con sentido. Las calles que recorremos, los edificios que visitamos, los bancos en los que descansamos, los coches que conducimos o esquivamos… Nuestra ciudad es un conjunto de senderos con significado. Y forman un todo, nuestras vidas. Me pregunto qué ciudad deseamos y por qué. 

    A veces leo que la filosofía nació con la ciudad. Me parece una exageración. Es cierto que la filosofía es una actividad muy urbana, pero seguramente ya los cazadores-recolectores pensaban y dialogaban alrededor del fuego, o mientras se desplazaban en busca de alimento. Se asombrarían ante el cielo estrellado y discutirían sobre las normas del grupo, sobre cómo gestionar los asuntos comunes. Somos seres sociales por naturaleza, insisten los antropólogos. 

    Hace unos 10.000 años la humanidad comenzó a cultivar la tierra, a criar ganado y a construir murallas. Con el Neolítico arranca otro modo de vida, de producción, y surgen la escritura, las leyes, las instituciones estatales, las ciencias y las técnicas. Nos volvimos sedentarios y construimos las ciudades. Pasamos de vivir en pequeños grupos a habitar grandes poblados, algunos inmensos. Fueron surgiendo formas de convivencia cada vez más complejas. Se trata de un largo proceso, el nacimiento de una forma de sociedad que iría cristalizando en varias zonas del planeta. 

    Los filósofos griegos pensaban que el ser humano solo podía desarrollarse plenamente si vivía en la polis, en su ciudad-estado. Es en la ciudad donde desarrollamos nuestra racionalidad, tanto en el aspecto teórico como práctico. Las virtudes cívicas nos constituyen como humanos. Es en la ciudad donde hablamos y razonamos. La ciudad es el lugar del logos. La ciudad justa, es decir organizada racionalmente, propicia la existencia de ciudadanos justos. Y si cada persona desarrolla las virtudes que le corresponden, la sociedad funciona como es debido. Necesitamos instituciones adecuadas para poder participar, ser prudentes, amables, generosos, valientes, moderados… Sin el marco de la ciudad, nuestra racionalidad no puede desarrollarse al máximo. La ciudad proporciona el espacio y el tiempo que el logos requiere. 

    También se dice que cuando éramos cazadores-recolectores vivíamos en una especie de comunismo primitivo, donde todo era de todos y apenas había división del trabajo. Sin embargo, es con la progresiva aparición de la propiedad privada de los medios de producción como aparece un nuevo concepto de lo común. La vida en los grandes poblados exige la realización de obras para garantizar bienes comunes, como puede ser el acceso al agua, la muralla protectora, la iluminación o los caminos para trasladarse. Hace falta un poder central que recaude impuestos para poder llevar a cabo tales proyectos. Con la ciudad surge una conciencia diferente de lo común, por oposición a lo privado. 

    La ciudad es el lugar de lo común, ya que es en el ágora donde debatimos qué leyes aprobar para garantizar la convivencia y esos bienes colectivos. A la hora de construir la ciudad, de gestionar los espacios, queda reflejado quién tiene el poder. El espacio urbano es un espacio político y económico. Solo existe espacio puro en la matemática. La ciudad es un haz de fuerzas y de intereses. La estructura urbana refleja quién ha mandado, quién ha decidido. Nuestras ciudades han sido modeladas durante los últimos siglos para producir, para generar productos y distribuirlos, para acoger a los trabajadores y hacer posible un consumo intensivo. 

    Ese lugar de lo común ha sufrido recientemente grandes transformaciones. La plaza pública, con sus instituciones políticas, ha experimentado una desvitalización radical. Los centros comerciales de la periferia, con sus colmenas de adosados, y el ciberespacio, con su mercado global, han vaciado los centros de la ciudades. Los solares son síntomas de la ciudad vacía. Espacios sin ciudadanos, pero repletos de consumidores-turistas accidentales. Han surgido ciudades paralelas a las afueras, donde ya no se oculta su finalidad esencial, el consumo. Las otras actividades, las que nos permiten participar en las decisiones, crear lo común y vivirlo, ya ni son mencionadas. 

    Para crear la ciudad perfecta hay que pensar lo que no tiene lugar, hay que ser utópicos. Hay que pensar cómo traer otra vez la política a los centros de las ciudades. Hay que pensar cómo diseñar ciudades que acojan la vida en toda su plenitud, con todas sus dimensiones. Los espacios públicos pueden ser algo más que espacios económicos, productivos. Y deben serlo. Tenemos la obligación de pensar ciudades para caminar, sin contaminación, con lugares para el juego y la cultura… Tenemos derecho a todo ello. Pero hay que realizar un esfuerzo creativo y político para saber integrar todas las actividades que nos definen, trabajar, consumir, conducir, contemplar, pasear, jugar, pedalear, respirar…

    Los ciudadanos deberíamos participar en la construcción de los espacios urbanos. Necesitamos un hueco en los gobiernos municipales, para deliberar y decidir, desde el compromiso y la responsabilidad. Sin esta participación, corremos el riesgo de que los técnicos impongan criterios formales muy alejados de las vivencias de las personas que habitan la ciudad. Toda representación política implica desvitalización, alejamiento de las necesidades reales. Y no bastan los datos, las estadísticas. Lo cuantitativo es necesario, pero no suficiente. La experiencia vital de un vecino que narra sus problemas de acceso a un determinado bien común aporta conocimiento situado y proporciona la comprensión necesaria para generar soluciones con sentido.

EL PAPEL DE LA VOZ

miércoles, 19 de enero de 2022

Águeda y el horizonte

La luz de los días será entera para ti. 

Las sombras de las tardes te mimarán como nunca.

Y los sueños ya solo te anunciarán utopías.

Las huellas que nos dejaste hablan del futuro.

                Vivir es crear nuevos espacios...

                 El espacio es infinito.

miércoles, 12 de enero de 2022

Ana y los bucles

Cada rizo es una espiral, una especie de galaxia, con un agujero negro, de los que atrapan la luz. Hay que ser osado para acercarse, como yo,  sabiendo que no hay escapatoria. 

martes, 11 de enero de 2022

Ariadna y los hilos

 Hay hilos muy finos, tan delgados que solo una inteligencia sensible puede percibir... Sin ellos el laberinto es oscuro y terrible. 

Cloe y el logos

 A veces la hierba se mueve y genera viento. Y ese soplo se convierte en palabras, huellas de un pensar indómito. 

La responsabilidad

Ilustración de  Luis Miguel Morales ‘MOGA

    “Apelamos a la responsabilidad de cada ciudadano”, nos recalcan las autoridades. Cuando la incertidumbre impide legislar de forma coherente, se apela a la responsabilidad individual. Estamos tan poco acostumbrados, que muchos ciudadanos se indignan. Lo ven como una forma de lavarse las manos, para que seamos nosotros los que nos devanemos los sesos y nos equivoquemos. Porque si el Estado no se atreve a prohibir ni a obligar, si no sabe nada del qué y del cómo, entonces es que el asunto es muy oscuro, con dilemas morales incluidos.

      Para pagar los impuestos o para conducir no suele haber esta atribución de responsabilidad, o descarga, por parte del Estado. A nadie se le ocurre proponer que el pago de los impuestos dependa solo de nuestra responsabilidad, y que no hace falta una ley que regule todos los casos. Que cada uno sepa lo que tiene que pagar a hacienda y cuándo… Tampoco con el tráfico parece conveniente decir que cada uno elija la velocidad que considere adecuada, según su responsabilidad. En ambos terrenos, hemos elaborado una legislación muy compleja, llena de limitaciones, obligaciones y prohibiciones.

         La incertidumbre y la novedad vienen de la mano. Se apela a la responsabilidad de los ciudadanos para prevenir los contagios y saber qué hacer en cada caso. Se nos pide observar, valorar y decidir, desde nuestro conocimiento, desde nuestras circunstancias y desde nuestra autonomía. Quieren que seamos capaces de valorar las consecuencias de nuestras decisiones, porque nuestros actos afectarán a los demás, a la sociedad en su conjunto.

         En el ámbito educativo hay un asunto que nos trae de cabeza: el uso de los teléfonos móviles y dispositivos similares. Hay muchas dudas, tanto en el ámbito familiar como en el escolar. Y las opiniones son muy dispares. Algunos creen que la única solución es la prohibición absoluta del uso del móvil en los centros educativos. El uso responsable de estos dispositivos lo ven como una utopía. Una vez que el móvil está en manos del alumno, va a ser imposible evitar que se haga un mal uso. Los más optimistas creen que sí es posible enseñar a utilizar bien todos estos aparatos. Se trata de herramientas, en este caso digitales, de gran utilidad para todas las materias. Uno de los objetivos del sistema educativo actual, dicen, debería ser enseñar a manejar todos los recursos digitales, tan necesarios en el mundo laboral y cultural, en el ocio, en el consumo…

         Para usar bien las nuevas tecnologías es preciso poseer un conocimiento de las normas técnicas. No hace falta saber programación ni ser un experto en hardware, pero sí hay que conocer cómo se usa bien un programa para realizar correctamente una tarea. Pero usar bien las tecnologías digitales también conlleva un conocimiento ético y jurídico. Y es aquí donde entra la responsabilidad.

         Decimos que una persona es responsable cuando se hace cargo de las consecuencias de sus acciones. Hacerse cargo significa pensar antes de actuar y valorar todas las posibilidades, a corto y a largo plazo. La responsabilidad está emparentada con la prudencia. Cuando uno responde por lo que ha hecho, ante el tribunal de la conciencia o de la justicia, o simplemente ante los que le rodean, está dando por hecho que sus actos son fruto de una decisión libre. Así que la responsabilidad también está emparentada con la autonomía moral. Al apelar a la responsabilidad, se está recuperando al sujeto moral, aplastado en muchas ocasiones por las normativas y protocolos. Ninguna legislación puede acabar con la ambivalencia de los usos de las nuevas tecnologías. Solo la responsabilidad personal y el sentido común pueden garantizar un uso racional.

       Graciano González R. Arnaiz, en su libro Ética y responsabilidad (Tecnos, 2021), dice que estas apelaciones a la responsabilidad se han puesto de moda porque las nuevas tecnologías han causado “una ampliación del radio de acción del comportamiento humano”, lo que se ha traducido en mayor incertidumbre y conciencia del riesgo. Tras el “desfallecimiento de la razón para saber qué debemos hacer”, la responsabilidad se ha convertido en el centro de la reflexión moral. La responsabilidad se basa en la apertura al otro, en la obligación que tenemos de “responder de nuestras acciones en el encuentro con los otros”.

  https://www.diariodejerez.es/jerez/responsabilidad_0_1646237056.html

sábado, 1 de enero de 2022

Calendario de Talleres Leibniz 2022


A pesar de estar encerrado, por motivos de salud, Cándido no se ha olvidado de este humilde blog y nos ha remitido su emblemático almanaque. El lema de este año es "Lo esencial está de moda". Me dice que le ha costado mucho encontrar lo esencial de cada mes. Y es que tendemos a lo superficial y a enredarnos con las apariencias, se lamenta. Claro que, si uno lo piensa bien, las apariencias son el núcleo esencial de nuestras sociedades, añade con resignación. Así que enero comienza con un "Rebaja tus expectativas y no sufrirás tanto". En febrero hallamos ese célebre aforismo del conocido filósofo lapón: "¡Qué fácil es disfrazarse en el Caribe!" En abril nos recuerda la meditación décima de su teólogo favorito: "Vivir sin pasión, menuda cruz."  Todos los meses ofrecen alguna perla. Esperemos que Cándido vuelva pronto al taller, con sus averías y sus ilustrados clientes. Cuando fui a cambiar el aceite, hace un mes, me lo encontré discutiendo acaloradamente sobre un texto de Pascal con un señor que solo había entrado a comprobar la presión de una rueda. En fin, que mejore.  Y ya saben, como dice Cándido: "Vivimos en el mejor de los mundos posibles. Y si no es sí, se lo reparamos. "

miércoles, 29 de diciembre de 2021

Sísifo y la caligrafía

 Cuando creíamos que teníamos la piedra en la cima y bien quietecita, empezó a rodar y rodar otra vez. Y era tan redonda la piedra, de puro desgaste, que recibió el nombre de la letra más redonda. Y todo transcurre como el eterno retorno, en un ciclo cansino, con un alfabeto infernal. 

martes, 21 de diciembre de 2021

martes, 14 de diciembre de 2021

Síntomas

Acabo de terminar un libro, una novela. Es tan moderna, tan compleja, que creo que no la he entendido. Hay libros que no puedes saber si los has comprendido o no... Quizás sea esa su gracia postmoderna, una gracia meramente formal. En literatura, abusar de la complejidad, la oscuridad y la ambigüedad puede ser un síntoma de complejidad, oscuridad y ambigüedad.

Brechas epistémicas

   

Detalle de la portada del libro: Conocimiento expropiado.

  Hay brechas tan pequeñas que no necesitan puntos de sutura. Los tejidos están próximos y son capaces de volver a la continuidad de la piel y la carne. Hay brechas grandes. Son las que nos asustan y requieren una ayuda, algo que mantenga la carne unida para que surjan otra vez los enlaces que ensamblan. Unos buenos puntos a tiempo permiten que en pocos días la brecha desaparezca casi sin dejar rastro.

La sociedad también es un tejido, de relaciones económicas, jurídicas y culturales. Las brechas epistémicas, referidas al conocimiento, afectan a todas las dimensiones del tejido social. Una brecha epistémica no solo consiste en carecer de ciertos conocimientos necesarios para la vida. Todos estamos pensando en la alfabetización, lectura y escritura. La brecha se manifiesta también en qué valor atribuimos a los conocimientos y cómo percibimos su construcción y distribución social. Estas brechas se manifiestan a través de exclusiones, opresiones, alienaciones y comportamientos irracionales.

  El acceso a la educación básica es un derecho fundamental en las sociedades democráticas modernas. En los países desarrollados, el Estado de bienestar ha hecho posible ese acceso de forma generalizada. Hay muchas zonas del planeta, sin embargo, en las que esa necesidad básica para el ser humano sigue sin ser satisfecha. Pobreza, conflictos bélicos y fanatismos suelen ser las causas.

   Con el desarrollo de las nuevas tecnologías de la información y comunicación no han desaparecido todas las brechas. De hecho, han salido a la luz otras nuevas. Somos incapaces de abarcar toda la información que se ofrece en la red. Seleccionar con criterio está al alcance de muy pocos. Cuanta más información recibimos, menos comprensión del mundo. Toda la información circula en el mismo plano. No hay jerarquías cualitativas. La novedad permanente, instantánea, nos aleja de una recepción reflexiva. No olvidamos porque no llegamos a retener. Y además, entre emisores y receptores ya no hay distancia. Quizás porque es como si no estuviera nadie al otro lado. La desaparición de la relación cara a cara provoca una deshumanización de la comunicación.

   En el mundo de la transparencia, la opacidad avanza hasta oscurecer el intelecto del consumidor. Las instituciones que elaboran el conocimiento siguen siendo un misterio para el ciudadano. Por eso surge la desconfianza ante la tecnocracia. Da la impresión de que hay más opciones, más posibilidades. Creemos que somos más libres, que nuestra capacidad de elegir ha aumentado, que nadie nos impone nada. Pensamos que nosotros elegimos las rutas del conocimiento, que nadie las ha diseñado con antelación. La supuesta horizontalidad y la evidente instantaneidad de las redes de información nos convierten en protagonistas del conocimiento.

 Pero resulta que son apariencias… Desconocemos de dónde vienen los datos generados por las nuevas plataformas de comunicación, cómo se han procesado y con qué intenciones. Tampoco tenemos acceso al funcionamiento de las instituciones tecnocientíficas. Así que algunos desconfían de todo lo que viene por la red, incluso del conocimiento científico, teórico y práctico. Las instituciones culturales pierden autoridad epistémica.

  Oscilamos entre la sensación de libertad absoluta y la sospecha de estar siendo engañados. A veces pensamos que construimos nuestras vidas, sin la injerencia de los poderes tradicionales; otras nos vemos como marionetas de un sistema técnico cada vez más complejo. Las consecuencias prácticas de este mayor acceso a la información son decepcionantes: solo ha servido para consumir más, y más rápido. La democracia participativa que algunos predecían no ha llegado. La autorrealización personal, fruto del  acceso a la cultura, tampoco.

   Cuando el ciudadano no participa en los procesos de construcción del conocimiento, surgen el negacionismo, el populismo, el fanatismo o el consumismo desbocado. Triunfa la desconfianza infinita o la ciega credulidad. El parlamento, los laboratorios, los museos, los centros de investigación… Tan cerca y tan lejos a la vez… Solo una democracia participativa y deliberativa puede ayudar a cerrar estas brechas. La crítica constructiva, mesurada y responsable, solo puede ejercerse desde dentro, desde los centros de producción y decisión. El papel de consumidor pasivo requiere una fe ciega. Fernando Broncano publicó en 2020 el libro Conocimiento expropiado, en la editorial Akal, una obra crítica y rigurosa sobre epistemología política.

domingo, 5 de diciembre de 2021

Otros mundos

 Intenten imaginar otros universos, con otras leyes físicas, con otro tipo de materia. En esos mundos quizás el pensamiento y la consciencia sean diferentes, incluso con otras leyes lógicas. Serán universos muy diferentes, pero si existe algún tipo de autoconciencia en algunos organismos, seguro que conocen la angustia existencial, o algo parecido. 

miércoles, 1 de diciembre de 2021

domingo, 28 de noviembre de 2021

Las comparaciones son odiosas

 En las ciencias, como en la vida, las buenas metáforas amplían el conocimiento, pero las malas ocultan la ignorancia. 

jueves, 11 de noviembre de 2021

Sintaxis y turismo

 Conocer las entrañas de las lenguas supone emprender un apasionante viaje hacia lo inefable, el sentido. 

miércoles, 10 de noviembre de 2021

Mejorar al ser humano

     



         Siempre hemos querido mejorar, pero nunca nos hemos aclarado hasta qué límite. Me refiero a la mejora de las capacidades físicas y cognitivas. Mediante la educación hemos querido rendir más en las actividades motoras e intelectuales. Nos hemos rodeado de una gran variedad de artefactos y técnicas que nos ayudaban a superar retos cada vez más difíciles. Así, la línea entre lo natural y lo artificial ha sido elástica, permeable o inexistente.

         Ahora, los avances tecnológicos prometen no solo eliminar las carencias o enfermedades, sino que hacen posible aumentar nuestras capacidades: correr más rápido, memorizar más cantidad de datos, razonar con mayor agilidad y precisión, o poseer un carácter más empático. La ingeniería genética, la neurociencia, la robótica, la biotecnología… Todas estas disciplinas pueden hacernos mejores a través de la intervención en nuestro organismo, gracias a implantes, edición genética o nuevos fármacos.

         Hace unos cientos de años, hablar de trasplantes de órganos podía sonar a literatura de terror o ciencia ficción. La posibilidad de modificar al ser humano despertaba miedos e inseguridades. Hoy estamos orgullosos de disponer de un sistema de trasplantes al alcance de todos los ciudadanos.

         Las nuevas tecnologías suponen un salto cualitativo, afirman los más desconfiados. Podemos transformar la naturaleza humana, su esencia. Las terapias son toleradas, siempre que sean para recuperar alguna función perdida y evitar sufrimiento. Pero ir más allá, para aumentar esas funciones, implica adentrarnos en un terreno muy peligroso desde el punto de vista biológico y ético.

         Los más optimistas no comprenden estos miedos. Si el diseño de terapias nos hace la vida más agradable, entonces no hay ningún inconveniente. Si aumentar nuestra resistencia física o la capacidad de memorizar nos aporta mayor bienestar, pues tampoco hay problema alguno. Dentro de unas décadas, cuando esas técnicas se abaraten y generalicen, estaremos tan orgullosos de ellas como lo estamos hoy del sistema de trasplantes. 

         Pero no todo es tan bonito, argumentan los pesimistas. Desconocemos los efectos biológicos y sociales que puede desencadenar una tecnología para mejorar lo humano. La especie humana dejaría de ser lo que es. Las técnicas, muy costosas, solo estarían al alcance de los privilegiados del planeta. Todos los sistemas de atribución de méritos quedarían trastocados. Los seres humanos se convertirían en meros artefactos, dispositivos técnicos al servicio del mercado. Y el mundo, lejos de alcanzar mayor bienestar, sería más injusto e inseguro.

         Que el ser humano modifique los procesos naturales no es nada nuevo, añaden los optimistas. De hecho, lo hemos estado haciendo constantemente, eso sí, cada vez con mejores herramientas teóricas y técnicas. Modificar el entorno y a nosotros mismos es algo natural en el ser humano… Forma parte de nuestra esencia. Por lo tanto, la tecnociencia actual no introduce ninguna novedad en ese sentido. Además, incluso el concepto de ser humano es una construcción.

         Haya o no una naturaleza humana fija, esas técnicas ponen en peligro la libertad y la igualdad, los cimientos de la dignidad. Cualquier mejora de la especie o de los individuos que atente contra esos principios no puede traer verdadero bienestar a nuestras sociedades. Los más críticos piensan que, además de una catástrofe biológica, esas manipulaciones innecesarias supondrán un retroceso moral y político.

         Quien desee seguir pensando estas cuestiones puede leer el excelente libro colectivo Más (que) humanos. Biotecnología, inteligencia artificial y ética de la mejora (Tecnos, 2021). Francisco Lara y Julian Savulescu son los editores. Aborda especialmente la posibilidad de una mejor moral de los seres humanos, a través de tratamientos con oxitocina o inteligencia artificial. Y si alguien quiere llevar este debate a las aulas, puede inscribirse en la IX Olimpiada filosófica de Andalucía, dedicada al tema “Transhumanismo. ¿Mejora o final de la especie humana?”. Hay distintas modalidades: vídeo, fotografía y disertación. Todas las bases están en la página de la Asociación Andaluza de Filosofía.

https://www.diariodejerez.es/jerez/Mejorar-humano-educacion-cerebros-toneles_0_1627339165.html

domingo, 24 de octubre de 2021

Cuando los nombres importan demasiado

     No nos debe importar lo más mínimo quién es el autor de un libro. Tampoco nos debe importar cómo clasificar el tipo de escritura, es decir, el género literario al que pertenece. Está bien que los sepamos, pero cuando comenzamos a leer tiene que ser algo irrelevante. Si el autor es de izquierdas o de derechas, madrileño o vasco, hombre o mujer... Todos estos datos son secundarios. Es bueno conocerlos, pero son secundarios. 

    Un libro tiene calidad literaria únicamente por lo que cuenta y el estilo en el que está escrito. Sobre todo, el estilo. Dar importancia a otros factores implica dejarse arrastrar por prejuicios, por elementos ajenos a la escritura. De ahí que un texto literario deba ser autónomo, nunca estar al servicio de causas externas. Una escritura al servicio de intereses políticos o religiosos se destruye a sí misma, es una especie de suicidio.

    Los lectores que verdaderamente han disfrutado con las novelas de Carmen Mola no creo que se hayan sentido engañados. Será una anécdota divertida, no creo que suponga mucho más. Esta revelación no mermará nada la cantidad de placer que les proporcionó la lectura. A lo mejor, conocer la trayectoria profesional de los tres escritores les sirva para comprender ciertos rasgos de esas tramas tan adictivas. Los buenos lectores seguirán apreciando las novelas en sí mismas, sin dejarse condicionar por las circunstancias que rodean a la obra. 

     Ha sido triste ver cómo retiraban los libros de Carmen Mola de las estanterías de una librería, los empaquetaban y los ponían en la puerta para devolverlos a la editorial. Cabe entender que, al ser tres varones los autores, ya no tengan sitio en una librería especializada en libros escritos por mujeres. Sé que lo llevan a rajatabla, pero se podía haber hecho una excepción. Sobre todo, porque eso de expulsar las novelas de la librería nos trae a la memoria acontecimientos que no deseamos que se vuelvan a repetir, propios de dictaduras o sistemas totalitarios. Además, Carmen Mola existe, es un personaje de ficción y tiene su lugar en el mundo. En la librería podrían haber resuelto la situación con humor y sentido común, sin inquietarnos tanto, éticamente hablando. 

    Otro síntoma que debe inquietarnos es que haya varones que firmen sus novelas con un nombre de mujer. Algunos críticos han considerado este hecho como una banalidad de mal gusto, dado que las mujeres se han visto obligadas a la largo de muchos años a escribir con un nombre de varón, si querían ver sus textos publicados. En el caso de Carmen Mola, a lo mejor se solo un juego literario al que no hay que darle más vueltas. O a lo mejor sí hay que dárselas, y no se trata de un juego literario, sino de una estrategia para adaptarse al mercado literario actual. Eso significaría que si firmas con un nombre de mujer, con independencia de la calidad de lo escrito, uno tiene más posibilidades de ser publicado y vender. 

https://www.lavozdelsur.es/opinion/cuando-nombres-importan-demasiado_266923_102.html

sábado, 16 de octubre de 2021

La tinta del calamar

 De pequeño me encantaban las películas del oeste, de piratas y las de los tres mosqueteros. Y me encantaban las de ciencia ficción y las de terror. Sin olvidarme de las de artes marciales, por supuesto. Me construía espadas de madera yo mismo para jugar con mis amigos. Imitaba a los karatecas. Y era muy consciente de que no debía intentar cortar la cabeza a mi amigo. Vamos, ni se me pasó por la mía... Nadie tuvo que explicarme nunca la diferencia entre realidad y ficción. Habría sido una especie de insulto, tanto para mí como para el osado e inconsciente pedagogo. El mundo de la ficción es autónomo, con sus propias reglas. Eso lo sabe cualquiera. Debería saberlo todo el mundo. Mi única duda hoy no es si los niños lo saben, sino si los adultos son conscientes de lo que implica sumergirse en la ficción. Con la cantidad de novelas, series y películas que se consumen... Pero hay algo que oscurece nuestro intelecto, una especie de tinta oscura y viscosa. A lo mejor es que consumimos en lugar de leer y contemplar. Y, de tanto tragar sin asimilar, algunos se han vuelto más infantiles que los niños, extendiendo un miedo que nace de la ignorancia y de la falta de auténticas experiencias estéticas. Ya no juegan con sus niños, porque bastan las actividades extraescolares. Ya no hay plazas donde jugar. Nos hemos inventado el mundo de los niños, y creemos que son ignorantes, al menos tanto como nosotros los adultos. Seguramente se rían cuando les intentemos explicar que lo que sale en la pantalla es de mentira. Y que no hay que imitarlo... Cuando resulta que es en los juegos donde reproducimos lo que ocurre en la sociedad, para ir entrando en ella, mecanismos de socialización, mecanismos básicos para alcanzar la autonomía.  Quizás nos aterra que quieran ser como nosotros. 

https://www.lavozdelsur.es/opinion/tinta-calamar_266610_102.html

martes, 12 de octubre de 2021

Diario de clase

            

Ilustración de MOGA

            Hay profesores que en clase se limitan a contar la historia de la filosofía. Pero hay otros que se dedican a pensar al mismo tiempo que explican a los grandes filósofos. No sé si con otras materias se puede hacer lo mismo, ser creativo a la vez que se desarrollan los contenidos mínimos de la programación. En el dibujo, el artista enseña técnicas y estilos, y también puede ir creando al explicar. En lengua y literatura la profesora puede enseñar a redactar y a comprender los textos, y a la vez crear relatos, poemas. El químico quizás también pueda enseñar investigando dentro del laboratorio… Y no digo fuera del aula, en su casa, sino en la actividad docente diaria, en clase.

         Nos preguntamos si esa enseñanza creativa es posible y si sirve para algo, si los alumnos aprenden más o menos, porque quizás sea un estorbo y, a la larga, aprendan más cuando el profesor se limita a repetir lo que dice el manual, sin ir nunca más allá. Además, enseñar a ser creativo, en cualquier terreno, no es nada fácil. No basta con dar reglas, si es que las hay, ni con mostrar esa actividad. Imitar al que piensa… Imitar al que pinta… Suena raro.

         Francisco J. Fernández ha publicado un libro que trata de la filosofía de verdad. Se titula Lycofrón. Diario de clase. (Círculo Rojo, 2021). Si calificarle de racionalista es excesivo, sí que cabe afirmar que le interesa la razón, ya sea desde la dimensión ontológica, lógica o lingüística. Estas preocupaciones se reflejan en sus libros: El filósofo del océano (Iralka, 1998), El descrédito de los quilates (Iralka, 1999), El ajedrez de la filosofía (Plaza y Valdés, 2010) y Los huesos de Leibniz  (Akal, 2015).

         Lycofrón es un libro en el que se piensa. Y se piensa a través de un diario de clase, el que lleva un alumno a lo largo de dos trimestres. Asistimos al pensamiento en vivo del profesor, a través de las páginas escritas por el alumno y las correcciones que va añadiendo el maestro. Un método de enseñanza y un estilo de escritura, con las dosis narrativas oportunas.

         Del sofista Licofrón sabemos muy poco, casi nada. Seis citas de Aristóteles y poco más. Seis citas que nos traen seis problemas, quizás alejados entre sí o quizás no. Eso es lo que se irá desentrañando a lo largo del diario de las clases. El maestro nos advierte desde el principio: no hay que confundir la filosofía con la historia de la filosofía. La actividad esencial es la primera: la segunda solo es una ayuda, un recurso para pensar mejor.

         El diario arranca con el problema del ser, como es debido, el valor absoluto y relativo del uso del verbo ser. No es lo mismo decir que el árbol es grande que decir que el árbol es o existe, a secas. Hay árboles, existen árboles… Un tema ontológico y lingüístico, y fundamental a lo largo de la historia de la filosofía. Pronto verá el lector que los problemas para comprender el ser se entrelazan con asuntos referidos al uso del lenguaje y a la lógica. Las categorías, maneras de predicar, son “las formas en que cabe pensar el ser”. La categoría principal es la sustancia primera (el ente concreto, este árbol) de la que se predica el resto de las categorías. Géneros, especies, individuos… Pero ciencia solo hay de lo universal… Las reflexiones van desde la ontología a la filosofía política. En el diario aparece reflejada la perplejidad del alumno, que es el narrador del pensamiento del maestro. No falta el sentido del humor a lo largo del texto.

         Este diario no es ni una historia de la filosofía ni una mera introducción a la filosofía. Nos obliga a pensar en profundidad y con precisión desde el primer momento. La prosa es clara, con un vocabulario muy rico. Y se detiene cuando hay que hacerlo. Que hay que ir despacio en la lectura es lógico, evidente. Y dar mil vueltas a lo que dice, como el alumno. Con ejemplos que van de la biología a la matemática o el ajedrez. Eso es pensar. Claro que, para algunos, ese pensar puede ser caótico y quizás prefieran otro tipo de exposiciones más convencionales… Ser creativo mientras se explica conlleva utilizar analogías, ejemplos de diferentes campos, conexiones inesperadas, y mucha ironía.

         En las explicaciones aparecen filósofos como Platón, Aristóteles, Kant, Leibniz, Heidegger, Quine…, es decir, los que vemos en los manuales, pero también se menciona a profesores recientes, como Pierre Aubanque, Alain Badiou o Agustín García Calvo. En el diario hay ciertas pinceladas autobiográficas, asociadas a las experiencias filosóficas y bibliográficas del autor.

lunes, 11 de octubre de 2021

La costumbre aturde

 Escuchar el bramido del mar de fondo... A lo mejor nuestros ancestros, hace cuatro millones de años, eran capaces de percibir el fondo de microondas o la armonía de las esferas. 

lunes, 4 de octubre de 2021

domingo, 3 de octubre de 2021

A su lugar natural

 El centro de la política es el centro del universo... Y centro solo hay uno, muy denso, abarrotado de ideas vacías. 

lunes, 27 de septiembre de 2021

Fractal

  En cada párrafo está todo el libro. En cada línea está todo el libro. En cada palabra está todo el libro. 

jueves, 26 de agosto de 2021

martes, 24 de agosto de 2021

miércoles, 18 de agosto de 2021

Masa acrítica

 Cantidad mínima de interacciones entre individuos a partir de la cual desaparece el sentido común. 

viernes, 23 de julio de 2021

viernes, 16 de julio de 2021

jueves, 15 de julio de 2021

domingo, 11 de julio de 2021

Testigo

 He visto un jardín en el que brota la palabra, un escenario natural donde crece el logos, lejos de los encantadores dispositivos de control que tanto nos apasionan. 

lunes, 28 de junio de 2021

Arte marcial

La lectura te permite adquirir cualquier forma y escapar por las grietas de lo real... Te convierte en agua, dijo Bruce Lee. 

jueves, 24 de junio de 2021

Tiempo

 Recuerden algunas palabras de sus padres, sobre asuntos sencillos, entonces comprenderán lo que es el tiempo, con toda su crueldad.