viernes, 23 de julio de 2021

viernes, 16 de julio de 2021

jueves, 15 de julio de 2021

domingo, 11 de julio de 2021

Testigo

 He visto un jardín en el que brota la palabra, un escenario natural donde crece el logos, lejos de los encantadores dispositivos de control que tanto nos apasionan. 

lunes, 28 de junio de 2021

Arte marcial

La lectura te permite adquirir cualquier forma y escapar por las grietas de lo real... Te convierte en agua, dijo Bruce Lee. 

jueves, 24 de junio de 2021

Tiempo

 Recuerden algunas palabras de sus padres, sobre asuntos sencillos, entonces comprenderán lo que es el tiempo, con toda su crueldad.

martes, 22 de junio de 2021

Jardinería

 El opio del pueblo... Han logrado que nos peleemos por regar la planta, o que confundamos la poda con la tala. 

lunes, 21 de junio de 2021

Plano

 Para pensar con profundidad hay que ser capaz de imaginar que el mundo es de dos dimensiones. Y verlo todo en el mismo plano. 

domingo, 20 de junio de 2021

Emerger

 Después de tanta presión, quitarse la escafandra va a ser toda una aventura... Otra vez el aire y los insectos, el humo de los coches y las sonrisas falsas. 

sábado, 19 de junio de 2021

En órbita

Hay que pensar como los astronautas. Son los únicos que ven el mundo desde fuera, como un todo. Los filósofos somos astronautas fracasados.

martes, 8 de junio de 2021

LOS OCÉANOS Y LAS HUMANIDADES

 

Antonio de Nebrija a la manera renacentista. Ilustración de Luis Miguel Morales "Moga"

   El océano del saber es infinito. Hemos aprendido que el ámbito del conocimiento es complejo, atravesado por corrientes inestables. No existen estados fijos en un ser líquido y dinámico. Hay que ser consciente de ello a la hora de elegir un camino profesional y estudios superiores. Aunque la idea de currículum flexible se está haciendo realidad poco a poco, todavía nos vemos sujetos a la inevitable, de momento, parcelación administrativa del saber.

   Una de esas corrientes es el estudio de las humanidades: historia, filologías, arte, filosofía… Saberes todos inútiles para quien tiene una visión muy reducida del conocimiento, una mirada tecnocrática. Saberes, pues, que no aportan nada, ni a la persona ni a la comunidad… Sin embargo, la actualidad nos muestra que no basta con avanzar en el ámbito tecnocientífico. Siempre hay que tomar decisiones éticas y políticas. Y ahí nos atascamos, quizás porque improvisamos o porque pretendemos aplicar solo la racionalidad tecnocientífica, dejando a un lado tanto la racionalidad ética y comunicativa, como la sensibilidad artística.

   Con el método científico explicamos qué estructura tienen los virus o nuestras economías. Explicamos la naturaleza y la sociedad. Diseñamos vacunas y creamos instituciones financieras para transformar esas realidades y vivir mejor. Es a la hora de distribuir las vacunas o asignar los impuestos cuando todo se enturbia. La causa de estos oscuros y nocivos enredos: hemos explicado los fenómenos naturales y sociales, pero no hemos logrado comprender su significado, su sentido. Esta tarea corresponde a las humanidades, que por supuesto, deben colaborar constantemente con las ciencias de la naturaleza, si no quieren ser mera palabrería.

   Es un error concebir las humanidades como un mero contrapeso al desarrollo dañino de la tecnociencia. Tienen como objetivo alcanzar una comprensión global del ser humano. Se trataría de llevar a la práctica los ideales del humanismo ilustrado, impulso que arranca en las ciudades griegas y llega hasta nuestros días transformado en un espíritu cosmopolita. Las humanidades se preguntan por el sentido de la investigación científica, de las tecnologías y de las instituciones sociales.

   Los datos, las teorías y las máquinas son necesarios, pero no suficientes para progresar. Es preciso saber qué debemos hacer, qué es lo correcto, qué somos, qué tipo de ciudadanía queremos, qué modelo de sociedad y desarrollo… Necesitamos profesionales que hablen con inteligencia y prudencia sobre estos temas.

   La senda del humanismo ilustrado conduce a la autonomía racional, moral y estética. Las ciencias y las artes nos proporcionan los medios pertinentes para desplegar nuestra dignidad. Hacen falta profesionales de las humanidades que investiguen y provoquen debates. Así evitaremos los grandes males de siempre: la ignorancia, el fanatismo, la superstición, la esclavitud y la injusticia. Hay una brecha práctica que deberíamos cerrar cuanto antes: los científicos y profesionales de la salud han realizado su trabajo de forma ejemplar, mientras que los gestores políticos han generado más incertidumbre y confusión.

   No basta con una sociedad de expertos y técnicos. Para comprender el presente y vislumbrar el futuro se requiere conocer la tradición. Esa tradición cultural permite algo esencial para las democracias: un diálogo racional que regule nuestra praxis y aclare los fines que debemos perseguir. La historia de los conceptos (científicos, filosóficos, artísticos…) arroja luz sobre nuestra experiencia actual. Son las categorías que utilizamos para clasificar el mundo y fundamentar nuestras elecciones.

   En todas nuestras instituciones, ya sean económicas, políticas, culturales o científicas, tiene que haber intelectuales que aporten una visión global de lo que estamos haciendo. La claridad de la razón ha de mostrar el horizonte, sin ser esclavos de los intereses económicos y políticos que rigen solo a corto plazo. Pensar de forma global para adentrarnos en los infinitos océanos del saber y salvar los finitos y bellos océanos del planeta.

jueves, 13 de mayo de 2021

MENTES, CUERPOS Y MÁQUINAS

Ilustración de Domingo Martínez
     
    La mente posee cuatro rasgos que nos siguen desconcertando. A pesar de los grandes avances en psicología y neurociencia, todavía nos dejan perplejos. Según el filósofo John Searle, esas cuatro propiedades son la conciencia, la subjetividad, la intencionalidad y la causación mental. Son muy escurridizos. Impiden que nuestra concepción científica del mundo encaje con la experiencia diaria, la del sentido común.

    Somos seres conscientes, es decir, nos damos cuenta de que estamos en el mundo, de que existimos. La vida mental es absolutamente privada, subjetiva. No sé qué siente otra persona cuando dice que le duele el pie o ve el color azul. Nuestros pensamientos son sobre algo, sobre la realidad. Tenemos la capacidad de representarnos el mundo externo mediante imágenes y conceptos. Y nuestros estados mentales, sean lo que sean, interaccionan con el mundo físico.

    El cerebro está formado por neuronas, células del sistema nervioso, compuestas a su vez de moléculas y átomos.  En este nivel no encontramos neuronas conscientes, con estados subjetivos, capaces de representar hechos de la realidad o manejar significados. Ni los átomos ni las neuronas poseen propiedades mentales. Las propiedades mentales surgen de la interacción de miles y miles de neuronas. Son propiedades que existen en un nivel más alto de organización. Brotan de la complejidad.

    La escritora Siri Hustvedt ha publicado Los espejismos de la certeza. Reflexiones sobre la relación entre el cuerpo y la mente (Seix Barral, 2021). Es una obra que analiza el problema de la mente desde una perspectiva crítica e interdisciplinar. Revisa las principales teorías, desde Platón hasta las investigaciones actuales de la ciencia cognitiva y la inteligencia artificial. Cada capítulo, después de abordar las diferentes dimensiones de un asunto, suele dejar preguntas abiertas. Para Siri, la duda es una de las principales virtudes intelectuales.

    Critica la teoría computacional de la mente y cualquier tipo de reduccionismo. Cree que hemos asumido la metáfora del ordenador sin haberla pensado a fondo. Se trata de una teoría que vuelve a introducir el viejo dualismo de Descartes. La mente es una especie de programa que procesa símbolos formales. El cuerpo es un mero soporte material. Todas las variaciones de esta teoría se basan en el supuesto de que somos un mecanismo material capaz de manejar información. De hecho, es indiferente qué tipo de materia sea.

    Siri Hustvedt cree que este paradigma computacional ha fracasado. A lo largo del libro describe experimentos y propuestas teóricas que conducen a otros enfoques. Frente a la visión racionalista de la mente, se decanta por una vuelta al cuerpo, a las emociones y a todo el trasfondo inconsciente de la actividad humana. Pensamos con todo el cuerpo… Pensamos y sentimos con los otros….

    Para comprender la mente, no basta con el punto de vista externo, objetivo. Es necesaria la visión subjetiva de primera persona. Para ello, recomienda el enfoque de la fenomenología. Si queremos entender la mente, hay que explicarla tal como se aparece al yo. También es preciso narrar la historia de ese yo y las relaciones con su entorno social. El sujeto se desarrolla con los demás. En la génesis del sujeto hay que analizar todas las conexiones que nos constituyen, empezando por la maternal.

    La teoría computacional de la mente utiliza modelos, simulaciones,  es decir, simplificaciones. Y la realidad humana es muy compleja. Los determinismos genéticos también simplifican. Siri se queja de que asumamos con tanta naturalidad ciertos modelos. Que somos máquinas que procesan información, que los genes condicionan todas nuestras propiedades, que nuestra mente está hecha de módulos…

    Los fracasos en inteligencia artificial han revelado la necesidad de un cambio de paradigma. John Searle ya nos advirtió hace décadas de que un programa solo maneja símbolos formales, sin contenido, sin comprensión ni conciencia. Insistió en que la conciencia es un hecho biológico. Ahora la robótica se ha topado con el problema del lenguaje y las emociones. La sintaxis no basta. Somos seres semánticos: somos significados. Hay un abismo infinito entre simular una emoción y sentirla.

martes, 13 de abril de 2021

INQUIETANTE COSMOS

 

Ilustración de Luis Miguel Morales Galante ‘MOGA’

   “En primer lugar existió el Caos. Después Gea la de amplio pecho, sede siempre segura de todos los Inmortales que habitan la nevada cumbre del Olimpo.” Así lo cuenta Hesíodo en la Teogonía. El caos es una hendidura, un abismo, un espacio inmenso y tenebroso. El caos es abertura, resquicio, bostezo… Se produce la separación de cielo y tierra.

   Quizás de una masa compacta indiferenciada, sin límites internos, brotó la diferencia y la pluralidad. De la oscura abertura salió el orden y la armonía, la claridad. Del caos surgió el cosmos. Los primeros filósofos comenzaron a entender el caos como desorden. El estado primitivo del universo fue materia desordenada e informe. De lo ilimitado e indefinido nacieron las partículas y fuerzas que conocemos.

   Cosmos en griego significa orden, pero también conveniencia, decencia, disciplina, organización, construcción, director, magistrado supremo, atavío, ornamento, gloria, honor, consideración... La cosmología trata del mundo como totalidad, de su origen y sus leyes: propone modelos matemáticamente coherentes y corroborados, o al menos no negados, por los datos experimentales. Para estudiar el cosmos necesitamos astronomía, física y matemática. Es una ciencia que pretende describir un sistema perfectamente ordenado.

   A los seres humanos siempre nos ha atraído el orden natural. El desorden nos intranquiliza. Los fenómenos impredecibles y caprichosos nos angustian. ¿Cuándo afirmamos que hay orden en la naturaleza? Desde antaño decimos que hay orden cuando existe una repetición de los fenómenos, cuando hay ciclos, estructuras estables, patrones, relaciones causales… Hay orden si conocemos las leyes que gobiernan lo real y nos permiten predecir lo que puede ocurrir. Por el contrario, decimos que hay desorden cuando nada se repite, no hay estructuras estables y todo ocurre de forma azarosa e impredecible.

   Los filósofos se preguntan si ese orden pertenece realmente al mundo o es una proyección que realizamos los seres humanos para poder comprenderlo y transformarlo con la técnica. También se preguntan si el caos que observamos en ciertos procesos naturales pertenece a la esencia de la realidad o es una mera manifestación de nuestra ignorancia. A lo mejor nuestro cerebro no puede captar toda la complejidad…

   El orden del universo no es tan lineal y predecible como pensaban los viejos deterministas. En la naturaleza observamos sistemas muy complejos, caóticos y aparentemente aleatorios, donde hay probabilidad, bifurcaciones… Son sistemas en los que pequeñas y casi imperceptibles variaciones en las condiciones iniciales desencadenan grandes transformaciones.

  Para comprender ese orden natural, los seres humanos hemos utilizado como herramienta la matemática. Los filósofos se preguntan si esa matemática es una creación humana, un sistema de símbolos útil para dominar el cosmos, o es una descripción de la esencia de esos procesos. Los científicos necesitan nuevas herramientas matemáticas cuando quieren comprender las intrincadas dinámicas del orden natural. Heisenberg comenzó a crear matrices para describir el comportamiento de las partículas subatómicas sin saber que ya existía cierto desarrollo de ese campo de la matemática.

   En la estética del arte clásico se ha valorado la simetría y la proporción, rasgos necesarios en una obra bella. Las estructuras simétricas y estables nos agradan de forma natural. Sin embargo, con las vanguardias, el caos o desorden dejó de ser sinónimo de fealdad artística. Que las simetrías nos agraden no es un hecho natural, sino cultural e histórico. Los conceptos de orden y caos serían construcciones sociales, convenciones culturales.

   En el ámbito social, el caos se manifiesta como desorganización, violencia y desorden. El orden nos remite a la estabilidad y la ley. Si no hay Estado y ley, nos invade el caos. Cuando hay orden uno sabe a qué atenerse. Los anarquistas, por supuesto, creen que puede haber orden social sin Estado, un orden que nazca de la autogestión asamblearia. En las sociedades modernas, las leyes de los parlamentos generan orden y estabilidad. Así sabemos lo que debemos hacer y qué es lo correcto. El caos social se relaciona con la improvisación y la confusión, fruto de la ignorancia o la imprudencia.

https://www.diariodejerez.es/jerez/Inquietante-Cosmos-Juan-Carlos-Gonzalez_0_1564345581.html

viernes, 26 de marzo de 2021

Marvin

 No se dejaba coger, porque no le gustaba. Si lo agarrabas, descuidado y a traición, salía disparado como si estuviese untado en aceite. Mofletudo y bigotudo, correteaba a tu alrededor sin prestar atención.  Era Marvin... De su afición a la electricidad tuvimos noticia en nochevieja, cuando se comió un cable de la televisión. Así era Marvin. Y no lo confundáis con Marvin Harris, el gran antropólogo del materialismo cultural... Como todos los seres de este mundo, vivió en un laberinto. Menos mal que Ariadna le mostró el camino con su inteligencia y su bondad. 

jueves, 25 de marzo de 2021

Meditaciones de un buzo

    A lo largo de estos meses he pensado mucho en los buzos. La existencia se ha vuelto pesada, como si lleváramos una escafandra reluciente, como si nuestras vidas transcurrieran en las profundidades de un océano oscuro e infinito. Hemos contemplado el mundo a través de un cristal. Aunque la presión nos angustiaba y la incertidumbre era espesa, hemos pensado el mundo en toda su amplitud, temporal y espacial.

   La filosofía no aporta conocimiento objetivo de la realidad, eso lo llevan a cabo las ciencias. Los filósofos, como mucho, manejamos ideas, conceptos, y algunas reflexiones de segundo grado, nada más. Si se puede hablar de utilidad en estos casos, las ideas nos sirven para obtener una visión global de lo que ocurre. Como buzo, estas son algunas de mis ideas sumergidas.

   Al habitar las profundidades, nos hemos encontrado con la oscuridad, la ignorancia. En la sociedad de la información y el conocimiento, el no saber es el peor de los males. De repente, todo el saber acumulado parecía no servir para nada. Nadie supo predecir el desastre; nadie supo qué estaba ocurriendo. La sociedad del espectáculo se vino abajo, todo era una farsa.

   De la oscuridad nacieron la incertidumbre y el miedo. Carecer de explicaciones supone no saber qué va a ocurrir. El miedo se instaló en la sociedad feliz del consumismo. Las viejas narraciones, ésas en las que al final el bien vence sobre el mal, ya no funcionaban. La sociedad del riesgo se transformó en sociedad del miedo. Problema: no estamos entrenados. El miedo a que el suelo desaparezca bajo nuestros pies era un miedo propio de regiones lejanas, zonas olvidadas en los confines del sistema solar…

   Fue entonces cuando llamamos a las puertas de los laboratorios y los centros de investigación. Casi con exigencias y malos modos. La ciencia tenía que solucionar el problema inmediatamente. Tenían que ser los héroes de esta historia perversa. De pronto, la investigación científica era esencial para nuestras vidas. Las condiciones tan precarias en las que se desenvuelven los investigadores volvieron a salir a la luz. Pero ahora debían estar preparados para abordar el fin del mundo…

   Y la sociedad posmoderna, relativista y adicta al fragmento, exigió hablar de la verdad y de la mentira. Con el fin del mundo a la vuelta de la esquina, los negacionistas y los amantes de las noticias falsas suponían un grave peligro para la civilización. La ley del péndulo. De negar el concepto de verdad hemos pasado a considerarlo un pilar básico en la reconstrucción del mundo. Incluso hemos llegado a dejar a un lado toda crítica que ponga en cuestión la actividad de las instituciones encargadas de producir verdades. Algunos confunden el negacionismo con el sano escepticismo…  

   Trabajar en las profundidades, con tanta presión, exige claridad de ideas, responsabilidad y mucha coordinación. Los que se dedican a los asuntos públicos se han esforzado para gestionar el gran problema. Sin embargo, los parlamentos nos han hecho dudar sobre los verdaderos fines de semejantes desvelos. Porque detrás de ese tremendo esfuerzo por evitar la catástrofe estaba el deseo infinito y absoluto de conservar el poder o de alcanzarlo. El diálogo y el acuerdo han sido escasos. Unos confunden la oposición con la destrucción, y otros el gobierno con el ciego dominio…

   Y los ciudadanos a lo nuestro, a incumplir las normas en cuanto no hay un castigo a la vista… Hemos mostrado una terrible carencia de virtudes cívicas, de sentido del bien común y de la responsabilidad. La culpa es de los políticos, del sistema, de las multinacionales y de los grandes señores que controlan el universo… Y nos hemos quedado tan a gusto. Nuestro incumplimiento sistemático de las directrices para salir del abismo parece ser que no tiene ningún efecto sobre la realidad. Somos víctimas, seres con derechos y sin obligaciones, seres nacidos para consumir y ser felices. Hemos olvidado, o no hemos aprendido, qué significa ser ciudadanos en una sociedad democrática. Algunos confunden ser un ciudadano crítico con eludir las responsabilidades…

   La angustia ante la posibilidad real de desaparecer como humanidad es algo nuevo. La amenaza de la guerra nuclear de otras décadas no llegó a ser tan intensa. Como luego se comprobó, la solución estaba en nuestras manos: el desarme. Sin embargo, esta amenaza, tan difusa, tan ajena a lo humano, no es fácil de controlar. Los gobernantes están igual de asustados que los ciudadanos, igual de perdidos. Este miedo nos ha hecho pensar en la humanidad como un todo. La angustia es global. La crisis económica es global. Las soluciones han de ser globales.

https://www.lavozdelsur.es/la-voz-seleccion/revista-papel-voz-del-sur-2021-buen-ano-renacer_256563_102.html

sábado, 20 de marzo de 2021

DEMANDA

 Todos los poemas son por encargo. ¡Que nadie se atreva a negarlo! La belleza del mundo nos pide un poema. Las miserias de la vida nos piden otro. Hasta la duda se atreve a solicitar esa forma de ser que llamamos poema. Solo unos pocos humanos son capaces de ingresar en el espacio puro de la poesía. Los demás nos conformamos con la prosa poética, ese suelo híbrido donde todo ser pensante y amante de los erráticos senderos del lenguaje es bien recibido. Todos los poemas son por encargo de la vida. Y vienen al mundo para ampliarlo, para que no se quede en nada, porque el mundo sin poesía es poca cosa... La inspiración es una oficina donde las entrañas de la realidad rellenan formularios. Los poetas anotan los pedidos en cualquier papel. Vale todo tipo de soporte físico. Lo importante es saber registrar lo que las miradas de los otros reclaman. Los mayores pedidos vienen del amor y la justicia. Siempre ha sido así. A los poetas les pedimos que resuelvan el misterio del cosmos. Con sus versos quizás sepan describir lo que une a los seres en una realidad efímera y absurda. Les pedimos mucho. 

jueves, 11 de marzo de 2021

MARTE

       

Ilustración de Luis Miguel Morales Galante ‘MOGA’

        Lo de ir a Marte parece que va en serio. Lo que comenzó siendo una curiosidad se ha vuelto una necesidad. Si los marcianos no dan señales de vida aquí, tendremos que ir allí, pero para quedarnos, porque la vida en la Tierra tiene los años contados. Hay muchas formas de llegar a Marte. Hace miles de años que los humanos llegamos, con la observación y con las palabras. Nuestro interés por el cuarto planeta del sistema solar viene de lejos. Marte es del dios de la guerra, el segundo día de la semana y el tercer mes del año.

     Es uno de los cuerpos celestes que, desde nuestra perspectiva, se desplaza sobre el fondo de las estrellas fijas. Planeta en griego significa errante, vagabundo, el que va de un lado para otro. Y es, ante todo, el planeta rojo, debido al óxido de hierro. Su diámetro es la mitad que el de la Tierra. Tuvo abundante agua y una atmósfera rica en dióxido de carbono. Su núcleo se solidificó y fue perdiendo tanto su atmósfera como sus océanos. Sin apenas presión atmosférica, sin ciclos hidrológicos y procesos de reciclaje, Marte se convirtió “un desierto seco y polvoriento” con temperaturas medias de -55ºC, explica Carlos Briones en su libro ¿Estamos solos? (Crítica, 2020).

         Desde Galileo, en 1609, la utilización de telescopios nos fue acercando cada vez con más detalle a su atractiva superficie. La observación que hizo el astrónomo italiano Giovanni V. Schiaparelli en 1879 desembocó en una interpretación errónea que desató la imaginación de los lectores durante décadas. Describió unas estructuras, unos “canales”. Esa palabra, que en un principio tenía un sentido geológico, al pasar al inglés adquirió otro de carácter tecnológico, artificial, explica Briones. Así, comenzó a circular la idea de que había canales artificiales construidos por alguien para conducir agua.

       Un planeta similar al nuestro, en la zona de habitabilidad… Todo encajaba a la perfección para que fuese cuna de alienígenas, con cabeza, tronco, brazos y piernas, por supuesto. Fascinados ante el posible contacto con otros seres inteligentes, y asustados ante una posible invasión, los seres humanos elaboramos relatos apasionantes. La hipótesis de vida inteligente en Marte se extendió por todos los ámbitos de la cultura. Hasta que los nuevos telescopios y las sondas espaciales mostraron lo que de verdad eran aquellas formaciones. Las expectativas se redujeron: ahora bastaba con encontrar agua y alguna forma simple de vida, o algún rastro de ella, si es que la hubo.

     Que la Perseverance haya llegado al planeta rojo en plena pandemia puede dar lugar a diferentes valoraciones. Para unos, estamos ante un acierto de la ciencia y la tecnología, una muestra más del progreso humano. Para otros, se trata de otra demostración de cómo las necesidades sociales van por un lado y los grandes proyectos de investigación por otro.

    Cuando los resultados de los grandes proyectos científicos aparecen en los medios de comunicación, los ciudadanos descubrimos que existe la política científica. Es el ámbito en el que se decide en qué investigar y qué recursos dedicar. Todos los países asignan un porcentaje de su PIB al desarrollo de planes de investigación, desarrollo e innovación. En esos planes aparecen los sectores estratégicos en los que investigar y los objetivos que pretendemos alcanzar. Aquí se concreta qué tipo de ciencia básica queremos potenciar, y qué relación va a tener con la innovación tecnológica que la economía reclama. La política tecnológica determina la relación entre ciencia, tecnología y sociedad.

       Como nunca se debate esa relación, damos por hecho que se trata de una conexión natural y lineal. Se investiga y se construye lo que es necesario. Lo que es posible. Investigamos la naturaleza y sus leyes, de ahí se deriva una cierta tecnología. Se nos presenta como si fuese el único camino posible si seguimos el método científico.

     La política científica, sin embargo, es un ámbito de decisiones. Los científicos y los representantes de los ciudadanos son los que las toman en las instituciones y momentos pertinentes. El gran público desconoce por qué elegimos un sendero u otro dentro de la investigación. Sería muy interesante analizar cómo ha sido posible que Perseverance esté en Marte, qué ciencia básica ha sido necesaria, qué inversiones se han llevado a cabo, cómo va a repercutir en nuestra economía, de qué procesos tecnológicos asociados nos vamos a beneficiar, cuál es el objetivo principal del proyecto, cuáles son los secundarios… Y también sería muy oportuno ampliar la participación ciudadana en la política científica, ahora que hemos reflexionado tanto sobre lo esencial y lo superfluo.

miércoles, 10 de febrero de 2021

VIDA CONTEMPLATIVA

 

Fotografía de Luis Miguel Morales ‘MOGA’
Fotografía de Luis Miguel Morales ‘MOGA’

     La palabra teoría viene del griego, y su raíz significa mirar, contemplar. Es lo que hacían los espectadores cuando acudían a los juegos olímpicos. Miraban para comprender y disfrutar. La vida moderna es muy acelerada, la urbana y la rural. Desde que nos acompañan las pantallas a todas partes, ya no nos podemos librar de los ritmos frenéticos que invaden nuestra actividad cognitiva. Desplazamos las imágenes a todo trapo en el apéndice de interacción y vigilancia que hemos adquirido con plena libertad. Hemos perdido de vista el horizonte. Es demasiado estático para que nos llame la atención. No activa esos circuitos gratificantes que se alimentan de la novedad permanente. El horizonte no está de moda.

         Y el horizonte puede ser el cielo estrellado, el mar, un bosque, un insecto o un cuadro. La mirada lenta posibilita la ficción, los mundos posibles. La contemplación genera la invención, la provoca. Ver es siempre imaginar. Despojar a la mirada de su dimensión creativa y conceptual supone reducirla a una simple función especular, reflejante. Somos seres de ficción: pensar implica valorar mundos posibles.

         No hay mirada vacía, por eso la observación es un encuentro entre lo que ya sabemos y lo que aparece en el horizonte. La velocidad, gran enemiga de la contemplación, impide las nuevas conexiones. Por eso, la mirada ha de ser lenta, y ha de ser asombro. Los ritmos de la sociedad de consumo, por el contrario, erosionan esa contemplación. La mirada productiva desvitaliza el tiempo, lo consume.

         Para desarrollar el espíritu científico es preciso mirar de forma pausada, con el fin de desentrañar el orden o el desorden natural. Además con una paciencia infinita… La complejidad de un cuadro requiere una capacidad de observación similar a la que despliega el sabio cuando analiza el cosmos y sus diferentes niveles. Y en ambos casos se trata de percibir con otro tiempo.

         Al mirar un cuadro nos ponemos en el lugar del artista, sin abandonar nuestra perspectiva. Se produce una estimulante fusión de horizontes, de tiempos. Pero también nos acercamos a otras vidas, a otros paisajes, a otros mundos posibles. Nadie puede contemplar un cuadro sin rebasar sus fronteras, si es que las tiene…

         El escritor y periodista Carlos del Amor ha escrito Emocionarte. La doble vida de los cuadros, (Espasa, 2020). Los cuadros tienen muchas vidas, reales e imaginarias. Todo lienzo, dice el autor, esconde tanto una historia real como una de ficción, la que surge de la mirada del espectador. Cada capítulo se centra en una obra y un artista. Primero nos ofrece lo imaginado, lo inventado por el observador; luego viene la obra, a color, con algunas pinceladas de su historia real. Son treinta y cinco pinturas de creadores como Ángeles Santos, Vermeer, Goya, Suzanne Valadon, Rembrandt, Dalí, Friedrich…

         Es un libro que puede ayudarnos en las clases de educación plástica, historia del arte, lengua y literatura, estética y filosofía. Sin embargo, no es ni una historia del arte, ni un trabajo de estética ni de crítica erudita. Cada capítulo se puede leer de forma independiente, y los cuadros comentados son de estilos y épocas muy diferentes: hiperrealistas, surrealistas, impresionistas, barrocos, románticos…

         Es la selección realizada por un amante del arte y de los museos. Y detrás de esa elección hay una mirada propia, muy personal. El lector se va a encontrar con los cuadros que han emocionado o han hecho pensar e imaginar a Carlos del Amor. Si divulgar significa transmitir, explicar y provocar, este libro lo logra en cada una de sus páginas. El valor educativo del libro reside en intentar imitar esa mirada en alguna de las áreas mencionadas, y plasmarla en un ejercicio escrito como el que lleva a cabo el autor.

https://www.diariodejerez.es/jerez/Vida-contemplativa_0_1545447324.html

martes, 12 de enero de 2021

LOS INGREDIENTES DE LA CREATIVIDAD

Ilustración de Domingo Martínez

    La creatividad es uno de los fenómenos naturales que genera mayor asombro. Es una de las capacidades más importantes del ser humano, la que ha dado lugar a la cultura, al ámbito técnico, conceptual y simbólico. Desde hace décadas, nuestra sociedad demanda personas creativas e innovadoras en todos los terrenos. Ya no basta con acumular conocimientos para ser un buen profesional. Hay que saber resolver problemas con inteligencia, y proponer soluciones inéditas cuando el contexto lo requiere. Los sistemas educativos deberían favorecer el desarrollo de esas capacidades, tan útiles en la vida cotidiana. 
    Por eso no nos extraña que haya mucha curiosidad por saber cómo surgen las ideas nuevas en cualquier actividad humana. El avance en ciencias cognitivas está posibilitando un acercamiento científico, experimental, a ese momento eureka del que hablan los creadores. Además hay que agradecer la descripción que los propios artistas y científicos hacen de sus hábitos de trabajo. Como ejemplo clásico, tenemos la conferencia de Henri Poincaré sobre la invención matemática. 
     Poincaré explicó cómo llegó a crear las ecuaciones fuchsianas (automorfas). Después de un largo trabajo racional preparatorio, y de haber dado mil vueltas a un problema, considerando todas sus dimensiones, el científico deja a un lado el asunto y se dedica a otra actividad. Aparentemente no piensa en el tema, pero de forma inconsciente el cerebro sigue trabajando en ello, haciendo combinaciones, conexiones… Y, de repente, una de ellas brota en la consciencia y aparece como solución, como idea nueva. Esa intuición, esa idea en bruto, deberá ser verificada, demostrada de forma rigurosa. De todas las combinaciones posibles, nuestra sensibilidad ha seleccionado la más útil, la más bella. Y es la que ha aflorado como solución en la mente consciente. Para Poincaré las analogías son fundamentales en el proceso de descubrimiento: una estructura de un campo la trasladamos a otro. La idea nueva, por lo tanto, no surge de la nada, sino de ese trabajo preparatorio que explora conceptos y formas de ámbitos diferentes. 
     Todos los investigadores actuales entienden la creatividad como un proceso complejo. Aunque no hay recetas mágicas, sí existen ciertos factores que hacen posible la creatividad. El matemático Cédric Villani habla de siete ingredientes necesarios para el surgimiento de ideas innovadoras. La fase de documentación nos permite dominar un campo y ver cómo se ha abordado hasta ahora nuestro problema. Sin la motivación es imposible adentrarse en el duro trabajo de inventar. Pero de nada sirve, si no hay un entorno adecuado. El diálogo con otros investigadores es una fuente de nuevas perspectivas y corrección de errores. También hay que saber gestionar las restricciones impuestas, ya sean técnicas, materiales, formales, económicas… El investigador debe sumergirse en el problema, para incubarlo. Mediante esa impregnación, la persona reflexiona sobre el tema y da mil vueltas al asunto. Gracias a esa inmersión surge la iluminación, el eureka… Villani, como muchos creadores, también dice que se necesita un último ingrediente, la suerte. 
     En psicología se habla de dos tipos de pensamiento, el convergente y el divergente. El modelo convergente se basa en el razonamiento lógico y analítico. Según este enfoque, cada problema tiene una solución, que se alcanza tras seguir un método, unos pasos lógicos y necesarios. Es un enfoque rígido, secuencial y conservador. El enfoque divergente consiste en promover el flujo de ideas, la flexibilidad, la originalidad, la elaboración y la redefinición. Hay que probar todas las perspectivas y asociaciones posibles. Las analogías surgen al conectar dominios distantes y al relacionar ideas aparentemente muy alejadas. 
     La historia de las ciencias y de las artes nos muestra que en los procesos creativos se combinan de forma dialéctica varios factores opuestos. Sin imitación, no hay innovación. El azar y la suerte son importantes, si de fondo hay un trabajo metódico que tiene en cuenta las restricciones. Conocer las reglas de un campo es esencial para poder transgredirlas cuando es oportuno. Si no conoces varios campos de conocimiento, las posibilidades de ser creativo disminuyen. Sin un trabajo preparatorio racional previo, las intuiciones no aparecen, y si lo hacen, no sabemos cómo aprovecharlas. Para que nuestra parte inconsciente trabaje bien, debemos suministrarle ideas, perspectivas y datos desde la parte consciente. Y nuestro trabajo individual se enriquece con la puesta en común, con el diálogo crítico. Recomiendo el libro Idea súbita. Ensayos sobre epifanía creativa (Abada, 2018). Editado por Amelia Gamoneda y Francisco González.

viernes, 8 de enero de 2021

Calendario de Talleres Leibniz 2021

     

Fotografía de Valentín Pablo Gómez

    Cándido no se ha olvidado de mí. Me ha llegado su almanaque. El lema para 2021 es La ley de Murphy no es un cuento chino. Como nota a pie de página aparece su clásico Usted vive en el mejor de los mundos posibles. Y si no es así, nosotros se lo reparamos. Este año tienen mucho protagonismo los oficios. Enero está dedicado a los buzos. Una reluciente escafandra sirve de ilustración. La inmersión es la salida. En las profundidades, en la oscuridad, bajo la presión de las aguas habita la memoria... Enero es el peor mes, decía mi madre. Y es que le frío y las inclemencias nos arañaban en Tierra de Campos. Hay almanaques de un solo mes, el de enero. Niebla, heladas, incluso nieve... Todo el año sobra cuando el recuerdo te remite al frío. La vida del buzo no es sencilla. La escafandra pesa como el mundo. El trabajo del buzo es duro y húmedo. Su objetivo: rescatar las ideas sumergidas, en canales y mares del sur. Quizás nacimos para ser todos buzos. Este es un almanaque que no puede pasar de enero, el peor mes... No hay barco para humanos, no hay escafandra que nos permita cruzar las aguas sin mojarnos. Imaginar otro mes hoy es una temeridad. Enero se atasca en las esclusas, en los hornos abrasadores del invierno. No hay más meses. 


martes, 15 de diciembre de 2020

PROVOCAR Y DOMESTICAR

     


Ilustración de Domingo Martínez

      Hace unos días me enteré de que un libro de filosofía había sido prohibido en un centro de enseñanza. La obra es Filosofía en la calle, de Eduardo Infante, publicada por la editorial Ariel. La noticia me llegó por Twitter. Los seguidores le daban la enhorabuena y se indignaban por lo sucedido, todo a la vez. Las felicitaciones se debían al trabajo bien hecho por el filósofo, y la indignación brotaba ante semejante ataque a la libertad de pensamiento. Suena raro en estos tiempos, un libro prohibido, censurado…

        ¿De qué trata para ser tan peligroso? Eduardo Infante se considera seguidor de Sócrates. La filosofía no debió salir nunca de las calles y plazas. La hemos desvitalizado al encerrarla en la burocracia de los sistemas educativos. “Los profesores corremos el peligro de convertir nuestras aulas en cavernas, desconectadas de los problemas y las inquietudes de nuestros alumnos…” Cuando Eduardo Infante se dio cuenta de lo que estaba ocurriendo, salió a la calle con ellos y les preguntó qué les interesaba de verdad.

          En el libro plantea FiloRetos, hilos de conversación. Con las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, el ágora se ha trasladado a las redes sociales. Por eso el autor utiliza Twitter. La filosofía se instala ahora en la plaza pública virtual, porque internet puede ser también un buen espacio para dialogar de forma abierta y tolerante.

         Los FiloRetos son preguntas filosóficas que surgen en nuestra vida diaria, dilemas y dudas radicales. ¿Deberías contárselo todo a tu pareja? ¿Debes obedecer siempre a la autoridad? ¿Tiene importancia que tu pareja fisgue en tu móvil? ¿Sirve de algo rezar? ¿Son malas las drogas? ¿Cuánto necesitas comprar para ser feliz? ¿Debería un hombre ser feminista? ¿Podría ser el suicidio la solución a alguno de tus problemas? ¿Deberías hacerte vegetariano? Si te quedases embarazada, ¿abortarías? ¿Las galas de Operación Triunfo son arte?...

         Da la impresión de que los libros de texto han sido diseñados para aburrir y evitar que los alumnos piensen, dice el autor. Hablan de problemas enrevesados, ajenos a la vida y explicados con una terminología críptica. Por eso Filosofía en la calle está escrito con claridad, para que lo entienda cualquiera que desee pensar. Y hay muchas referencias al cine, con el fin de acercarse a los conflictos humanos desde múltiples perspectivas.     

         Son asuntos que nos conciernen a todos y que no podemos ignorar, ya que nacen de la interacción con los demás. A lo largo del texto Eduardo Infante nos propone conceptos, argumentos y teorías para abordar de forma directa esas inquietudes vitales. Las ideas de Platón, Aristóteles, Kant, Bentham, Weil o Lévinas pueden ayudarnos a plantear bien estos problemas prácticos desde nuestra autonomía. Aparecen diferentes soluciones, a veces contradictorias entre sí. Es el lector el que debe juzgar cuál es la más razonable. A través del código QR se accede a un hilo de Twitter donde uno puede dejar su opinión sobre el tema tratado.

         Que una caja de herramientas sea prohibida causa mucha extrañeza desde el punto de vista educativo. Quizás el peligro venga de la capacidad que tienen esas herramientas, las ideas, tanto para construir como para desmontar.

         Hay problemas de los que nunca hablamos… Por lo visto, alguien se quejó de que este libro trata de asuntos inapropiados para los jóvenes que estudian bachillerato. Es mejor que nos topemos con ellos sin haber reflexionado antes, para darles una solución improvisada o que nos los resuelvan otros… Este es el dilema: si no hablamos de ciertos asuntos, mal (la escuela está desfasada); y si hablamos de ellos, también mal (adoctrinamos o escandalizamos). La educación siempre camina por el alambre, haciendo equilibrios, entre la libertad de pensamiento y el respeto a la autoridad y la tradición.

         Michel Onfray publicó en 2001 su Antimanual de filosofía en la editorial Edaf. Los títulos de cada apartado también eran provocadores. En la introducción, “¿Hay que empezar el curso pegándole fuego al profesor de filosofía?”, dice que lo peor es convertirse en un funcionario de la filosofía y lo mejor, lo deseable, desarrollar una enseñanza socrática. Sin olvidar que tenemos que aportar los instrumentos conceptuales necesarios. “Cuanto más rico sea vuestro vocabulario, más profundo puede hacerse vuestro pensamiento; cuanto menos lo es, en peores condiciones estaréis para desprenderos de los tópicos…”

https://www.diariodejerez.es/jerez/filosofia-cerebros-provocar-domesticar-libro-prohibido_0_1528647645.html

sábado, 14 de noviembre de 2020

ESENCIALES

           Si la vida humana es palabra, logos, no debe extrañarnos que las librerías sean esenciales. Somos seres simbólicos, poéticos y fabuladores. Nos gustan las historias y las teorías tanto como beber, comer y amarnos. En el decir y el interpretar habita esa esencia humana. La imaginación es el nexo que une a escritores y lectores… Y las librerías son las casas de la imaginación, de la creatividad. Como seres de ficción que somos, la creatividad es esencial, el núcleo de nuestra existencia simbólica.   

         Hay muchas estanterías, con extraños rótulos… Nada sobra. Todos los géneros son necesarios para el ser humano. Todos los pasillos de una librería conducen a Roma: el placer. O quizás a Grecia: el conocimiento. Comedias y tragedias, novelas y ensayos, poemas y biografías, guías y diccionarios… Senderos imprescindibles para alcanzar de mil formas diferentes la felicidad.

         Todo esto viene de muy atrás. Dicen los historiadores que hubo un tiempo en el que no había escritura ni libros. No sé, no sé… Todo me suena a un cuento que alguien ha inventado. ¡A quién se le ocurre que pueda haber humanidad sin libros! Y dicen que nos sentábamos al calor del fuego, bajo las estrellas, para contarnos aventuras, anécdotas, viejas leyendas… Era un momento sublime, inquietante, lleno de expectativas, cordial, es decir, era como entrar en una librería.

           El olor de los libros atraviesa las mascarillas. Accedemos a una burbuja de sensaciones. Miles de posibilidades ante nuestros ojos, ante los cristales empañados. Ahí están todas las palabras esenciales, y ahí estarán. Las librerías nos acogen con una promesa de eternidad, quizás otra ficción, otro cuento. Es el calor del fuego primordial, con el ruido de las alimañas a lo lejos. Es el calor protector de las hojas, de los árboles.

         No son burbujas para aislarnos de la realidad, todo lo contrario. Los libreros abren sus casas para mostrarnos todos los mundos posibles. Y nos regalan la fórmula secreta para seguir soñando con otras vidas. Las casas de la imaginación son hospitalarias. A ellas acudimos todos los viajeros, quizás porque las confundimos con Ítaca.

martes, 10 de noviembre de 2020

FILOSOFÍA DE LA MEDICINA

       La filosofía suele dedicarse a reflexionar sobre los conceptos que utilizamos en la vida cotidiana, en el ámbito de las ciencias, las artes y las tecnologías. Es una reflexión de segundo grado. El filósofo piensa sobre las teorías y creencias que manejamos en las diferentes áreas de conocimiento. Así que hay filosofía de la matemática, de la física, de la biología, del arte, de la técnica, de la política… Y también de la medicina.

       Cristian Saborido, profesor de filosofía de la UNED, ha publicado  “Filosofía de la medicina” (Tecnos, 2020), una excelente introducción a los problemas que estudia esta disciplina. Analiza los presupuestos teóricos que hay detrás de la práctica médica. El libro está escrito con un estilo claro y preciso, con referencias a la bibliografía esencial y un glosario de los términos utilizados. El autor imparte las materias de Filosofía de la ciencia, Bioética, Introducción al pensamiento científico, Problemas filosóficos de la biología y Filosofía y medicina.

         Estamos ante un texto divulgativo y didáctico que se enmarca dentro de la filosofía de la ciencia. La reflexión sobre la salud y la enfermedad es tan antigua como la filosofía. Ya encontramos reflexiones sobre estos conceptos en Hipócrates y Galeno. Sin embrago, ha sido en las últimas décadas, tras el auge de la ética clínica, cuando se ha consolidado como área autónoma.

       Existen dos grandes corrientes, la naturalista y la constructivista. Si la distinción entre salud y enfermedad estriba únicamente en criterios biológicos y fisiológicos, entonces somos naturalistas. La fisiología define el funcionamiento ideal de nuestros órganos. Hay enfermedad cuando no funcionan bien. A veces se recurre a criterios estadísticos para establecer la normalidad. Este enfoque propone una noción objetiva de salud y enfermedad, así que los aspectos subjetivos y sociales no son pertinentes. Como mucho, algunos naturalistas incluyen el contexto ecológico.

       El naturalismo suele ser acusado de reduccionista y de cientificista. Todo lo reduce a mecanismos fisiológicos. La corriente opuesta propone un marco teórico más amplio. La historia de la medicina nos muestra muchos ejemplos de cómo los valores, los prejuicios o la ideología condicionan nuestra forma de definir las enfermedades. Los médicos, los investigadores, las instituciones y los pacientes están influidos por su marco social e ideológico. Cristian Saborido nos recuerda que “se ha tratado médicamente a la los homosexuales, a los disidentes políticos, a las personas de otras razas o a los zurdos como si en su propia naturaleza hubiera algo incorrecto que debía ser arreglado”.

       Los constructivistas extremos hacen hincapié en el fenómeno de la promoción de enfermedades. La industria farmacéutica es la que define las patologías, para crear nuevos medicamentos y obtener grandes beneficios. Cristian Saborido dedica un capítulo al tema de la clasificación de las enfermedades, y otro a las patologías mentales y la polémica sobre su definición. Para clasificar utilizamos categorías, criterios. Un enfoque realista radical puede dar a entender que las enfermedades son entidades que existen por sí mismas ahí fuera… Un enfoque más constructivista resalta el papel del contexto social en el que se lleva a cabo la práctica médica. Las enfermedades serían construcciones sociales, no realidades naturales independientes de nuestras acciones y valoraciones.

         La medicina no es sólo biología aplicada. La tarea de los médicos tiene una dimensión teórica y otra práctica. Para ser un buen profesional de la medicina es necesario cumplir tres condiciones: conocer los procesos biológicos de nuestro cuerpo, dominar las técnicas y herramientas para intervenir en él, y desarrollar la virtud de la prudencia, “esa capacidad de discernimiento moral que les sirva de guía para que la práctica médica suponga siempre una contribución positiva en beneficio de los enfermos”. Estamos ante una disciplina normativa, no solo descriptiva.

        Para el autor, el mejor enfoque para abordar todos estos asuntos es el pragmatista. Los conceptos son inseparables de nuestras acciones. Debe ser la práctica médica la que determine qué es lo útil en cada momento. Hay que tener en cuenta las consecuencias de las clasificaciones, técnicas y terapias. Pero no se trata de caer en un relativismo radical. “La práctica médica, dice Saborido, se mueve siempre entre la ambición de objetividad naturalista y el reconocimiento constructivista de la relevancia de las subjetividades, y es en ese territorio en el que juega un papel principal la frónesis, la prudencia médica”.

https://www.diariodejerez.es/jerez/educacion-cerebros-toneles-filosofia-medicina_0_1518148702.html

miércoles, 14 de octubre de 2020

LA ACTITUD CIENTÍFICA Y FILOSÓFICA


          La actitud es la disposición con la que nos enfrentamos a la realidad. Es el estado de ánimo, la forma de ser, lo que estamos dispuestos a hacer y lo que no. La actitud científica y filosófica constituye el núcleo de la vida democrática. Si los ciudadanos no practicamos ciertas virtudes epistémicas, el edificio se desmorona. Las leyes por sí solas no bastan.

        Pensar a fondo lo que ocurre exige tiempo. Para ser objetivos, imparciales y analíticos necesitamos manejar diferentes fuentes de información. Pensar de verdad implica en primer lugar leer y escuchar. Y luego ser prudentes a la hora de emitir juicios. Pero el tiempo escasea y todo se acelera cada vez más.

         La comodidad y el ansia desmedida de poder nos empujan a tomar atajos. Acudimos al mercado y compramos un kit de pensamiento, un lote de ideas, una ideología… A partir de entonces ya disponemos de los moldes y categorías que nos facilitarán valorar lo que ocurre, sin necesidad de analizarlo como es debido. El pensamiento enlatado me ahorra tiempo. Si puedo clasificar, ya no tiene sentido escuchar. Lo que va a decir el otro ya lo sé antes de que él mismo lo piense… La realidad con sus problemas concretos ha desaparecido. La verdad, como ideal regulativo, también.

         El diálogo crítico, propio de una democracia deliberativa, se cimenta en la actitud científica y filosófica. Lo primero que hay que hacer es escuchar y observar. El objetivo es comprender los argumentos del interlocutor, describir con objetividad el problema que nos ocupa y recopilar información… Al escuchar de verdad, nos preocupamos por saber qué tesis sostiene y en qué se basa para defenderla. En una sociedad compleja, los interlocutores y los foros de debate son muy diversos: la asociación de vecinos, el partido político, el parlamento, las redes sociales…

         La actitud científica consiste en aceptar solo aquellas teorías que sean coherentes y cuenten con el respaldo de la evidencia empírica, con el apoyo de los hechos. Mantendremos las hipótesis que son corroboradas por la experiencia. Las contradicciones internas y los contraejemplos (datos o experimentos que desmienten la teoría, la ley) nos obligarán a rechazar esa hipótesis y formular otra. Se trata de estar dispuesto a abandonar una tesis cuando la experiencia y la razón me lo aconsejan. Lee MacIntyre ha escrito un excelente libro: “La actitud científica. Una defensa de la ciencia frente a la negación, el fraude y la pseudociencia.” (Cátedra, 2020)

         La actitud filosófica, muy similar a la científica, busca los mejores argumentos, la coherencia y la correspondencia con los hechos, cuando es pertinente. La duda es la mejor herramienta del filósofo. Hay que poner entre paréntesis no solo las afirmaciones del otro, sino también las propias. Tendré que abandonar las razones y argumentos que el análisis lógico-conceptual desecha por ser inconsistentes, contradictorios o meras falacias. En un diálogo crítico real, no en una pantomima, aceptaré las teorías y argumentos del otro si superan los criterios arriba mencionados. Y cambiaré de opinión si me demuestran que estoy equivocado. Científicos y filósofos de todos los tiempos han dado muestras de esta actitud. Aferrarse a una ideología supone hacer todo lo contrario.

         Y pensar conlleva riesgos. Puede ocurrir que te persigan todos, los unos y los otros, por no encajar, por no arrodillarte. O por dar la razón al que la tiene… Pensar en momentos de incertidumbre, dispersión y polarización no es tarea sencilla. No son circunstancias favorables para el uso de la palabra y el intelecto. Perseverar en la búsqueda de la verdad se vuelve un sueño irrealizable. Y sabemos que la verdad es un ideal regulativo, un fin al que tiende la razón en sí misma, aunque nos reconocemos falibles en esa búsqueda interminable.

         Si la esfera pública arrincona ese ideal, estamos perdidos. Renunciar a recorrer ese laberinto supone abandonarse a las fuerzas brutas. No hay dogmas, ni verdades absolutas. Pero hay engaños, falsedades y falacias. No hay seres racionales perfectos, nadie lo es, pero sí existen actitudes fanáticas y oscurantistas. Promover el uso del lenguaje, para ser libres y desarrollar lo que nos hace humanos… Víctor Gómez Pin en “El honor de los filósofos” (Acantilado, 2020) muestra ejemplos de lo que significa pensar hasta el final. 

martes, 9 de junio de 2020

ARTES Y TIEMPOS


Ilustración de Domingo Martínez
 
       Llegado el momento de la reconstrucción, que nadie se olvide de la cultura… Que nadie se olvide de la música, el teatro, la pintura, el cine, las series, los libros, la danza, el cómic… En los momentos más duros del confinamiento, las creaciones culturales nos han ofrecido cobijo, porque las experiencias estéticas pueden ser un buen refugio para resguardarnos de las inclemencias del tiempo. Algunos colectivos de artistas ya lo han manifestado con rotundidad: la sociedad no debe olvidarse de los empresarios y trabajadores del sector cultural.
    Me asombra que para la mayoría de la gente pase desapercibido el inmenso valor de las actividades culturales. Son muchos los factores que condicionan la forma de apreciar una obra: la jerarquía de las artes y su historia, la educación, el modo de comunicar, la generación de la opinión pública, y las relaciones de producción de cada momento, ahora la sociedad de consumo. Se suele desconocer, por ejemplo, lo que supone rodar una película. Y no solo hablamos del coste económico, sino de toda la formación y trabajo que hay detrás de cada minuto.
     No son datos difíciles de obtener. Basta con tener un poco de paciencia y leer los títulos de crédito del final. Lo mismo podríamos decir de una obra de teatro o una exposición de escultura. Cualquiera puede acceder a la biografía de una escultora para comprender lo que significa su creación. A pesar de estar disponible toda la información necesaria para apreciar en su justa medida esa labor cultural, no se termina de valorar como es debido.
    El sistema educativo tiene que crear las condiciones para que se lleve a cabo una adecuada recepción de las creaciones culturales. Hay que enseñar a extraer todo el jugo de una experiencia estética. No es posible valorar una obra si no sabemos situarla en la historia de las artes. Y artes va en plural, claro. Porque hay una historia del diseño, del cine, de la danza, del cómic, del grafiti… También se necesita conocer el proceso creativo. Y en este punto, como ocurre con las ciencias, la imagen del genio solitario que de forma inexplicable llega al ¡eureka! no es la más acertada. Nadie crea de la nada, porque de la nada es imposible que surja algo, ya lo decían los griegos.
   Es crucial desentrañar el trabajo que hay detrás de una idea. Todo el mundo ve lo que cuesta esculpir el mármol y obtener una forma bella. Me asombra que no ocurra lo mismo con el diseño de una silla, el guion de una serie o el monólogo de un humorista. Una performance, una acción, se percibe como algo efímero, ocurrente… La escritura de una novela, una canción o un programa de ordenador… La creación conceptual exige un trabajo inmenso, pero parece que es invisible. La rapidez con la que “consumimos” esas obras y el hecho de que circulen de forma gratuita por la red provocan, en parte, esa infravaloración.
   Y sin embargo, en los momentos más duros del confinamiento esas obras nos han dado cobijo, un refugio para resguardarnos de la intemperie. Las artes nos ayudan a comprender lo que somos y dónde estamos. Nos ofrecen nuevas perspectivas para digerir el mundo y habitarlo con mayor libertad. Los artistas nos proponen infinidad de juegos, ya que la recepción estética consiste en seguir unas reglas para constituir otras formas de estar en el mundo. Los senderos para acceder a ese refugio son muy diversos: contemplación desinteresada, catarsis y liberación, entretenimiento, recuerdo y olvido, comprensión, resistencia ética, deseo de transformación…
   El trabajo de otras personas, condensado en los objetos culturales, nos ha permitido dominar el tiempo. La autonomía de la experiencia estética nos invita a habitar de otra forma los tiempos. No se trata de huir de las circunstancias, porque no podemos. Las artes nos entretienen. Y saber entretener requiere un riguroso dominio de la técnica que corresponda a cada género. Las buenas tramas nos introducen en otras líneas temporales. El trabajo del buen creador entonces se hace invisible, si no somos reflexivos. 


https://www.diariodejerez.es/jerez/Artes-tiempos_0_1471953284.html

martes, 26 de mayo de 2020

LECTURAS PARA PENSAR LA CIENCIA Y LA TÉCNICA

    La divulgación científica es más necesaria que nunca. Y no solo porque debamos conocer las principales teorías. Hay otras razones: saber en qué consiste la práctica científica y desarrollar las virtudes epistémicas que acompañan a la buena investigación. Ahora nos interesa pensar a fondo la política científica: en qué investigamos y quién lo decide. La historia de la ciencia nos nutre de una infinidad de ejemplos de lo que significa cambiar de opinión cuando las evidencias empíricas así lo dictan. También nos permite tener una perspectiva global. De repente queremos una vacuna en un par de semanas… El trabajo científico es una tarea compleja, fruto de los esfuerzos de una comunidad de investigadores que se guía por el método científico y sus  rigurosos protocolos. Dudar es una virtud, y de las mejores…
    Las obras de divulgación científica que se publican en la actualidad suelen incluir todas esas dimensiones. Aunque se ciñan a temas muy concretos, los autores ofrecen una mirada amplia e interdisciplinar. Quien desee acercarse a la historia de la ciencia, puede leer Un mundo de artefactos. Breve historia de la ciencia y de la técnica (Trotta, 2020), del matemático y filósofo Javier de Lorenzo. Se trata de un recorrido sintético, riguroso y reflexivo que abarca desde la Revolución agrícola de hace unos 12.000 años hasta la actual explosión tecnocientífica. El ser humano se ha desarrollado a través de tres ámbitos: el conceptual, el tecnológico y el simbólico. Este libro muestra cómo las revoluciones científicas y técnicas han ido dando forma a nuestra civilización. Javier de Lorenzo, con un conocimiento profundo del hacer matemático (asociado siempre a cada momento histórico concreto), aclara los aspectos esenciales de esas transformaciones conceptuales y técnicas. Nos explica cómo hemos llegado hasta aquí, por medio de los diferentes logros conceptuales y técnicos, pero también se interroga por el futuro y el salto cualitativo que hemos dado en nuestra capacidad de manipular la naturaleza, incluido el propio cuerpo humano. Y todo empezó con la Gran Revolución, la agrícola… “La primera gran revolución porque marcó, realmente, a la especie humana, ya que la convirtió en lo que es hoy, una especie manipuladora de la physis a base de artefactos con una actitud básicamente agresiva contra todo lo que la rodea.”

    El cosmos de la mente. Breve historia de cómo el hombre ha creado el universo (Tusquets, 2020) ha sido escrito por un físico,  Antonio Ereditato, y un genetista, Edoardo Boncinelli. No estamos ante un libro que hable de cómo han surgido las teorías científicas, en este sentido no es un texto de historia de la ciencia. Los autores explican cómo ha surgido el universo y la materia, cómo brotó la vida y la inteligencia, y cómo el ser humano es capaz de poder pensar todo ese proceso. Hablan del Big Bang, del origen de la materia, de las partículas elementales, de la vida y la evolución, del cerebro y la conciencia, incluso de la posibilidad de vida extraterrestre. Utilizan las teorías vigentes hoy en esos campos. Habría que destacar las páginas dedicadas a los primeros instantes del universo y cómo surgieron los átomos. Y la descripción del tipo de investigaciones llevadas a cabo en el acelerador de partículas del CERN. Es un viaje apasionante desde lo macro a lo micro… Y nosotros ahí en medio, para pensarlo. “En este momento, con los potentes aceleradores de partículas y los complejos detectores de que disponemos, podemos conocer las condiciones que había nada más nacer el universo, incluso cuando este tenía menos de una billonésima parte de segundo. (…) La misión del hombre, instrumento involuntario de autoconciencia del cosmos, es contar la historia de aquella increíble sucesión de acontecimientos que al cabo de 13.800 millones de años nos ha traído hasta aquí, a nuestro conocimiento, a nuestra vida y a la curiosidad que se materializa en la investigación científica.”
    El instinto de la conciencia (Paidós, 2019), de Michael S. Gazzaniga, plantea uno de los grandes retos científicos de nuestro siglo: explicar cómo funciona el cerebro y en qué consiste la conciencia. La primera parte del libro es una introducción histórica, desde las primeras teorías sobre el alma hasta la neurociencia actual. Dedica varias páginas a explorar lo que supuso el dualismo radical de Descartes y su idea de un alma independiente del cuerpo. Poco a poco se fue consolidando una perspectiva empirista y materialista: la conciencia puede ser estudiada como cualquier objeto físico. El cerebro posee una organización modular muy compleja. Es un sistema de capas, de niveles y módulos. Los resultados de los procesamientos de un módulo son utilizados por otro. Y la conciencia es un instinto más, surgido de la selección natural. No hay unidad central, sino una especie de burbujeo…
    Para explicar por dónde puede ir la investigación futura, Gazzaniga necesita partir no solo de la biología y la neurología, sino también de la mecánica cuántica. El principio de complementariedad nos posibilita comprender el viejo problema de la relación entre mente y cuerpo desde otra perspectiva. Del mismo modo que se habla de onda/partícula, necesitamos de una complementariedad similar para entender qué significa que el cerebro es un ente físico que maneja información. Los símbolos también tienen una doble vida, como los electrones… Así podremos manejar la brecha objetivo/subjetivo dentro de una explicación que asuma todas las leyes de la materia.

    Los renglones torcidos de la ciencia. De la antimateria a la medicina moderna, (Antoni Bosch Editor, 2020), del físico y profesor Eugenio M. Fernández Aguilar. Lo primero que llama la atención de esta obra es su estructura. La primera parte del libro funciona como un conjunto de notas a pie de página para enriquecer la segunda, dedicada a las tomografías de emisión de positrones (PET). El autor domina todos los recursos de la buena divulgación. Eugenio ya ha publicado varias obras, y con muy buena recepción por parte de los lectores (Su libro sobre Arquímedes ha sido traducido ya a varios idiomas). La primera parte, “Los renglones torcidos”, consta de 10 capítulos breves que pueden ser leídos de forma independiente: “… de la abstracción matemática a los comienzos de la física; del descubrimiento de los elementos a las uniones entre átomos; de los cimientos de la vida al devenir de algunas enfermedades; hasta llegar al surgimiento de la electrónica y la computación.”
    Cada capítulo se abre con unas líneas que resumen el contenido, y luego comienza contando algo ajeno a la ciencia, una anécdota histórica o literaria, una canción, la descripción de una foto…  Después de haber explicado el asunto científico (los átomos, la electricidad, los elementos…), vuelve a enlazar con ese primer comentario o anécdota. Este esquema facilita la lectura del libro y deja libertad a la hora de seguir un orden. Queda muy claro que dar cera y pulir cera termina dando sus resultados… Dedicar esfuerzos a la ciencia básica, o a adquirir buena competencia matemática, trae sus recompensas a largo plazo, tanto teóricas como tecnológicas. Los 3 capítulos de la segunda parte, “Enderezando los renglones”, se dedican a explicar cómo funcionan las tomografías de emisión de positrones. Para comprender el funcionamiento del PET, el autor remite cuando es necesario al contenido de la primera parte de la obra. Por supuesto, el libro se cierra con un capítulo en el que todas las piezas encajan. Si queremos tener una idea de lo que es el PET, hay que comprender qué es la antimateria, pero además es fundamental saber que los avances tecnológicos dependen de la cooperación de miles de investigadores.
    Fantasmas de la ciencia española (Marcial Pons, 2020), de Juan Pimentel. “Este es un libro escrito por un historiador de la ciencia fascinado por las imágenes”, dice el autor en las primeras líneas. No estamos ante un manual de historia de la ciencia española, sino ante una “colección de episodios y estampas, unidos por su carácter espectral: por la naturaleza fantasmal de las prácticas científicas en el seno de la cultura española, así como por la propia naturaleza fantasmal de las imágenes”. Se trata de acercarse a la historia de nuestra ciencia a través de sus huellas, las imágenes y los textos. Detrás de esas imágenes que hoy se le aparecen al historiador permanecen a veces ocultas diversas prácticas científicas. Mapas, planos, láminas o cuadros son el testimonio de exploraciones, cartografías, clasificaciones, disecciones…
    “Nuestros fantasmas nos acosan porque esperan algo de nosotros, algún tipo de restitución o duelo.” Claro que ha habido ciencia en España, lo que ocurre, sostiene el autor, es que está infrarrepresentada, y no ha recibido el reconocimiento que merece. Los episodios son muy variados. El primero, por ejemplo, trata de Núñez de Balboa y el avistamiento del Mar del Sur, donde se hace hincapié en el papel del conocimiento indígena en la constitución de los saberes occidentales. El séptimo está dedicado a la artista Maruja Mallo y a la química Piedad de la Cierva. El libro nos acerca al médico Francisco Hernández, al naturalista Álvaro Mutis, a Santiago Ramón y Cajal… Las láminas y fotografías muestran mucho más de lo que parece. Nos obligan a pensar en las formas de investigar y en los sistemas de valores de cada época. Todo formato de registro es un intento de describir, una forma de apropiación. Con los mapas fijamos nuestras posesiones. Con las láminas sobre las especies queremos atrapar la naturaleza. Las imágenes reviven episodios de la ciencia española injustamente olvidados o sepultados bajo tópicos muy pesados.